El más remoto e incendiado astro
vendrá a tu fuego con una llama ardiendo
sobre crepúsculos,
madrigueras y calumnias
tejiendo resplandores infinitos (Perfil de la hoguera, 107).
La poesía es fuego, materia ígnea en continuo movimiento, llama
que tomando mil formas permanece siendo la misma. La gran poesía de todos
los tiempos participa, en alguna medida, de esa versatilidad que le da la metáfora.
“Fuego que atrae fuego” pudiera ser una buena analogía de
la poesía, y es la figura con que Ariel Montoya empieza su poema titular
“Perfil de la hoguera”, última entrada de su libro “Perfil
de la hoguera” (Managua: Anamá, 2001, 114 pp). que parece caracterizar
muy bien su trabajo poético. Poesía de fuego, de llamas que arden
sobre el crepúsculo, -que a su vez es un rescoldo enrojecido sobre el
cielo-Fuego sobre fuego, llama sobre llama, poesía que se nutre de poesía.
“Madrigueras y calumnias / tejiendo resplandores infinitos”. Toda
la maldad del mundo, la bajeza y la insidia, seres como ratas que difaman nuestro
ser: y todo eso es también fuego. “[T]ejiendo resplandores infinitos”,
endecasílabo hermoso que nos regala a su vez otra metáfora: el
mundo entero está hecho de fuego, de luces, resplandores y reverberaciones.
Al igual que la metáfora, el mundo refleja siempre “otra cosa”
(véase Mounin, “La communication poétique”. Paris:
Gallimard, 1969, 21-26). El mundo que parece concreto y real, no lo es. Dice
Serrano Caldera en una de sus “Meditaciones fragmentarias”, “Pensar
que las estrellas fueron creadas para los astrónomos, es como pensar
que las flores lo fueron para los botánicos y no para los poetas”
(Managua: CIEETS, 2001, 109). Es en la enunciación donde reside la realidad
de las cosas, en esa evocación, en esa ausencia. Resplandores del mundo
es todo lo que tenemos, y la poesía es el instrumento que mejor nos ayuda
a entenderlo en toda su complejidad.
La poesía es una forma de vivir y experimentar el mundo, una forma de
enunciarlo y decirlo, una forma de comunicar el mundo. Para algunos es la forma
más alta y abstracta de la interpretación estética (Aristóteles,
Croce, Pascal, Kierkegaard, Darío). Durante la segunda mitad del siglo
XX, la poesía se comprometió íntimamente con los procesos
políticos y las gestas insurreccionales en contra de las dictaduras militares.
En virtud de una supuesta “popularización de la poesía”
llegamos a reducirla a una “narración de hechos” en frases
dispuestas en forma de versos. Por un lado podemos decir que esta “revolución
en la poesía” demostró que era posible crear mensajes estéticos
con las formas del lenguaje coloquial. Por el otro, podemos decir que se demostró
que la poesía no está tanto en el lenguaje del enunciado, como
en la actitud del/a receptor/a. Sea como fuere, y yo por supuesto no tengo respuesta
a este dilema, lo cierto en que en la última década del siglo
el péndulo ha empezado a girar en el otro sentido. “Perfil de hoguera”
segundo poemario de este poeta en llama nos sirve como excelente ejemplo de
la poesía posrevolucionaria en América Latina. La dialéctica
de la historía no podía terminar con los marxistas, como pretendieron
ilusamente. Ya Hegel nos había prevenido, y Marx, acaso demasiado acupado
tratando de explicar el principio de la acumulación originaria, no le
prestó mucha atención a este problemita. Trotsky sí lo
entrevió claramente, lo dijo y lo crucificaron. Ninguno de nuestros militantes
sandinistas lo entendió tampoco: lo entendió Pablo Antonio Cuadra,
lo dijo y lo crucificaron. La dialéctiva de la poesía no podía
terminar en el exteriorismo, y desde los noventas estamos viendo poetas jóvenes,
maravillosa/os, trabajando el lenguaje y esculpiendo metáforas hermosas
y reveladoras. Esta es otra “revolución” en el lenguaje poético,
“revolución” en el sentido propuesto por Julia Kristeva en
“La révolution du langage poétique” (Paris: Edition
du Seuil, 1974, 480-485).
“Silueta en fuga” (Guatemala: Editorial Impacto, 1989), primera
colección de Ariel Montoya, releído ahora a la luz de “Perfil
de la hoguera” demuestra que Montoya trabaja una poética particular
y propia, depurada en el crisol del herrero, martillada verso a verso, con cuidado
y atención de orfebre, sin la prisa del poema diario. Sólo poco
a poco se concibe la metáfora. Dice el Coro en el Prólogo de “Henry
IV” de William Shakespeare: “O for the muse of fire, that would
ascend / The brightest heaven of invention! (I-4). Nada se compara con la musa
de fuego, la metáfora de la hoguera que le diera a Platón toda
la filosofía occidental, el perfil del ser depurado en el magma del volcán.
Somos una tierra de volcanes, somos un cinturón de fuego, nuestro subsuelo
es una caldera hirviente. No me extraña por tanto, que un poeta de la
sensibilidad de Ariel Montoya se sienta encadenado al fuego, hecho de fuego,
consumido de fuego, renacido en el fuego.
“El viento punteará volcanes
y atizará nuevos fuegos
con radiante energía”(109).