EL MITO DEL CANAL INTEROCEANICO
 EN LA LITERATURA NICARAGÜENSE
© Nicasio Urbina , 1995

A la memoria de José Coronel Urtecho
quien amó y vivió el Río más que ninguno de nosotros.

 

    "Del canal, le sé decir -dice don Chale- yo tenía cerca de doce años cuando oí los campanazos de la Iglesia de La Merced en Granada, y la gente alegre salía a las calles gritando: "El canal, el canal, ya viene el canal por Nicaragua" (Pedro Joaquín Chamorro, Los pies descalzos de Nicaragua).

Introducción

 Es para mí un verdadero placer estar aquí esta noche con Uds., en este recinto histórico, en esta bella ciudad colonial. De las doce ciudades en que he vivido a lo largo de mi vida de escritor errante y exiliado, esta es la única que puedo llamar mía. Les confieso sin rubor que soy un hombre feliz en Nueva Orleáns, pero si mi corazón pertecene a algún lindero, ése está aquí, bajos estos tejados de barro cocido y frente a este lago de hierro y azogue. Hoy voy a hablarles del canal interoceánico, del histórico žpasage a la Mar del Sur através de la Mar DulçeÓ. Más precísamente quiero hablar de la miticidad del canal interoceánico y su papel en la literatura nicaragüense, de su papel determinante en nuestra historia y en nuestro imaginario cultural.

 Uno de los elementos míticos más importantes en la historia y la literatura nicaragüense es el mito del canal interoceánico, el estrecho dudoso, el paso a la Mar del Sur, el Desaguadero. Esta idea de un paso interoceánico ha marcado la historia de Nicaragua desde sus inicios, y aún hoy en día sigue siendo un elemento de gran importancia en nuestro imaginario social y cultural. Numerosos son los textos que hacen referencia a este paso interoceánico y las elaboraciones discursivas que se alimentan de este material. Desde diarios y bitácoras de viaje, memoriales, cartas, informes, documentos legales, estudios de factibilidad y anteproyectos, hasta poemas épicos, cuentos,  novelas y ensayos; todos se han ocupado del proyectado canal interoceánico por Nicaragua, construyendo de esta forma uno de los signos míticos más poderosos e interesantes de la literatura nicaragüense. Entre los textos más destacados vale la pena apuntar la relación del cuarto viaje de Cristóbal Colón, las referencias de Francisco Hernández de Córdoba y Gil González Dávila, las crónicas de los descubridores Diego Machuca y Alonso Calero y los numerosos documentos que se encuentran en los tomas de la famosa Colección Somoza;  las crónicas de los viajeros John Stephens, Ephraim G. Squier, Julious Froebel, Pablo Lévy y Carl Bovallius; los numerosos estudios históricos sobre el tema, desde Tomás Ayón hasta el libro de Eduardo Pérez Valle, El desaguadero de la Mar Dulce, pasando por los ensayos de José Coronel Urtecho. Entre las obras de creación literaria, con una intención más estética, encontramos la obra de Ernesto Cardenal, El estrecho dudoso (1966) y la novela de Lizandro Chávez Alfaro, Trágame tierra (1969), algún cuento de Fernando Silva, los artículos de Pedro Joaquín Chamorro recogidos en Los pies descalzos de Nicaragua (1976) y terminando con la novela de Gioconda Belli, Waslala (1996). Cada una de estas obras retoma en una manera particular el espacio del río San Juan y el asunto de la construcción del canal, cada una contribuye a la formación del mito nacional, cada uno lo explota y lo alimenta, lo distorsiona y lo amplifica.

 El supuesto canal interoceánico había de ser construido utilizando una ruta que la naturaleza parecía haber abierto por su propia iniciativa, entrando del Atlántico por el río San Juan, cruzando el lago hasta el puerto de La Virgen, atravesando los escasos 17 kilómetros del istmo de Rivas, y embarcándose de nuevo en San Juan del Sur para seguir su rumbo por las aguas del Pacífico. Sin embargo parece haber algunos problemas serios que impiden la construcción de dicho canal, por lo que se han utilizado otras rutas y se han pensado también otras posibilidades. Una de ellas contempla la navegación por el lago Cocibolca, pasando por el río Tipitapa al lago Xolotlán, y abriendo luego el canal hasta El Realejo o hasta el Estero Real y Golfo de Fonseca. En fin, desde 1740 hasta 1903 se hicieron alrededor de una veintena de estudios y propuestas, planes para la construcción del canal y proyectos sin que se llegara a nada definitivo. Hoy en día en Nicaragua seguimos hablando de la posibilidad de la construcción del canal interoceánico, o en su defecto, de la modalidad de un canal seco. Lo cierto es que aún en las postrimerías del siglo XX, nuestro imaginario cultural está marcado por la miticidad del canal interoceánico.

 Como todos los actos de interpretación, mi lectura del canal es también subjetiva y acaso un poco errónea, definitivamente parcial. Para los extranjeros que han pasado por aquí inspeccionando el río, el canal no era más que una inversión, un negocio del que pensaban sacar pingües ganancias. Y para los ingleses de 1850 la construcción del canal y el contrato para su ejecución era un velo detrás del cual se ocultaba algún proyecto político, ya que tanto los ingleses como los norteamericanos se encontraban enfrascados en su proyecto imperialista en Centroamérica. Cada uno interpreta el río y el canal como mejor le parece, y de esa diversidad de lecturas y escrituras del canal es que va surgiendo el mito en toda su extensión y complejidad.

 El río San Juan es sin duda un río interesante. Dice Carlos A. Bravo que no hay río en América que tenga el real origen del San JuanÓ(98); y más adelante lo llama žel río más ilustre del mundoÓ(101).  José Coronel Urtecho en una prosa acaso poco leída titulada žMemoria de San CarlosÓ, nos recuerda la impertérrita permanencia del San Juan. Ahí se puede leer: žAsí era siempre el río. No cambiaba jamás. Siempre sereno, majestuoso, inalterable, reflejando los árboles, las aves acuáticas y las nubes, reflejándolo todo, como dueño de todo, como si fuera eterno y no cambiara. Todo cambia en torno suyo y el río no cambiaÓ(Prosas, 97). Pero el pensamiento más profundo que ha inspirado esta parte de la hidrografía nicaragüense se la debemos a Pablo Antonio Cuadra. En su libro Poemas nicaragüenses podemos leer el poema titulado "Oda fluvial" donde PAC interpreta la belleza de un remanso cerca de la confluencia del río Frío con el San Juan, y encuentra una de las escenas más intensas y misteriosas de nuestra geografía y nuestra literatura, donde se puede vivir toda la intensidad y la magia del trópico.
 Por es aquí -en el seno de la selva tropical-
 donde habita el misterioso dios perdido:
 el dios de tierra y de deseo, desnudo y perseguido,
 sierpe de pluma o mágico sol
 azul que vuela como pájaro de mar.
 ..........................................................
 ¡Nunca miré sobre el espacio nuestro
 tanta virginidad! A lirio y luna sabe el verde intacto y su fragancia!
 Mas no de agua: de silencio corre este caudal.
      (Poemas nicaragüenses, 160-161)

Como se puede ver nuestro río San Juan ha inspirado a tantos escritores y viajeros, ha despertado tanto interés entre los inversionistas y los marineros, entre los descubridores y los cronistas, que podríamos decir que probablemente el río San Juan sea el río más descrito de América. Por eso la pérdida del río San Juan y la frustrada empresa del canal interoceánico ha sido un trauma muy grande en el imaginario cultural nicaragüense. Ya para 1930 podemos observar este dolor en un bello poemita de Pablo Antonio Cuadra titulado "Cartar de Granada y el mar". En este poema del primer libro del poeta tenemos un canto entusiasta a su ciudad natal, lleno de lirismo y sinceridad. La penúltima estrofa es una referencia al canal y el desarrollo que le traía a Granada:
   Viajera de monte y llano
   Granada había una mano
   con que tocaba la mar;
   Granada,
   la de la mano cortada
   llora en el río San Juan.
     (Canciones, 74-75)

El llanto de la Gran Sultana representa el dolor por la oportunidad perdida, por el siempre frustrado intento de hacer de nuestro paso natural un itinerario obligatorio de los viajeros y mercaderías interoceánicas. Esto es particularmente traumatizante para la conciencia nacional, porque como ya hemos visto anteriormente, Nicaragua siempre se ha concebido a sí misma como un lugar de paso, como itsmo y puente. Desde los tiempos de las migraciones indígenas y a lo largo de toda nuestra historia, la tentación del Lago ha sido irresistible, y siempre hemos pensado Nicaragua como un pasaje interoceánico. Desde antes de su descubrimiento existía la tentación, tal y como lo expresa Ricardo Pasos Marcial en su escabrosa novela El burdel de las Pedrarias, donde doña María de Peñaloza le dice a su madre doña Isabel:
 žTodas estamos muy entusiasmadas ante la insistencia de Sus Majestades para que emprendamos cuanto antes el descubrimiento de la salida de la Mar Dulce de Granada hacia la Mar del Norte; del Desaguadero, como ya le dicen los granadinos. Don Diego Machuca de Suazo y Don Adolfo Calero, estuvieron hace unos días por aquí, y también insisten en iniciar ya los preparativos de esta empresa. ¿Se imaginan Uds. el tráfico que se abrirá entre Nicaragua, las islas de La Española, Jamaica, Cuba y Puerto Rico? Debemos estar preparados para esoÓ(398-399).

Concepción del mito
 Antes de continuar con mi tema permítanme definir cuál es la concepción del mito desde la cual trabajo, y qué significa ese adjetivo que he venido usando con cierto desparpajo: la miticidad. A lo largo de la historia se han propuesto diferentes interpretaciones de los mitos, pero básicamente podemos establecer dos corrientes principales: por un lado tenemos la escuela que interpreta el mito como algo real y concreto, con validez histórica, como algo que en realidad ha ocurrido (aunque no se pueda demostrar) y que tiene un valor alegórico, sirviendo para explicar verdades morales. Por el otro encontramos una escuela de pensamiento que no acepta la validez real del material mitológico, considerándolos fabricaciones absurdas que más bien tratan de socavar la autoridad hegemónica. La primera escuela de pensamiento podemos encontrarla en los sofistas griegos, y fue luego sostenida por los neo-platónicos y los estóicos. Más tarde el emperador romano Juliano el Apóstata y el filósofo Salustio consideraron los mitos como "verdades divinas". Francis Bacon en The Wisdom of the Ancients trató de desarrollar una teoría que apoyaba la interpretación alegórica de los mitos como fuente de conocimiento de las verdades ulteriores, pero no recibió mucha atención. Giambattista Vico en Sciencia Nuova (1725) fue otro que se interesó mucho por la interpretación alegórica de los mitos, tratando de presentarlos como clases de símbolos de la sociedad. Al declinar el siglo XVIII Christin Gottlob Herder propone en su Origen del lenguaje (1772), lo que habría de ser la base de la teoría más importante de los estudios mitológicos contemporáneos: la relación entre mito y lenguaje. Y finalmente, en la escuela neo-kantiana, el filósofo Ernst Cassirer en su libro Filosofía de las formas simbólicas(1925) establece los principios modernos para el análisis de los símbolos y propone una teoría muy sólida de los mitos modernos.

