Todo acto de apropiación pasa primero por un proceso de toma de conciencia,
y luego por un proceso de afirmación de los principios que rigen el gesto
de apropiación. Esto es verdad para los actos filosóficos, políticos
y estéticos, y lo es fundamentalmente para el desarrollo de la literatura
escrita por mujeres. En este artículo me interesa estudiar el desarrollo
de la literatura escrita por mujeres en América Central desde sus inicios
hasta nuestros días. Noten que evito el adjetivo “femenina”
porque tal demarcación implica una serie de valoraciones que desde el
siglo XIX han señalado la literatura dirigida a un público femenino,
versus unos textos dirigidos a un público masculino, y cuya última
versión la vemos en las clasificaciones “light” para la literatura.
Me interesa aquí la literatura escrita por mujeres y sobre todo, quiero
señalar, aquella literatura que escrita por mujeres, escoge como espacio
de evocación la interioridad de la mujer, y que contempla en su mirada
la escena de la colectividad femenina. La tesis que quiero presentar hoy propone
que la literatura escrita por mujeres establece en la literatura centroamericana
un espacio propio, autónomo, consciente de una serie de desigualdades
y dispuesta a enfrentarlas, a partir de finales de los cuarenta, principalmente
en Costa Rica, y que a lo largo de los sesentas, setentas y ochentas se da una
afirmación importantísima de este “locus”, principalmente
en Guatemala y luego en Nicaragua, hasta llegar a finales de siglo XX, donde
es evidente la madurez y la firmeza de este corpus escritural, en todos los
géneros literarios.
Tengo confianza en que la producción literaria de las mujeres seguirá
aumentando, se seguirá leyendo y se seguirá estudiando. ¿Pero
cuándo empieza esa toma de conciencia del espacio enunciativo de la mujer
en América Central? A mi juicio es en La ruta de su evasión (1949)
de Yolanda Oreamuno (Costa Rica 1916-México 1956), que tenemos por primera
vez una novela que narra el mundo desde el punto de vista de una mujer sometida
al patriarcado, dominada por la estructura familiar de padres e hijos despóticos.
Este acto narrativo es un acto de apropiación, que abre espacios para
la narratividad femenina, para la enunciación de su ser, en su “ser”
y en su “existir”. Evento sumamente importante para el desarrollo
de una literatura escrita por mujeres. Porque ¿cómo escribir,
desde dónde, cómo ser mujer que escribe? La historiografía
literaria nos demuestra que ya existían escritoras en América
Central, algunas de ellas verdaderamente admirables, pero veo en La ruta de
su evasión una desconstrucción del mundo patriarcal plenamente
desarrollada, que no veo en las escritoras que le precedieron. La hondureña
Clementina Suarez (1902-1991) vivió una vida ejemplar y dejó una
obra considerable que empezó a publicar en los años treintas.
Fue poeta, bohemia y revolucionaria, y abrió caminos para la mujer centroamericana.
La nicaragüense María Teresa Sánchez (1918-1994), también
nervio central de la vida literaria de su época, escribió páginas
valiosas y sirvió como modelo de mujer liberada, intelectual, enérgica.
Tenemos la vocación narrativa de la hondureña Lucila Gamero de
Medina (1873-1964), y la enorme labor en Nicaragua de doña Josefa Toledo
de Aguirre (1866-1962). Pero es en La ruta de su evasión donde me parece
encontramos una novela que desarrolla plenamente el paradigma de ser mujer en
una sociedad patriarcal. Luego les suceden viene una serie de escritoras de
gran calidad y profundidad filosófica, entre las que debo mencionar a
Luz Méndes de la Vega, Alaíde Foppa, Margarita Carrera, Eunice
Odio, Claribel Alegría, Carmen Naranjo, Gloria Guardia, Michele Najlis,
Ana María Rodas, Gioconda Belli, Rosario Aguilar, Rigoberta Menchú,
Tatiana Lobo, y un grupo tan numeroso, de tan alta calidad y tan conocidas hoy
en día que no vale la pena catalogar.
