Una de las figuras más misteriosas y enigmáticas de la poesía nicaragüense es la de Alfonso Cortés Bendaña (1893-1969). Poeta bastante desconocido e ignorado en el ámbito internacional, y sin embargo rescatado por los poetas nicaragüenses y estudiado por los especialistas, considerado como uno de los primeros poetas metafísicos de América. Encadenado en su casa de León y recluído en el Hospital de Enfermos Mentales de Managua, y sin embargo libre para escuchar y ver lo inaudible y lo invisible, con una capacidad poética inusitada y una facilidad para el ritmo y la imagen como pocos poetas en nuestro hemisferio. La poesía de Cortés es un discurso metafísico, un espacio textual donde las cosas cobran vida y espíritu, donde las palabras se agitan con una vocación profunda y trascendental. Espacio, tiempo y sonido son signos omnipresentes en todos sus versos, signos que se desdoblan en una pluralidad de sentidos creando imágenes nuevas, encontrando misterios donde nosotros vemos materia, y asiendo en una forma casi natural y cotidiana, lo que para nosotros es evocación hermética y problema impenetrable.
A menudo se ha dicho que la poesía de Cortés debe su código
hermético y metafísico a su desorden mental, y que su obsesión
con el sonido por ejemplo, es consecuencia de su locura. Creo necesario reevaluar
seriamente la influencia de la locura en la poesía de Alfonso Cortés,
especialmente cuando consideramos que sus poemas más reveladores, donde
su metafísica y su misterio se reflejan con mayor intensidad, son anteriores
a su crisis. Aunque la cronología no es del todo consistente, sería
provechoso contrastar los poemas anteriores y posteriores a 1927, y determinar
hasta qué punto esta afirmación se resiste al análisis
comparativo y la cotejación cronológica. José Varela-Ibarra
rechaza esta idea sin aducir ningún argumento sólido, basándose
simplemente en una opinión de Thomas Merton: "Por ejemplo, no se puede
dividir su obra en dos partes, la anterior y la posterior a 1927, año
en que pierde la razón. Porque, como ha escrito Thomas Merton: "Su mejor
poesía, que es absolutamente individual, la ha escrito ya en momentos
de "lucidez" ya en momentos en que se podría tener por "orate". Pero
también tenemos que ha escrito algunos muy malos versos estando indistintamente
"cuerdo" y no muy cuerdo. Sus buenos versos son a la vez metafísicos
y surrealistas, con un carácter personal hondo, oníricos y existenciales.
Los malos son simplemente convencionales". El que el poeta escriba buenos y
malos versos antes y después de su crisis no demuestra más que
la variable calidad de su poesía. Lo que interesa explorar en estas páginas
es si hay una diferencia entre su buena poesía anterior a 1927, y su
buena poesía posterior a esa fecha. Es decir, investigar si su estado
mental y su locura, ejercen en realidad una influencia en su concepción
poética, o si se trata simplemente de un mito como muchos otros, desarrollado
por la historia literaria. Al mismo tiempo y como consecuencia de lo anterior,
me parece importante investigar si hay una evolución en su desarrollo
poético, cosa que Varela-Ibarra rechaza también sin demostrarlo,
que pueda cotejarse de alguna manera con su estado mental. Me parece de singular
importancia un estudio de esta naturaleza, ya que contribuye directamente al
entendimiento del sistema poético de Alfonso Cortés y la relación
de su obra con su condición mental y psicológica.
Si la poesía y el arte en general es, como se ha dicho, una forma
de visión y vaticinio, un estado de clarividencia en el cual el poeta
es capaz de discernir los misterios de la existencia y lo inexplicable, no creo
necesario recurrir a elucubraciones de tipo patológico para explicar
la formulación lingüística y la composición estética
de ese misterio. Si por el otro lado consideramos como patológicas todas
las expresiones artísticas que de alguna forma rompen con la percepción
normal y establecida del mundo, todo artista, en el verdadero sentido de la
palabra, es una caso patológico. Van Gogh y Picasso, Franz Kafka y Lautrémont,
Felisberto Hernández y Machado de Assis tendrían que ser considerados
casos de desorden mental, ya que la percepción que reflejan sus páginas
establece una distancia entre la visión institucionalizada por la sociedad
y los órganos de poder, y su propia representación del mundo.