 La segunda escuela de pensamiento encuentra su primer exponente en Platón, para quien el mito era una forma de arte del lenguaje, más o menos como la poesía, y por lo tanto para él, era incapaz de transmitir verdades duraderas. Los epicúreos rechazaban la validez de los mitos y los consideraban falsas historias, de donde se ha desprendido el concepto muy popularizado del mito como algo falso y espúrreo. Con el auge del Cristianismo, los padres de la Iglesia, San Agustín en especial, tendían a interpretar las mitos del Antiguo Testamento tanto en su sentido literal como en su sentido alegórico, pero no estaban dispuestos a aceptar lo mismo de los mitos paganos, estableciendo así una dualidad que ha desacreditado a los mitos paganos hasta nuestros días. Al promediar el siglo XIX el interés por el estudio de los mitos cambia su foco de atención entrando, particularmente en Inglaterra, en una de las etapas más productivas y polémicas de la historia. Por un lado surge la escuela filológica capitaneada por el alemán Max Müller, catedrático de la universidad de Oxford. Por el otro lado se desarrolla una escuela etnológica-antropológica cuyo mayor exponente es Andrew Lang. Las diferencias entre estas dos escuelas será fundamental para el desarrollo de los estudios mitológicos, ya que cada una de ellas parte de principios diferentes, investiga y evalúa la evidencia en forma distinta y llega a conclusiones diametralmente opuestas y a menudo contradictorias. Tanto Müller como Lang dedicaron su vida al estudio de los mitos y cada uno en su propio campo desarrolló un método investigativo cuya influencia fue seminal en la vida intelectual de su época. En el siglo XX ha cambiado la intención de la investigación mitológica. En Anatomy of Criticism (1957), el canadiense  Northop Frye empieza a utilizar el concepto de mito en una forma un poco diferente, ya que para Frye mito significa ante todo la secuencia de acciones y eventos que componen un discurso literario. El mito no es la narración en sí sino los eventos, los hechos que lo componen. Este puede ser contado en prosa o en verso, puede ser representado teatralmente o narrado por una persona. Lo que define al mito es la importancia que las personas le atribuyen. El francés Claude Lévi-Staruss, en el campo de la antropología estructuralista, desarrolla el estudio científico del mito concentrándose en su estructura. Y otro francés genial llamado Roland Barthes propone que el mito es en sí un sistema de significación. Pero lo que todas estas teorías del siglo XX tienen en común es su interés por el lenguaje como fuente del mito. Es ahí, nos dicen, donde radica la fuerza de la creencia mítica.

 Perdónemme Uds. por esta disgreción sobre el mito, y permítanme ahora explicar brevemente el concepto de miticidad, que es el concepto fundamental de este trabajo. Este concepto se lo debo al crítico norteamericano Eric Gould y su libro Mythical Intentions in Modern Literature. Más que en el estudio de mito, Gould se ha concentrado en el estudio de la calidad de lo mítico, la característica que define al fenómeno mítico, y a ese valor, a esa cualidad, le ha llamado la miticidad. Los postulados de Gould se inscriben dentro de la escuela semiótica y la lingüística moderna, partiendo del concepto de vacío que se da entre el significante y el significado, entre la palabra que usamos para designar algo y el objeto que designamos. Todas nuestras interpretaciones, nuestras elaboraciones teóricas, nuestras creaciones, van dirigidas al intento de llenar ese vacío inherente al lenguaje, y el mito es la función del lenguaje que intenta llenar ese vacío. Esa es para Eric Gould la función principal del mito. La miticidad está marcada por las características del lenguaje. El hecho de que el lenguaje tiene que recurrir constantemente a la metáfora y a la metonimia para expresarse, y de que la única forma que tenemos los seres humanos de buscar la verdad es a través del lenguaje, nos presenta ante la necesidad constante de interpretar y desconstruir, es decir, de tratar de rebasar el vacío del signo lingüístico, de tratar de llenar ese espacio con nuestras ideas y conceptos, con nuestras creencias y nuestra ideología, es decir, con nuestros mitos.

 La miticidad, y por lo tanto la capacidad para crear y reproducir mitos es tanto antigua como moderna, no es propiedad exclusiva de la mentalidad primitiva, sino que es común a todos los seres humanos. Como consecuencia directa de la propiedad del lenguaje, característica específica del ser humano, la capacidad mítica es el mayor atributo de nuestra especie. En el seno del mito descansa el monumento de nuestra civilización, es gracias a ellos que los seres humanos construimos y destruimos, soñamos y perseguimos nuestros sueños, creemos en Dios o en la democracia, amamos a otros seres y valoramos y despreciamos nuestro trabajo. Todo mito es una elaboración discursiva, totalmente falso en la medida en que lo que vemos y percibimos no es más que una interpretación de lo que los sentidos nos comunican; totalmente verídicos y auténticos porque es lo único que tenemos, ya que después de este cuerpo contagioso y voluble sólo nos quedan nuestras creencias, nuestra fe, nuestros valores, las cosas por las que trabajamos y luchamos, las cosas por las que nos sacrificamos y hasta daríamos la vida. Los mitos de todo ser humano es lo más importante que tenemos, ya sean estos el afán de acumular riquezas, el ansia de poder político, la fe en la vida eterna, la entrega a la revolución, la poesía, la posesión de la carne, la meditación y el nirvana, la entrega a la familia o la literatura.

El estrecho dudoso 
 Una vez expresado esto volvamos a nuestro querido Desaguadero. Cuando Cristóbal Colón llegó a las islas del Caribe y se dio cuanta que no era Cipango, su búsqueda se tornó hacia el paso a la Mar del Sur, en pos de la tierra de las Especierías, el pasaje que habría de facilitar la ruta al Oriente. Esta obsesión fue más tarde heredada por Gil González Dávila, Francisco Hernández de Córdoba, Martín Estete, Diego López de Salcedo, Gabriel de Rojas, Alonso de Calero y otros Conquistadores. Como dice José Coronel Urtecho en su prólogo "A propósito de El Estrecho Dudoso", "De modo que no fue el oro -esa sustancia mágica que desde luego enloquecía a todos- el móvil principal de la Conquista de Centroamérica, sino el Estrecho"(27).
 Gil González Dávila llegó al hoy territorio de Nicaragua por el Océano Pacífico en 1522. Dice Francisco López de Gómara en un pasaje que todos Uds. probabalemnte conocen:

  "Armó, pues, Gil González en Tararequi cuatro carabelas, basteciólas de pan, armas y mercerías; metió algunos caballos y muchos indios e españoles, llevó por piloto a Andrés Niño y partió de allí a 26 de enero del año sobredicho. Costeó la tierra que digo, y aun algo más, buscando estrecho por allí que viniese a esotro mar del Norte, ca llevaba instrucción y mandato para ello del Consejo de Indias. Andaba entonces el pleito y negocio de la especiería caliente, y deseaban hallar por aquella parte paso para ir a los Malucos sin contraste de portugueses, y muchos decían al rey que había por allí estrecho, según el dicho de pilotos"(207-208).
 
Ernesto Cardenal utiliza este material en el Canto VI de El Estrecho Dudoso:
 ¡La mar del sur! ¡La mar del sur!
 Gil González partió de San Lúcar con tres naos
 a la mar del sur.
 A descubrir el estrecho de la mar del sur.
 ..........................................

 A las cinco y media de la mañana partieron las naos.

 Gil González presentó a Pedrarias en Panamá la cédula real
 para que le entregara los navíos de Balboa
  "todos los nabyos e fustas de dicho Vasco Núnez
  para hazer el dicho descubrimiento"
       (la Especiería).(55)

 Gil González tuvo muchísimas dificultades para preparar su expedición. Ni Pedrarias ni las condiciones geográficas cooperaron en su empresa, y no fue sino tras muchos trabajos e intentos que logró hacerse a la mar. Recorrió la costa del Pacífico de lo que hoy es Costa Rica, descubrió el Golfo de Nicoya, entabló contacto con el cacique Nicoya y con el cacique Nicaragua y descubrió la Mar Dulce. Como todos Uds. recuerdan, existe la leyenda de que al ver el inmenso Lago Cocibolca, Gil González pensó que se trataba de la Mar del Norte, hasta que su caballo se adentró en las aguas y bebió de ellas. Cardenal narra la historia de la siguiente manera:
 Este pueblo del cacique Nicaragua
 está a tres leguas de la costa del mar del sur
 Y junto a las casas está otra mar dulce y digo mar
 porque crece y mengua y yo entré a caballo en ella y la probé
 y tomé la posesión en nombre de Vuestra Magestad
 y preguntando a los indios si se junta con la otra mar salada
 dicen que no y cuanto nuestros ojos pudieron ver todo es agua
 salvo una isla que está a dos leguas de la costa
 y mandé entrar media legua en el agua en una canoa
 para ver si el agua corría sospechando que fuese río
 y no le hallaron corriente.
 Los pilotos que llevaba certifican que sale a la mar del norte
 y si es así es muy gran nueva
 porque habia de una mar a otra
 dos o tres legua de camino muy llano...
   ¡El Almirante de la Mar Dulçe!
 Gil González pide a su Magestad la merced
   del Almirantazgo de la Mar Dulçe.
 y de tres islas
   en la dicha Mar Dulçe
 para él y sus herederos y descendientes.(59-60)

 Todo esto lo ha dejado anotado Gil González en su carta al Rey, fechada en Santo Domingo, 6 de marzo de 1554. A partir de la incursión de Gil González se intenta encontrar la ruta por el Océano Atlántico, pero un error de cálculo lleva a los Conquistadores a buscalo por el Golfo de Honduras, situado entre los cabos de Honduras y Gracias a Dios, en la frontera entre Nicaragua y Honduras. El equívoco, según lo explica Eduardo Pérez Valle, radica en la confusión de la Mar Dulçe con la laguna de Caratasca, "que, efectivamente, vierte sus aguas en el Golfo de Honduras, un poco al Noroeste del cabo Gracias a Dios"(32).
 Así empieza la fiebre de la búsqueda del estrecho. Todos los capitanes se afanan por ser los descubridores de lo que para los Reyes, era la principal prioridad y la verdadera razón del descubrimiento. Cardenal versifica esa situación al comienzo del canto séptimo:
 Gil González fue a las Hibueras a buscar el Estrecho
 y Cortés envió a Olid por mar a las Hibueras
 y a Alvarado por tierra (a buscar el Estrecho)
 y Olid se levantó contra Cortés en las Hibueras
 y Cortés envió contra él a Francisco de las Casas
 y como no sabia de de las Casas fue él mismo a las Hibueras
 y Pedrarias envió a Hernández de Córdoba tras Gil González
 y después fue él mismo detrás de Hernández de Córdoba.

