© Nicasio Urbina, 1989
La historia de Nicaragua y su literatura se han visto permeadas, a través de la historia, por el mito del Paraíso Perdido. Desde los tiempos pre-colombinos de las migraciones indígenas, hasta el acaecer contemporáneo, se vislumbra una constante que contiene en su estructura subyacente, la búsqueda del Paraíso, de la Tierra Prometida, del reino de la libertad y la justicia. Este mito nos llega por vía doble: tenemos por un lado la tradición chorotega de la que hablaré en un momento, una tradición que si bien hoy en día se ha perdido en el nivel superficial del discurso semiótico social, es indudable que persiste aún en los niveles profundos de dicha estructura; y por el otro lado tenemos la tradición judeo-cristiana, una tradición que ha pasado a ser componente esencial de la semiosis cultural del pueblo nicaragüense. Tanto la literatura culta, como el discurso literario popular nicaragüense, han desarrollado este motivo dándole a veces las más variadas e inusitadas formas.
Relata Pablo Antonio Cuadra que según las tradiciones orales de los Chorotegas y los Nicaraguas, recogidas por Torquemada, cuando por razones de guerra, estas tribus tuvieron que partir de México, sus dioses les ordenaron emigrar hacia el sur, hasta llegar a una isla en medio de un lago, con dos volcanes en el centro: «Ome-tepelt» decía la leyenda, que en lengua vernácula quiere decir «dos cerros». Esas tribus que dejaron las planicies mexicanas impelidos por las atrocidades de la dictadura olmeca, iniciaron su exilio con la esperanza puesta en esa Tierra Prometida, ese Edén marcado por dos cerros gemelos en una isla paradisíaca. Al llegar a las inmediaciones de lo que hoy conocemos como Nicaragua, esos indios encontraron el gran lago Cocibolca, y cerca de su costa occidental, una pequeña isla con dos hermosos volcanes. Los indios la llamaron Ometepe, y asentaron su cultura en los fértiles valles del gran lago. Habían encontrado el Paraíso prometido por Quetzalcoatl, era el siglo VIII de nuestra era.
Al igual que en el Edén judeo-cristiano, la dicha habría de durar muy poco, porque pronto estas tribus pacíficas y agricultoras se verían invadidas por los Aztecas, y la Tierra Prometida, el Paraíso encontrado, volvería a esfumarse de la realidad, y pasaría a existir sólo como leitmotiv en su literatura. Siete siglos más tarde los conquistadores españoles llegarían buscando a su vez, la Tierra Prometida. No buscaban un mundo primitivo y prístino donde vivir felices, sino que buscaban el rico y deslumbrante Cipango de los mitos orientales. Buscaban la ruta de las sedas y las especies, la ciudad de los puentes de oro y el reino del Gran Can. Cristóbal Colón remontó el río Grande de Matagalpa en busca del pasaje hacia las Indias -su Paraíso terrenal-, pero se encontró con un río crecido y turbulento donde naufragó y perdió una embarcación. Vencido y agotado lo llamó el Río del Desastre, y siguió su búsqueda hacia el sur. Unos años más tarde Gil González Dávila, hambriento y cansado, después de una difícil travesía, llegó a las márgenes del gran lago y confundiéndolo con la mar del Sur, creyó haber llegado a su Tierra Prometida. Su caballo, sediento, se adentró en el agua y bebió tranquilamente. Sin poder creer que se trataba de un lago, Gil González lo llamó la Mar Dulce.
La historia de Nicaragua, como hemos visto, se puede concebir en virtud de un movimiento dialéctico entre la búsqueda y la pérdida del Paraíso, entre la Tierra Prometida y el destierro, entre la lucha por la libertad y la dictadura; y esta dialéctica se refleja claramente en la literatura, en sus leyendas y su poesía, en sus tipos nacionales y sus personajes. No en vano Pablo Antonio Cuadra tituló uno de sus libros Introducción a la Tierra Prometida. En Darío, el mito del Paraíso toma diversas y variadas formas, que por motivos de espacio no analizaré en esta ocasión, pero creo fundamental apuntar que las realizaciones que Darío brinda del mito del Paraíso, tienen capital importancia para la visión que el movimiento de Vanguardia adoptará en los años treinta y cuarenta, e influirá definitivamente en las generaciones subsiguientes.
El mito de la Tierra Prometida y el Paraíso se renueva, cobrando vigencia y actualidad, en la década de los setenta en Nicaragua, cuando la lucha contra la dictadura somocista y la insurrección popular, abren las puertas del futuro, y dejan ver al otro lado de la victoria revolucionaria, una sociedad justa y pacífica, un mundo con oportunidades para todos, regido por el amor cristiano y revolucionario, y el deseo profundo de ser mejores, de amarnos como hermanos. La literatura de esta época está marcada por la esperanza y la promesa del Paraíso, es el amanecer del que habla Tomás Borge, es el Paraíso de Ernesto Cardenal y Leonel Rugama, la sociedad con la que soñaba Carlos Fonseca Amador. Sin embargo, la historia ha desmentido los sueños y la revolución sandinista, el Paraíso revolucionario con el que había soñado Nicaragua, volvió a esfumarse ante los ojos incrédulos de los nicaragüenses, el gobierno popular sandinista, como el lobo del poema dariano, se convierte en una dictadura atroz y violenta, destruye el país, esclaviza al hombre y lo subyuga, y el Paraíso soñado, se ve una vez más perdido.
