©Nicasio Urbina
Pocos poetas han amado y odiado tanto la vida como Carlos Martínez Rivas. Toda su obra es de rebelión y de osadía, de una profunda ternura y de una ira incontenible. Nada lo amedrenta pero nada lo satisface. La vida es una botella que se acaba demasiado pronto y nunca termina de embriagarnos. "Hacer un poema es planear un crimen perfecto" ("Canto fúnebre"), y dedicó su vida entera a la creación de ese poema/crimen perfecto, impelido por el amor más doloroso y el odio tierno y apasionado por sus semejantes. Con una obra escueta llegó a la fama, pero la fama lo despreció como una mujer hermosa y en el instante del beso le dio la bofetada. Llegó a lo más alto de la transustanciación poética y cayó en la miseria de la debilidad humana. Los comunes mortales nos movemos en las medianías, los genios viven en la exageración y la hipérbole "sin vacilaciones ni sombras" ("Retrato de dama con joven donante"). Así son los grandes, contradictorios e insoportables, inevitables y certeros. Esta contradicción es clara en muchos lexias de su obra y un análisis estructuralista de su obra, basada en oposiciones binarias, según nos enseñara el gran Claude Lévi-Strauss, es un camino directo al núcleo de su poética. En este breve artículo me voy a ocupar de dos elemtos en su obra: el concepto de la mujer y la concepción del paraíso.
En la poesía de Carlos Martínez Rivas encontramos por un lado una conceptualización de la mujer totalmente tradicional y sui generis. En El paraíso recobrado la mujer se convierte en manzana como muchísimas Evas de este mundo, pero por otro lado encontramos a un poeta que concibe a la mujer como el centro de universo, como principio generador de la vida. Así, en una de las estrofas finales del poema podemos leer:
La mujer es anterior a la vida.
La mujer es anterior a Adán.
La mujer es anterior a la mujer.
Porque antes, mucho antes
de que Eva naciera del costado del hombre,
cada árbol, cada flor, cada fruta,
toda la creación era una mujer.
(La insurrección solitaria, 38).
La mujer como origen primigenio, como centro y como final, como fuente de pecado y como posibilidad de salvación: todas estas formas de visión y de representación de la mujer en el discurso masculino. Carlos Martínez Rivas, más y mejor que cualquier otro escritor nicaragüense ha hecho del amor y de la mujer el motivo de su creación poética. Tomemos como ejemplo el poema "Eunice Odio" una las poetas más profundas e interesantes que ha dado América Latina. La belleza de Eunice Odio fue quizás su peor enemigo, ya que los hombres tendían a enamorarse de ella y a amar su belleza física, sin considerar seriamente su inteligenia y su talento poético, la profundidid de su poesía (entre las más duraderas de su generación), la complejidad de su pensamiento y su estética. Carlos Martínez Rivas en su poema empieza por lo físico, siguiendo el mismo camino de sus congéneres: belleza física, descripción minuciosa y poética que hace justicia tanto a la figura de Eunice Odio como al talento poético de Martínez Rivas. Pero lo que salva al poema es su segunda parte, el descubrimiento de su profundidad, de su pensamiento, de su tortuoso vivir.
Creímos que eras bella solamente para ser
lecho oscuro del sol o chispa de la atmósfera
y no advertimos cómo sobrellevabas
ese penoso y duro oficio de las cosas bellas
que, tras de su dorada corteza luchan para
salvar al hombre de la Divinidad en bruto.