 Todos los ejércitos convergían en esas "Higüeras"
 (Honduras) buscando el estrecho.(63)

 El descubrimiento del verdadero Desaguadero se debe en realidad a Ruy Díaz, Sebastián Benalcázar y Hernando de Soto, bajo la gobernación de Francisco Hernández de Córdoba. Cardenal no presta mucha atención a la contribución de estos hombres, limitándose a decir en el Canto IX:

 Pedrarias envió a Francisco Hernández de Córdoba
  al "Estrecho Dudoso"
 con caballos y ballesteros a conquistar y pacificar
 las tierras de Nicaragua, y descubrir otras...(75)
Pero el hecho es que Ruy Díaz fue aparentemente el primero en encontrar la boca del Desaguadero, remontándolo hasta el raudal del Castillo. Sebastián de Benalcázar logró llegar hasta el río Machuca, y de la expedición de Hernando de Soto no quedan muchos detalles.
 Continuando con la exploración del Desaguadera, habiendo sido nombrado Gobernador de la Provincia de Nicaragua Pedrarias Dávila, mandó a Martín de Estete a descubrir el Desaguadero en compañía de Gabriel de Rojas. Hay mucha controversia en cuanto al derrotero que siguieron estos dos Conquistadores, ya que los historiadores nicaragüenses que historian esta época dan datos contradictorios al respecto. Lo importante para nosotros es que Martín de Estete logró explorar hasta la privincia de Suerre, pero sin llegar a la desembocadura del Río San Juan. Esta empresa estaba destinada para Alonso Calero y Diego Machuca de Suazo en 1539, bajo el patrocinio de Rodrigo de Contreras, nuevo Gobernador de la Provincia. Cardenal versifica esta expedición en el canto XII de El Estrecho Dudoso, utilizando como siempre una perspectiva irónica, invirtiendo el tiempo de la narración para empezar con el final de la expedición, y proceder negando algunos de los hechos oficiales:

 Podrá decir lo que quiera el dicho doctor Robles.
 Podrá decir lo que quiera el Rodrigo de Contreras.
 Ellos entraron en el río. Asentaron el real en el río,
 en el real de los lagartos. Midieron las leguas.
 Midieron las brazas. Pasaron los raudales
 levantando los bergantines con las manos...(89)

Continúa Cardenal la descripción del viaje, utilizando el material de la Relación escrita por Alonso Calero. En realidad el descubrimiento tiene muy poco de heróico y triunfal. Machuca, a pie, se ha separado de la otra parte de la expedición, y Calero, como sucedió en la mayoría de los casos en la Conquista, encontró lo que andaba buscando sin saber que lo había encontrado. Llegaron a la mar de Norte creyendo que estaba en una laguna hasta que las olas volcaron la fragata y se percataron de su error. Así fue como terminó la exploración del Desaguadero. El poema de Cardenal cubre un espacio de tiempo mucho más amplio y se concentra en otros aspectos de la Conquista. Por medio de su recostrucción de la búsqueda del paso de la mar del Sur, reedita uno de los hechos más determinantes de la historia de Nicaragua y contribuye a desarrollar la miticidad del canal interoceánico por nuestro país.

 Esta relación entre historia y leyenda es uno de los aspectos más importantes de la mitificación de Desaguadero. En el memorial escrito a los Reyes por Francisco Sánchez, escribano de la ciudad de Granada, en agosto de 1535, les comunica la existencia del Desaguadero, y afirma que de ahí se llevó el oro a Monctezuma y Yucatán. Inmediatamente la reina escribe una carta al Gobernador de Nicaragua ordenándole mande una expedición en busca de dicho paso a la mar del Sur. La posiblidad de que esta fuera la ansiada ruta hacia las Especierías, y la noticia de la existencia de grandes cantidades de oro, contribuyeron al desarrollo de la leyenda sobre el Desaguadero. Cardenal versifica este último documento de la siguiente manera:

 /LA REYNA/ Nuestro governador que es o fuere
 de la probincia de Nycaragua: yo soy ynformada
 que junto a la ciudad de Granada, que es en esa tierra,
 ay una laguna de agua dulçe y sale della un Desaguadero
 que va a la mar del Norte, que es un río muy grande
 como el Guadalquivir que pasa por Sevilla
 y que desde allí se llevó el oro que tenía Monteçuma
 ...yo os mando que luego hagays adereçar los vergantes...
  /YO LA REYNA/
   (La reyna era Doña Juana la Loca)
 Los navíos podían subir por el río hasta Granada
 y de la laguna de Granada sólo hay cuatro leguas
 a la mar del Sur, y se podía hacer una carretera
      -Decía Doña Juana la Loca-(86-87)

Aquí tenemos entonces el primer proyecto del canal interoceánico que tantas veces se ha planeado construir y que nunca se ha construído. De esta forma se consolida la leyenda del paso de la mar del Sur. Leyenda que en la imaginación y la literatura nicaragüenses alcanza proporciones mítica, se mitifica, y sirve de material para diversas discursos literarios, proyectos políticos y sueños de desarrollo económico. Por que como dice Prudencio Pineda en la novela de Lizandro Chávez Alfaro Trágame tierra, "Sin ese camino el mundo nunca va a ser mundo"(215). Esta invasión de Nicaragua en busca del paso a la Mar de Sur es responsable en gran medida por la pérdida de la identidad de nuestra culturas "indo-americanas" y al mismo tiempo inicia el proceso de identificación cultural del mestizaje. En esta importancia geográfica y económica, en el papel que desempeñó Nicaragua en los años de la Conquista y en los subsiguientes avatares de la construcción/no construcción del canal, se funda en gran medida en imaginario social nicaragüense. Ser nicaragüense es ser hijo de esta dualidad, de esta obsesión y de esta esperanza. Todos los nicaragüenses hemos crecido con esta imagen en la mente, participamos del mito y alimentamos la miticidad del paso a la mar del Sur. De ahí la veracidad de las palabras de José Coronel Urtecho en el ensayo introductorio al poema: "Para mí es, por ejemplo, un hecho significativo -seguramente relacionado con la idea del Estrecho Dudoso y la posición geográfica de Nicaragua- que esa abertura al mundo y lo extranjero, haya sido una de las características de la poesía nicaragüense, desde Rubén Darío"(32).

Los piratas
 Durante el siglo XVII el Río San Juan volvió a cobrar importancia debido a los ataques de los piratas ingleses, franceses y holandeses que tenía su base de operaciones en la isla La Tortuga y en Jamaica. Para ese entonces Granada era una ciudad próspera, con mucho comercio que llegaba a través del Desaguadero, en naves que calaban hasta ciento veinte toneladas. Según algunos historiadores los terremotos de 1648, 1651 y 1663 levantaron en algunas partes el lecho del río y lo convirtieron innavegables para barcos de tal calado. A partir de entonces la navegación por el río empezó a limitarse a bongos y canoas, con lo que el comercio se dificultaba un poco. No sé hasta qué punto eso sea cierto, pero sobre lo que no hay duda es que ya en 1661 los filibusteros se habían posesionado de la desembocadura del San Juan y el río Taure, y a menudo atacaban las embarcaciones que salían o entraban cargadas de mercaderías. Aunque la idea de remontar el San Juan, atravezar el Gran Lago y atacar Granada ya rondaba la mente de algunos corsarios, no fue sino hasta 1665, cuando el holandés Johann David o Edward Davis acompañado de noventa hombres entró por el Desaguadero y atacó la ciudad de Granada el 30 de junio. En dos horas saquearon la ciudad, despojaron los templos de sus objetos valiosos, atracaron a la gente más acomodada y se retiraron luego a la isla de Ometepe. Como consecuencia de este ataque y después de muchas negociaciones, se logró la construcción de la fortaleza de San Carlos, a la que se le dio el nombre de Castillo de San Carlos de Austria, el que fue terminado el 1 de agosto de 1666. Sin embargo cuando el pirata Gallardillo entró por el Río San Juan en 1670, llegó al Castillo de San Carlos y se tomó la fortaleza sin recibir resistencia. Continuó navegando las aguas del Lago Cocibolca, sorprendiendo a la ciudadanía granadina que se consideraba a salvo por la protección de la fortaleza. Por segunda vez Granada fue saqueada con saña, y muchas mujeres y hombres fueron secuestrados y luego vendidos en las Antillas. Fue así que la Reina Gobernadora Doña Mariana, nombró a Fernando Francisco de Escobedo para que tomara las disposiciones necesarias para asegurar la entrada a la Provincia de Nicaragua, y así fue como se dispuso edificar el Castillo de la Inmaculada Concepción debidamente fortificado, el que quedó terminado el año de 1675. Aparentemente este fortificación sirvió para disuadir a los piratass de sus incursiones por el Desaguadero, ya que éstas disminuyeron en los años siguientes, y sus acciones se dirigieron hacia otras rutas. La famosa tercera invasión de piratas a la ciudad de Granada no entró por el Río San Juan, sino que desembarcaron en Puerto Escalante y marcharon sobre Granada el 7 de abril de 1683. Los granadinos se habían preparado para el ataque con catorce piezas de artillería y seis pedreros, pero a las dos de la tarde, cuando aún no habían terminado los preparativos, cuatrocientos filibusteros cayeron sobre la ciudad. La emboscada que les habían puesto a la entrada de la ciudad apenas los detuvo por una hora, y durante toda la tarde y la noche se dedicaron al pillaje. A las ocho de la mañana le pidieron a los pobladores un fuerte rescate para desalojar la ciudad, y ante la negativa de los granadinos incendiaron este histórico Convento de San Francisco y numerosas casas principales, entre las que se perdió el Archivo de la ciudad.

 En el siglo XVIII se reanuda el interés de los ingleses por el Desaguadero, ahora como parte de un plan más general para apoderarse de toda la provincia de Nicaragua y su paso a la Mar del Sur. En 1762 una expedición inglesa comandada por el Coronel Polson, y entre los que se encontraba el después famoso Almirante Nelson, atacó el Castillo de la Inmaculada Concepción. Esta es la noche famosa en que Rafaela Herrera, viendo que su padre estaba enfermo (o acababa de morir, según otros historiadores) y no podía hacerle frente a los ingleses, tomó el mando y combatió valerosamente contra los piratas invasores. Todos nosotros hemos escuchado esa página gloriosa de la historia patria donde Rafaela Herrera, empapó algunas sábanas con alcohol y en llamas las mandó río abajo contra las embarcaciones inglesas. También es conocida la noticia de que su pericia en el uso del cañón dio cuentas de la vida del comandante inglés. Algunos años más tarde, en diciembre de 1779, el Brigadier Kempbell comandó una expedición que remontó el río San Juan y atacó el Castillo de la Inmaculada Concepción. Según Tomás Ayón los ingleses de hecho se apoderaron del Castillo en esa invasión y forzaron a su comandante, Juan de Aysa a refugiarse en Granada, donde reunió fuerzas y atacó a los ingleses el 4 de enero de 1781, expulsándolos después de un año de ocupación. En realidad hay bastante confusión en este asunto. James Jeffrey Roche en su libro Historia de los filibusteros, en la versión castellana de Manuel Carazo Peralta refiere la historia de Rafaela Herrera con cierta desconfianza, y a menudo la tilda de leyenda. En una frase totalmente paternalista afirma: žEn una época iconoclasta sería un acto de inútil crueldad despojar al pobre nicaragüense del único acto heróico que registran los anales de su historiaÓ(28). En una nota al pie de página el traductor aclara el malentendido, pero esto no disipa la duda que perdura en torno a los sucesos de 1762 y Rafaela Herrera. El libro de Roche peca de idílico y tiene una concepción bastante distorcionada de la vida en el trópico, pero este tipo de afirmaciones tienen a menudo demasiada importancia en el desarrollo del imaginario cultural de los pueblos y la percepción que se tiene de ellos.

