La vida desde abajo

© Nicasio Urbina
   

      Mirando siempre hacia arriba para ver el rostro de la gente, con sus muletas de niño y sus brazos de atleta, Jacinto se sentaba a la salida del González a ver pasar las parejas agarradas de la mano.  Jacinto era un hombre de rostro imberbe, tez morena y lustrosa, y los cabellos negros y brillantes, peinados para atrás con su prominente copete de cantante moderno.  Tenía los ojos negros, fulgurantes, y parecía poseer en su sonrisa toda la tristeza del mundo, aunque su boca sonreía constantemente.

     Jacinto era un personaje al que todo el mundo saludaba al pasar por la salida del González, y él contestaba los saludos amablemente, con su sonrisa ingénua, llamando a la gente por su nombre y apellido, sin jamás confundir a nadie y sin olvidar los títulos de rigor.  Aunque nunca pedía dinero, los que le conocían se le acercaban preguntándole «Qué hubo Jacinto.  Cómo lo trata la vida», y le ponían en la mano un billete que él guardaba sin ver, con grandes ademanes de agradecimiento.

     Jacinto era un hombre amable en el trato y sincero en la conversación, que no tenía el menor reparo en contarle al que se lo preguntara cómo perdió las dos piernas en un día de carnaval.  Vivía en La Luciérnaga, un barrio de los suburbios famoso por sus cantinas y sus crímenes miserables, pero Jacinto atravesaba todos los días sus calles de tierra y lodo con acequias sin aceras, con su andar acompasado por el chirrido de las muletas, saltando con sus muñones los accidentes del terreno.  Vivía con una sobrina huérfana, que había hecho su mujer algunos meses después del accidente.  Aunque Jacinto no había pasado del segundo grado de primaria, y antes del accidente trabajaba como cochero, en La Luciérnaga se le conocía como una persona estudiada, que escribía cartas para los hijos ausentes y hacía poemas de amor para conquistar a las mujeres.  A las cuatro de la tarde se le podía ver bajo las arcadas del Club Social, sentado sobre los muslos truncados, con algún libro viejo y despanzurrado entre las manos.  Un día se le acercó el Dr. Silvio Jiménez con su paso de digitígrado y le preguntó que leía.

-Es una biografía de San Martín de Porres, doctor.

     El Dr. Jiménez, vuido dos veces y padre de cinco hembras monumentales se sorprendió.

-No sabía que te gustara la hagiografía.

-Me encantan, doctor.  Pero no siempre puedo conseguir libros.  Este lo he leído doce veces.

     El Dr. Jiménez, graduado de honor de la Universidad Nacional de Oriente y Mediodía, facultad de Medicina y Farmacia, le puso a la orden algunos tomos de su biblioteca personal mientras entraba al salón de Club.

-Se lo agradezco mucho, doctor.  Que le vaya bien y me saluda a las niñas.

     Jacinto vivía en una casa miserable al final de La Luciérnaga, casi al borde del arroyo, de paredes de tablas bastas, desparejas, y atravesadas con listones sin cepillar.  Una hoja de madera con visagras de cuero hacía las veces de puerta, y Jacinto la trancaba, más por el viento que por los ladrones, con la silla de paja donde Lamentos se sentaba a expulgar el arroz.  En una esquina de la casa estaba la tijera abierta con sábanas floreadas, en la esquina opuesta estaba el fogón montado sobre una plataforma de piedra, y en el centro, una mesa desvencijada con dos taburetes.  En una consola inservible que le había regalado doña Eleonor Domínguez guardaba sus trapos de vestir.  De la viga central pendía una bujía visitada por los papalotes.

     Al dar las seis de la tarde Jacinto se guardaba el libro en el bolsillo, cogía sus muletas y empezaba a subir la callecita lateral del Club hasta el cine González.  Cuando llegaba con su pasito a dos tiempos los primeros grupos de peliculeros se agrupaban a escudriñar la cartelera.  Aunque nunca entraba, Jacinto se interesaba por las películas programadas, preguntaba por los actores cuyos nombres conocía, y hablaba de otras películas que él tampoco había visto, donde el sheriff de ahora hacía de melechor, y la mujer abandonada en ésta era una rubia perversa y seductora en la otra.  A la salida llamaba a los muchachos para que le contaran la historia que acababan de ver, interesándose por lo que le decían y preguntando por detalles que los chicos a veces no podían contestar.  Ahí se pasaba el resto de la noche, saludando a los transeúntes como si fuera su íntimo amigo, de pie sobre los muñones protegidos con almohadillas de trapo, o sentado sobre los muslos separados para guardar el equilibrio.

