Como llamas que se funden
© Nicasio Urbina
 
 
 

 Las luces de colores intermitentes,  alucinógenas, intermitentes; esa sensación de no existir o de existir muchas veces, o de existir en una repetición de situaciones simultáneas, próximas la una a la otra, diferentes, espontáneas; esa sensación de ser y no ser, de estar y no estar...  las luces rojas, azules, violetas; las luces amarillas, verdes; las luces blancas...  y la música estridente, estereofónica, amplificada por mil vatios de potencia; y la música y las luces; y las luces...  y el público en derredor formando un círculo informe, gaseiforme, desforme; y el público en derredor...  y esa sensación de ser y no ser, de estar y no estar...  y esa música y esas luces, y el público enfrente de nosotras viéndonos y no viéndonos:  aplaudiéndonos y no aplaudiéndonos...  y después de todo nos sentimos agazajadas, y después de todo nos sentimos; y después..  y la lana tocando nuestros muslos, y la lana tocando nuestras cinturas, y el cuero tocándonos, y el lino acariciándonos; y la seda, la seda toda alrededor del cuerpo, toda alrededor del pecho, en el cuello, en la carne, en la epidermis, en la...  y el cigarrillo con la boquilla en la mano, pendiendo de los dedos, pendiendo como un adorno, como un adorno pendente, como pende un adorno, como pende, pene, pede, pe, p...  y Adán que me dice: deja eso, deja ese cigarillo, deja esa boquilla, deja esa boquilla con el cigarillo, dejalós...  y nosotras que le decimos: no; me gusta, me exita, me acaricia...  y las luces que suenan, y la música que relumbra, y el público que aplaude con frenesí, viéndonos con los ojos, acariciándonos, lujuriándonos...  y entonces entramos al camerino a cambiarnos de ropa, nos sacamos la lana, la franela, el algodón, y estamos desnudas, los senos fríos al aire, los pezones hirsutos, los pelos así, libres, bamboleantes, y estamos trémulas...  y todas pensamos en el moreno de la izquierda con chaqueta de cuero, en el negro alto de pelo ensortijado, en el otro blanco de cabello negro, en el rubio grande de hombros anchos, en el pequeñín de ojos libidinosos, en el chino, en el otro que mueve la pierna con sensualidad; y pensamos, y nos peinamos el cabello, y nos vemos las unas a las otras, en aquel lugar con un sofá de cuero, y nos vemos las unas a las otras, en aquel lugar con un espejo grande; en aquel lugar sin adornos, sin estética; en aquel lugar donde miércoles a miércoles nos cambiamos de ropa, nos desnudamos, nos hacemos mujeres, nos hacemos figuras, nos hacemos maniquíes, y nos vestimos, nos metemos aquellos trapos ajenos, aquellos suéteres extraños, aquellos vestidos tersos y deseados; y nos cambiamos el peinado con la facilidad de una peluca, y nos cambiamos el rostro con la facilidad de una máscara...  y yo soy Linda, y yo soy Sylvia, y yo soy Kim, soy Viviana, y yo soy Martha, y yo soy Marcela, y yo soy Margarita, y yo soy Rosana, y yo soy Kathy, y yo soy...  soy qué?.  Que no, que la de pelo negro; que no, que la de pelo rubio; que no, que la de pelo oscuro; y que la de ojos verdes y que la de ojos pardos, y que la de ojos oscuros con labios sensuales... y cuál?  Y ahora volvemos a salir todas, la del abrigo largo con las inserciones de cuero, o la de lana blanca con botones negros, o la de tafetán púrpura con la blusa blanca, o la de algodón oscuro...  y cuál?  Y que yo hablo inglés con acento chino, y que yo hablo inglés con acento francés, y que si yo con español; y entonces discutimos y peleamos...  y que a mí él que me gusta es él de chaqueta blanca pero él de chaqueta blanca parece afeminado; y que a mí él que mi gusta es él de pañuelo rojo en el cuello y el de pañuelo rojo en el cuello es árabe de Irán.  Y entonces pienso que moviendo más la cintura, que moviendo más las caderas; que seguro después que termine la función me invitará a salir...  