(La insurrección solitaria, 107)
Ni digo que este poema haga total justicia a la significación de la vida y obra de Eunice Odio, pero es uno de los pocos testimonios que logra ir más allá de la apariencia, del cutis lozano y los labios encarnados. Ir más allá de la cosificación de la mujer, de su objetivación, de su valor de uso y de cambio, para reconocerla como individuo, como persona, como intelectual. El poema data de 1945, cuando apenas se gestaba la revolución feminista, la revolución más importante del siglo XX, y de ahí el valor que quiero subrayar en la obra de Carlos Martínez Rivas, quien supo reconocer una de las razones más importantes del machismo humano: el miedo a enfrentarnos con nosotros mismos, con nuestro ìdesconocidoî, cuando vemos a la mujer. Ese es el miedo que conduce a la humillación y el desprecio, a la violecia doméstica y la urgencia de la conquista. Pero no éste el único poema que nos lleva a esta reflexión. "La sulamita" nos habla de la supuesta felicidad de una mujer "confiando sólo en su marido"(103), y en "Beso para la mujer de Lot" encontramos una de las más profundas apologías de la mujer. Carlos amante y pastoril, supo ver en la oposición, el resultado, en la dialéctica, la lógica, y en la contradicción, la triste condición humana.
El otro tema que quiero señalar aquí es la dialéctica del paraíso perdido/recobrado, que ya he tratado en otros textos, la tentación de la tierra prometida y desengaño de la tierra baldía. Desde las migraciones nahauas hasta las últimas elecciones presidenciales, desde El Güegüense hasta la poesía de las más reciente generación, todos pueden ser analizados a partir de esta perspectiva, demostrándonos que tras esa concepción del Paraíso hay una ideología, una forma de ver el mundo y de reaccionar ante él. Desde esta perspectiva Carlos Martínez Rivas se sitúa ideológicamente en la misma línea de Rubén Darío. Para ambos poetas el concepto de "paraíso" se refiere a una situación interior, a un estado de ánimo, y a la búsqueda de algo que les hace falta para lograr la plenitud que ambos ansían. Mientras que para la mayoría de los poetas del siglo XX el paraíso perdido y la tierra prometida tienen que ver con situaciones político sociales, para Carlos Martínez Rivas el paraíso se refiere a una situación sentimental, emotiva y emocional, o bien, como sucede en su poesía de madurez, a la búsqueda de la perfección de la palabra poética.
El paraíso recobrado es un poema de juventud, poema de amor ocasional, pero que sin embargo refleja ya el genio poético de Carlos Martínez Rivas. Por un lado tiene un tono narrativo, es una historia que el poeta nos va a contar, también en la tradición de los poemas narrativos darianos; por otro lado es lírico, alimentándose de los sentimientos y las pasiones de la juventud, el encuentro atávico del primer hombre con la primera mujer y así empezar de nuevo otra civilización. Escrito en "tres escalas y un prólogo", este poema sorprende por la belleza de su composición y la frescura de sus imágenes. "Día y noche golpeaba al pie de tu sonrisa"(21). El poeta aprende que por mucho que lo intente no logra los resultados que desea hasta que recurre a la poesía, capaz de despertar las más escondidas fibras del sentimiento, y le dice:
Hasta que un día,
cuando todo era inútil y la cosa parecía perdida,
se me ocurrió llamarte a ti contigo misma.
Y por medio de ti llegar a ti. Y di en el clavo. (21)
Al igual que en muchas otras composiciones que trabajan el motivo del paraíso, el concepto del viaje es un elemento integral de la composición. En El paraíso recobrado el poeta invita a Yadira, sujeto del poema, a que lo acompañe en un viaje sideral hacia su otro yo en una búsqueda de sí mismo y del paraíso perdido. "Conmigo. Tú y yo, solos. Nosotros dos, volando / hacia los otros dos nosotros que nos esperan / allá..."(24). La insistencia de este poema por el encuentro de sí mismo no debe ser considerado un hecho fortuito. Si bien es cierto que el poema es un poema de amor adolescente, también es claro que se trata de un poema de descubrimiento, de recuperación, de encuentro con la madurez de cada uno de los personajes.
Por eso el poeta dice:
Porque tú no eres únicamente
esa niña que juega ping pong, sonríe,
y que se vuelve manzana cuando cumple quince años.
Hay algo más en ti. Esa tu otra tú
que te aguarda en el sueño de tu desnudo puro. (23-24).
Viaje y descubrimiento, búsqueda del placer y del amor,
reconquista del paraíso perdido a travez del amor. Todo el poema es un
canto a ese descubrimiento. No importa el pasado, todo puede quedar en desorden
porque el lugar donde van tiene su propio orden, sus propias leyes, y así
se preparan para el salto.