 En el siglo XIX el canal interoceánico vuelve a ser un elemento fundamental de la actividad mercantil y uno de los grandes sueños de ingeniería de ambos continentes. En gran parte el canal de Nicaragua fue el catalizador de la empresa de William Walker para apoderarse de Nicaragua. Esta es la época de mayor tránsito interoceánico por Nicaragua, es la época de oro de San Juan del Norte y de la Atlantic and Pacific Ship-Canal Company, propiedad de Cornelius Vanderbild, que obtuvo del gobierno de Nicaragua la autorización para establecer una red de transporte a través de su territorio. Si alguna vez el mito del canal interoceánico pareció empezar a tomar forma en la vida de la región, fue en este entonces, cuando las compañías norteamericans se interesaron por el proyecto y las compañías de tránsito empezaron a ofrecer un sevicio más o menos continuo. Aunque es cierto que ya en la década de 1780 el gobierno español hizo algunos reconocimientos con la intención de construir un canal por Nicaragua,  y que en 1804 Friedrich Heirich Alexander Humbold escribió sobre la posibilidad de construir el canal interoceánico por este país, no fue hasta 1823 en que John Bailey fue  comisionado por la República de Centroamérica para llevar a cabo el primer estudio pormenorizado del terreno. En 1825, en el Congreso de Panamá, la construcción del  canal fue uno de los temas más tratados, y de ahí surgieron varias inciativas sin que llegaran a cristalizarse. En 1835 el Senado de los Estados Unidos comisionó un estudio  sobre la construcción del canal y el General Jackson mandó a un agente especial, quien desgraciadamente murió antes de regresar a Washington. En 1840 John L. Stephens, después de un largo viaje por Centroamérica estudió la zona del itsmo de Rivas, se entrevistó con John Bailey en Granada, revisó todos los estudios que había hecho éste y se propuso contruir el ansiado canal. Para esta época Bélgica se interesó por el asunto e Inglaterra aumentaba su presencia en la región. Entre las muchas personas que se entusiasmaron con el proyecto se encuentra Luis Napoleón Bonaparte, quien en 1846 publicó un folleto detallando las ventajas del canal por Nicaragua. Finalmente, el 22 de septiembre de 1849 el Gobierno de Nicaragua firmó un contrato con la Atlantic and Pacific Ship-Canal Company, propiedad del Comodoro Cornelius Vanderbilt y representada por J.L. White, por la concesión del canal interoceánico. Vanderbilt estableció primero la ruta via Granada y El Realejo, pero luego la cambió por La Virgen y San Juan del Sur. El contrato con Varderbilt fue reformado el 11 de abril de 1850 y el 19 de agosto se hizo otro contrato, independiente del contrato general, y se fundó otra compañía con el nombre de Compañía Accesoria de Tránsito.

 Esta fue en pocas palabras la azarosa historia de la ruta introceánica por Nicaragua. El país en realidad se benefició poco de todo esto. Anota Jerónimo Pérez en el capítulo III de sus Memorias:
 žPor desgracia para Nicaragua, la inexperiencia del gobierno en esta clase de negocios lo condujo a celebrar el año 1851, un mal contrato de tránsito con una compañía muy poco honrada, de los Estados Unidos, que se comprometió a pagar un tanto por ciento de las utilidades de la empresa. El tránsito estaba abierto sin interrupción, y Nicaragua no había recibido nada de lo que le pertenecía, y antes bien, estaba envuelto en interminables enredos y disputas. Discusiones con el ministro de Nicaragua en Washington, notas y contestaciones y comisionados para examinar libros y sumar cuentas y muchos otros pasos habían sido infructuosos, porque la Compañía burlándose de los compromisos, no procuraba más que excusar el pagoÓ(49).

 Esta ha sido y continúa siendo la historia de Nicaragua. Pero la vida de la Transit Accessory Co. tampoco fue muy larga. Al llegar William Walker en 1854 recibió la ayuda de Vanderbilt y sus socios, utilizó las embarcaciones y se benefició de la influencia que tenían, pero en 1855, en compañía de Edmund Randolph, revisaron los contratos de canalización y los libros de contabilidad y le revocaron los privilegios que habían obtenido. Así sacaron del negocio a Vanderbilt y le dieron la concesión a Randolph. Este pasaje aparece narrado no sin tropiezos en el capítulo IV de  las Memorias para la historia de la Campaña Nacional contra el filibustrismo en 1856 y 1857 de Jerónimo Pérez.

 Durante todos los años de la guerra contra Walker el río San Juan continuó siendo un punto estratégico. A principios de diciembre de 1856 salió de Costa Rica una expedición a tomarse el Castillo, financiada en parte por Cornelius Vanderbilt y comandada por un inglés de apellido Webster. En pocos días se apoderaron de cuatro vapores chatos para navegación en el río: el Morgan, el Wheeler, el Machuca y el Bulder; atacaron la isla Hips y controlaron la Fortaleza de San Carlos. El Castillo, que para ese entonces estaba abandonado, fue ocupado rápidamente. El vapor El Virgen cayó en sus manos cargado de cañones, rifles y pertrechos de guerra; y el vapor San Juan entró a la fortaleza sin imaginar lo que le esperaba. Durante todo este tiempo la actividad marítima era considerable y el control de esta ruta era de cierta importancia en la lucha de poderes de la época. En febrero de 1857 llegaron 300 hombres a San Juan del Norte, entraron por el río y atacaron la Trinidad, de donde fueron repelidos y regresaron a situarse en la bifurcación del río Colorado. Volvieron a atacar y pasaron hasta El Castillo. Los treinta costarricenses que defendían el bastión no pudieron hacerle frente al enemigo y los ingleses se apoderaron de El Castillo. Se tomaron el vapor Scott, y en un acto de heroísmo, el coronel costarricense Jorge Cauty hundió el Machuca para que no cayera en manos de los filibusteros. Siete días más tarde llegaron refuerzos de la Fortaleza de San Carlos y los filibusteros tuvieron que retirarse dejando cincuenta muertos y heridos. La historia del tránsito por el río San Juan continúa, con sus altos y bajos, hasta 1905 cuando el canal de Panamá le robó el tráfico interoceánico.
 Todo esto es historia bien documentada por nuestros estudiosos, pero son estos hechos los que contribuyen a engrandecer la miticidad del San Juan y del canal interoceánico. Hoy en día, en que la diferencia en la Historia (con mayúscula) y las historia (de naturaleza literaria) se van borrando, podemos regresar a los escritos de Tomás Ayón, Jerónimo Pérez y José Dolores Gámez, para releer estos capítulos y reconsiderar la importancia que tiene para la literatura nicaragüense. Gran parte de Libro VI de la Historia de Nicaragua de Tomás Ayón gira en torno a las invasiones de los piratas a Nicaragua y la navegación del Río San Juan. La miticidad de los símbolos, las personas y las cosas, se producen por una serie de textos, bien sean éstos de caracter puramente literario, o bien sean de caracter histórico, periodístico, popular o, en nuestro final de siglo, virtual y cibernético. Es por eso que me parece fundamental, como he hecho con la figura de Augusto César Sandino o con otros símbolos culturales, incorporar los textos históricos a mi análisis de la textualidad que produce estos fenómenos culturales...

Crónicas de los viajeros
 Pero no es sólo a los historiadores a los que les debemos contribuciones importantes a la miticidad del canal interoceánico, sino también a los distinguidos viajeros que pasaron por estas tierras y dejaron testimonio de sus viajes: Thomas Gage, George Lawrence, John L. Stephens, Ephrain G. Squier, Julius Froebel, Pablo Levy y Carl Bovallius son algunos de los nombres más reconocidos por los valiosos escritos que nos dejaron.
 El primero en pasar por estas tierras fue el religioso inglés Thomas Gage, alrededor de 1639, y le dio al país el apelativo de žel paraíso de MahomaÓ(423), con lo que ya pueden imaginarse Uds. a qué licensiosas labores se dedicó el religioso al pasar por aquí.  Desembarcó en La Vieja, proveniente de San Miguel, y de ahí pasó a El Realejo. Hizo el viaje en mula a León y luego hasta Granada. En el camino dice que encontró tanta fertilidad y frutas que "bien pueden hacer de Nicaragua el paraíso de América"(417). Sin embargo la visión que le dieron los granadinos y los frailes mercedarios del viaje por el río San Juan no fue muy atractiva:
 "mientras navegan por el lago van seguros y sin problemas, pero cuando pasan del lago al río (que aquí llaman el desaguadero en español), para salir al mar, hic labor, hoc opus est, "aquí no hay sino dificultades", que a veces hacen durar dos meses un viaje que podría ser tan corto, pues en algunos lugares es tal la bajada de las aguas entre las rocas que muchas veces se ven obligados a descargar las fragatas y a cargarlas de nuevo con ayuda de mulas... Aparte de este problema... los mosquitos abundan de tal manera que hacen que el viajero no disfrute nada del viaje y el calor es tan insoportable en algunos lugares que muchos mueren antes de salir al mar"(420).

Como puede esperarse Gage no tomó la ruta del río San Juan, sino que prosiguió a lomo de mula hacia Cartago y luego a Nicoya.
 John L. Stephens llegó por donde salió Gage, navegando desde el Golfo de Nicoya hasta San Juan de Sur, recorrió la ruta que Bailey había trazado para el canal interoceánico hasta la desembocadura del río Lajas, y luego navegó por el lago hasta Granada. Stephens, que fue uno de los viajeros más leídos de su tiempo, dejó un hermoso libro de dos volúmenes registrando sus experiencias en Centroamérica. Su entusiasmo por el canal fue tal que renunció a su puesto diplomático para fundar una compañía de transporte interoceánico. El capítulo XIX de su obra Incidentes de viaje en Centro América, Chiapas y Yucatán contiene algunos de los pasajes más idílicos sobre  el futuro de la zona:
 žEn menos de un año los botes de correo ingleses harán la travesía hasta Cuba, Jamaica y a todos los principales puertos de Hispano América, tocando una vez al mes en San Juan y Panamá. Para los hombres ociosos y de fortuna, cansados de vagar sobre las ruinas del antiguo mundo, se abrirá un nuevo campo. Después de un viaje por el Nilo, un día en Petra, y un baño en el Eufrates, los turistas ingleses y americanos serán picados por los zancudos en el Lago de Nicaragua, y beberan champaña y cerveza Burton sobre las desoladas playas de San Juan sobre el PacíficoÓ(I, 327).