y mientras camino por la pista muevo más las caderas tratando de ser más sensual, tratando, tratando...  pero que no, que a mí lo que me falta es mover los senos, y entonces me saco el sostén y me meto el vestido de lana, porque así los pezones se repintan más sobre la silueta...  y entonces pienso en Francisco que se quedó allá en la península, y pienso en aquella propuesta matrimonial en Bolivia:  pero es que no me satisfacía... y me peino el cabello antes de salir porque sé que afuera hay...  ¿qué hay afuera me pregunto?  Afuera está Roberto con sus ojos negros, Francisco con los manos en el bolsillo, afuera esta François que dice que es francés, y qué me importa a mí, como si eso fuera lo que yo esperaba, como si esa fuera la figura que acude a mis sesiones solitarias; qué me importa a mí Francisco; qué me importa a mí el árabe de los labios de mercurio; qué me importa a mí cuando la música suena, cuando las luces retumban en los espejos y se reflejan, cuando el cigarillo se fuma entre mis dedos y el público aplaude, grita, llora, qué me importa a mí...  qué me importa a mí si yo tengo un hijo de ocho meses esperándome en casa y todos estos estúpidos preguntándome tonterías, y todos estos imbéciles queriéndome sacar un número de teléfono, queriendo que yo, claro, lo mismo... deseando que yo sea esto o lo otro, pero en el fondo, únicamente deseando; prometiendo y hablando de triunfos y fama y tantas otras tonterías... y yo que dejé a mi madre en Kansas, que me escribe todas las semanas preguntándome cómo estoy, qué hago, cómo me va...  y yo que en realidad no sé lo que quiero porque nada me satisface, porque me gano doscientos pesos diarios y qué, me los gasto en seguida...  sí mi pelo negro y qué...  sí mis caderas anchas y qué...  sí mis seis pies de altura y qué...  y sí, y qué...  que no mujer que todo esto es mentira, que aquí nadie te quiere,  que no eres más que un objeto aquí mujer y qué...  por qué no piensas un poco en lo quieres hacer, por qué no lo piensas dos veces...

 He/has/ha regresado de una noche más, regresado de la lluvia, de la nieve blanca, de la noche negra, de los taxis oscuros; he/has/ha regresado de las copas brillantes, de los espejos peregrinos, de las experiencias noctámbulas, y estoy/estás/está de nuevo en el cuarto a solas con las frazadas frías y la desnudez templada.  He/has/ha regresado una vez más con la soledad y la pena, con la tristeza enorme y la mente llena de desiertos...

...las mujeres de mis ficciones: Sue, Margarita, Rosana, Jenniffer, María.  ¡Quién sea!  Un lugar, una existencia, una corporeidad, un sino ineludible, indefectible...  y sin embargo todo lo que se ha dicho, todo lo que se ha pensado, es nada, es materia perdida...  y no obstante es lo único que se tiene, esta vida con sus angustias, con sus soledades, con sus placeres y paraísos, es todo lo que se tiene, es lo que nadie puede quitar:  las sonrisas, las miradas, un beso tierno, un cabello rubio, unos senos que tiemblan, una blusa que se desabotona: sin embargo es nada, es todo...  Porque qué podría ser después de eso?  Las luces rojas, intermitentes; las luces azules, las luces blancas...  ha pasado tanto tiempo, tantos cabellos, tantas Elenas...  una espalda curvulenta, un vestido negro, la lana blanca y la seda púrpura...  y vamos todas en fila, una detrás de la otra, vamos subiendo al escenario, viendo los rostros pávidos, viendo los ojos lujuriosos perdidos en la llanura de la espalda, erguidos en las protuberancias de los senos...  y somos Kim, y somos Michele, y somos Sue la japonesa, y Roya, y Gabriela, y Rosana... vistiendo la realidad ajena, los cigarillos en largas boquillas, la música en sonidos estridentes...  