     Así lo veía el Dr. Jerónimo Valdés, abogado y notario, miembro de un grupo de oposición con fama de anarquista; así lo veía el Lic. Eustacio Malaparte, Director de la Junta Departamental y su señora esposa, Presidente de la Asociación de Mujeres Católicas; así lo veía Don Fernando Patiño, hacendado promimente de camisa y pantalón caqui, botas de tubo y chicote en la mano, aunque se dirigiera a ver una película de Cantinflas.  Todos saludan a aquel pobre infeliz, más pequeño que un niño, que a fuerza de llamarlos por sus nombres y apellidos había logrado ser reconocido entre la cantidad de mendicantes y pordioseros que obstaculizaban las graderías del cine González.

     Muchas veces Jacinto se había preguntado si era un hombre feliz.  La idea a veces le causaba rubor.  «Un miserable como yo, feliz» se decía, y no alcanzaba a creérselo.  Pero cuando se veía en su rutina tranquila y su popularidad desinteresada, pensaba firmemente que era un hombre feliz.  «La felicidad no depende de la riqueza material» se repetía, cuando veía al Dr. Juan José Pereda con sus millones y sus riquezas, con el estómago podrido por los nervios y el temperamento exitado.

 Antes de la borrachera de la fiesta de Santo Domingo la vida era más complicada, llena de sosobra e inestabilidad, siempre deseando más, queriendo alcanzar y poseer, siempre luchando por ser el mejor.  «Esa borrachera fue mi calvario y mi redención» se decía Jacinto subiendo entre los muros de piedra la colina de la antigua ciudad nahuatl, «fue mi desgracia y mi bendición».

     Desde aquel día Jacinto se había convertido.  De frío en su fe se volvió rezador y creyente de la doctrina de Cristo.  Los vecinos de La Luciérnaga lo veían todas las mañanas, entre la penumbra del amanecer, salir de su casa acompañado de Lamentos, rumbo a la Ermita de la Caridad.  El párroco, hombre de cuarenta años, fuerte y apuesto, que había popularizado la pelota vasca y que retaba a golpes a los maridos que les pegaban a sus mujeres, trató en vano de convencerlo de que se uniera en matrimonio con Lamentos.  Jacinto, sin explicarle por qué, se negó rotundamente.

-Prefiero vivir en pecado y no cometer un sacrilegio.

 Fue lo más que el cura le logró sacar en sus constantes intentos.  El padre Astorki terminó resignándose y pensó que era mejor seguirlo viendo amancebado que perderlo para siempre.  Jacinto era un hombre humilde, dedicado, con una memoria que en repetidas veces había sorprendido al jesuita, y con un interés sobre la vida de los santos que era fuera de lo común.  Cuando el padre Astorki le preguntó el por qué de su afición, Jacinto le contestó.

-En ellos encuentro al hombre que me hubiera gustado ser.

 Jacinto había nacido en un poblado indígena a las doce del día, bajo un sol endiablado que esquebrajaba la tierra y secaba la carroña de los animales recién muertos.  Desde pequeño sufría de un hambre voraz que secó para siempre las mamas de su madre, pero jamás logró esconder las costillas ni perdió la sensación de hambre en su semblante.  De pequeño sufrió los estragos de la disentería y el delirio de las fiebres palúdicas, pero mientras su hermano mayor sucumbía bajo los estragos de la malaria, Jacinto se aferraba a la vida con sus ojos tristes de perro apaleado.  Al año falleció la madre con otro infante en la matriz, se secó el pozo, y como ya no había maíz que cosechar ni gallinas que engordar, su padre cargó en una carreta la tijera de dormir, la mesa, la hamaca de Jacinto, los pucheros de la cocina y los pocos trapos que aún servían, y se sentó a ver arder el rancho de paja y caña de castilla.  Cuando se extinguieron las llamas Jacinto tuvo valor de preguntar.

-¿Por qué lo has quemado, papito?

-Esta tierra me dio y me quitó lo único que he tenido.  Si no nos vamos te voy a perder a vos también.

