Luis Alberto Sánchez decía que en América tenemos novela sin novelistas. De Nicaragua se ha dicho muchas veces que es una tierra sin novelas, lo que nos debe llevar a reflexionar sobre esto y a preguntarnos el por qué de esta carencia. Frente a la pujante tradición lírica encabezada por Darío, nuestra narrativa es pobre y apenas empieza a desarrollarse. Mijail Bajtín, una de las personas que mejor ha entendido el problema del desarrollo de la novela, considera que ésta surge cuando la heteroglosia presente en la sociedad entra en el mundo de la literatura, cuando la literatura se ve a sí misma como parte del diálogo que se da en la sociedad, entre los diferentes estamentos de la sociedad. Nicaragua es y ha sido a lo largo de toda su historia una sociedad sin diálogo, regida por el monólogo castrense de las armas y el poder. Pero esto no explica la ausencia de una tradición novelística entre nosotros. Ni la España del Lazarillo y de Cervantes, ni la Inglaterra de Fielding o la Francia de Rabelais eran particularmente democráticas. Al contrario, según afirma Ernesto Sábato, es en las sociedades más represivas y tormentosas donde surgen las grandes novelas. Sin embargo todos estos años de sandinismo no han logrado dar ninguna gran novela.
Creo que el problema radica en la ausencia de una verdadera literatura nacional. Como dijera Angel Rama en "Diez problemas para el novelista latinoamericano" (1964), "El novelista existe dentro de una literatura; si hablamos, en abstracto, diríamos que nace dentro de ella, en ella se forma y desarrolla, con ella y contra ella hace su creación"(49) Por eso es que en Nicaragua se ha dificultado tanto el desarrollo de una verdadera tradición novelística. La novela necesita de los otros géneros para dialogar con ellos, para embestirlos e invertirlos, para carnavalizarlos y canivalizarlos, para apropiarse de sus convensiones y subvertirlas. Sin una tradición literaria la novela no tiene material, no tiene espacio donde moverse ya que es el espacio de la novela es un espacio literario, o mejor dicho, un espacio literalizado. Creo firmemente en el futuro de la novela nicaragüense, creo que a medida que se vayan enriqueciendo y consolidando los otros géneros se irá desarrollando una novela profunda y significativa. Pero esto es especulación y esperanza y ahora más bien quiero hablar del más importante prolegómenos de esta incipiente tradición novelística, y en particular quiero detenerme en sus aspectos míticos.
En Cosmapa de José Román, publicada en 1944, encontramos
el primer intento verdadero de novelar lo nicaragüense. El autor hace un
esfuerzo enorme por retratar el espíritu y la forma de ser del nicaragüense,
su habla y sus costumbres, sus tradiciones y su historia. Dos elementos importantes
quiero destacar en la novela: la miticidad que se presenta en Cosmapa a través
de una diversidad de formas y maneras, y el evidente machismo que permea todas
las relaciones amorosas del texto. La miticidad es en pocas palabras el valor
mítico que puede cobrar un texto cualquiera en los ojos de sus consumidores.
En Cosmapa encontramos por un lado, una valoración de lo nicaragüense
cuyo principal vehículo será el lenguaje; y por el otro una mitificación
de la cultura universal y lo cosmopolita. Esta relación no es dialéctica,
ya que uno de los propósitos del poeta Román es precísamente
revalorar lo regional en función de lo universal, y éste es el
gran aporte de la novela. Es la primera vez en la historia de la literatura
nicaragüense que lo regional es valorizado por sus propios atributos, no
en contraste, sino en concordancia con las tendencias de la cultura universal.
Algo similar vemos en Darío, sí, pero diferente. Darío
no se preocupa por la universalidad del campesino nicaragüense, no intenta
darle status artístico, Román sí, y hace de ese propósito
un punto central de su poética. Por medio del lenguaje, por medio de
sus personajes, de sus referencias literarias y su truculenta trama, eleva lo
nicaragüense a categoría mítica.