El I Congreso de Escritoras Centroamericanas, celebrado en Managua, en la Universidad
Centroamericana, del 12 al 14 de marzo 2002, donde se dieron citas las asociaciones
nacionales de escritoras del istmo, es prueba fehaciente de la fuerza que la
afirmación de las escritoras centroamericanas tiene actualmente. Las
escritoras que he mencionado, a mi juicio, contribuyen en una forma fundamental
a la concientización de una subjetividad femenina literalizable, y a
la afirmación de esa subjetividad como espacio de enunciación
del discurso literario. No hay duda, como ya he señalado, que antes de
Oreamuno había escritoras valiosas en América Central; tanto la
novela, como el cuento y la poesía, habían logrado ya creaciones
importantes y dignas de mención, pero es con La ruta de su evasión
que la novela centroamericana asiste a la disección irónica y
profunda del mundo patriarcal, desarticulando las estructuras cognocitivas y
de poder de la sociedad, estableciendo el inconsciente de la mujer como el espacio
privilegiado desde el cual se ponen a prueba los mecanismos patriarcales de
la familia y de la sociedad. Esta perspectiva, este espacio, esta escena, no
será comprendida plenamente en su momento. Oreamuno murió siete
años más tarde y muchas de sus novelas se perdieron inexorablemente,
dejándonos únicamente esta ruta, esta evasión, que paradójicamente,
vista desde hoy en día, no evade sino que enfrenta, no esconde sino que
señala, no continúa sino que rompe. La ruta de su evasión
es una novela de la humillación, la humillación como el subproducto
más sutil e hiriente de las relaciones de dominación en una sociedad
donde los poderes están distribuidos desigualmente. Esta novela es la
lucha de Teresa por encontrar “en su propia alma...[una] ruta de evasión”
(41)
Esta ruptura de la que hablo se da en una intersección muy importante
de la crítica actual, como es la intersección entre la sexualidad
y el poder. Esta es una dimensión sumamente reveladora del pensamiento
crítico actual, pues pone de relieve las “diferencias” que
están en juego en los textos que leemos. La representación, o
mejor dicho, la forma de la representación, al ser sometida un análisis
riguroso, devela formas de dominación y de sumisión muy sutiles,
pero al mismo tiempo, muy reveladoras, de las formas de dominación hegemónica
imperantes en la sociedad. La relación entre la sexulidad y el poder
es muy íntima, como ya nos ha enseñado Michel Foucault en Historia
de la sexualidad, “Es posible que Occidente no haya sido capaz de inventar
placeres nuevos, y sin duda no descubrió vicios inéditos. Pero
definió nuevas reglas para el juego de los poderes y los placeres: allí
se dibujó el rostro fijo de las perversiones” (62). Y más
adelante al concluir el capítulo, nos dice: “Sin duda, pues, es
preciso abandonar la hipótesis de que las sociedades industriales modernas
inauguraron acerca del sexo una época de represión acrecentada.
No sólo se asiste a una explosión visible de la sexualidades heréticas.
También –y éste es un punto importante- un dispositivo muy
diferente de la ley, incluso si se apoya localmente en procedimientos de prohibición,
asegura por medio de una ley de mecanismos encadenados la proliferación
de placeres específicos y la multiplicación de sexualidades dispares.
Nunca una sociedad fue más pudibunda, se dice, jamás las instancias
de poder pusieron tanto cuidado en fingir que ignoraban lo que prohibían,
como si no quisieran tener con ello ningún punto en común. Pero,
al menos en un sobrevuelo general, lo que aparece es lo contrario: nunca tantos
centros de poder, jamás tanta atención manifiesta y prolija; nunca
tantos contactos y lazos circulares; jamás tantos focos donde se encienden,
para diseminarse más lejos, la intensidad de los goces y la obstinación
de los poderes”(63-64). Así es como la dialéctica entre
sexualidad y poder, que atravieza toda la historia de la humanidad, ha pasado
a ocupar el centro de nuestra atención crítica, de nuestro análisis
y de nuestra praxis. Jacques Derrida ha dicho acertadamente que toda crítica
al fologocentrismo es de(s)constructiva y feminista, y toda de(s)construcción
comporta un elemento feminista. (“Feminismo y de(s)construcción”,
24).