Stephens murió en 1852 sin ver su sueño convertido en realidad. En los últimos años de su vida se dedicó a la construcción del ferrocarril en el istmo de Panamá, pero nos dejó este capítulo fundamental para la miticidad del canal interoceánico en el imaginario cultural nicaragüense.
 De todos los testimonios de los viajeros que pasaron por Nicaragua, el libro que más influencia ha tenido entre los nicaragüenses ha sido Nicaragua: Its People, Scenery, Monuments, Resources, Conditions, and Proposed Canal; With One Hundred Original Maps and Illustrations (1858) de Ephrain George Squier, cuya segunda edición revisada y aumentada fue publicada en 1860, en Nueva York por Harper and Brothers Publishers. Esta obra ha sido muy leída en Nicaragua a partir de la publicación de la traducción española realizada por el poeta y traductor Luciano Cuadra, en 1970. Squier llegó a Nicaragua en junio de 1850, dos años después de la ocupación inglesa de la Mosquitia, y como dice José Coronel Urtecho, "tenía el ojo fresco para el paisaje tropical y las pequeñas peculiaridades de nuestra vida"("Viajeros en el río, 145). Squier parecía tener mucha confianza en la construcción del canal interoceánico. Al final del primer capítulo se lee una afirmación muy significativa del estado mental del autor y su certeza sobre el futuro de Nicaragua:

 "Estos aborígenes no han cambiado en trescientos años sus costumbres; sus viviendas son las mismas. Las escenas que mirábamos eran idénticas a las que contemplaron los hombres del Descubrimiento. Un eterno estío reina sobre ellos; sus necesidades son pocas y primarias, y una naturaleza pródiga satisface a mano abierta las exigencias de su existencia. Jamás podían pensar que ese grupo de extranjeros que surcaban silenciosamente el agua frente a ellos andaban ahí abriendo la llegada del estrepitoso vapor, ni que el mundo civilizado estuviera en esos momentos planeando la titánica empresa de rasgar el velo de su primitiva soledad, tajar sus montañas y abrir, de un desmesurado océano al otro, un gigantesco canal por el que pudieran pasar las grandes flotas del mundo cargadas con los tesoros de ambos hemisferios"(32).

 Esto es muy importante porque la miticidad que se ha desarrollado en el imaginario cultural nicaragüense ha sido alimentada por el entusiasmo y la presencia de los extranjeros que se han interesado en el asunto. El pueblo de Nicaragua está claro que no tiene los recursos para hacerle frente a un proyecto de esa embergadura, pero ha sido la presencia de norteamericanos y franceses, y más recientemente de inversionistas orientales, lo que ha alimentado las esperanzas de los nicaragüenses.

 Ephrain Squier navega el Río San Juan en "La Granadina" un bongo (o canoa desproporcionada como la llamaba él) piloteado por un diestro navegante llamado Pedro, que anunciaba su arribos y partidas soplando vigorozamente una concha que producía un lóbrego sonido. Es uno de los primeros en anotar el color de la aguas del Sanjuanillo cuando regresa a juntarse con el San Juan y viene teñido de rojo debido a ciertas infusiones vegetales. Se demora en la descripcin de la flora y la fauna, y no esconde su repulsión por los saurios y la iguanas. Prolijamente deja testimonio del odio que existía en ese entonces por los ingleses, debido a la derrota del 12 de febrero de 1848.  Anglosajón al fin y al cabo, Squier se desespera por la impuntualidad y la parsimonia con que los nicaragüenses hacemios nuestras cosas, pero poco a poco va aceptando que esa es la forma en que la gente concibe la vida y nada puede hacer para cambiarla. El libro de Squier consta de quinientas apretadas páginas de narraciones entretenidas y anotaciones certeras sobre la Nicaragua de mediados del siglo XIX. Las ediciones en inglés de 1852 y 1860 respectivamente, contienen un interesante apéndice sobre el canal que no se incluye en la traducción española. Para mí esta es una sección importantísima ya que es el informe que Squier presentó como resultado de sus investigaciones en Nicaragua, sobre las posibilidades de construir el ansiado canal. En el capítulo II del Apéndice, Squier presenta mucha información sobre la construcción del canal, y en una forma muy objetiva y desapasionada afirma que aunque desde el punto de vista de su ingeniería, la construcción del canal es posible, desde el punto de vista financiero y uso de capital, no es probable que sea realizado. Claro que ni la recomendación de Squier ni sus cálculos presupuestarios fueron definitivos, pero la suya era sin duda una opinión valiosa y recibió mucha atención en su tiempo.

 De todos los viajeros que pasaron por nuestro querido río, el alemán Julius Froebel fue el más mangánimo y el más iluso. El capítulo II de su libro Siete años de viaje, magníficamente traducido por Luciano Cuadra, es una tiernas apología de las inclemencias del lago. Todo lo que a Squier le parecía horrible a Frobel le resultó fascinante. Por eso Coronel ha encontrado apropiado hurtarle unas cuantas frases, y los nicaragüenses debemos agradecerle su generosidad hasta con los mosquitos.
 Pablo Lévy publicó en 1873 su Notas geográficas y económicas sobre la República de Nicaragua, la que según Jaime Incer Barquero, no ha sido igualada en su género por ninguna obra del siglo pasado, ni escrita hasta mediados del presente. En este libro Lévy hace una exposición detallada del río San Juan midiendo sus longitudes y calculando su caudal, dividiendo su estudio en secciones y disipando muchas dudas y creencias que se habían establecido acerca de El Desaguadero (86-89). Lévy también hace hacia el final de su obra una exposición sucinta y bastante completa de todas las propuestas que se han hecho para la construcción del canal por Nicaragua. En sus conclusiones Lévy afirma: žLo que es innegable es que nunca se ha experimentado, tanto como ahora, la necesidad del canal americano, y que, forzosamente, tiene que hacerse de aquí a pocos años, ya sea por Nicaragua, ya sea por otro de los puntos que hemos mencionado. En lo que a nosotros toca, creemos que la ruta de Nicaragua es preferible a todas las demás, y quizás la única practicable de cuantas se han propuestoÓ(375).
 Al declinar el siglo XIX se registra otro auge de entusiasmo por la construcción del canal interoceánico. En 1885 el Congreso de los Estados Unidos autorizó un viaje de reconocimiento del río San Juan y la ruta interoceánica, para lo que comisionó al Ing. Aniceto G. Menocal, de la Marina de los Estados Unidos, para dirigir dicha expedición. En 1886 se publicó el Report of the U.S. Nicaragua Surveying Party, un hermoso volumen en cuarto mayor con numerosos mapas, dibujos y fotografías de las principales ciudades de Nicaragua. En el presupuesto que presenta el Ing. Menocal los gastos para la construcción del canal por el río Brito ascienden a 48 millones de dólares. Algunos años más tarde Henry Isaac Sheldon visitó Nicaragua en marzo de 1895, con el fin de inspeccionar el terreno y evaluar la situación de los trabajos preliminares que se habían llevado a cabo. Como resultado de su visita escribió y publicó su Notes on the Nicaragua Canal (1897), con una segunda edición dos años después. Sheldon enfáticamente apoya la construcción del canal por Nicaragua tratando de disipar las aprensiones del gobierno y los inversionistas. Entre los años 1897 y 1899, otro equipo de ingenieros hicieron un reconocimiento más detallado de la propuesta vía del canal y publicaron su Report of the Nicaragua Canal Commission, presidida por el Vice Almirante John G. Walker. Se trata de otro hermoso volumen de 500 páginas en cuarto mayor, con información detallada de la ruta, información sobre el proyecto de drenage, planos para el sistema de esclusas y represas que se construiría, y narraciones de los ingenieron involucrados en el proyecto sobre su experiencia en la región. En 1900, Angelo Heilprin, presidente de la Asociación Geográfica y profesor de la Academia de Geología y Ciencias Naturales de Filadelfia, publicó su panfleto, The Nicaragua Canal in its Geographical and Geological Relations. A Question as to the Permanency of the Proposed Canal. En este librito el profesor Heilprin llama la atención en cuanto a la naturaleza volcánica de Nicaragua, comparando el peligro de una erupción volcánica con el Krakatoa y el Tarawera. Insiste mucho en la necesidad de recoger más información antes de la construcción del canal, y aunque no llega a refutar la posibilidad de construirlo, aduce que sería una inversión muy arriesgada. En 1901, un año después, Philippe Bunau-Varilla dictó una conferencia en Princeton University tituladaÓNicaragua or PanamaÓ. Aquí Bunau-Varilla toma partido por la construcción por Panamá y pone en tela de juicio la continuidad y estabilidad del canal por Nicaragua. Estos reportes y escritos oficiales del Congreso de los Estados Unidos han contribuido enormemente a la miticidad del canal, y no se puede considerar todo el fenómeno del canal interoceánico sin tomar en cuenta estos escritos.
 
José Coronel Urtecho (8)
 Ningún escritor o viajero, bucanero o empresario, ha vivido y amado el río San Juan, como lo hizo el gran maestro José Coronel Urtecho. Vivió en su hacienda de San Francisco del Río por casi medio siglo, escribió (o publicó) relativamente poco, pero su palabra y su dirección fueron la fuerza más influyente de la vida cultural nicaragüense del siglo XX. Por eso, en la estrofa cuarenta y nueve de sus žNotas del LagoÓ nos dice: žPablo Antonio es del lago / Silva del río y del lago / yo más del río que del lagoÓ(208). Casi toda la obra de Coronel es fluvial. Pensemos en su famoso libro de ensayos Rápido tránsito (1953), en el título homérico que le da a su volumen de poemas: Pol-la dŪananta katanta paranta que significa: žy por muchas subidas y caídas, vueltas y revueltasÓ, titulos que de alguna manera se relacionan con el río, con sus meandros y sus pasajeros, con sus rápidos y su historia. Y sin embargo Coronel parece no haber sucumbido a la fiebre del canal.

 En "Viajeros en el río", Coronel nos da una visión del Desaguadero muy diferente de la que hemos vistos en estas páginas. Yo he tratado de mostrar un río zurcado por vapores y bongos, poblado de exploradores y adelantados, invadido por piratas y acosado por las hordas de viajeros deseosos de llegar a su destino; Coronel nos habla de otro río, nos habla del río tranquilo y paradisíaco de su soledad:

  "Aunque el río sea el desaguadero del gran lago de Nicaragua en el Atlántico, al alcance de puertos marítimos y lacustres y de pequeñas poblaciones fluviales de ambas repúblicas vecinas, nada tan despoblado y tan remoto como sus riberas, que hacen una impresión de tierra nueva, virgen, descolorida, de terra incognita. Es un lugar de soledad casi sagrada"(143).