Su visión y la traducción de esa visión en principios estéticos
y estilísticos, establece una ruptura con la tradición pictórica,
narrativa y poética, propone una ruptura a la continuidad, y establece
una nueva forma de ver el mundo, de percibir los fenómenos y de expresarlos
utilizando un medio determinado. En mi lectura de los poemas de Alfonso Cortés
yo encuentro que hay desde antes de 1927, la presencia indiscutible de los elementos
retóricos que caracterizan lo mejor de su producción poética,
y por el contrario de lo que se ha estipulado, encuentro que con el paso del
tiempo, y el desarrollo indiscutible de su perturbación mental, hay un
paulatino amaneramiento de su fuerza creadora, y muchas de sus creaciones tardías
se conforman a una norma mucho más clásica, mucho más legible
en el sentido barthiano de la palabra, con una preocupación más
evidente por el lector y una función didáctica explícita.
Así lo estipula él claramente en el "Proemio" a Las coplas del
pueblo, "Ya libre de los estudios intermediarios, y, entrando más de
lleno a entregarme al cultivo de las letras, tiene cabida mi época de
mayor actuación en el campo del revolucionarismo intelectivo y de la
especulación ideológica, en mi ciudad natal, formándolo
la acción continua en el sentido intelectualista, la digresión
filosófica personal, la elaboración de teorías y sistemas
conceptuales, que llegaban a comprender hasta el universo mismo en total..."(7).
Es mi premisa en estas páginas, que el sistema filosófico y semiótico
de Alfonso Cortés estaba ya plenamente formado y expresado antes de entrar
en la crisis de 1927, y que la poesía posterior a esa fecha reedita esos
principios estéticos y conceptuales, cuando no se aparta totalmente de
ellos haciendo una poesía didáctica de mucha menor originalidad
poética y filosófica. En este sentido Cortés se nos presenta
como un genio poético precoz, cuya primera etapa sienta las bases de
su propia poética y lo establece como uno de los grandes poetas de la
lengua española.
Alfonso Cortés se inicia en el grupo modernista de León
bajo la sombra de Rubén Darío. Su primer libro fue La Odisea del
Itsmo, que ganó los Juegos Florales de Quezaltenango. Este es un largo
poema de corte neo-clásico y estética modernista, que canta la
hazaña de la Conquista y la Independencia y sueña una paz milagrosa:
"Visión de paz. El cielo esplende; el campo brota
racimos pudorosos y prósperas espigas;
el aire es como un beso, y el sol como una gota
de miel, que se reparte en las eras amigas".
Aunque este poema no refleja todavía el misterio y la intuición
de sus mejores producciones, podemos ya entrever su pasión por el sonido
y el misticismo de su canto. Sin embargo otros poemas anteriores revelan ya
de una manera evidente la capacidad poética de Cortés, su ansia
de descubrimiento de un mundo hermético e inexplicable, y la formación
de un código propio y característico que habrá de permear
lo mejor de su producción poética.
Un elemento fundamental en la obra de Alfonso Cortés es el misterio
de la palabra, el poder de la enunciación como fuerza que crea las cosas,
que les da vida y las maneja según las voliciones del signo, que conforma
en su campo semántico las realidades del universo, haciendo entonces
del mundo un fenómeno metonímico regido por una red de tensiones
semánticas. En "El canto impersonal" por ejemplo, fechado en 1920, el
poeta desarrolla ya esta concepción del verbo y la poesía como
una forma independiente, autosuficiente, emancipada de la voluntad creadora
y del poeta mismo.
Canto: No. Se escucha un canto vivo,
libre, impersonal, elemental,
como el dulce grito primitivo
con que la luz quebró su cristal
en el pavimento
de la sombra...
he aquí llegado el momento, oh tierra
en que el Universo es el que nombra
y la boca del hombre se cierra.
(Las siete antorchas, 7).
Esta forma de la enunciación permanecerá como una constante
en la poesía de Cortés, es una marca fundamental de su código
poético y de la sustancia de la expresión. Voces y sonidos que
le llegan de más allá, mensajes y llamados misteriosos, versos
herméticos cuya significación es apremiante e ineludible, como
los locos pretextos que en "Un detalle", "...estando aquí, de allá
me llaman". (Poesías, 68). Pero es ahí, en ese nombre, en esa
formulación nominativa donde reside la verdad de la existencia. Porque
como dice en el poema titulado "Vida", "La verdad es un nombre / subjetivo,
y el hecho solamente una tumba". (Las siete antorchas, 10).
