Fernando se esforzaba arduamente sintiendo los músculos bajo la fina epidermis, los pectorales fuertes y los abdominales tensos por la presión del ejercicio. Al final de la tercera sesión dejó las pesas en su lugar y con la toalla blanca se secó el sudor que le chorreaba por la cara. Se sentía cansado, exhausto, pero con esa sensación de vitalidad y fuerza que proporciona el ejercicio físico.
Desde hacía un par de años había descubierto que el secreto para luchar contra la depresión y el abatimiento era el entrenamiento físico. Lo había descubierto a raíz de la trágica ruptura con Margarita. Por aquellos días todo le resultaba aburrido y sin emoción, ningún proyecto parecía valer la pena, los libros no le brindaban ningún aliciente y caía en un sueño pesado e incontrolable en cuanto abría las páginas de alguna novela. Fue entonces cuando empezó a hacer ejercicio. En un comienzo fue la vanidad, el deseo de no parecer tan viejo, de quitarse un poco la grasa y la gordura que a través de los años había ido acumulando. Pero pronto se dio cuenta de que no sólo su abdomen bajaba de volumen y sus músculos iban cobrando una vitalidad que había perdido hacía mucho, sino que también su espíritu se iba tensando, y la voluntad se templaba en el esfuerzo al levantar las pesas cuando ya los biceps se resistían. Entonces empezó a dormir mejor y sus sueños se hicieron más tranquilos y sanos, menos violentos y catastróficos.
Ahora incluía siempre una hora de ejercicio en su rutina diaria.
Todas las tardes, al volver del trabajo, subía a su apartamento, se quitaba
el saco y la corbata, se ponía sus pantalones cortos y su camiseta de
deporte, y bajaba al gimnasio. Esa hora del día que dedicaba a
algo diferente le servía para alejar su mente de los problemas de la
universidad, del tedio de los formularios y las inscripciones, de las lecturas
de los trabajos y los problemas de los alumnos. Pero en muchas ocasiones
había una idea, una imágen que rondaba su mente aún en
las horas de ocio y entrenamiento. En diversas ocasiones se encontró
haciendo un ejercicio de pecho mientras pensaba en el tema de un cuento que
ultimamente lo rondaba como una sombra, o en tal o cual estudiante que tenía
problemas en una clase determinada.
Pero esta vez no se trataba de nada de eso. Esta vez lo que ocupaba
su mente era la imágen de una mujer, algo que desde la ruptura con Margarita
no le había pasado, a pesar de su empeño en encontrar pronto una
compañera que le ayudara a olvidar el fracaso. Pero el amor es
algo que no se puede buscar, algo que no se concierta como una cita ni se construye
como un modelo arquitectónico. El amor parece ser algo que llega
en un momento indeterminado, cuando menos se le espera, casi siempre en forma
subrepticia. De esa manera había llegado a su vida Leticia, con
su cabello negro y su piel blanca, con su sonrisa amable y enérgica y
su voz suave y melodiosa, acostumbrada a la pronunciación clara de maestra
de lenguas romances.
Ahora se daba cuenta de que casi todo el tiempo que había estado
ejercitándose en el gimnasio no había hecho más que pensar
en Leticia, recordar sus frases, su mirada en el momento en que discutían
el programa del verano, el silencio cuando por fin se decidió a invitarla
a salir por la noche, y finalmente su sonrisa de aprobación, el temblor
de sus senos al ponerse de pie, al estrecharle la mano con un hasta luego franco
y cordial. Se sintió más contento ahora que su pensar en
Leticia era conciente, ahora que se daba cuenta que estaba pensando en ella,
como en un tiempo había pensado en Margarita, en los largos años
de noviazgo y vida matrimonial, antes de que las cosas empezaran a descomponerse,
cuando se amaban con pasión e intensidad.