Este fenómeno se ve claramente en dos poemas de Pablo Antonio Cuadra. En "Exilios" encontramos primero el crecimiento del mito, la esperanza de la tierra prometida, la patria, cuyo símbolo es el «amanecer». Esta primera estrofa está dominada por el optimismo de una visión positiva de la patria, que se expresa a través de los adjetivos «hermosa» y «radiante». Este momento del proceso se sintetiza en cuarto verso donde se establece la igualdad entre «corazón» y «rey que recibe su trono». No obstante esa misma estrofa contiene ya el germen de la destrucción del mito, ya que es necesaria la negación de la partida, el abandono del mito, y en esa negación está la dolorosa confirmación del fracaso: "No. No me iré de mi patria. Aquí moriré." Es decir, lo que está dado, lo implícito, es la marcha, la partida, y el enunciado poético tiene que negar o contradecir esta proposición negativa. En la segunda estrofa el poeta ha sufrido el trágico desengaño del crepúsculo: "...Pero se pone el sol/ y vuelvo mis ojos al país de mis sueños/ y toda la ceniza del mundo cae sobre su faz./ Entonces quisiera ser extanjero/ para regresarme a mi patria./ Entonces oigo el rumor feliz/ de las ciudades que no son mías. Oigo la noche llena de exilios./ Debo partir, me digo./ Y mi sueño es un viaje bajo la tutela de los astros." En la tercera estrofa vuelve a dominar el amanecer, y se repiten los signos claves como, «el canto del gallo», «la negación de la partida», etc; para terminar en un sintagma que significativamente, alude al proceso circular de construcción-destrucción-construcción, que reedita la estructura básica de la pérdida y búsqueda del Paraíso. Este es un poema muy interesante en cuanto a su simbología y su estructura poética, pero quiero aquí limitarme a anotar que la estructura paradigmática de la búsqueda de la Tierra Prometida que se da aquí, es una búsqueda interior, una búsqueda desde la patria y hacia la patria, aunque forzosamente se desplace hacia el exilio. Considero que uno de los aspectos más interesantes de este poema, es esa relación dialéctica que se da entre la esperanza y la desesperanza, entre el amanecer y el crepúsculo, entre el encuentro y la pérdida del Paraíso.
En "Riverside" vemos el éxodo, el destierro, actual y pretérito,
material y espiritual, la destrucción y el caos, y un deseo final que
puede salvar al pueblo errante: "Ojalá no se te borre el rostro de tu
madre", le dice el poeta a un pueblo en el exilio. Este es un poema dominado
por la persecusión: "Perros/ olfatean nuestras huellas y ladran..."
La visión del poeta concentra el pasado nicaragüense en dos desplazamientos
claves de la historia: el viaje en carreta de la madre de Rubén Darío,
a punto de dar a luz; y el camión en que Sandino, secuestrado por Somoza,
viaja hacia la muerte. Estos dos hechos capitales marcan por un lado,
el nacimiento del verbo, Darío como símbolo de la gran utopía
americana; y por el otro, la muerte de Sandino como la castración de
esa misma utopía. "Esta es tu patria..." dice el poeta, "Y también
el polvo de ese bus lleno de nicaragüenses/ que cruzaron el río..."
Tercera migración, tercer movimiento en esa serie de desplazamientos
que dolorosamente, van imprimiendo significado al devenir del ser nicaragüense.
En el centro de la gesta poética podemos descubrir la búsqueda
del Paraíso, de la Tierra Prometida y su pérdida: "Fuimos guerreros
que cortamos la garra del león/ para colgarla de la cintura./ Pero los
jefes juraron en vano el nombre de nuestros muertos./ La opresión
volvió de noche con su uniforme./ La garra se detuvo de casa en casa./
Dejó pájaros ciegos/ memorias en cenizas/ y el silencio de los
que huyeron." Como vemos aquí la visión del mito es desoladora,
la héjira que se narra en estos versos no está marcada por la
esperanza y el deseo de encontrar una vida mejor, sino que está traspasada
por el desgarramiento y la opresión. El poema está dominado
no por la luz sino por la tiniebla, no por el Paraíso por encontrar,
sino por el Paraíso perdido.