Este efecto de la nominación se extiende en el valor de los sonidos
en la obra de Alfonso Cortés, esas voces que se escuchan, los murmullos
de las cosas y los silencios de los que habla en ese hermoso poema que es "Almas
sucias" fechado en 1913:
Abro para el silencio la inercia de la fluida
distancia, que no vemos, entre una y otra vida
y tras la cual las cosas que miramos observan...
Yo elevaré
las vastas esencias que conservan
su secreto de sueños dentro del pecho enorme,
que dentro de mí tienen una idea conforme,
y uniré los detalles de Forma, Luz y Acento
que unifica la pálida lejanía del viento;
porque bajo, entre
y sobre los cielos, la distancia
de que os hablo, es la idea que pone la fragancia
de unidas relaciones sutiles, como losas,
un silencio, una
inercia del alma de las cosas!
(Poesías, 57).
Ars Poetica, concepción del sonido y el silencio, enunciación
de una forma que se hace poesía, este poema resume en forma magistral
el arte de Alfonso Cortés, su capacidad para entrever, bajo, entre y
sobre los cielos, la esencia del ser y la poesía, su capacidad de relacionar
las cosas a través de la distancia y lograr ese efecto estético,
al mismo tiempo que explora los misterios metafísicos del ser, el hermético
conjunto de sensaciones y vivencias que forman la experiencia humana. En "Nocturno",
de 1913, hay una definición sumamente interesante de la palabra, definición
que implica esa carácter de descubrimiento de la enunciación,
pero que al mismo tiempo apunta a su fracaso, a la ruptura inevitable que se
establece:
Yo sólo sé palabras: ¿qué es la palabra?
Un ruido
que murmura el espíritu ante Dios, confundido.
(Tardes de oro, 27).
La transustanciación nominativa llega a su máxima expresión,
es decir, a la negación rotunda de toda nominación, en un poema
de 1922 titulado "La canción del ser", donde el poeta declara su acierto
en ver más allá del signo lingüístico afirmando la
esencia del ser. Independientemente de las implicaciones teológicas,
esta concepción del lenguaje incide en la función dialéctica
que ya Saussure había planteado en 1916 en la dicotomía significado
/ significante.
Hoy ya puedo mirar dentro del hombre
y tras de las cosas, transparentemente,
y ya sé que nada puede tener nombre,
porque todo es sólo fuerza del destino...
(Las siete antorchas, 9).
En uno de los poemas titulado "Yo" se encuentra quizás la mejor definición
de su concepto lingüístico, el secreto del lenguaje como medio de
enunciación en toda su capacidad vocativa y su inútil aprehensión
del mundo. La concepción del lenguaje de Alfonso Cortés se desprende
de una forma de entender el universo, sus relaciones y su dependencia, sus implicaciones
teológicas y cosmogónicas, la subordinación de este orden
a un orden mayor. Después de repasar los elementos del mundo el poeta
presenta su concepción:
Yo no. Yo sé que todo es inefable rito
en el que oficia un coro de arcángeles en vuelo,
y que la eternidad vive en sagrado celo,
en el que engendra el hombre y pare lo infinito.
Por eso, mis palabras
son silencio hablado,
y en la fatal urdimbre de cada ser, encuentro
difícil lo sabido y fácil lo ignorado...
(Tardes de oro, 101).
Aquí encuentro la esencia del sistema poético del poeta Cortés,
su relación con el mundo y el conocimiento y la función del lenguaje
en la dinámica de esa relación. Como se puede ver, el sistema
semiótico de la obra de Alfonso Cortés y sus relaciones estructurales
estaba ya establecido para el año 1927. Todos los principales símbolos
han sido ya constituidos, la significación y las relaciones paradigmáticas
del sistema están ya en pie, sólidamente establecidas a través
de una serie de poemas.