La segunda escala del poema sitúa a los personajes en el espacio
sideral, a la altura de las estrellas. Al mismo tiempo que se da el desplazamiento
del viaje, se va dando una transformación de la muchacha, "un desplazamiento
hacia la belleza" lo llama el poeta, una metamorfosis que va transformando
su envoltura humana hasta convertirla en puro aire, en ìilustre aireî. Y ahí,
en esa conjunción mágica donde los dos se convierten en aire y
son uno con el aire, ven pasar todas las constelaciones, las galaxias,
los cielos conocidos, ahí logran entrar en el sueño, "Ultimo
paso para la transfiguración"(31).
La tercera y última escala se sitúa en el más allá,
en lo inefable y lo indecible. Donde todo ha cesado y el "Espíritu
de Dios empolla sobre las aguas"(38) para de esa forma volver a empezar,
iniciar otro ciclo de vida, reencontrar las puertas del paraíso y empezar
otra vez. Regresar a la condición primigenia de los primeros padres,
abrir de nuevo las posibilidades para una nueva humanidad:
Cuando sobre este aire limpio, inagurado,
Colocaremos otra vez la rama,
La manzana, el pájaro y la estrella. (39)
Vuelta a la belleza y el placer, vuelta a la primera experiencia amorosa para poder recobrar y mantener el paraíso. No hay duda que El paraíso recobrado es un poema secular y aún las referencias edénicas deben ser interpretadas en la forma contextual de un poema amoroso. A diferencia del poema de Milton, de donde Martínez Rivas ha sacado el epígrafe inicial, no hay aquí una condena de la humanidad sino más bien un canto, una celebración de la carne y del placer. Los saltos que se efectúan en el poema precísamente pretenden trascender toda la historia de caídas y traiciones que han marcado la historia de la humanidad, y ofrecer nuevas posibilidades a los seres humanos.
Tanto Darío como Martínez Rivas plantean su búsqueda del paraíso perdido en el nivel estético de la belleza, tanto humana como artística, y aspiran a la conjunción de ambos ideales tanto en el diario vivir como en la creación poética. Estas dos formas de enfrentarse con la ansiedad metafísica contrastan con otras formas de esta búsqueda en la literatura nicaragüense, donde las condiciones sociales y la situación política ocupan el centro de la preocupación poética.
Búsqueda y pérdida de la perfección,
del amor, de la sobriedad. En la dialéctica de la representación
los signos nos presentan el objeto y lo sustraen, nos hacen creen en la presencia
cuando todo lo que hay es aunsencia. Si nombramos algo es porque ese algo no
está, y por tanto recurrimos a un signo que parece re-presentarlo. Esa
es la esencia del lenguaje y el principio de la poesía. Carlos Martínes
Rivas nos dio y nos quitó, con tal belleza y tal intensidad, que nadie
puede en Nicaragua escribir poesía sin pensar en él. Después
de su muerte estamos estamos haciendo todo lo que él no quería
que hiciéramos: le rendimos pompas fúnebres, cuando odiaba el
tributo; escribimos sobre su obra cuando detestaba a los críticos; y
espero que publiquemos sus obras completas, en edición de lujo, anotada
comentada, cuando en vida rehusó publicar otro libro. Pero la vida está
hecha de ironías, de posturas, de sentencias. Otros poetas se desviven
por la fama y la representación y nunca les llega, a Martínez
Rivas le llegaron muchas cosas, pero como decía él "Yo sólo
disgusto tengo" (No). No es cierto. A pesar de que cada uno es producto
de una genética y una experiencia, la ecuación es complejísima,
mutante, contradictoria, dialéctica. Poeta sobrevalorado, decimos muchos;
poeta incomprendido o menospreciado, decimos otros; poeta carente de amor y
rico de tristezas, dicen sus mujeres; poetas de los gatos y de los ratones,
que una casita triste o en un colegio forjó una obra dinámica,
aspirante a la exactitud, hija del deseo y esencia del lenguaje.