Cuando terminó la última repetición se dirigió a las duchas sintiendo en los pies el piso mojado, caminando con cautela sobre los azulejos blancos. Se metió en el primer compartimento vacío que encontró y abrió ambas llaves al mismo tiempo. Bajo el fuerte chorro se frotó vigorosamente el rostro, el pecho, los brazos y las piernas, y sin secarse se dirigió al otro extremo del gimnasio, donde los jacuzzis llenaban el ambiente de vapor y envolvían las palabras con su gorgoriteo de aves migratorias. Fernando buscó una alberca vacía para gozar de mayor tranquilidad y silencio, comprobó la temperatura y abrió la llave al máximo. Inmediatamente el agua empezó a moverse como un mar en noche de tormenta formando un oleaje que no llegaba a desarrollarse. Dejó la toalla sobre el borde de la pileta y se acostó a todo lo largo, dejando que el agua le rozara el rostro. Cerró los ojos permitiendo que la imaginación vagara libremente, sintiendo los músculos que hasta entonces estaban rígidos y tensos, relajarse paulatinamente brindándole una sensación de tranquilidad y bienestar. Trató de evocar con los ojos cerrados la imágen de Leticia, su vestido negro de fino algodón ajustándose a las curvas del cuerpo, las caderas anchas, la curvatura de la espalda, los cabellos confundiéndose en los hombros y se fue quedando dormido, vio el río desde la pequeña embarcación, el sonido del motor fuera de borda, el calor del trópico bajo el sombrero de jipi-japa, las nubes de mosquitos que atacaban en forma despiadada. La voz del barquero llegó con fuerza enmedio del silencio animal de la ribera. «Estos mosquitos son terribles, patrón, lo pican a uno sacándole grandes ronchas coloradas que después se revientan y se sangran. Pero lo peor son los calenturones que vienen después, los fríos internos y las sudaderas. El menor de mis chavalos casi se me muere por la bendita calentura».
Fernando había escuchado las palabras de Macario, su queja lastimera
por las adversidades de la vida, su conformidad ante lo irremediable, pero no
había vuelto la cabeza para escudriñar sus ojos oscuros, sino
que lo había escuchado con la mirada perdida en la selva intrincada,
como pensando en un mundo más allá del calor y la humedad, más
allá de los mosquitos y las fiebres tercianas. Después de
un silencio pesado que el barquero respetó con solemnidad, Fernando hizo
un comentario sobre las injusticias de la vida, los horrores de la muerte o
el precio de la salvación. Macario no le prestó atención.
El río empezaba a coger velocidad en las pendientes que desembocaban
en el llano, el agua se arremolinaba en las piedras formando grandes embudos
que mareaban a los peces y desconcertaban a los palanqueros menos experimentados.
«Agárrese duro, patrón, le dijo el hombre».
En una vuelta del río descubrieron un claro. En la rivera
florecían arbustos y chaparrales con florecillas blancas y lilas.
Fernando le pidió al barquero que arrimara a la orilla. Llevaban
ya varias horas navegando río abajo y se merecían un descanso;
además quería caminar un poco, sentir la fragancia salvaje de
aquellas plantas, estirar las piernas y abrir una lata de atún.
Con destreza el remero palanqueó la embarcación hasta la orilla
y el bote quedó encallado suavemente en el lodo. Ya en tierra el
barquero se tiró a la sombra de un árbol, se echó el sombrero
sobre los ojos y empezó a mascar suavemente un tallo. Fernando
decidió explorar el paraje, se detuvo ante las plantas y los arbustos
tratando de reconocer la familia, buscando semejanzas con plantas que había
estudiado por afición, palpando las hojas y los tallos, sintiendo el
filo de las espinas y admirando la variedad de las flores. Desde pequeño
había sentido gran fascinación por la botánica, y si la
literatura no hubiera ejercido en él una atracción tan poderosa,
probablemente se hubiera dedicado a la agricultura.