La literatura, aún a pesar nuestro, es un sistema de castas, y la crítica
literaria en muchos casos actúa como juez y parte en el conflicto. El
canon es una estratificación que se ha impuesto a todo el gran corpus
literario, de forma que privilegiamos ciertos autores y ciertos textos, y el
estatus que gozan actualmente, determina en gran medida todas las lecturas que
hacemos de ese texto. Cada crítica a su vez establece su canon, ya que
inevitablemente tiene que privilegiar una serie de textos y discursos, en virtud
de otros. En cada seleción que se hace se está rechazando algo,
se está estableciendo una lucha de poderes y de influencias, se está
excluyendo en el simple movimiento de la inclusión. Esta es una de las
grandes paradojas de los estudio subalternos y de todo acto crítico.
Dentro del sistema de la crítica literaria se da una apretada lucha de
poder, establecida por el mismo conocimiento que la disciplina genera y la significación
que eso tiene en nuestra sociedad. El ejemplo más dramático es
la preponderancia que cada día va ganando la perspectiva feminista y
la escritura de mujeres en la disciplina. Nuestra profesión está
compuesta cada día más por mujeres, que constantemente están
produciendo estudios y ensayos de óptica feminista, que están
releyendo los textos canónicos, descubriendo las múltiples marcas
de la sociedad patriarcal, denunciado injusticias y maltratos, y demostrando
los numerosos textos que han sido silenciados en ese discurso. Esta es una revolución
sin precedentes y no tiene vuelta atrás. Lo he afirmado antes y lo repito
con certeza: Si el marxismo fue la gran revolución del siglo XIX, y sus
aciertos y sus errores los vimos en el siglo XX; el feminismo es la gran revolución
del siglo XX y sus consecuencias habrán de marcar la vida del siglo XXI.
Coincido con Amy Kaminsky al afirmar la importancia del género como categoría
agencial, heurística y hermenéutica, y el feminismo como una estrategia
de posicionalización frente a la sociedad.
Dentro de este marco conceptual es que la lectura de los textos que voy privilegiar
en este artículo, producen una toma de conciencia fundamental, y una
afirmación madura de identidades femeninas que reclaman para sí
espacios de enunciación que llegarán a ser muy importantes. Este
fenómeno ya está bastante bien definido en La ruta de su evasión;
ahora bien, en poesía, es otra costarricense la que irrumpe en el mundo
de las letras con una obra profunda y enigmática, de una belleza excepcional,
de una complejidad inusitada en la poética centroamericana de cualquier
género, y cuya significación sigue todavía por alcanzar
su total desarrollo. Me refiero a Eunice Odio (Costa Rica 1922-México
1974) y su obra pionera Los elementos terrestres (1948) a mi juicio, el poema
mayor de la escritura de mujeres del siglo XX centroamericano, y uno de los
poemas integrales más importantes de toda la poesía centroamericana,
independientemente de género, nacionalidad o temática. Ganó
el Premio Centroamericano de Poesía “15 de Septiembre” 1947
y fue publicado en Guatemala. Para Eunice Odio “el poema no es un conjunto
de ideas y palabras sino un orden sustancial” (OC, I 9). Esta cita deja
claro que Eunice Odio tenía una idea integral de la poesía, estaba
segura de su capacidad sustantiva y filosófica, de su magia para representar
el mundo y del placer de la poesía. Los elementos terrestres es un poema
bellísimo, con un diseño estructural elegante, integrado a la
tradición de la mejor poesía amorosa desde el Cantar de los cantares,
pero con plena conciencia y dominio de su cuerpo, de su autononía y su
autoridad, representando en el texto sus deseos y sus necesidades, con elegancia
metafórica, con un complejo sistema semiótico de signos a ratos
crípticos. Por eso me parecen fundamentales estas dos costarricenses,
porque a finales de los cuarentas demuestran con sus obras, enorme profundidad
y madurez en la representación de los problemas importantes para la mujer,
desde la intimidad, desde la conciencia de la mujer, con pleno dominio de los
géneros en que trabajan, y con una actitud feminista.
Esto permite que en los años siguientes surjan muchas escritoras en Centro
América. Los cincuentas y los sesentas son años de maduración,
de crecimiento. La toma de conciencia ya se ha dado plenamente y estamos en
el proceso de maduración de las voces y los espacios de enunciación.