Román reedita la fonética pinolera por medio de una ortografía
particular y propia que hace de los parlamentos de los personajes una experiencia
lingüística única. Esto por supuesto no es nada nuevo y hay
que verlo dentro del contexto del costumbrismo americano, corriente en la que
Cosmapa encuentra muchos de sus modelos más importantes, pero su posición
es pionera dentro de la narrativa nicaragüense, dándole carta de
ciudadanía al indio y al campesino. Desde el principio de la novela los
personajes se expresan en buen nicaragüense, representando ortográficamente
la particular pronunciación del español en Nicaragua. La aspiración
de la /s/, la sonorización de la /h/, la asimilación y amalgamiento
de vocales, la pérdida de segmentos silábicos y el uso continuo
de léxico típicamente nicaragüense, son algunos de los recursos
más productivos del texto. El primer diálogo de la novela provee
excelentes ejemplos del dialecto que predominará en el texto: "Jodido,
don Carmen. Por qué anda mandando a Serapio? Este jora questá
picado. Mejor mande que peguen otra carreta, que el patrón trái
muchos bultos y que ensiyen los cabayos que ya falta poco pal tren"(6-7). Esta
(de)formación del lenguaje, que al principio presenta cierta dificultad
al lector, especialmente el lector no familiarizado con el dialecto nicaragüense,
se convierte con el tiempo en uno de los mayores atractivos de la novela. De
hecho Cosmapa es uno de los mejores documentos que tenemos del habla nicaragüense.
El autor ha puesto especial empeño en representar la forma fónica
del habla, violentando la grafía ortodoxa del castellano y creando así
una identidad lingüística propia. De esta forma la narrativa nicaragüense
empieza a emanciparse de la actitud prescriptiva de los novelistas anteriores
y se va preparando el camino para una exploración de la identidad lingüística
nicaragüense. A través del lenguaje se explota y se autoriza la
identidad nacional, se le da calidad literaria al campesino y su forma de expresión,
y de esta manera contribuye a la construcción del mito nacional. El lenguaje
y la representación de ese lenguaje, componen una dimensión de
la miticidad del ser nicaragüense, esos signos representan y al mismo tiempo
esconden al ser nicaragüense, lo identifican y lo significan, lo hacen
signo y por la misma dialéctica del signo lingüístico, lo
hacen presencia.
La otra dimensión mítica de importancia en la novela radica
en la idealización de la alta cultura, la intelectualidad y el espíritu
cosmopolita. José Román nos presenta ante un personaje lleno de
cualidades y fortuna. Nicolás Guerrero es un "filósofo", y en
el uso de este término hay ya una mitificación del hombre. No
es un simple hacendado, un terrateniente común, sino un pensador, un
lector infatigable, un hombre de grandes conocimientos y capacidad filosófica.
Su genealogía (cap. IV) que llega hasta el doceavo tatarabuelo materno
lo emparenta con una larga lista de "prohombres" que van desde traficantes de
esclavos hasta intelectuales de la estatura de José Cecilio del Valle,
desde "Su Excelencia Dr. Hipólito Francisco de Vivar y Mayorga Aycinena
Contreras de San Román y Ximénez de Quixada, descendiente directo
del Cid Campeador"(112) hasta "Su bisabuelo paterno, el noble físico,
doctor José Guerrero, uno de los primeros Jefe de Estado del Estado de
Nicaragua"(Idem). Nicolás Guerrero no es por tanto un nicaragüense
medio, -en realidad ni siquiera es nicaragüense ya que mantiene ciudadanía
norteamericana (260)- sino un héroe de proporciones míticas, amigo
de Ulises de Itaca (263), hombre dadivoso y justo, gran lector de clásicos
y modernos, poseedor de una respetable biblioteca (188-190), apuesto y decidido
que ha tenido aventuras amorosas con damas de especial alcurnia y posición
(82-86), y que luego se enamora de una guapa campesina. El modelo es el del
hombre intelectual, clásico y moderno, rico y poderoso pero desprendido
y amplio. Un hombre que ha viajado por todo el mundo, que habla varias lenguas
y conoce el budismo y ha leído el Corán. Pero al mismo tiempo
un hombre que vuelve al terruño a cavilar, a gozar de la tranquilidad
del campo y a fundar un imperio bananero.
Como puede verse, José
Román ha tratado de construir un héroe, un hombre de cualquier
forma admirable. No se trata del héroe débil y caído, del
antihéroe contemporáneo, sino de un prohombre que puede servir
como modelo de conducta e ideal de vida.