Fernando caminó distraído por el campo. Sabía que al otro lado de la sierra se extendía la selva infinita poblada por indios salvajes que se pintaban la piel para protegerse del sol y los malos espíritus, que se atravezaban la carne con huesos y espinas y se limaban los dientes en puntas para adornar la sonrisa. Poco se sabía de aquellos pueblos, y nadie se había acercado lo suficiente como para dar testimonios de las historias que rondaban la imaginación de la gente sobre las tribus de la selva. Mientras subía la cuesta Fernando soñaba que tal vez él sería el llamado a develar los secretos que encerraba aquella jungla, entrar en contacto con los indios, ganarse su confianza, aprender su lengua y convivir con ellos, estudiar sus costumbres y su sistema social, y escribir después un reporte que le asegurara un lugar en la historia de la antropología. Por un momento se vio envestido con la condecoración de la Sociedad Internacional de Antropología por sus contribuciones al conocimiento del género humano y sus misterios. Por qué no, pensaba, si nunca he logrado hacerme famoso con escritor de ficciones, quizás como humanista o como investigador. Por qué no.
Guiado por esas ideas siguió subiendo la sierra, andando entre los arbustos, esquivando los zarzales, los cactus, las trampas de las enredaderas. El sol en lo alto calentaba con su furor tropical y del suelo se levantaba un bochorno húmedo y pegajoso que se prendía del cuerpo. Tenía la camisa caqui empapada en sudor y empezaba a sentirse cansado. Al llegar a un claro de la sierra tomó agua de la cantimplora y se enjugó el sudor de la frente. Pensó en el barquero, trató de recordar su cara cruzada por las arrugas de los años y el sufrimiento, pero se le confundía con millares de rostros vistos en las calles y mercados, todos iguales, todos rostros de indios mal vividos, ojos de cholos hambrientos que se habían pasado la vida trabajando para un patrón gordo y refinado que vivía muy lejos, en las ciudades de calles asfaltadas y alumbrado eléctrico. Sintió miedo al pensar que el barquero podía irse con el bote y el equipaje, y dejarlo solo en aquella selva feroz e inentrañable. Recordó sus fantasías y sintió vergüenza ante su propia imaginación. Se vio a sí mismo como un niño grande y torpe que sueña con ser un héroe. Y uno que cree que ya ha crecido, pensaba Fernando, que ya ha madurado, que junto con la calvicie y la obesidad vendrá también la seriedad, la sabiduría y el sentido justo de la realidad, pero sin embargo se sigue siendo el mismo niño que se era en la infancia, con los mismos sueños y las mismas ilusiones, los mismos miedos, los complejos, los problemas y los temores.
Fernando escuchó el canto de un ave, era un canto bajo, ronco y pesado que parecía venir de la falda de la sierra. Se detuvo a escuchar con atención y lo volvió a oir un poco más lejos. Volvió la vista hacia donde provenía el canto y lo escuchó de nuevo a sus espaldas. Fernando se quedó estático, sintiendo un frío huérfano subirle por las piernas. Volvió a pensar en el barquero, en la sabiduría intuitiva del hombre del campo, en su habilidad para reconocer los peligros de la selva y aprovecharse de su riqueza. Oyó el silbido del viento entre las ramazones de los árboles y un paso sigiloso que ya no llegó a escuchar porque un golpe seco en la base del cráneo lo paralizó completamente.
Macario se despertó sin moverse, abrió los ojos repentinamente
como una persona que ha estado esperando con los ojos cerrados a que alguien
se le acercara, se echó hacia atrás el sombrero sudado y miró
alrededor. Volvió a ver al cielo y calculó que había
dormido dos horas. Se incorporó y miro en derredor buscando a Fernando.
Estos señoritos siempre se meten donde no deben, pensó Macario.
Se acercó al bote y vio la mochila de Fernando, el saco de provisiones
que había preparado para el viaje y el machete. Se volvió
y caminó un poco por los alrededores. Se puso las manos en la boca
formando un embudo y gritó con todos los pulmones. Se quedó
escuchando el retumbar del sonido contra las faldas de la sierra, tratando de
separar del canto de los pájaros y el vocería de la selva, un
indicio de vida del hombre que lo había contratado en el puerto para
que lo llevara río abajo. Macario empezó a preocuparse.
