El olor
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Nicasio Urbina
Lo sintió por primera vez a bordo del boeing 707, en la cabina de primera clase, mientras apuraba el último trago de whisky, antes de que la azafata recogiera los vasos. Lo sintió silecioso y penetrante, como si se hubiera colado por el sistema de ventilación de la cabina y le llegara por el dispositivo del aire acondicionado. En el interior del aeroplano el olor le pareció fétido, repugnante, e inmediatamente recordó las cloacas destapadas de los barrios marginados y las acequias inmundas de Villa Miseria y El Dorado. El capitán de la nave encendió el letrero de no fumar, y la voz de la aeromoza daba la bienvenida a los pasajeros y agradecía la oportunidad de servirles. A medida que el avión se acercaba al aeropuerto el olor parecía más fuerte y la corriente de aire fresco que había dispuesto justo sobre su cabeza parecía ahora una bocanada pestilente. Severino estiró el brazo y cerró la válvula de presión. «¿Qué es lo que huele?» preguntó al señor que viajaba a su lado. El señor guardó silencio mientras escrutaba atentamente las luces que se esparramaban por las colinas. «¿Qué es lo que huele tan mal?» volvió a preguntar. «No es nada, contestó finalmente el señor, es la planta esa», y señaló con la mano un lugar impreciso en la oscuridad.
Fuera del avión el olor había perdido sus cualidades inmundas pero persistía en el ambiente con una pesadez malsana. El señor, un hombre de unos cincuenta años, bajo y macizo, de hablar expansivo y afable, instruía a Severino sobre las cualidades de la ciudad, la importancia histórica, el papel que había jugado en la guerra civil, la belleza de sus jardines y la tranquilidad de sus calles, su potencial económico y su importancia como centro de investigación médica. En unos cuantos minutos lo informó de la importancia estratégica de la ciudad que albergaba el centro de estudios militares más grande del país, era sede de uno de los torneos de tenis más importantes del mundo y se vanagloriaba de haber producido hombres ilustres, grandes legisladores y no pocos artistas. Gracias a la belleza de sus mujeres la ciudad se había salvado varias veces de la destrucción de las tropas enemigas, había servido como capital del estado cuando la capital se encontraba sitiada por las fuerzas invasoras, había sobrevivido a varias innundaciones y un sinnúmero de tornados, y gracias a su clima se había convertido en el lugar preferido de los turistas que huían en los meses de invierno de las grandes ciudades del norte. En pleno invierno, decía el señor con evidente orgullo, se puede jugar golf en mangas de camisa, y en la primavera la ciudad se convierte en un enorme jardín de azaleas de todos los colores conocidos. Los otoños son los más lindos que se pueden ver al norte del trópico de Cáncer, y aunque los veranos son extremadamente calientes, los árboles y la vegetación los hacen más o menos tolerables. En realidad, mi amigo, continuaba diciendo el señor con ese aire de orgullo que mostraba cada vez que hablaba de la ciudad, no hay nadie que pase por aquí que no quede eternamente enamorado.
Severino tomaba nota de las infinitas cualidades de la ciudad, pero no lograba dejar de pensar en aquella pesada sensación que parecía saturar el aire. «Es una ciudad muy bonita», comentó Severino, «pero ¿siempre se siente ese olor?» «Oh no», respondió el señor, «eso es solamente en esta parte de la ciudad por la proximidad de la fábrica, cuando la atmósfera está muy húmeda y el aire no corre bien». La fábrica de jabones Suave es una de las más grandes del mundo, produce más de veinticinco variedades de jabones de uso personal y doméstico y es sin lugar a dudas la mayor fuente de trabajo de la región. «Suave», repitió Severino, «¿no es esa la compañía cuyos dueños, según algunos, tienen pacto con el diablo?» «No», contestó el señor con desenfado, «esas son habladurías de la gente, usted sabe como es eso, la gente no puede ver una empresa productiva porque inmediatamente empieza a inventar historias y levantar cuentos».