Un ejemplo: en los años sesentas, en Nicaragua surge Rosario Aguilar
(León 1938) con dos narraciones modestas publicadas en 1964 y 65 respectivamente:
Primavera sonámbula y Quince barrotes de izquierda a derecha, pero que
revelan a un nivel psicológico profundo, la posición enajenada
de la mujer en la sociedad patriarcal y su lucha por emanciparse. Pero también
y todavía más importante, la búsqueda de un espacio desde
el cual narrar la agonía y la dependencia de una muchacha sometida a
la prostitución. Si la prostitución es la forma más evidente
y brutal de humillación para la mujer, y asumimos que toda forma de prostitución
es involuntaria, entonces la escena evocada por Quince barrotes es el mejor
espacio para ventilar el problema de la dominación masculina. Por otro
lado, en este breve relato también se plantea el problema de la enunciación.
¿Cómo puedo yo, joven víctima de estos abusos, relatar
mi caso y lograr que se me escuche, sin ser acusada de haber provocado mi castigo?.
Esto, que acaso puede parecer marginal, es el centro de la problemática
del discurso de cualquier grupo marginal en el proceso de movimiento hacia el
centro. Este es uno de los argumentos más fuertes del más conservador
de los anti-feminismos. Hablar y saber desde dónde hablo es para el feminismo,
y ha sido, una de las preguntas y retos más importantes. El gesto y la
escena de la mujer seguirá apareciendo en toda la obra de Rosario Aguilar,
contribuyendo mucho a la semiótica del discurso literario de la mujer
como lo entendemos hoy en día. Tal y como lo ha demostrado muy claramente
Nydia Palacios en sus múltiples escritos sobre el tema, su obra es pionera
en la historia de las letras centroamericanas.
Habiendo dicho esto, volvamos ahora a los textos que me parecen fundacionales
de este espacio autónomo de la escritura de mujeres. El año 1966
fue otro año clave en este desarrollo del que estoy hablando. En ese
año Claribel Alegría (Nicaragua 1924) y David Flakoll publicaron
la ya clásica novela Cenizas de Itzalco, una novela que continúa
la introspección de la mujer, y analiza la estructura de dominación
familiar, que somete a la mujer a una sumisión infeliz y frustrante.
Dos elementos aparecen con la publicación de Cenizas: 1) La complejidad
estructural narrativa que hace de la novela una concatenación de discursos
perspectivistas, demostrando maestría y dominio de las técnicas
narrativas posmodernas; y 2) una conciencia social revolucionaria, con interés
denunciatorio de la masacre de los indígenas en Itzalco, a manos del
Ejército salvadoreño. Esta conciencia social revolucionaria será
el elemento central del proceso de desarrollo de la literatura escrita por mujeres.
La militancia revolucionaria, la denuncia, la actitud desafiante ante las dictaduras
militares, ante el imperialismo norteamericano, se traducirá en una mirada
severa y penetrante ante los poderes hegemónicos sociales que mantenían
a la mujer en posición subalterna, y a su vez esto redundará en
una acción social que echa a andar el proceso de liberación femenina.
Claro está que el fenómeno no es únicamente centroamericano,
es claro que los eventos mundiales de la década de los sesenta tiene
una enome influencia en esta escena de nuestra vida literaria. La revolución
sexual que se está gestando en todo el mundo y las manifestación
insurreccionales que atraviezan todo el mundo occidental son la turbina propulsora
de los cambios que estábamos viviendo. La otra gran novela que se edita
en 1966, y que transforma las estructuras de poder de la sociedad centroamericana
será Los perros no ladraron de Carmen Naranjo (Costa Rica 1931), donde
la fragmentación del discurso narrativo ejemplifica metonímicamente
la fragmentación y la alienación de la modernidad citadina, el
anonimato, la ruptura del equilibrio de una vida integral y coordinada. La modernidad,
que nos llegó tarde como todo nos llega tarde en esta “garganta
pastoril de América”, encuentra su representación en esta
novela importantísima de Carmen Naranjo. Carmen continuará una
de las carreras más brillantes en la narrativa centroamericana, abriendo
caminos en textos innovadores, cuestionando los límites impuestos por
la sociedad.
En la poesía el principal centro de evolución está en Guatemala.