Sinembargo, desde una perspectiva finisecular, auténticamente revolucionaria,
feministas y antimilitarista, Nicolás pierde en gran parte su miticidad
por su posición machista y falocéntrica. Su idilio con Juana Corrales,
una campesina de gran belleza física que él educa y refina hasta
convertirla en una mujer culta, reedita un parámetro de conducta reaccionario
y machista, donde el hombre es el poseedor de la cultura y se encarga de modelar
el caracter y la personalidad de la mujer. Juana Corrales es lo que es gracias
a Nicolás. Ella no se afirma como ser humano por su propia iniciativa
y valores, sino por su relación con él. Una relación basada
en la violación y la fuerza, ya que la primera noche prácticamente
la violó (72). El machismo y la actitud patriarcal se revela plenamente
cuando el narrador se esfuerza por presentar esto como algo natural, como algo
que así es y así debe de ser, como algo que la misma mujer quiere
y justifica, busca y desea. La Mercedes, que en ese momento iba caminando al
lado de Juana, cuando vio que Nicolás la raptó agarrándola
por la cintura, exclamó: "Sé jel hombre, carajo! así se
agarra"(72). De esta manera se justifica una actitud totalmente machista, retrógrada
y denigrante para la mujer. Nótese como en esa escena de gran violencia
y falsa sensualidad, tanto la yegua en la que va montado Nicolás, como
Juana, comparten una serie de características: ambas están exitadas,
ambas se someten al dominio del hombre, ambas son "montadas" por el hombre y
ambas parecen quedar satisfechas al final de la escena. Es decir hay una abierta
equiparación entre mujer y yegua, donde la yegua al fin es la que tiene
la preeminencia. No obstante, en nuestro medio nicaragüense y en el tiempo
en que fue escrita y publicada la novela, esto contribuyó también
a la miticidad del héroe y el éxito de la novela (véase
195). Para ser hombre había que ser así, y un hombre que se anduviera
con muchos consentimientos con la mujer, no era tan hombre. Como le había
dicho Mercedes a Juana en una escena anterior: "Verdá, somo junas mulas;
queremos a patada limpia. Allis tá el chinito, si no me encierra y me
mete una verguiada no me agarra nunca. Así somo laj mujeres, y esto que
me estaba muriendo e ganas"(68). Este machismo y dominación sobre la
mujer no es un hecho aislado en la vida de Nicolás, ya que la misma actitud
violenta y un acto de violación similar ocurrió con la madre de
Juana, Josefa (197).
El idilio ardiente y perfecto de Nicolás y Juana se ve empañado
por la sombra del incesto. A medida que Juana se va transformando en una mujer
refinada y culta, se va notando su parecido con la tía de Nicolás,
hasta que éste llega a la conclusión de que Juana es hija suya,
producto de las relaciones que tuvo con Josefa, su verdadera madre. Esto le
revela el horror de lo que ha hecho, engendrando un hijo en su propia hija.
Aquí, una vez más, la sombra mítica de Edipo cruza las
páginas de la literatura y a partir de ahí todo es tragedia. Nicolás,
espantado, rechaza el amor de Juana, y ésta al verse despreciada se suicida
en una noche de tormenta. La crítica nicaragüense a menudo ha señalado
el papel mítico que representa Juana Corrales, símbolo de la madre
tierra, prototipo de la mujer nicaragüense y emblema del mestizaje. Siento
disentir diametralmente de mis colegas ya que el modelo respresentado por Juana
Corrales no es un ejemplo digno de admiración. En todo caso su papel
es el de la heroína romántica, víctima de su propia sensibilidad,
amante honesta y entregada, destinada a morir trágicamente. Juana Corrales
no representa un modelo de conducta femenina digno de emulación.
Creo necesario apuntar que la dimensión mítica del héroe
no se limita a la figura de Nicolás Guerrero. Por lo menos dos personajes
más comparten algunas características de esta heroicidad: Mr.