somos los labios rojos, las mejillas rosadas, las manos que se entrecruzan, los cuerpos que se contonean, los brazos, los muslos:  somos un as de éxtasis que se mueve, que camina por la pista...  y Patricia que distribuye los vestidos, y los caballos en el hipódromo con sus jinetes a cuestas luchando por llegar a una meta sin final, sin razón, sin por qué...  y es la música que suena y los labios que balbucean letras sin sentido, es una blusa roja con un fajón de cuero, es una falda amarilla atada a la cintura y un cabello rubio que cuelga y una falda que juega con los muslos...  y nos preguntamos qué hace este cuerpo aquí, estas manos que empuñan un pincel, estos ojos verdes que miran, estas manos blancas que tocan, estos pies desnudos, y nos preguntamos por qué...  y nos pasamos por el escenario sintiendo la lana, el tafetán, el cuero; sintiendo el lino resbalándole por las piernas, entre las piernas, con las piernas, por las piernas; y una vez más es la mezclilla tallada al cuerpo, es el fajón de cuero a la altura de la ingle... y Carmen con los labios carmesí, y Rosana con el cabello enmarañado, y Rochelle con la seda entre las piernas...  y una vez más es el negro, una vez más es el rubio de anchos hombros, el de bigote grueso...  y qué podrá ser sino la camiseta que talla los senos, las ideas que circundan el cerebro, el niño que descansa en una cuna, las luces rojas y azules, las verdes y las violetas, las cejas negras sobre los ojos verdes, el cabello que se enreda entre los senos...  y lo qué será después, la llegada de Kim al apartamento vacío, el niño llorando en la cuna, el ajuar abundante...  y será otra vez el espejo reflejando sus verdades, y será otra vez la noche, los vestidos, Patricia y sus exigencias, desvestirse de nuevo para sentir la pana bajando por los muslos, para sentir la seda entrando por los hombros, el vestido, las medias...  y seremos de nuevo Patty saliendo del local con su maletín al hombro, con su abrigo y su soledad, y llegar a un apartamento desierto, y será el desvestirse y quitarse el maquillaje, será el meterse en la cama, será el pensamiento, la palabra vacía, el seno solitario...  y será el entrar en fila india al escenario, una detrás de la otra, con los vestidos grises y las faldas policromas, y los cinturones rojos atados a la altura de las ingles...  y qué podrá ser ahora, que no haya sido ya...  y serán las piernas entrecruzadas y el cigarillo pendiente de los dedos y el cabello negro sobre los hombros, y la madre en Cochabamba o en Hong Kong...  o será el novio que se fue con todos los ahorros a los tres meses de embarazo y la pérdida del empleo...  o será la vida vana y falseada por los cosméticos, por los amores apurados en el asiento de un auto, por las luces opacas de los cabarets, por el humo de los alcoholes, por la propaganda...  llegar al apartamento y servirse un Martini muy seco, desabotonarse la falda, abrirse la blusa, tomar la cuchilla de afeitarse y sentarse en el sofá con las piernas abiertas, tal vez masturbarse por última vez y luego, con suavidad, y esperar el frío que suba por las piernas y la languidez de la vida despidiéndose de las luces...  o salir rápidamente, llegar a casa y meterse en la cama porque al día siguiente hay que volver al trabajo en la panadería, despachar a los clientes hasta que algún día las cosas cambien definitivamente y pueda llegar a ser conocida, y trabajar como modelo que es lo que quiero hacer...  o partir con Gilberto a su apartamento, calentar la aguja hasta que hierva el agua, pasarse la mano por el antebrazo todavía adolorido de la noche anterior, buscarse la vena, dejarse ir en una sensación deslizante y fresca y vivir, por fin, vivir a toda sus anchas, hasta el día siguiente...  y encontrar al niño llorando en su cuna desde quién sabe cuándo...