Sabía que facilmente podían acusarlo a él de cualquier
cosa que le sucediera al señor. Ya había visto varios casos
y siempre el pobre era el que salía perdiendo. Al cabo de un rato
escogió el árbol más alto y menos frondoso. Tomó
de la chalupa su machete, se lo terció a la espalda y empezó a
escalar el ancho y rugoso tronco. Subió un buen trecho por las
ramas y luego se abrazó al tronco con todo su cuerpo, subiendo los brazos
y sosteniéndose, mientras encogía las piernas, metiendo los dedos
en las hendiduras de la madera. Mientras subía le hablaba bajito,
comentándole su preocupación por el señor de la ciudad
que a lo mejor se había metido en lo tupido de la selva. Llegó
hasta la parte más alta y se sentó acaballado en una rama que
le pareció lo suficientemente fuerte. Con las manos en pantalla
empezó a escudriñar el horizonte. Jodido, patroncito, dónde
se ha metido, se decía Macario, mientras trataba de penetrar el movimiento
informe de la vegetación vasta escudriñando el fondo oscuro de
la tierra. Sabía que el señor no podía haber subido
la cordillera en tan poco tiempo, por lo menos le tomaría dos días
enteros subir aquellas lomas y encontrar el camino al otro lado del monte; pero
los indios conocían los atajos más escondidos, los desfiladeros
ciegos y las cañadas que usaban los animales para bajar al río,
podían cruzar la sierra en horas e internarse en la selva sin dejar rastro.
No se veía nada, la vegetación cubría el horizonte como
un manto hermético, el señor podía estar a unas cuantas
varas de distancia y perderse para siempre. Jodido, se dijo Macario, qué
vaina.
Fernando se despertó con una presión molesta en el estómago,
sentía la cabeza pesada, cargada de sangre, y el corazón le palpitaba
locamente en las sienes. Abrió los ojos y vio una cintura oscura
y un trozo de terreno que cambiaba vertiginosamente. El indio caminaba
a grandes pasos, salvando los accidentes del terreno con destreza y agilidad.
A pesar del peso que cargaba sobre sus hombros el indio no se detuvo ni una
vez mientras bajaban la sierra por el lado de la selva. Fernando sentía
las ramas de los árboles raspándole la espalda y a cada salto
que daba el indio, sentía que el estómago se le salía por
la boca, la presión en los ojos y las sienes era cada vez mayor y sintió
ganas de vomitar.
Al llegar al pie de la sierra otros hombres se acercaron. El indio dejó caer a Fernando que rodó un par de veces por el suelo quejándose de dolor. Hablaron entre ellos un rato, gesticulando y moviendo las manos. Por las señas que hacía Fernando comprendió que el indio explicaba dónde lo había encontrado. Contínuamente volvían la vista y lo observaban con curiosidad. A diferencia de lo que había escuchado, los indios no vestían plumas de aves ni cintas de colores en la cabeza, andaban descalzos, manejaban largas lanzas de madera basta y uno de ellos calzaba alpargatas atadas con cintas de cuero. Tenían los torsos desnudos y pintados con tintas de colores que resaltaban sus pechos fuertes y bien desarrollados, llevaban brazaletes de cuero y adornos de chaquiras en los brazos y las piernas y se cubrían con pequeños taparrabos. Cuando terminaron de conversar uno de ellos le ordenó a Fernando que se pusiera de pie, apuntándolo con la lanza. Fernando se incorporó y lentamente empezó a caminar. Dos indios iban por delante y notó que uno de ellos llevaba en bandolera un machete oxidado. Fernando se sentía cansado, le dolía la cabeza y el cuerpo y sentía un vacío en la boca del estómago. Pensó en las provisiones que había comprado en el pueblo antes de salir, la lata de atún que pensaba compartir con el barquero, las naranjas que le había vendido una india gorda en las cercanías del puerto. Recordó que antes de su encuentro llevaba colgado del cinto una cantimplora de agua fresca y un pequeño morral con enseres personales. Volvió la vista y vio la cantimplora colgando del hombro del indio que lo había cargado a través de la sierra. Fernando le señaló la cantimplora e hizo ademán de beber. El indio lo empujó con la lanza y Fernando tropezó cayendo al suelo. Los cuatro indios lo rodearon levantando sus armas en señal de amenaza. Fernando sintió un dolor agudo en la rodilla y cuando trató de incorporarse apoyándose en la pierna cayó al suelo. Uno de los indios le pasó una mano por la rodilla e hizo un comentario a sus acompañantes. Uno de ellos lo levantó de un tirón y se lo echó a la espalda, y empezaron a caminar a través de la selva. Fernando sintió que se desmayaba, se sentía mareado, la boca pastosa y la lengua inflamada, y la travesía le pareció eterna. Al cabo de varias horas llegaron a un poblado de chozas de paja, construidas en un claro de la selva.