El Dr. Prieto apareció en el aeropuerto a los pocos minutos y no tuvo dificultad en reconocerme con la corbata anudada y el cartapacio en la mano, cuando todo el mundo viajaba en mangas de camisa y pantaloncillos cortos. «Dr. Severino Molina, encantado de conocerlo», dijo con su voz templada extendiéndome una mano blanca y fina, como mano de pianista, pensé. Mientras rodábamos sobre la autopista de regreso a la ciudad el Dr. Prieto se extendía en las ventajas y cualidades de la ciudad, hablaba de las conveniencias de una ciudad pequeña que además de ofrecer todo lo que tenía una ciudad grande, contaba con las ventajas de los pueblos, donde todo el mundo se conoce y a uno terminan fiándole hasta en el correo. Hablamos de los precios de los apartamentos, de las enormes facilidades de pago que los rentistas ofrecían debido a la cantidad de apartamentos vacíos en el área, de las condiciones de trabajo. De pronto, saltando de un tema a otro, le dejé caer la pregunta: «¿Qué es lo que huele por aquí?» El Dr. Prieto me miró sorprendido. «¿Todavía lo sientes? Pues parece que dejaste la nariz en el aeropuerto, porque en la ciudad raramente se siente». En ese momento me percaté de mi indiscreción y volví al tema de las condiciones de trabajo, los estudiantes y los cursos que debería enseñar. Al cabo de pocos minutos llegamos a la casa donde habría de alojarme los dos días que duraba la entrevista. Después de presentarme al Dr. Carlos Salvatierra, dueño de la casa, me condujeron al patio trasero, donde enmedio de un jardín de acacias se levantaba una casita de huéspedes.
La casa era cómoda y elegante. Una salita a la entrada con sus
sillones floreados, un espejo, un pequeño escritorio con su silla, una
lámpara de cristal. El dormitorio tenía amplias ventanas
con cortinas, el baño limpio y la cocina espaciosa. Una vez que
me hube quedado solo empecé a husmear el ambiente. Sí, el
olor estaba ahí, en las cortinas del dormitorio, en el refrigerador vacío,
en el espejo de la sala. Inexplicablemente el olor me parecía conocido,
como si ya lo hubiera sentido. Se desvestí con calma, doblando
la ropa y colgándola en el ropero. Volví a husmear el baño,
las gavetas de la cómoda y la alfombra. Por todos lados imperaba
el mismo olor pesado, el mismo tufo descompuesto que parecía pegarse
a las cosas con la humedad del ambiente. Al despertarme a la mañana
siguiente husmeé el aire: ahí estaba, inequívocamente,
instalado justamente debajo de mi nariz con la persistencia de las malos sueños
y los presagios. Los dos días siguientes fueron de entrevistas
y reuniones, conversaciones amenas con los futuros colegas, comidas copiosas
y paseos por el recinto universitario. De camino al aeropuerto vi a lo
lejos las torres brillantes de la fábrica, la enorme armazón de
aluminio y concreto que decollaba el extremo sureste de la ciudad, el humo blanco
saliendo de las chimeneas, y sentí por última vez el olor seco
y pesado, la descomposición vegetal que invadía el aire.
En ese momento tuve la tentación de hacer un comentario, de preguntar
una vez más por el olor, de hacer una broma; pero me pareció más
prudente callar o seguir hablando de las posibles actividades extracurriculares,
de las atracciones del área, de la céntrica posición que
gozaba la universidad, de las facilidades para investigar y publicar.
Regresé a la ciudad dos meses más tarde con una maleta,
una boleta de reclamo para recoger las cajas de libros y los muebles, y la determinación
de quedarme por varios años. Llegué por tierra, de noche,
y a medida que me acercaba husmeaba con mayor atención el aire húmedo
que salía de las ventanillas de ventilación del coche. Estaba
a unos cinco kilómetros de la ciudad cuando me golpeó la cara
el olor, como una bofetada por largo tiempo esperada. Lo husmeé
con cuidado, cogiéndolo por los lados, por el centro. Me familiaricé
con sus matices y su peso y respiré hondo, tratando de hacer las paces
con él.
Me volqué de lleno en mi trabajo, enseñaba mis clases, escribía, publiqué varios trabajos, hice amistades, conocí una mujer que valía la pena y me casé, tuve hijos, y me olvidé del olor. No volví a pensar en él e imaginé que la compañía había subsanado el problema. Un día, ya jefe del departamento, cuarentón y con posición sólida, me tocó ir al aeropuerto a recoger a un joven profesor, candidato para una nueva posición en la universidad. Conversamos en el camino sobre las ventajas de la ciudad, el ambiente acogedor, los beneficios y las ventajas, y en un momento de silencio, en el cruce de un semáforo, me preguntó con aire descuidado: ¿y ese olor?