La concepción del tiempo es otro factor característico de
la conceptualización del mundo en Alfonso Cortés. Su preocupación
por el tiempo se remonta a sus primeros elaboraciones. En su famoso poema "Fuga
de Otoño" que data de 1913, vemos una transformación de las dimensiones
cuya esencia es fenomenológica, se plantea un mundo cuya estética
se emparenta con la estética del extrañamiento, y cuyo origen
tiene poco que ver con la perturbación mental del poeta y mucho que ver
con su peculiar concepción de la existencia. Esta reversión de
la impresión fenomenológica es otro rasgo fundamental de la sustancia
de la expresión poética de Alfonso Cortés, rasgo cuya comprensión
es fundamental para una lectura cabal de sus páginas.
Aquí todo, hasta el tiempo se hace espacio.
En los viejos
caminos nuestra voz yerra como un olvido,
y a un éter lleno de recuerdos, se ha salido
de nosotros el alma, para vernos de lejos.
(Poesías, 10).
La lucha por penetrar el misterio y comprender la significación del tiempo
y el espacio está presente en casi todos los poemas de Alfonso Cortés.
En "La flor del fruto" se lee:
El hombre es árbol místico y apenas
comprende Espacio y Tiempo si se vierte
en flor de su alma y fruto de sus venas...
(Poesías, 50).
El estudio de la concepción de espacio en Alfonso Cortés
es algo que debe ser reevaluado con cuidado, considerando que puede existir
en el poeta más de una concepción del mismo. En mi lectura de
su obra yo encuentro por lo menos dos interpretaciones del espacio: el espacio
físico con sus dimensiones concretas y su fenomenología, y el
espacio metafísico que es el que en realidad preocupa al poeta. Este
espacio es una dimensión espiritual en la que se transforma la experiencia
humana y el conocimiento, algo similar al espacio lingüístico del
poema, donde la vivencia se hace espacio por medio de la realización
semiótica del discurso. El espacio físico no existe para Cortés,
en la medida en que éste no tiene ninguna importancia absoluta, su relatividad
lo anula, es como "La distancia que hay de aquí a / una estrella que
nunca ha existido" en "La canción del espacio". El espacio es más
bien el lugar de la escritura, la dimensión creada por el vacío
de los significantes, la ausencia que evoca la presencia del signo. En "Más
allá", un poema de 1918 está explícita esta idea:
...Mientras paseo
pienso en espacios y cual pienso, escribo.
(Tardes de oro, 21).
Cuando esta visión del espacio se plantea de términos físicos
carece de sentido, parece una proposición reducida al absurdo, pero no
es así cuando lo examinamos desde una perspectiva metafísica y
una filosofía del lenguaje.
En forma similar a como ocurre en el campo de la nominación, la
poesía de Alfonso Cortés evoluciona a la par que evoluciona la
concepción de estos elementos o rasgos fundamentales, describiendo una
parábola que concluye con la negación del mismo. En "Vida", poema
citado anteriormente, se puede leer: "...El tiempo se derrumba / como un ídolo
roto" (Las siete antorchas, 10). Esto indiscutiblemente presenta un estadio
en la concepción de la dimensión temporal, diferente del que podemos
percibir en "Fuga de Otoño". Otra evolución más se nota
cuando lo comparamos con la visión presentada en "La canción del
espacio" fechada en 1927. Aquí hay ya, como en la nominación,
una negación total de la existencia del tiempo, éste se ha relativizado
hasta convertirlo en una dimensión inexistente, cuya desintegración,
por otro lado -y el poeta está conciente de ello- arrastra consigo la
existencia misma, la neutraliza, creando de esta manera un "impasse" filosófico:
Este afán de relatividad de
nuestra vida contemporánea -es
lo que da al espacio una importancia
que sólo está en nosotros,-
y quién sabe hasta cuando aprenderemos
a vivir como los astros-
libres en medio de lo que es sin fin
y sin que nadie nos alimente.
La tierra no conoce
los caminos
por donde a diario anda -y
más bien esos caminos son la
conciencia de la tierra... -Pero si
no es así, permítaseme hacer una
pregunta: -Tiempo, dónde estamos
tú y yo, yo que vivo en ti
y tú que no existes?
(Poesías, 47).
En el poema titulado "Poesía" e incluido en Poemas Eleusinos, se encuentra
una reversión del tiempo que implica un paso más allá en
esa evolución conceptual:
Yo vengo del sepulcro y voy para la cuna;
aunque en todo creo, ni yo mismo sé;
soy como un eterno presente que avanza
y que no ha tenido antes, ni tendrá después.