A principio de los setenta se da primero en Guatemala y después en Nicaragua
un movimiento de escritoras que había de cambiar el lenguaje, el tono
y la intención de la poesía escrita por mujeres. La conciencia
revolucionaria y la liberación del cuerpo se convierten en material poético,
afirmando como nunca antes lo habíamos visto, la identidad femenina en
un descubrimiento total y férreo de la mujer como ser dialéctico
e integral. Muy distante de las obras de escritoras que les precedieron como
Luz Valle, Soledad Romero, Blanca Granados y Julia Guillermina Cienfuegos. Luz
Méndez de la Vega (Guatemala 1919) es quizás la primer centroamericana
en incursionar en el ensayo feminista, y la poesía erótica. “La
primera palabra” es un poema hermosísimo, que presenta una reflexión
profunda sobre el lenguaje, postulando que el llanto es el lenguaje primigenio,
en unos versos que son escritos desde las entrañas mismas de la mujer,
desde el parto, estableciendo ese llanto primigenio como lugar fundacional del
lenguaje. Algo muy importante cuando estamos hablando de la poesía escrita
por mujeres. Alaíde Foppa (Guatemala 1911-México 1981), que en
México dirigió la revista FEM y nos ha dejado una obra fina y
sutil, entre ponderosa y erótica. Margarita Carrera (Guatemala 1929)
por ejemplo, en sus “Letanías malditas” hace un recuento
poético y hermoso del resentimiento, de la mujer dominada, sometida por
el patriarcado. “Nocturna y suicida” dice el primer verso, demarcando
con esos dos adjetivos, el estado mental de la mujer en una relación
despótica. Y por supuesto, Ana María Rodas (Guatemala 1937), cuyos
claros y directos poemas recogidos en Poemas de la izquierda erótica
(1973) son un ejemplo inolvidable de la rebelión contra el machismo y
la dictadura patriarcal. Al mismo tiempo en Nicaragua se está dando un
movimiento en muchas formas similar, pero es claro que las mejores condiciones
para el surgimiento de esa poesía estaban en Guatemala. Michele Najlis
(Nicaragua 1946) es la primera nicaragüense en entregarnos una poesía
feminista, revolucionaria, erótica y poética, cuando en 1969 publica
El viento armado en la Editorial de la Universitaria de Guatemala. En la poesía
de Najlis se encuentra el lector con una poesía de profundo sentimiento
humano y clara expresión poética. Esta es una poesía libre
de propaganda política, pero cargada de profunda convicción revolucionaria.
Despojada de doctrinas, arremete contra la injusticia y llama a la lucha, pero
conservando siempre un alto lirismo poético y gran calidad expresiva.
“No quieras que mi canto sea suave” dice la poeta a su madre, mas
es ahí donde radica el mayo valor de su canto, en su suavidad de hierro,
en su convicción revolucionaria que al convertirse en canto se embellece.
Han pasado treinta y tres años desde la publicación de El viento
armado, pero ese libro sigue siendo uno de los más bellos ejemplares
de la poesía revolucionaria nicaragüense.
Gioconda Belli (Managua 1958) sorprendió a los lectores en 1974 con su
libro Sobre la grama publicado en 1974. La frescura del lenguaje y la libertad
con que habla de su amor y de sus sentimientos fue una innovación en
Nicaragua. Desde su primer libro Belli sorprendió profundamente a sus
lectores, y felizmente ha seguido sorprendiéndonos libro a libro, hasta
erigirse como el fenómeno más importante de la literatura escrita
por mujeres en la historia de América Central. Los records de ventas
de La mujer habitada (1988) han sobrepasado a todos los novelistas centroamericanos,
hombres o mujeres, heterosexuaes u homosexuales. La investigación crítica
y la especulación hermenéutica que ha generado La mujer habitada
es de primer orden, y suma ya varios centenares de páginas de muy vehemente
feminismo. Me atrevería a afirmar que en este momento en el mundo La
mujer habitada es la novela más conocida de la literatura centroamericana,
la más leída en universidades, después quizás de
El Señor Presidente. No sólo ha tenido gran éxito editorial,
sino que ha generado mucho debate de primer orden en los estudios literarios.