Hay que leer con mucha atención esta visión de José Coronel Urtecho desde la privacidad de su vida cotidiana y desde las inmediaciones del siglo XX. En este texto el río San Juan, el Desaguadero, no es quimera que perseguir, no hay mito en que creer ni empresa en la que soñar. Para Coronel el río es cotidiano, es bello en su propia inutilidad como canal, es hogar y no pasaje. Por eso para él lo extraño, lo inusitado, son los viajeros:

"Tal vez por eso mismo los extraños viajeros norteamericanos que alguna vez pasaban me parecían los últimos viajeros rezagados de la corriente humana que seguía esa ruta cuando la fiebre del oro de California, en los barcos del río del Comodoro Vanderbilt, hace cien años, los últimos fortyniners"(143).

 Visión de adentro y visión de afuera, la mirada del nativo y la mirada de extranjero, el descubridor que busca el paso a la Mar del Sur y el escritor que no quiere ser descubierto. José Coronel Urtecho, que desde siempre ha parecido tener el don de la originalidad, subvierte en su texto la visión que la literatura nos ha dado de esta zona de Nicaragua. Su cultura es libresca, pero Coronel nunca pierde de vista el presente y la cultura popular. Por eso dice:

 "Cada vez eran menos; pero no me olvidaba que habían pasado innumerables buscadores de oro que se gastaban cada quince días de dos a tres mil dólares en El Castillo -hoy un pueblecito muerto, mohoso y carcomido- sin dejar huellas, como tampoco las dejaron los exploradores españoles ni los piratas, sino a penas el eco, en unos cuantos libros para eruditos, de sus alegres aventuras y sus grandes mentiras, por el estilo de los tall-tales de los boteros del Mississippi"(143-144).

El hoy del río versus el ayer de los viajeros, la belleza paradisíaca forjada por la mano teutónica de la naturaleza, versus las dragas y los vapores que destruyen el paisaje. El resto del ensayo son comentarios sobre las crónicas de Julius Froebel, Ephrain Squier, las anotaciones del gran Mark Twain, y finalmente su amigo Douglas, un biólogo de Harvard enamorado de la zona. Es decir, comentarios sobre "esos libros para eruditos" que había mencionado. Casi toda la obra de Coronel s dual y contradictoria, y ahí radica su grandeza. "Viajeros en el río" trabaja contra la miticidad del canal interoceánico, pero al mismo tiempo la alimenta. Refuta la grandeza de la empresa, pero la rescata en forma libresca, la reescribe con su humor jovial y su inteligente ironía. El párrafo final de este ensayo no puede ser más revelador de la dualidad, de la ambigüedad del pensamiento de José Coronel Urtecho. Este párrafo, -al que Gioconda Belli le ha sacado provecho en su última novela, de la que voy a hablar más adelante-, sintetiza la esencia mítica del canal interoceánico, su apertura y su hermetismo, su posibilidad y su imposibilidad:

 "La soledad es cada vez mayor y más bella en el río. Tal vez el río se pueble un día, como pensaba Squier, naveguen barcos y gasolinas; pasten caballos y ganados de raza en sus llanos y en los gramales de las lomas; se miren en sus orillas hermosas casas tropicales, y en muchas de ellas libros americanos y retratos de poetas. Tal vez la soledad y la belleza primitiva quede sólo en los libros. Tal vez la selva vuelva a cubrirlo todo. Todo depende"(164).

Dialéctica del pensamiento de Coronel, ambigüedad y sueño. Para un poeta como éste eso es suficiente. La realización del sueño no es más que un accidente que pertenece más al mundo de la casualidades que al de las causalidades. En sus "Notas del lago" se puede ver en bellos y simples tercetos de arte menor la pretérita historia del río:

"Cuando Granada era Granada / Granada quería / ser como Sevilla. Por el lago se iba / -por el río- / de Granada al mar. Por el río se iba / -por el lago- / del mar a Granada"(206). Y en žFebrero en la azucenaÓ largo prosema que le rinde homenaje a la prolífera fauna y flora de la región, se desborda el amor y la admiración por su paisaje predilecto. O en "Pequeña biografía de mi mujer" que simbióticamente es también un homenaje al río San Juan, porque más que escribir sonbre el río San Juan, Coronel prefería vivirlo.

Trágame tierra

 Lizandro Chávez Alfaro desarrolla en su excelente novela Trágame tierra el asunto de la construcción del canal por Nicaragua. A lo largo de sus doscientas ochenta y dos páginas se percibe la presencia de este motivo como elemento central de la fábula. La vida de Plutarco Pineda está marcada por la construcción del canal, su vida ha sido una larga espera que finalmente se ve frustrada al tener que vender su terreno en la margen del Río San Juan, para salvar a su hijo Luciano de la cárcel. "La Gloria" era el nombre del "terreno que cubría una legua en la margen septentrional del Río San Juan"(14) y para Plutarco Pinera el nombre que le había dado era más que alegórico. Ese pedazo de tierra representa en la novela el Paraíso Perdido, la Tierra Prometida que algún día habría de valer millones. Era la esperanza abierta a todas las posibilidades, "La Gloria" como la Gloria Divina en la teología cristiana, representa para Plutarco Pinera la última esperanza, el fin y el principio de una nueva vida. Eso piensa Plutarco Pineda mientras se desliza sobre las aguas del río: "Todo cambiaría, todo, si aquellos se animaran a decir "ahora". Esta gente; todo cambiaría... la tierra entera se levantaría a ver el país transfigurado"(93). Ante los ojos de Plutarco Pineda la construcción del Canal y sus constructores alcanzan proporciones míticas, se ven idealizados por una imaginación que lo espera todo de ellos:

 "Los zacatales, los manglares, la manigua indolente abrazada a bejucos, serpientes, pájaros, huevos, flores, alimañas, en monstruosa inutilidad, era barrida ante sus ojos, entre cristalizados y alumbrados por el resplandor de lo que veía: ellos, corpulentos, dorados por el sol, pulcramente vestidos de caqui, habían llegado a ejecutar lalabras. Tenían todo preparado. Montados en acían oír su voz tonante para dirigir los escuadrones de tractores. La tierra quedaba rasurada, lista para el milagro. Surgían malecones, terraplenes, ferrovías y locomotoras, presas, exclusas, todo para que el agua corriera por su altar, venerada y prodigiosa. Luego los barcos navegando a toda velocidad, respetuosos, adornados con banderolas, y nosotros viéndolos pasar desde casitas de madera, pintadas de blanco, refrigeradas, con un jardincito por delante, para que nuestros hijos rieran libremente, dueños de un envidiable patrimonio, nacidos en la riqueza, o en todo caso bajo la bienhechora influencia de la riqueza"(93-94).

 Entre el Canal histórico y el que se da contínuamente en la imaginación de Plutarco Pineda hay un espacio muy grande, una distancia similar a la distancia que se da entre el signo y su significación, es el espacio ontológico del que habla Eric Gould. Es en este espacio, en este vacío entre la palabra y el hecho consumado, entre el significado y el significante, donde se da la miticidad del lenguaje y donde la novela realiza su propia miticidad. Esta relación entre mito y realidad, entre lenguaje y significación, se ve claramente en la concepción que Plutarco Pineda tiene de la construcción del Canal. Para el personaje, lo único que hace falta es que los norteamericanos pronuncien las tres palabras mágicas. En el acto de la enunciación se materializará el hecho. De forma análoga a como ocurre en el Génesis, donde basta decir "Hágase la luz" para que la luz se haga, para Plutarco Pineda basta que los norteamericanos digan "hágase El Canal"(93), para que todo se transforme y la riqueza y la prosperidad invadan al país. La confianza del protagonista en el lenguaje funciona como modelo para poner de relieve la verdadera infidencia del lenguaje. "Mañana van a decir "hágase", y para hacerlo tiene que pedirle permiso al dueño de ese título que tiene en la mano", le dice a Erasmo Castellón, "Hasta los venados de la vega del Río San Juan saben que El Canal existe; saben que un día lo van a ver pasar como me han visto pasar a mí"(215). En esta aparente hipérbole se cifra la convicción del protagonista, su deseo de creer y el poder conferido al lenguaje como instrumento de esa creencia, como prueba (tautológica) de la razón de creer, del derecho de creer, porque como dijera el narrador en el momento en que Castellón firmaba la escritura de hipoteca, Pineda firmaba "con la misma osadía y fascinación que, en su juventud, el viejo había firmado su derecho a creer en El Canal"(228). Sin esa fe no hay miticidad posible, sin la creencia en la validez de la leyenda no hay mito.

 El hecho que el lenguaje alude a una realidad ficticia, imaginística y puramente semiótica, es uno de los puntos principales sostenidos a todo lo largo del discurso de Trágame tierra. Este hecho explica de una manera dialéctica la mitificación de la imagen de Sandino (véase el capítulo sobre Sandino) y el cambio de nombre de su hijo Ronald por Luciano. Al rechazar el nombre que le había dado su padre al nacer, Luciano rechaza la imagen ficticia y manofacturada que su padre se había hecho de él y de su vida, de su futuro. "Entonces Ronald tampoco tendría accesos de furia y reclamación, porque habría la abundancia y la paz necesarias para que el muchacho fuera un profesional, competente -"competente" era la palabra que mejor se acoplaba a su idea de sosiego-; posiblemente hasta sería un piñón de cierta importancia en el colosal engranaje de la construcción del Canal"(94). El rechazo del nombre propio apunta a un rechazo más general del lenguaje, y éste a un rechazo de la realidad que le sirve de referente. La importancia de esta premisa alcanza toda su significación cuando la superponemos a la actitud lingüística de la novela en general, donde se da una continua desconfianza en el lenguaje. Chávez Alfaro se empeña en llevar a cabo una desarticulación del lenguaje, disociar sus relaciones naturales y establecidas para desenmascarar los mecanismos del lenguaje, su capacidad para crear una realidad artificial y diferente. Las descripciones del narrador, tanto como las percepciones de los personajes (cada una mediatizada por su propia perspectiva) se ven subrayadas por este propósito desconstruccionista frente al lenguaje.