(Las siete antorchas, 119).
En un poema fechado en 1918 titulado "Soneto", encontramos bajo una forma
aún identificable con la estética modernista, la elaboración
del sistema de códigos y signos que llegará a definir la poesía
de Cortés. La temática es ya definitivamente la del poeta de "Un
detalle" o de "La canción del espacio", pero aún no ha llegado
al grado de parco desgarramiento y de soledad que define a estos poemas. En
"Soneto" el material trágico todavía está envuelto en una
formulación estética modernista, los signos apuntan a un referente
cultural y pierden en su valor connotativo. Sin embargo hay una voz profética
en el poema, un vaticinio que en nuestra lectura de 1992 cobra una dimensión
impresionante:
Si yo hubiera sabido las locuras
los desastres, las ansias, los dolores
en que iba amortiguar sus resplandores
mi corazón cansado de aventuras.
Si hubiera visto
sus miradas puras
solo el alma del sueño y de las flores,
no los pálidos y altos sinsabores
del infinito, que me cobra usuras.
Hoy no supiera
el mal de los pañuelos
que saludan del mundo flor de crimen,
la trágica ironía de los cielos;
El triste cavilar
de los caminos,
y de carga inconsciente con que oprimen
algunas lágrimas y algotros vinos...
(Las siete antorchas, 4).
Leído en 1918 este poema se sitúa en el epicentro de la revolución
romántica, su dolor fatalista ante la vida, sus sintaxis elegante y su
codificación estética. Hoy en día sin embargo, a la luz
del futuro del poeta, es posible investir sus versos con una significación
que va más allá de la nominación trágica del sentimiento,
para inscribirse en la pregunta esencial de la existencia, en su misterio indescifrable
que tanta importancia tienen en el sistema semiótico de Alfonso Cortés;
en el dolor inmenso del desengaño y el dolor, en los abismos de la locura.
En "Angelus" la locura aparece ligada a la calma, a un estado de contemplación
y melancolía, de honda reflexión y misticismo, que en conjunción
con el tiempo y el espacio, formará el centro de su sistema poético:
y en los tejados de las almas
mayan los ruidos de la tierra,
y, en la locura de sus calmas,
la Hora, triste de espacio, yerra.
(Poesías, 60).
Estos versos se repetirán en la última estrofa del poema, reenforzando
esa visión, la hora del Angelus como un momento de honda reflexión,
cuya calma es enormemente loca, doloramente loca, en busca de su espacio y su
lugar sin poder encontrarlo. La nostalgia de la tarde, su misterio y su misticismo,
están presentes en un poema como "Tardes de oro" que data de 1911. Ya
en ese entonces Cortés buscaba el sentimiento y la experiencia de lo
inusitado, de la belleza y lo extraño, deseando llegar más allá
de la vista y el sonido, a la propia esencia de los fenómenos, como lo
constata la segunda estrofa del poema:
Dame sentir tus éxtasis,
convalesciente de un dolor extraño,
mientras cae la tarde en tu belleza,
brilla en tus ojos y tiembla en tus labios;
y crucemos lo largo de estas rutas,
y el verdor de estos campos perfumados,
viendo pasar delante de nosotros,
el azar del misterio cotidiano...
(Tardes de oro, 2).
Ese mismo misticismo, esa percepción que se ha asociado con la locura
se encuentra en "Un detalle", su poema más famoso, desafortunadamente
bautizado por Coronel Urtecho como "Ventana". La duplicidad y el misterio de
estos versos, los espíritus que rondan al poeta, y la ternura con que
lo expresa, hacen de "Un detalle" un poema perfecto donde color y espacio cobran
una significación especial, se convierten en un texto que el poeta lee
con facilidad e interpreta, con el cual se establece una comunicación,
un intercambio. En ese sentido ese trozo azul es como el poema, el espacio donde
vive el anhelo:
Un trozo azul tiene mayor
intensidad que todo el cielo,
yo siento que allí vive, a flor
del éxtasis feliz mi anhelo.
Un viento de espíritus,
pasa
muy lejos, desde mi ventana,
dando un aire que despedaza
su carne en angélica diana.
Y en la alegría
de los Gestos,
ebrios de azur, que se derraman...
siento bullir locos pretextos,
que estando aquí, de allá me llaman.
(Poesías, 68).