La mujer habitada se plantea la toma de conciencia y el desarrollo de una praxis
feminista, informada de una mezcla de sandinismo y marxismo utópico revolucionario,
basada en una rebelión contra el sistema hegemónico patriarcal
en todas sus modalidades y esferas de aplicación. Lavinia lucha por afirmarse
en los diferentes niveles de agenciabilidad que le ofrece y le exige la sociedad,
pasa por una etapa de crecimiento y desarrollo, logrando en el fondo su independencia
económica, social, sexual, política, ideológica, y de acción
revolucionaria. No tenemos espacio para repasar toda la carrera literaria de
Belli, desde la búsqueda de una identidad y afirmación en la brujería
y el conocimiento hierático indígena, de Sofía de los presagios
(1990) hasta el futurismo realista de Waslala (1996) con su búsqueda
del un lugar mítico, y su alucinante y poderosa proyección de
un posible imaginario nacional nicaragüense. Finalmente en El país
bajo mi piel. Memorias de amor y de guerra, cuatrocientas páginas de
deliciosa lectura, Beli comparte con nosotros todos los avatares de su odisea
como mujer, revolucionaria, escritora, feminista y madre. Un libro muy valiente,
un testimonio desgarrador y heroico de las aventuras de una mujer, poeta, revolucionaria,
apasionada y sincera, en un mundo patriarcal; y una revolucion sandinista que
fue el gran sueño de los setentas y ochentas, pero que fracasó
rotundamente en su programa revolucionario. Ahora bien, hay más todavía,
con El país bajo mi piel Gioconda interroga el sistema literario transgrediendo
el testimonio y la novela, la autobiografía y la memoria. Si Menchú
cuestiona a la narrativa desde el testimonio, como mujer indígena, víctima
de la violencia militar política, Belli la cuestiona desde la autobiografía
y la memoria, como mujer, poeta, revolucionaria, bella y atractiva, talentosa
e irreverente.
Ahora bien, ese desarrollo del que Belli es ejemplo, había tenido en
Panamá algunas exponentes importantes. En los sesentas los cuentos de
Moravia Ochoa López en Juan Garzón se va a la guerra (1992) son
ejemplares del proceso de afirmación de la conciencia feminista. Diana
Morán Garay (Panamá 1932-1987) en sus poemas Reflexiones junto
a tu piel (1982) refleja los temas y los tonos que estamos viendo en esta nueva
poesía centroamericana de la época, o Bertalicia Peralta (Panamá
1939) luchadora antiimperialista en su poesía. Gloria Guardia (Panamá
1940) con su novela El último juego (1977) aporta una gran contribución
a la narrativa escrita por mujeres en América Central, con la inserción
de la sociedad de consumo, del incansable golpeteo de la propaganda y la publicidad
en la narrativa. El ritmo ensordecedor de la ciudad de Panamá, centro
financiero internacional, sede de miles de operaciones multimillonarias, donde
la riqueza y la pobreza coexisten en una forma evidente y clara, cónclave
importante del comercio internacional y símbolo de nuestra modernidad
enajenada, mediatizada por la radio y la Tv. En constante movimiento, la estructura
fracturada y laberíntica de El último juego continúa en
la tradición de Los perros no ladraron, y en la tradición de toda
la novela laberíntica moderna europea empezando con Joyce. Esta forma
de estructurar la narrativa es un acto de apropiación en la sociedad,
apropiación de una forma de la representación, que al mismo tiempo
ofrece la oportunidad para proponer una nueva enunciación de la realidad
desde la subjetividad femenina. Gesto muy importante sin duda en todo el proceso
de afirmación de la escritura de las mujeres centroamericanas.
El texto más importante de los ochentas es sin lugar a dudas Me llamo
Rigoberta Menchú y así me nació la conciencia publicado,
como hoy todo el mundo lo sabe en colaboración con Elizabeth Burgos-Debray
por Casa de las Américas, 1983, con inmediato éxito sin precedente.
Lo postulo como el texto más importante de los ochenta porque no solamente
se trata de una mujer, sino de una mujer indígena, los subalternos de
los subalternos, la voz de un grupo muy débil pero que se alza con una
autoridad y una sabiduría impresionante. La lección de Rigoberta
Menchú al mundo es inolvidable: se atreve a denunciar las injusticias
en diferentes esferas del conocimiento y la praxis, porque no solamente denuncia
el genocidio contra el indígena, sino también pone a prueba las
capacidades enunciativas del subalterno, su poder de agenciabilidad, su proyección
en el mundo. Su texto logró interrogar el sistema de los géneros
literarios, consagrando el testimonio como un género discursivo y generando
un corpus crítico de gran importancia en la teoría literaria y
la especulación teórica. Pero aún más, en el debate
que ha suscitado en los últimos cinco años, ha puesto en tela
de juicio el concepto mismo de verdad, su valor ontológico, su teleología
y su semiótica. En sus libros posteriores Rigoberta Menchú madura
como escritora y como sujeto postcolonial, su posición ya no es la de
una indígena subalterna, sino la de una Premio Nobel mundialmente reconocida,
co-autora de numerosos textos, y gerente de una fundación internacional.