 Deshacerse de "La Gloria" es deshacerse del sueño y el futuro, de la única posibilidad de realización. Así como para el cristiano esta vida no tiene sentido sin la posibilidad de la Gloria Eterna, vender ese pedazo de tierra antes de que se construya El Canal es una idea absurda para Plutarco Pineda. Por eso las sugerencias de su mujer carecen de todo sentido:
 "¿Por qué no vendemos La Gloria? ¡Mujer cerrada! Nunca va a entenderlo: cada hectárea de orilla por la que tiene que pasar el Canal es una marqueta de oro. Antes de que lo construyan puedo vender hasta los calzones, pero no eso, y cuando digan «ya», entonces... -¿Cuánto quiere, señor Pineda? -Señores, los he esperado casi cuarenta años. -Diga cuánto quiere... ¿Es que ella no puede entender eso? He esperado y pienso seguir esperando aunque tengan que ir a buscarme a mi tumba. Yo compré a seis córdobas la hectárea, casi un año antes de que se firmara el tratado, y se firmó y me lo aprendí casi todo de memoria, para estar más seguro a perpetuidad y para siempre, pero desde antes de 1914 yo ya estaba esperando..."(14).

Aprenderse el tratado de memoria es una forma de fijar en la mente, por medio del lenguaje, una realidad que no existe en el mundo concreto (que nunca llegó a materializarse), es una vez más, crear una realidad ficticia y esperar que la historia le dé validez a esa realidad. Trágame tierra es una de las mejores novelas que ha producido Nicaragua, y el hecho que en ella se despliegue con tanta presistencia el mito del canal, es síntoma y consecuencia de la importancia que éste tiene en nuestro vida intelectual y cultural.

Los pies descalzos de Nicaragua (6)
 En la colección de textos que construyen el mito del canal interoceánico no tiene poca importancia el aporte del periodismo. Desde mediados del siglo pasado empezaron a aparecer artículos periodísticos, notas y comentarios sobre el canal de Nicaragua y los viajeros que se aventuraban por esta ruta. Los periódicos nicaragüenses están llenos de noticias y menciones del canal, cuya recopilación sería un trabajo interesante para completar la histioria textual del canal. La colección de artículos de Pedro Joaquín Chamorro Los pies descalzos de Nicaragua (1976) representa una contribución importante al proceso de mitificación del canal interoceánico y del río San Juan. El principal aporte de Chamorro a este fenómeno es haber establecido un contexto amplio para el análisis de la canalización de Nicaragua. La propuesta de los quince artículos es invitarnos a analizar Nicaragua desde el punto de vista de un eje fluvial o hidrográfico que va desde el Golfo de Fonseca hasta San Juan del Norte. El autor nos invita a pensar Nicaragua desde esa perspectiva y tratar de definir "la naturaleza de nuestro destino respecto de los lagos y el río con el objeto de convertir la respuesta que salga de ahí, en un desidarátum nacional, permanente e imperecedero"(24). La llamada que nos hace Pedro Joaquín Chamorro en estos ensayos es  sumamente importante, especialmente en el contexto de una reflexión sobre los mitos nacionales y la miticidad de la nación. Pensar a Nicaragua desde el punto de vista de los ríos y lagos es situar al mito en el centro de la concepción de la nación. En este nivel del razonamiento el mito ha pasado de ser un instrumento de narración (contándonos una historia) a ser un instrumento de reflexión, una herramienta heurística. Es decir el mito ha desarrollado su más alto grado de función en la sociedad, se ha convertido en el criterio de la reflexión.

 Leer los diferentes géneros literarios significa ponerlos dentro de su perspectiva apropiada. En un análisis como el que estoy elaborando ahora es importante interpretar cada texto en relación a los otros textos con los que dialoga, pero asimismo es fundamental leerlos en función del género al que pertenecen y las razones que lo informan. Los artículos que componen Los pies descalzos de Nicaragua tienen sin duda una finalidad política que se inscribe dentro de la lucha de oposición que Pedro Joaquín Chamorro estaba librando contra la dictadura somocista. De ahí sus comentarios sobre las tierras que se encuentran a lo largo del lago Cocibolca y del río San Juan, de ahí sus insinuaciones irónicas sobre los grandes latifundios de los gobernantes, y las referencias a la construcción de presas hidroeléctricas, que aluden a las inciativas que en esos años se manejaban en el país. Es decir, por un lado estos artículos son un frente de lucha contra la administración de Anastacio Somoza y pretexto para un ataque político. Pero al mismo tiempo en estos textos podemos leer la preocupación de uno de los hombres más dinámicos e inteligentes de Nicaragua, por uno de los paradigmas fundamentales de nuestra modernidad; y es aquí donde encontramos al mito funcionando en el imaginario cultural en el más alto nivel de abstracción.

 Por el otro lado los artículos que nos ocupan son ensayos que conversan con otros ensayos antiguos y modernos, y se nutren de la entrevista y el comentario. El autor vuelve repetidamente a Squier para fundamentar sus comentarios sobre el río, cita a Thomas Gage y lo responsabiliza por las invasiones de los piratas ingleses del siglo XVIII, y echa mano de la voz de Luciano Cuadra para narrar las invasiones piratas del siglo XVII. De la autoridad literaria Pedro Joaquín pasa a la autoridad popular, utilizando una herramienta típica del periodismo. De esta forma el artículo número catorce se compone de las entrevistas de dos comerciantes de San Carlos, y a lo largo de varios otros artículos escuchamos la voz de don Chale Gross y doña Angélica de Mongrío, sobrevivientes de la época de oro del canal. Historia y archivo, periodismo y testimonio, ensayo reflexivo y artículo periodístico: los textos de Los pies descalzos de Nicaragua trabajan eficientemente entre estos géneros literarios y proponen una forma de pensar y reflexionar sobre la nación, se replantean el problema de la canalización de Nicaragua y contribuyen a la formación del mito nacional, lo solidifican y lo perpetúan. Quizás el artificio más poderoso de este texto sea el proponer el conjunto de cuerpos acuáticos como un signo que reclama lectura e interpretación. En este texto Pedro Joaquín Chamorro Cardenal introduce el concepto del criptograma que forma el sistema hidrográfico y nos llama a interpretarlo: "ese complejo fluvial ligando el norte con el sur, y el este con el oeste, forman un misterioso criptograma, cuya interpretación resulta en una sola palabra: Nicaragua"(34). Ahora bien, lo que signifique Nicaragua dependenderá de la lectura y la utilización que hagamos de ese sistema, del calzado que le pongamos a esos pies descalzos de Nicaragua.
Jorge Eduardo Arellano (6)

 La novela de Jorge Eduardo Arellano, Timbucos y calandracas empieza con la llegada a Granada del representante diplomático norteamericano Edward Higman, en 1850, un personaje que no puede dejar de evocar a Ephrain George Squier. En el tercer párrafo se abre una analepsis interna homodiegética donde nos cuenta algunos detalles del viaje que acaba de hacer desde San Juan del Norte hasta Granada:

 žAlto, rubio, con el pelo en desorden y delgado como un alambre, el representante diplomático de los Estados Unidos de América venía a realizar una misión extraordinaria y aún recordaba el jamón asado, los plátanos fritos y el café negro de San Juan del Norte, un embarcadero atlántico ocupado por los ingleses, antes de surcar el río San Juan, recoger con sus propias manos algunos camalotes y dormir al día siguiente en un rancho al pie de una imponente fortaleza abandonada junto al río. En Granada, con una mejor alimentación, olvidaría las riberas cubiertas de follaje, la caza de indios guatuzos con la escopeta que le cambiaba su fiel compañero, los lagartos zambulléndose en el agua, las iguanas inmóviles bajo el sol, los cocoteros y chagüites, los raudales y pipantes, los bejucos y el vuelo de las garzas crepusculares a la entrada de San CarlosÓ(6).

Aquí tenemos en el mundo de la ficción una reificación de la realidad. La llegada de  Mr. Higman por el San Juan le da una situación privilegiada al río, lo representa como la vía de entrada, el canal de comunicación con el mundo. Sin embargo la experiencia del viaje no fue muy placentera ya que, según cuenta el narrador,  Higman lo que desea el olvidar la travesía. Toda la segunda parte del párrafo citado enumera las cosas que luego žolvidaríaÓ, es decir todo lo que no debe de haber gozado del viaje. Sin embargo, si releemos las cosas que žolvidaríaÓ nos daremos cuenta que casi todas son cosas placenteras, son quizás las únicas cosas que vale la pena recordar de ese viaje: la naturaleza, los lagartos y las iguanas (aunque en realidad Squier los odiaba), los cocoteros y los chagüites, los raudales. Por otro lado no podemos ignorar la presencia de una frase desconcertante en el párrafo: žla caza de indios guatuzos con la escopeta que le cargaba su fiel compañeroÓ. En el mundo de Timbucos y calandracas  el representante diplomático de los EEUU entra al país matando indígenas impunemente como si fuera un deporte y luego hace un esfuerzo por olvidarlo. ¿Mataba a los indígenas por deporte o por protección personal? ¿Quiere olvidarlo por el aburrimiento e incomodidad del viaje, o por el trauma del asesinato que acaba de cometer? Recordemos que Timbucos y calandracas es una novela histórica y que por lo tanto requiere de un balance entre la verosimilitud y la imaginación. Como lectores de ficciones históricas constantemente estamos comparando las narraciones de la historia oficial que conocemos con las del mundo narrado en la novela. Por parte del autor la novela histórica impone un paradigma similar, obligándolo a ser fiel a la verdad histórica, pero dándole la libertad para transformar un poco esa realidad. Una novela como Timbucos y calandracas está más o menos en el punto intermedio entre las crónicas y los informes por un lado, y las novelas como Trágame tierra y Waslala por el otro. Esto hace a la novela histórica sumamente importante en el asunto que tratamos ahora. Más que ninguna otra forma novelística, la novela histórica desafía la narraciones de la historia oficial, pero al mismo tiempo se somete a ella; depende de ellas, a la vez que las reescribe.
 En el capítulo 9 encontramos una conversación muy interesante entre el Ministro Higman y el Coronel José Tiburcio Cordero, alias Navajita. Higman lo está interrogando sobre diversos asuntos, tratando de informarse de las opiniones de los nicaragüenses, cuando la conversación llega al inevitable tema del canal. Navajita le contesta claramente expresando las dos opiniones prevalentes sobre el asunto. Primero mucha gente: žCree [...] que nos van a construir el canal para comunicarnos con el mundo y volvernos ricos.Ó Y más adelante le aclara: žYo creo que ustedes quieren convertirnos en una estrella más de su país. Para lograrlo, arrebatarán primero San Juan del Norte a los ingleses, luego pondrán a funcionar una flota de pasajeros y de transporte desde ese puerto hasta La Virgen, pasando por el río San Juan y San Carlos, y mantendrán la ruta del canal y cuando el país les reclame sus derechos lo tomarán por la fuerzaÓ(113-114). Dos opiniones que han perdurado a lo largo de ciento cincuenta años, opiniones que reflejan una visión simplista y un tanto maniquea del problema, pero que son fiel expresión de las ideas que tenemos grabadas en nuestro inconsciente colectivo.