En el diálogo publicado en Tardes de oro bajo el tíulo de
"El poema cotidiano", sin fecha y diferente del que después le diera
nombre a un volumen, se revela ya un síntoma que pudiera ser consecuencia
de la perturbación mental: "Por qué me he despertado, como todos
los días / pensando? Ya no quiero pensar, quiero estar solo con mis sentidos;
ya no quiero sentir más las cosquillas de Dios en mi cerebro..."(3).
Es un poema totalmente diferente a los poemas de Cortés, es sumamente
narrativo, casi desprovisto de metáforas y símiles, y más
parece que fuera anotaciones personales que su padre incluyó en el volumen,
que un texto destinado a publicación. Digo esto porque me parece que
es la primera vez que hay en su obra algo que señale directamente a la
locura, a la perturbación mental. Las alusiones anteriores las leo más
bien como metáforas donde la "locura" sirve como código semiótico
para comunicar ese aspecto inefable de la existencia, pero aquí hay ya
un signo abierto del poeta, un llamado de ayuda. Hasta el momento, y como he
tratado de demostrar es estas páginas, lo que he observado es una percepción
especial del poeta, una forma particular de ver y enfrentar el mundo, de leer
los signos del universo y convertirlos en verso. Y eso es a mi juicio el secreto
de su genio poético. Hay alusiones y versos ambiguos que parecen decirnos
que algo diferente acurría en la mente del poeta. En el "Nocturno" de
1913, la primera estrofa habla de los sonidos, los ruidos que invaden su cabeza.
Estos signos pueden interpretarse como reveladores de un trastorno mental, sin
embargo también aluden al misterio de la poesía, al discernimiento
del lenguaje de Dios, a su eterno alfabeto.
A la hora en que se llenan de dolores los ruidos,
cuando grita un agudo silencio en los oídos,
y, vagamente, husmea la luz de su problema
el alma, incienso místico que en la sombra se quema,
Dios me ha dicho en voz baja, y yo he oído en secreto
unas pocas palabras de su eterno alfabeto.
(Tardes de oro, 26).
Los ruidos serán una presencia angustiosa en Cortés. Como en las
ciencias de la comunicación, los ruidos parecen ser una interferencia,
un defecto en el contacto, pero al mismo tiempo funcionan como signo de ese
contacto. El ruido es parte del canal o código de la comunicación,
sin ruido no hay comunicación. El final del ruido parece ser el final
de la vida, el final de la experiencia. Al menos así parece confirmarlo
el poema "Pasos".
Cuando, en el tumulto de la Tierra
sientan los seres su soledad,
dará una tregua eterna la guerra
del Ruido...
(Poesías, 58).
Consecuentemente estos ruidos se distinguen de las palabras, estableciendo por
tanto una diferencia entre estos dos tipos de signos, tal y como lo afirma en
"Verano" donde se puede leer:
..."Los acentos
que hay dentro de los vientos
son otros que sus ruidos"...
(Poesías, 67).
Es muy dificil saber si estos ruidos son causados por una perturbación
mental en desarrollo o por una percepción diferente del mundo y del lenguaje.
Como en el caso de Van Gogh, de Nietzsche o de tantos otros artistas, la manifestación
de su percepción particular del mundo nos sirve para entrever otra forma
de comprender el mundo, la obra establece un código particular que incita
a una lectura cuyas significaciones nos muestran otra dimensión de la
realidad, otros valores, otras formas, y esto es lo que es verdaderamente importante.
Después de la crisis de 1927, recluido en su cuarto de la casa
de León, o en el Asilo de Enfermos Mentales de Managua, y de regreso
en León en 1965, Alfonso Cortés siguió escribiendo, aunque
parece haber una laguna entre 1934 y los años cincuenta en que firma
otros poemas que se recogerán en la década siguiente. Es poco
lo que estos poemas agregan a su sistema poético y la mayoría
de ellos son ejercicios poéticos, que aunque reflejan su gran habilidad
como versificador, no poseen la visión metafísica ni el trascendentalismo
de los poemas anteriores. Lo que perdura son reminiscencias del sistema filosófico,
que como ha quedado demostrado, ya estaba completamente desarrollado para 1927.