 En realidad lo perdió pero no a causa del hambre ni la murriña ni otras enfermedades de pobre, sino por culpa de la ciudad y sus maravillas.  Desde el momento en que entraron con su pesada carreta tirada por un buey cansado, Jacinto se maravilló con la visión de un coche tirado por dos caballos, con sus ruedas negras de rayos de madera, su toldo de lona, sus guardafangos y pescantes, y el prominente asiento delantero en el que un hombre tenía entre las manos las riendas negras y lustrosas, y azuzaba a las bestias con su fuste de cuero.  Su padre tuvo que detenerlo para que no corriera tras el coche.  En su lenta carreta el padre de Jacinto atravesó la ciudad, pasó por el mercado, vio a lo lejos la estación del tren, divisó el cuartel general y la iglesia de San Jerónimo, y se detuvo en el otro extremo del pueblo, donde aún no había calles y por todos lados crecía una vegetación malsana que parecía querer invadir las últimas chabolas.  Inmediatamente se puso a hacer un claro entre los matorrales, cortó palmas y las puso a secar y derribó varios centenares de cañas de los alrededores.  Mientras tanto Jacinto había juntado leña para encender un fuego, calentaron un poco de avena y se durmieron bajo la carreta.  A los pocos días habían levantado una casa donde vivir, habían construído un fogón para cocinar y ya el padre de Jacinto se ganaba veinte centavos al día por descargar los carretones de granos de la tienda de los Anzoategui.

 Un día, al volver de su trabajo, cansado y satisfecho, el padre de Jacinto encontró la casa desierta.  Preguntó en los alrededores, esperó con paciencia hasta cansarse y siguió preguntando en los barrios aledaños, pero nadie había visto a su hijo.  Pasó dos días buscando entre las muchedumbres, silbando en las esquinas, llamándolo por su nombre en los parques, hasta que un día vio pasar un coche con su galope forzado, sus ruedas de madera y su toldo de lona, y en la barra posterior vio la camisa rosada volando como papalote.  Corrió tras el coche hasta que éste se detuvo en una casa de dos pisos frente al Parque Central y ahí lo cogió por el cogote.

-Chavalo de mierda, ¿cuándo jodido vas a volver a tu casa?

 A pesar del susto Jacinto estaba feliz.  No había comido más que mangos en tres días y tenía la espalda marcada por los vergajos que los cocheros le habían propinado, pero se había pasado el tiempo vagando en una y otra dirección, apoyado en la barra trasera de los coches, oyendo el galope hueco de los caballos y sintiendo el coche deslizarse por las calles asfaltadas.  Mientras su padre lo llevaba fuertemente cogido de la mano en dirección a la casa, Jacinto se guardó el miedo y le confesó.

-Papito, cuando sea grande quiero ser cochero.

 Aunque a su padre le cayó en gracia no olvidó que se había prometido castigarlo severamente.  Al llegar a la casa lo amarró a la tijera y lo golpeó con los arreos de uncir la carreta.  Jacinto aguantó la fajeada con hombría, llorando pero sin gemir, y cuando su padre terminó tuvo que aceptar que se sentía mejor.  A la mañana siguiente Jacinto convenció a su padre que se podía ganar unos centavos lavando coches en la parada del parque, y el padre se sintió contento de que el muchacho encontrara oficio.   En pocos días Jacinto era un personaje tan popular entre los cocheros como el viejo Agamenón con su acordeón desafinado o Tatabucho con sus cartuchitos de maní.  Jacinto se pasaba las horas cepillando a los caballos, puliendos los arneses y limpiando los toldos, le encantaba conversar con los cocheros y escuchar con atención sus historias increíbles y las múltiples aventuras que les acontecían en su profesión.  A menudo se montaba con ellos en el asiento delantero y paseaba durante horas, ayudando solícito a los clientes a subir y bajar sus cachivaches, y sintió su alma rebozante de alegría el día que por primera vez arrendó con orgullo a las bestias.  En aquellos días Jacinto veía poco a su padre, se pasaba todo el día en la calle y cuando se lo permitían, se iba con cualquier cochero a su casa y gozaba desenganchando el carro y bañando a los caballos.  Comía lo que le daban después de servirle el zacate a las bestias, y prefería dormir en el coche que en el lugar que le ofrecían bajo techo.