Marcus Davis Longacre "Mister Long" y Francisco José Ubeda y Venerios
"Maese Ubeda". Ambos personajes se destacan ya sea por su historia personal
y sus experiencias vividas, como es el caso de Mister Long (116-123); o por
su capacidad poética y su verborrea, como es el caso de Maese Ubeda (51,
151, 191). Mr. Long se nos presenta como un exagerado, hablantín y muy
capaz, rodeado de cierto misterio que contribuye a su miticidad: "La vida y
los milagros de Mr. Long nadie los sabía exactamente. Decían de
él muchas cosas que eran y muchas cosas que no eran"(120). Maese Ubeda
es el poeta, poseedor de una erudición peculiar que a menudo sorprende
al lector aunque no deja de rayar en la charlatanería.
Otro aspecto que alcanza un tratamiento casi mítico en esta novela
es el banano. En realidad la instalación de una bananera en Cosmapa es
el meollo de la trama, eso es lo que trajo a Nicolás de regreso a Cosmapa
y se va cuando la empresa fracasa debido a la Segunda Guerra Mundial. El banano
y todo lo referente a sus cualidades, cultivo y distribución alcanza
proporciones míticas en la mente de Mister Long, Maese Ubeda y el mismo
Nicolás. A diferencia de las otras novelas de las bananeras, -recordemos
que Mamita Yunay de Carlos Luis Fallas había sido publicada en 1941 y
que Bananos de Emilio Quintana vio la luz en 1942- Cosmapa no se preocupa por
las condiciones de trabajo de los asalariados, ni menciona las enfermedades,
problemas e injusticias que inevitablemente ocurrían en todas las plantaciones
bananeras. Por el contrario, José Román casi idealiza las plantaciones,
los trabajadores parecen estar felices con su patrón al que le celebran
una fiesta enorme el día de su cumpleaños (151) y aunque ocurren
algunas atrocidades -como el hijo de Don Carmen a quien se lo come un cerdo-,
no hay mención de grandes problemas o conflictos laborales. El bananal
más bien motiva una serie de sensaciones surealistas como la voz misteriosa
que escucha Nicolás (71), o los planes multimillonarios de Mister Long
(117-119). Los obreros, más que encontrarse en un círculo vicioso
de endeudamiento y miseria, parecen estar satisfechos con su trabajo y sus salarios:
"El que es bananero es bananero y no sirve para otra cosa, a no ser madera y
chicle. Créalo, patrón, se jode uno, pero se gana dinero, hasta
que un día se muere como perro envenenado temblando de fiebre"(205).
En Cosmapa la percepción de las plantaciones bananeras es por tanto diferente,
y el elogio del banano de Maese Ubeda es un ejemplo de la idealización
con que se aborda este tema (51). Podríamos decir que Cosmapa pertenece
todavía -anacrónicamente- a la etapa mítica de la bananera,
cuando se consideraba que sería la respuesta a los problemas económicos,
cuando el cultivo y exportación del banano parecía ser el futuro
de América Central.
Finalmente hay dos dimensiones de la miticidad de esta novela que son
dignas de estudio. Por un lado Cosmapa propiamente dicha, es decir el lugar,
su situación geográfica, su belleza, su riqueza y su etimología.
Y por el otro Amerrisque, lugar de origen, cuna de América. Cosmapa es
el nombre de un pueblo, de una comarca y de un río, todos situados en
la parte oriental del departamento de Chinandega. El autor sitúa claramente
el lugar dentro del contexto de la topografía de la región, abunda
en detalles y comentarios con respecto al entorno, a los volcanes que la adornan
y a los ríos. El Ingeniero y General del Valle es el que en la novela
discute la etimología de la palabra Cosmapa: "Viene del azteca Comapa,
sin la s. Quiere decir: comal de agua, lugar donde las corrientes se empozan.
Más literalmente, donde los ríos se acomalan, comal de ríos.
Podría significar también, agua acomalada, aunque yo creo que
la más correcta interpretación debe de ser: comal de las aguas"(130).
Esta relación con el agua es muy importante. Como signo de fertilidad,
el agua es lo que produce la riqueza y la abundancia. Sin agua no hay frutos
ni cosechas. El paraíso estaba bañado por cuatro ríos.