La proeza realizada por Menchú es prueba fehaciente que los tiempos han
cambiado, que hay esperanza en este mundo, a pesar de los reveses y los avances
del neoliberalismo.
Recordemos la gran lección de Micheal Foucault en cuanto al poder y la
autoridad de los textos. En La arqueología el saber Foucault expresa
que en toda sociedad la producción de discursos es al mismo tiempo controlada,
seleccionada, organizada, y redistrubuida de acuerdo a un cierto número
de procedimientos, cuya función es evitar los poderes y peligros de esos
mismos textos, lidiar con sus eventualidades, evadir su materialidad, resistirse
a sus gestiones (65 y ss., 214 y ss). Lo que demuestra que tras los discursos
hay siempre una serie de poderes engastados en una dinámica continua
e ilimitada, siempre influyéndose mutuamente, reaccionando el uno al
otro. De donde se deduce que cada texto está inscrito en una serie de
materialidades y contingencias, que van determinar la lectura y el proceso de
interpretación de ese texto. Ya Nietzsche los había dicho claramente
en La voluntad de poderío, que “los textos son hechos de poder,
no intercambios democráticos” (477). También debemos de
recordar la lección de Edward Said, en su The World, the Text, and the
Critic, en cuanto a que los textos hay que interpretarlos en todo su “worldliness”,
en todo su mundanal contexto, oponiéndose así a la posición
de Paul Ricoeur y Michael Riffaterre.
Volvamos ahora al desarollo de la literatura centroamericana escrita por mujeres.
Durante los noventa surgen una serie de escritoras muy importantes que después
de los fracasos revolucionarios en la década de los ochenta en América
Central, empiezan a buscar diferentes formas de liberación social y escritural.
Se da una revisión profunda y seria de la historia y las estructuras
sociales patriarcales, desde una perspectiva feminista y nuevo-historicista.
Voy a mencionar sólo los nombres de Tatiana Lobo (Puerto Montt, Chile
1939, residente en Costa Rica) con una obra magnífica en la que voy a
privilegiar Asalto al paraíso (1992), Calypso (1996) y El año
del laberinto (2000); Gloria Guardia (Panamá 1940) con una obra que se
inicia en los sesentas, siempre con un gran espíritu innovador e iconoclasta,
pero para esta etapa de la que ocupo ahora en necesario mencionar Cartas apócrifas
(1996) y Libertad en llamas (1999). Finalmente deseo reconocer la obra de Jacinta
Escudos (El Salvador 1961), que refleja la rebelión y el enfado ante
la sociedad patriarcal como ninguna mujer lo había hecho en América
Central. Sus obras Apuntes para una historia de amor que no fue (1987), Contracorriente
(1993), Cuentos sucios (1997), y El desencanto (2001) son muestra de una voz
que se rebela y rompe con las estructuras establecidas por el patriarcado sexual,
literario y social.
El feminismo, los estudios subalternos, las teorías postcoloniales, los
estudios culturales, son en este momento las herramientas más usadas
y las perspectivas más visitadas por los intelectuales que están
pensando América Latina. Este es un momento privilegiado para los grupos
históricamente marginados, es la oportunidad que ha puesto en el centro
de debate su problemática, y que ha abierto las puertas de los centros
de poder en una forma insospechada hace algunas décadas. Creo que la
historia del siglo XXI va a ser en gran medidad la historia de la dinámicas
entre los géneros, a medida que las fuerzas de poder se balanceen más
en término de géneros, y la mujer tenga más poder en todas
las esferas de la vida humana. La afirmación que estamos viendo por parte
de las mujeres en todos los campos del saber y del hacer, nos demuestran ese
camino y ese derrotero.
Notas