     Su padre lo quiso mandar a la escuela, pero Jacinto encontraba que aquello era una pérdida de tiempo y prefería pasarse las horas hablando de caballerías o remendando los arreos.  Cuando tuvo edad suficiente logró que un cochero le alquilara su carruaje y pronto llegó a ser el mejor conductor de la ciudad.  Su carro no era sólo el más limpio y mejor ornamentado del pueblo, sino que por su cortesía y diligencia era querido y admirado por todos.  Había logrado hacerse de su clientela fija, y la gente lo saludaba por la calle sólo para oirlo sonar los tres timbres que le había instalado a su coche.

     Ahora Jacinto veía pasar los carros de tiro, sentado sobre los muñones en la acera del Club Social.  Levantaba la vista de las páginas amarillentas cuando oía el claquear de los cascos en el asfalto reverberante, seguía con su mirada lánguida a los niños descalzos que corrían tras los coches o huían del chicote amenazante.  Sus ojos se llenaban de nostalgia y recordaba aquella mañana de agosto en que se había vestido de domingo para celebrar la fiesta del Santo, se había engomado el cabello y se había lavado los dientes con bicarbonato.  Ese día había llegado al Parque Central cuando sus amigos destapaban la primera botella de aguardiente, y bajo el sol incandescente los músicos tocaban canciones populares.  La gente disfrazada bailaba en las aceras, las mujeres vestían sus guipiles de colores, llevaban flores en el pelo y carmín en las mejillas.  En el medio de la calle danzaba el Macho-ratón, el tigre se sacudía y el toro-venado se agitaba con pasión.  En un cuadrante de la plaza estaban los montados con sus sombreros de jipi japa, las jáquimas de colores y las gruperas de florones.  Treinta hombre cargaban en andas la imágen venerada del Santo del tamaño de un niño, con su túnica de encaje y su mirada de profeta perdida en el espacio del lago.  El camión de la Municipalidad repartía congelados de guaro y volantes de propaganda.  Las multitudes echaban vivas a la Virgen y al Santo milagroso; unos gritaban vivas a la guardia y al Hombre que es güevón, y otros le mentaban la madre al dictador.

 Jacinto a veces pensaba que aquellos habían sido los años más felices de su vida, que nunca volvería a vivir los momentos de euforia y plenitud que había vivido cuando era el mejor cochero en muchas leguas a la redonda, o no había nadie con mayor destreza y habilidad para maniobrar el coche y manejar las bridas, sin embargo tenía la certeza de que era más feliz ahora, postrado para siempre sobre los muñones, privado del mayor placer que había conocido en la vida e incapaz de llevar una existencia normal y productiva, por que ahora había descubierto el secreto de la fascinación, por que ahora tenía ojos para ver la vida, aunque fuera desde abajo.

 Jacinto bajó a saltitos las gradas del Club Social y subió hasta el cine González.  Preguntó por las películas a colores donde la tierra era roja y los desiertos vastos, saludó a Don Manrique Peña cuando compraba los boletos para toda la familia y se sentó en las gradas del cine a hablar de un santo al que los lobos le lamían las sandalias, hasta que alguien le preguntó que cómo había perdido las piernas, y entonces él le contó que se había emborrachado aquella mañana de agosto, bebiendo de todas las botellas y chupando los bolis que repartía el gobierno porque se acercaban las elecciones.

-No ha habido fiestas más alegres que las de aquel año, les decía saltando sobre los muñones.

-¿Es cierto que te machetearon? le preguntó un niño.

-Yo he oído que fue un mortero que te explotó en las patas, le interrumpió otro.

 Jacinto negaba con una sonrisa compasiva hasta que se callaban las voces, y entonces relataba cómo se habían subido todos a un coche cantando y bebiendo cususa, y cómo se había resbalado y caído al pavimento, y en la multitud y la bullaranga nadie se dio cuenta de cómo las ruedas de madera le trituraban las rodillas, y de cómo todo el mundo siguió bailando al compás de la música y tragando guaro a pico de botella, mientras él miraba la vida desde abajo, miraba a la gente reir y bailar, tirándose carcajadas y echándoles vivas a Jesús Cochino y a San Pascual Bailón, hasta que unos de a pie lo pusieron a un lado, y se quedó dormido del dolor y la borrachera.