Otra visión del mito del Paraíso podemos encontrarla en el poemario del poeta Guillermo Menocal, Sexto sentido. El primer poema de este pequeño poemario es clave para el tema que contemplamos en este panel, ya que pone en tela de juicio, no sólo el valor del paraíso, sino su existencia misma. "Desideratum", empieza con un verso interrogativo que define la temática dominate del poema: "¿Existe ese lugar donde quisiera estar?:" La pregunta revela ya el sentido utópico del paraíso, ese deseo insatisfecho que acompaña siempre la evocación paradisíaca, y luego agrega: "Paz, amor, alegría... optimismo..." Estados que generalmente asociamos con el mito del Paraíso, pero que sólo pueden ser concebidos en relación a la pérdida del mismo, porque de qué otra manera podemos entender el concepto de paz, sino en relación con la guerra, o el concepto de amor, sino en oposición a odio, el de alegría a tristeza y el de optimismo a pesimismo. Los dos primeros versos de este poema de Guillermo Menocal, nos sirven entonces para ilustrar la concepción real del mito del Paraíso, demostrándonos que sólo es posible comprenderlo en relación a la pérdida del mismo, ya que de otra manera sería imposible concebirlo. En el resto de esta primera estrofa el poeta expresa su situación física y metafísica, echando manos de signos extraídos del mundo helénico, para volver en la segunda estrofa a retomar el motivo central. "Adónde me llevo, Alma mía;/ dónde encontrar ese Paraíso,/ ese sueño que Coleridge sólo soñó?/ ¿En dónde se haya ese momento que no para, que transcurre para volver a ser siendo?/ ¡Acaso no existe ese lugar!/ ¿Quién ha dicho lo contrario?/ El errante viajero que tal vez fatigado llegó/ no lo conocemos aún, o quizás nunca llegó alguien./ ¡Acaso no exista esa felicidad!/ Pero juzgo que hay en el Hombre una no sé qué loca búsqueda.../ Un pensamiento urgando obstinado/ su propia identidad: ¡Su Ser!/ Si probablemente existe ese lugar.../ luego, desconfiad del Paraíso." Esta segunda estrofa me parece excelente, no tanto por la composición metafórica del discurso poético, sino por el valor filosófico y la posición intelectual que presenta. Para el poeta, el paraíso no está en esa Arcadia perdida en tiempos inmemoriales, sino que se encuentra en la esencia misma del hombre, en su espíritu de búsqueda, en su indagación metafísica, en su ansiedad. "Desconfiad del Paraíso" nos advierte Menocal con su sexto sentido, con su intuición poética, con la sabiduría de vate que ha vivido y siente, y sueña con su ser y su poesía.
Entre otros poetas nicaragüenses en los Estados Unidos encuentro
visiones del Paraíso un tanto diferentes. Para Omar d'León,
por ejemplo, la transterración es una apertura positiva y a ratos idílica,
tal y como se ve en su "Runa # 952", donde el poeta presenta la visión
de sus dos ventanas: la ventana de ayer, sucia, infestada y hedionda; y la ventana
de hoy, musical, radiante y esplendorosa. En otros poemas sin embargo
se puede notar la lucha entre el idilio y el aburrimiento, entre la innovación
y la rutina. Así lo expresa en el poema "# 1005" donde: "El alba
del ensueño sesgó su curso a otros lares y otros rumbos/ bajo
el trémulo rumor de otras Atlántidas hundiéndose..."
Analizando la obra de otros poetas nicaragüenses en los Estados Unidos no veo yo ninguna relación entre la migración a este país y el encuentro del Paraíso Perdido, o por lo menos, esta relación no se ha reflejado aún en la literatura. Para Rubi Arana este concepto de Paraíso parece radicar en el amor en Cristo o en el verso mismo. Para Marlon Espinoza Cuadra, el signo más cercano al concepto de Paraíso parece encontrarse en la mujer, destino y origen de todo sentimiento y toda fuerza: "Permaneces entretejiendo/ el gozo con el camino,/ la esperanza con el destierro,/ el ardor con el júbilo,/ la confusión con el todo." En Jorge Eduardo Argüello por el otro lado, el amor femenino tiene una función capital, pero el concepto paradisíaco que ahora nos interesa se encuentra más bien en un pasado remoto, proto-histórico, mítico por su concepción sobrehumana, y mágico en lo que tiene de inexplicable e ignoto. El paraíso perdido en la obra de Argüello se encuentra por tanto más allá del devenir histórico, en esa confluencia del tiempo y el espacio, en unas cuantas ruinas y algunos signos arqueológicos. Finalmente, para un poeta como Silvio Ambrogi, el Paraíso parece encontrarse en la esencia misma de la poesía, en la metáfora propiamente dicha, que a través de un despliegue semiótico interno, se establece en sí misma y se justifica.
En el estado actual de mi análisis, toda relación con el mito del Paraíso en la literatura nicaragüense en los Estados Unidos, se remonta, nostálgicamente, a una Nicaragua que pudo haber sido y no fue, al intento frustrado de una sociedad revolucionaria, justa y democrática, libre e independiente, tanto del imperialismo norteamericano, como de la dictadura soviética. Es en este intento frustrado, en esta cruzada traicionada, donde la literatura nicaragüense puso todas sus esperanzas y pensó, por mucho tiempo, que ésta sería la respuesta al mito del Paraíso Perdido, que la revolución nicaragüense sería el Paraíso Recobrado.
Notas