 Hacia el final de la novela hay un dato interesante sobre el canal. Mr. Higman va en camino de regreso, y mientras navega en un bongo por el Lago Cocibolca, el narrador nos muestra lo que está pensando: žPensaba también en su renuncia, apenas llegue a Washington, para instalarse en Nueva York y promover la creación de una compañía transístmica a través de Nicaragua que facilitaría a millares de sus compatriotas, enfermos de la fiebre del oro, trasladarse de los estados del este al oeste lejano y prometedorÓ(132). De esta forma el Ministro embajador termina convertido en empresario transoceánico. Nadie se salva a la fiebre del canal porque  el mito es más poderoso que la realidad.

Fernando Silva (2)
 Por supuesto el gran narrador de la cotidianeidad del río San Juan y del área de San Carlos es Fernando Silva. Su estilo conversacional es uno de los filones más ricos del habla popular nicaragüense y sus cuentos, -simplistas y sin pretenciones-, son un bello testimonio de la fuerza y del misterio del río, de su magnaninmidad y su despótico poder. En el cuento "Los chingos" asistimos al accidente del yankee Gerard Arthos, quien sufriera un accidente en su bote en esa parte del río, y los esfuerzos del narrador por salvarlo, proeza en la que casi pierde la vida. Muchos de los cuentos de Fernando Silva tratan de la lucha por sobrevivir en el río y los encuentros con los animales de la zona: tigres en "La perra" y "El aruño"; lagartos en "El lagarto", etc. Para Fernando Silva el río es el escenario de sus ficciones, es el personaje sobre el cual se inscribe la ficción. En muchos casos, cuando ya ha terminado la acción, cuando se ha resuelto el conflicto de la trama, lo único que queda es el río. Nótese por ejemplo el final de "El lagarto", donde después de que Chico ha permitido que el lagarto mate a Luis Ponay, el narrador termina con una nota donde lo que impera es el poder del río: "La noche había entrado. Oscuro estaba el río y la noche chiquita"(33). La oscuridad del río tiene diferentes interpretaciones y apunta tanto al color de sus aguas en la penumbra de la noche, como a las fuerzas mortales que se esconden en sus aguas. Pero las narraciones de Silva son cuentos del lenguaje, del diálogo, se demoran en nimiedades de la vida citidiana y no exploran la problemática del río San Juan en su miticidad para la nación nicaragüense.

Waslala (10)
 En la última novela de Gioconda Belli, Waslala. Memorial del futuro, encontramos por fin en la literatura nicaragüense un canal construido y en uso, aunque no se trata en realidad de un canal interoceánico. Faguas, el nombre ficticio que le da a Nicaragua en su primera novela y que aquí vuelve a utilizar, se ha convertido en una especie de basurero del mundo desarrollado y en exportador de una nueva droga llamada filina, y el comercio de ambas mercaderías se da por medio del canal que comunica el Océano Pacífico con el Lago. En algún lugar de lo que conocemos como el istmo de Rivas se ha construido un canal con esclusas, por donde entran los barcos cargados de grandes contedores llenos de basura y desperdicios, incluyendo algunos desechos tóxicos, y salen cargamentos enormes de filina (una nueva droga desarollada en Faguas que es una mutación genética de marihuana y cocaína).
 Toda la primera parte de la novela ocurre en el río, y aunque su nombre no se menciona asumimos que es el río San Juan. Tal y como hemos visto anteriormente en otros textos, es un río bello y admirado, poseedor de secretos y verdades, es magnánimo y peligroso. La narradora lo describe de la siguiente manera en el primer capítulo:
 žFrente a la haciendo el río era ancho. En medio de la corriente, islotes cubiertos de vegetación, de palmeras, arbustos y carrizales, daban la impresión de un camino que los árboles abrieran para pasarse a saltos desde el otro lado... El río era reconfortante, un gran manso animal doméstico, pero también era su criatura mítica: la serpiente con alas verdes sobre cuyo lomo cabalgaría muy prontoÓ(11).

Por este río entraban y salían los contrabandistas, los navegantes y en esta oportunidad, llegó también un reportero, Raphael, con quien Melisandra vivirá un idilio amoroso.  Sin embargo no se ha realizado aún la canalización del río y no es navegable por barcos de gran calado. Las embarcaciones que usan en el Faguas del siglo XXI son las mismas que conociera Squier en la Nicaragua del siglo XIX. En el primer capítulo, por ejemplo, Don José, abuelo de Melisandra y figura basada en la imagen de José Coronel Urtecho, ha mandado un bongo a recoger a los contrabandistas; y cuando salen en busca del lugar mitológico llamada Waslala, navegan en "La Reina", el bongo de Pedro, acaso tataranieto del mismo Pedro que  conoció a Squier. Es revelador que en la ficción futurista de Belli no encontremos el río San Juan canalizado para barcos de gran calado. Nuestro más grande sueño como nación no ha sido cumplido ni en la ficción más futurista que tenemos. Por irónico que parezca, la razón es la misma que detenía a los piratas y a los viajeros de los siglos pasados, ya que como afirma Hermann en una conversación en el bar El Equilibrista: žLas barcazas nunca podrían pasar por el río... Tendrían que dragarlo para que tuviera el calado suficiente... No podrían pasar el remolino ni los rápidosÓ(122). Por lo tanto lo que tenemos en este mundo posible de Faguas es un canal de uso nacional que simplemente abre el acceso al Gran Lago desde el Pacífico. No obstante la imagen del canal y su miticidad, desempeñan un papel importantísimo en el mundo de Waslala.

 En esta novela Belli dialoga principalmente con Rápido tránsito de José Coronel Urtecho y con Nicaragua, sus gentes y paisajes de Squire. En realidad el uso que Belli hace de estos textos es de apropiación y no llegan a formar parte de la estructura lingüística de  la novela. Don José ha escrito acerca del río y tiene una fascinación atávica por el mismo.  En el primer capítulo hay una cita sobre las posibilidades futuras del río que proviene de žViajeros en el ríoÓ, el ensayo que ya he citado de José Coronel Urtecho, y hay muchos datos proveniente del libro de Squire.

 A lo largo de la primera parte de la novela se explota el mito del canal interoceánico y se mitifica el río. žRío abajo, río arriba viajaron los extranjeros cargando delirios de grandeza, sueños, quimeras de canales interoceánicos, mitos de lo que se podría hacer con ese país si sus habitantes se traicionaban los unos a los otrosÓ(18). Como podemos ver Gioconda Belli expresa claramente el caracter mitológico del canal dentro del imaginario cultural de sus personajes, y enfatiza su caracter de sueño, de quimera, de ilusión. En su mundo posible, un mundo de remolinos mágicos y filinas, el canal sigue siendo un imposible. Pero al mismo tiempo engasta esta idea con la de la negociación política y la corrupción, y surge el conflicto de la contradicción entre el nacionalismo ideológico y la dependencia económica.

Por otro lado el río ha sido declarado territorio neutral. En las incontables guerras que han azotado el país, y la lucha constante entre los comunitaristas (grupos de gente que quieren formar una nueva sociedad)  y los Espada (líderes del cartel que controla el comercio de filina), el río está a salvo por un acuerdo tácito entre las dos partes. A pesar de los avances tecnológicos del mundo descrito en Waslala, la navegación en el río todavía se hace en canoa impulsada por fuerza humana, pero al mismo tiempo el río es un espacio lleno de magia y leyendas, y de sucesos explicable e inexplicables. En la isla La Bartola por ejemplo, uno de los marineros asegura haber conversado con el Almirante Nelson (93) y los marineros le echan mueras a los ingleses. El segundo día de navegación el agua amaneció žtotalmente roja: no un rojo café o púrpura, sino sangre, encendido; de una textura orgánica, densaÓ(96). Esto es un fenómeno natural debido a los colorantes vegetales y ya está documentado por Squier al promediar el siglo pasado. Pero el fenómeno más interesante del río ocurre en el tercer día de navegación, cuando llegaron al Remolino Grande: žel trecho más peligroso y mágico del río. Se cuentan historias fantásticas sobre el centro del remolino, pero intentar verlo ha sida la causa de más de un naufragio. La mirada, al posarse en él se convierte en algo material; una soga, un cordón irrompible al que el agua se aferra con mano de hierro hasta que la presa se hunde en el abismo. Por eso los capitanes toman precauciones, vendan a los pasajeros. Basta que alguien en una nave desacate sus órdenes para que la embarcación entera sea atraída irremisiblemente hacia el vórticeÓ(106-107). Melisandra fue la única que no fue vendada al pasar por el Remolino Grande, se sentó en una banca de proa y vio el remolino a través de uno de los agujeros de los remos.

 žY por fin lo vio: negro tornasol, todos los colores por efímeros instantes, disolviéndose en arco iris sucesivos; largas lianas y pájaros con expresión beatífica flotaban en diferentes niveles  girando vertiginosamente. Vio la cara ávida de un marinero y el cuerpo desnudo de una mujer blanquísima cuya belleza le dio ganas de llorar. Vio cofres y barcos y sillas, puentes de mando de barcos fantasmas con sus capitanes en la pose digna en que se hundirían sin hacer alarde, ni quejarse; vio una orquesta entera inmóvil sobre sus violines, sus violas, sus flautas brillantes, vio madres asomadas sobre las caras de niños flotando boca arriba, vio mapas de regiones perdidas, catalejos, hermosos mascarones de proa, velas blancas limpísimas; vio miles de relojes de arena hacerse y deshacerse en círculos infinitos y contempló finalmente el iris quieto del agua en el centro, hermoso como laguna del fin del mundoÓ(109).

Esta cita, cuyo estilo nos recuerda a  García Márquez y cuyos elementos vienen del cuento žEl AlephÓ de Jorge Luis Borges, representa el mundo mágico e inexplicable del río que nos retrata la novela. A continuación los personajes siguen el itinerario de rigor. Llegan a San Carlos, que en la novela se llama Las luces, y finalmente arriban a Granada, conocida en la novela como Cineria. Bueno. No voy a malograrles la lectura de la novela para los que no lo hayan hecho. Es una historia interesante, que adolesce de todas los problemas de la prosa de Gioconda Belli, pero que encierra varios hechos remarcables. Lo importante para nosotros es la mitificación del río, la presencia de ese canal, que sin llegar a ser interoceánico, al menos abre las puertas de nuestro lago a la navegación oceánica.

Conclusión (1)
 En este recorido por nuestra literatura espero haber demostrado la importancia que el canal ha tenido y tiene en nuestro imaginario cultural. Nosotros no lo escojimos, ni nos lo ha dado la vida, sinembargo ahí está, esbozado en nuestra geografía, inscrito e inacabado, siempre presente como una tentación inevitable, siempre eludible como los más viscerales deseos. No sé lo que pasará en un futuro. Acaso construyamos ese dique seco del que se habla hoy en día, acaso nos traiga la riqueza y la prosperidad con que soñaba Plutarco Pineda, acaso se lo trague la selva, como decía Coronel Urtecho. Lo cierto es que el paso a la Mar del Sur está indeleblemente grabado en nuestro imaginario cultural y ya nada lo podrá borrar.

Muchas gracias.