Cosmapa es en cierta forma un paraíso terrenal, es un lugar de retiro
para Nicolás Guerrero, es el lugar donde encuentra la felicidad, la dicha,
el amor pleno. La etimología nahua se ve irónicamente subrayada
por la falsa etimología griega. El Maestro del Valle comenta: "Si viniera
del griego Cosmapa, significaría: todo el mundo"(131). De hecho Cosmapa
fue para Nicolás Guerrero, al menos por algún tiempo, el mundo
entero. Ahí estaba todo lo que le interesaba, ahí estaba Juana,
el amor de su vida; ahí tenía su biblioteca que albergaba lo más
importante del patrimonio universal. Nada le faltaba prácticamente, hasta
que llegó la sombra del pecado, hasta que el fantasma del incesto comenzó
a perseguirlo, y como en la leyenda bíblica, terminó con el paraíso.
En cuanto a Amerrique o Amerrisque, José Román no desperdicia
la oportunidad para adelantar la teoría que deriva el nombre de América
de Amerrique, según propusiera Jules Marcau, y que sitúa el origen
del hombre americano en las inmediaciones de la sierra de Amerrisque. El diálogo
tiene lugar con motivo del secreto que Nicolás le comunica al Maestro
del Valle, sobre las presuntas ruinas premayas que había encontrado:
"He descubierto una gran pirámide en el centro de tres medianas en triángulo"(138).
La escena es un poco absurda e irrisoria ya que el Maestro, sin haber visto
las ruinas, afirma: "Yo tengo la clave!.. Yo las he andado buscando!... Son
premayas, de un novísimo y hasta ahora desconocido tipo ameríndico..
El Amerrique, bisabuelo de los egipcios, abuelo de los atlántidas y antilios,
generatriz de los mayas, aztecas e incaicos. Los proto-amerindios, los Amerrinques,
aparecieron poco después del primer glacial, cuando el clima de Centroamérica
era muy frío... y se dispersaron y poblaron el mundo de hombres...!"(138).
De esta forma Cosmapa pasaría a ser la cuna del ser americano, sería
el escenario del primer hombre y por tanto el lugar de origen, principio de
la humanidad. Ya se puede ver hacia dónde apunta la novela. Por un lado
tenemos un lugar virgen y selvático que se convierte en una plantación
modelo, productora de la fruta más perfecta y balanceada, una fuente
de riqueza para la región. Por el otro tenemos el lugar de origen de
la humanidad, el topos de la creación, el paraíso primordial.
Como se puede ver la novela Cosmapa está siempre moviéndose
en los límites del mito y la historia, está constantemente jugando
con diferentes tipos de mitos, y su lectura es rica en miticidades. Cosmapa
no es por supuesto la primera novela nicaragüense, pero sí es la
primera novela de lo nicaragüense. Angel Rama decía, en una prolongación
de la tesis de Luis Alberto Sánchez, que en América Latina "no
hay novelistas, sino tan sólo algunas novelas importantes"(66). Muy a
mi pesar la evidencia me obliga a aceptar la afirmación de Rama, y en
esa secuencia de novelas de la nicaragüedad, Cosmapa es sin duda la pionera.
OBRAS CITADAS
Arellano, Jorge Eduardo. "Cosmapa." Panorama de la literatura nicaragüense.
Managua: Ediciones Centenario Rubén Darío, 1966; Editorial Alemana
1968 y 1977; Editorial Nueva Nicaragua, 1982.
Bajtín, Mikhail. The Dialogic Imagination. Austin: University of Texas Press, 1981.
Cuadra Ch., Pedro Joaquín. "Editoriales". El Diario Nicaragüense, abril-mayo 1944.
Gould, Eric. Mythical Intentions in Modern Literature. Cornell: Cornell University Press, 1981.
Rama, Angel. La novela en América Latina. Xalapa: Universidad Veracruzana, 1986.
Paguaga Núñez, Cristino. "Prólogo." Cosmapa. Managua: UCA, 1971. pp. 1-3.
Palacios, Nidia. Antología de la novela nicaragüense. Managua: CIRA, 1989. pp. 30-32.
Sábato, Ernesto. El escritor y sus fantasmas (1963). Buenos Aires: Emecé, 1976.
Sánchez, Luis Alberto.
América, novela sin novelistas (1931). Santiago: Ercilla, 1940.