Inmediatamente empezaron a salir los habitantes. Hombres, mujeres y niños enpezaron a concentrarse en torno al desconocido, mirándolo con gran curiosidad, exclamando con monosílabos bruscos y riéndose entre ellos. Los niños se acercaban a tocarlo, y les llamaba la atención su abdómen desarrollado y el brillo de su cráneo. Al cabo de un rato lo condujeron a una choza apartada y lo ataron a una estaca de madera clavada en el suelo.
Tirado en la tierra húmeda Fernando sintió por primera vez la
presencia de la muerte. Siempre había temido morir en forma dolorosa
y había rogado morir durante el sueño, sin dolor y sin pena.
Pero ahora que se veía enfrentado a la muerte y el sacrificio, sentía
una especie de tranquilidad profunda, un vertiginoso anonadamiento interior.
Trató de recordar las cosas importantes de su vida, los momentos de su
pasado que creía habían marcado su existencia. Intentó
recordar a Margarita pero venía a su mente la imágen de un cuerpo
sin rostro, rememoró sus días de estudiante, su actividad académica,
su compromiso con Leticia, la novela en la que estaba trabajando. Todo
venía a la memoria como una ilusión, como el recuerdo que se tiene
de una película mal vista o de una historia de segunda mano. Fernando
cerró los ojos y trató de poner su mente en blanco, salió
de la universidad cuando el sol empezaba a declinar sobre el horizonte entintado,
desafió el tráfico infernal de las cinco de la tarde sobreviviendo
a aquella jungla de semáforos y cornetas, tratando de descubrir el carril
que habría de avanzar más rápido, buscando un atajo certero,
el cambio de luz conveniente. Llegó a su apartamento pasadas las
seis, cansado pero motivado por la cita concertada, dispuesto a prepararse para
una velada estupenda. Al entrar en la sala contempló el orden general
que reinaba en el lugar, la armonía entre el espacio y los muebles y
el aire de familiaridad y buen gusto que dominaba el ambiente. Empezó
a desvestirse y se sirvió un bazo de agua. Se aseguró que
había vino y algo de comer, ordenó al restaurante de la esquina
dos reservaciones para las nueve y media y se sentó en el sofá
de la ventana, con su vaso de agua en la mano, la camisa entreabierta y la mirada
extendida en la ribera, viendo los edificios que se levantaban como enormes
mamíferos contra el horizonte. Vio los botes suspendidos sobre
la superficie sólida y brillante, donde se descomponían los tonos
violáceos del crepúsculo en sombras oscuras. Pensó
en la realidad de la vida a través de la vista, un mundo sin olores y
sin tacto, un ser separado del entorno por una burbuja de sueño, un universo
donde los sonidos se agotan en el aire opaco de los atardeceres y el amor es
un elemento tácito e inasible. Apuró el resto del vaso de
agua y se cambió de ropa. Entró al baño y orinó
largamente, sintiendo la vejiga vaciarse con un cosquilleo sensual, bajó
al gimnasio y sudó en abundancia, se dio una ducha tibia y rápida
y se metió al jacuzzi.