La concepción del tiempo en estos poemas es mucho más tradicional
y cronológica, se ajusta a nuestra percepción "normal" del mundo,
tal y como lo demuestra la siguiente estrofa del poema titulado "Introducción",
fechado en 1960:
El Tiempo abre en el alma audaces brechas,
y tú impasible y orgulloso en tanto,
sientes hervir el infinito, y hechas
el lloro de tu vida como un canto.
(Las puertas del pasatiempo, 7).
Hay un regreso a la concepción tradicional de las dimensiones, un deseo
de realismo más urgente en parte impelido por la intención didáctica.
Véase por ejemplo el concepto de espacio que se refleja en la última
estrofa del mismo poema:
Sabe sentir entre tu ser la Vida;
da a la suerte tu interior reacio;
sé árbol cuya raíz se encuentra hundida,
como en su propio centro, en el Espacio.
(Idem)
En una composición de 1965 titulada "El criterio en arte", creo encontrar la explicación de esta evolución en su pensamiento poético. En este poema Cortés señala su cansancio de la búsqueda de la obra maestra y declara su deseo de hacer una poesía más simple, que sea expresión de un pueblo, alejándose de la abstracción suprema y buscando una palabra que sirva para el diario vivir, anclada en la razón que pregona en otro poema. Esto, me parece, tiene mucho que ver con la conciencia de su desequilibrio mental, con la convicción de su locura y el deseo de apartarse de la conceptualización que -aparentemente- lo llevó a esa locura:
Hasta que, viendo que sus parcas rimas
que él no apreciaba por no ser gran cosa,
eran su prez para escalar las cimas,
no aspiró más a hacer su obra grandiosa.
(Las puertas del pasatiempo, 67).
Por eso la poesía de Las rimas universales y Las coplas del pueblo, se
apartan de la indagación filosófica y la especulación metafísica.
No tienen estos versos el misterio profundo y clarividente que tienen sus mejores
poemas anteriores a 1927. Dos años antes de su muerte, Cortés
dió a la imprenta El poema cotidiano y otros poemas. "El poema cotidiano"
es una composición autobiográfica, distribuida en cuatro cantos
y escrita en sextetos de versos dodecasílabos, donde el poeta crea su
alter ego Herckman, y narra su relación con el Emir, su padre, el resto
de la familia y la poesía. Es una historia de formación y yerros,
de oración y buen ejemplo, escrita con maestría y soltura, pero
sus versos están muy lejos de sus poemas magistrales anteriores a 1927,
carecen de profundidad filosófica y artificio metafórico, y rehuyen
la percepción especial del mundo que se refleja en sus mejores poemas.
Si lo importante para el escritor es la obra escrita, Alfonso Cortés
nos dejó el testimonio de su paso por la vida mirando las cosas con ojos
diferentes, capaces de ver más allá de las apariencias, oyendo
los sonidos del silencio y sintiendo las cosquillas de Dios. Si esta percepción
le costó el juicio y la razón, ese fue el precio que tuvo que
pagar por su "lucidez", por su papel de elegido para mostrarnos lo que hay al
otro lado de las cosas. Si los tratamientos psiquiátricos, los electroshock
y el largo confinamiento, lo devolvieron a nuestro mundo racional y constructivo,
ese fue el precio que tuvo que pagar por la paz espiritual y la cordura. Ni
yo ni nadie está en capacidad de juzgar la vida de Alfonso Cortés,
el hombre. Lo único que puedo evaluar es su obra, o al menos, comunicar
la lectura que hago de su obra. Atribuir su grandeza a su locura me parece una
falacia sin fundamento y una falta de respeto para el artista, además
de contradecir el análisis cronológico y comparativo de su obra.
Mi posición es que a los 34 años, Alfonso Cortés había
formulado el sistema poético más sutil y trascendental de la historia
de la poesía hispanoamericana. Dice Sábato que la diferencia entre
el artista y el loco, es que el artista puede ir hasta la locura y volver. Alfonso
Cortés no volvió, y si volvió lo hizo dejando tras de sí
su visión hierofántica. Sin embargo nos dejó su poesía.
Sus dos colecciones, Poesías y Tardes de oro, son suficiente para asegurarle
un papel primordial en la historia de la literatura hispanoamericana. Es momento
que los estudiosos de la materia nos preocupemos porque a su obra se le dé
el lugar que merece en la historia de la literatura universal, y que se elucide
la incomprensión y mitos en torno a su genio poético.