La voz de los lobos
© Nicasio Urbina

                                        Al soldado, que en cualquier parte del mundo mata y muere sin saber por qué.
 
 

 El camión viró en la esquina y se metió por la calle de polvo, saltó bruscamente rebotando en los baches, volvió a virar y se detuvo con estrépito.  El sargento Cuevas se puso de pie y ordenó descender.  Los soldados se pararon y empezaron a saltar a tierra.  El cabo Róger Maurice se ajustó el barbiquejo y saltó de la plataforma del camión.  Al amortiguar la caída sintió los muslos adoloridos y las nalgas entumecidas por el largo viaje a la capital.

-Formen filas, -gritó el sargento-.

 Inmediatamente los soldados dibujaron dos hileras a lo ancho de la calle.
-Firmes, -volvió a gritar el oficial-.

 Se oyó el ruido seco de los tacones y los rifles al golpear los hombros.

-Soldados, el futuro de la patria está en sus manos.  Estamos en situación de emergencia.  La obligación de todo soldado es defender con su vida la integridad nacional.  Cualquier falta será llevada ante el consejo de guerra.  Hay que registar casa por casa, quiero a todo ser vivo en el medio de la calle.  Cualquier tipo de arma, sea de fuego o blanca, ha de ser confiscada.  Y recuerden, cada individuo es un posible enemigo.  Mucho cuidado.

 Cuando los soldados empezaron a moverse la noche había caído totalmente.  No había una sola ventana abierta y ni siquiera los perros vagaban por la calle.  Inmediatamente los soldados empezaron a golpear las puertas con las culatas de los rifles, la puerta que no se abría la abrían a empellones.

-Todo el mundo a la calle, -gritaban al entrar-.  Todo el mundo.  Hasta los perros, jodido.  Malagradecidos.

 De las casas mugrosas iban saliendo mujeres de cabellos negros, grasientos; ancianas enflaquecidas por el temor con los nietos en los brazos; salían niños semidesnudos con los ojos llenos de lágrimas.

-¿Dónde está tu marido? -le preguntó un soldado a una mujer embarazada.  Se fue con los guerrilleros ¿verdad?

-No lo sé, señor, -le contestó la mujer sin voz-.

-Mierda.  Son todos unos mierdas.  Tírense al suelo, boca abajo, con las manos en la cabeza.  Al que se mueva lo quemo.

 Róger golpeó la puerta con la bota.

-Abran rápido, carajo.

 Una mano escuálida y arrugada abrió la puerta.

-Buenas noches, señor.

-Qué buenas ni qué mierda.  ¿Cuántos viven aquí?

-¿Aquí?  Somos cinco, señor.

-¿Y dónde están que no los veo?

-Ahí están, señor.  Es que está muy oscuro.  Debajo de ese catre, señor.

-Pues que salgan, jodido.  ¿Por qué se esconden?

-Es que tenemos miedo, señor.

-Miedo de qué.  A los comunistas es a los que deben temer.  ¿Dónde están los hombres de esta casa?  Prendan un candil que aquí no se ve ni mierda.
-¿Cuántos hay aquí, cabo? -preguntó un soldado desde afuera-.

-Dos mujeres y tres niños.

-¿Hombres?

-Ninguno.

-A la calle todos.

-Ya oyeron.  A la calle, viejas pulgosas.  Vamos a ver si no van a cantar.

 Primero salió la más vieja con un tierno en los brazos y luego la más joven con los otros dos.

-Tírense al suelo boca abajo y no respiren.

-¿Qué hago con el niño, señor?

-Métaselo en el culo. ¡Carajo!

 El soldado se dirigió a la siguiente puerta.

-Abran, es la Guardia Nacional.  -El cabo Róger Maurice pateaba y golpeaba la puerta con el rifle-.  Abran la puerta, jodido, o los barro a todos.

 Nadie respondió.

-¿Quién vive aquí? -preguntó Róger subiéndose el casco y secándose la frente.

-No hay nadie desde hace dos semanas, -le contestó al fin una mujer-.

-Se fueron a la montaña, comunistas.

 Róger golpeó la puerta con el hombro, pero las viejas tablas resistieron el empellón.

-Ayúdame a abrir esta puerta, -le dijo Róger a otro soldado-.

-Apártate, -le contestó-.

 Disparó dos veces contra la cerradura.  La puerta se abrió sin dificultad y ambos soldados entraron en la casa.

-Viven como cerdos y piensan como bestias, -le dijo el soldado a Róger-.

-Aquí no hay nadie, -le contestó Róger-.

-Busquemos bien.

 Róger empezó a remover los desperdicios en el suelo de tierra.  Vio un calendario en la pared y una estampa de Corazón de Jesús.  Lo tocó y se persignó.

-Oye, ven aquí, -lo llamó el soldado-.

 Róger cargó su rifle y traspuso la puerta.

-Mira.  ¿Qué crees que estaba enterrado aquí?

 Róger se quedó mirando el profundo hueco excavado en la tierra.

-Ahora sí se murieron.  Voy a avisarle al teniente.

 Salió a la calle con paso apresurado, casi corriendo.

-Teniente, hemos encontrado una fosa en el traspatio de una casa.  Está vacía, pero sin duda sirvió para esconder armas.

-¿En cuál?

-En la de la puerta azul.

-Muy bien, cabo.  Siga cateando.

 El soldado Róger Maurice se cuadró, sonó los tacones, dio media vuelta y se alejó corriendo.  El teniente se paseaba entre los cuerpos tirados en el suelo.

-Sólo mujeres, viejos y niños.  Y los hombres que las preñan dónde están carajo.

Por qué no dan la cara.  Maricones.

 Quedó viendo a un viejo que mantenía la cabeza erguida.

-¿Qué edad tiene usted?

 El viejo pegó la cabeza a tierra.

-Que qué edad tiene, le pregunto, carajo.

-Sesenta y nueve, señor.

-No me diga señor, soy teniente.  ¿Puede todavía disparar un arma?

-No teniente, nunca he disparado.

-Por eso está aquí, verdad, si no ya estaría con los comunistas.  Póngase de pie.

 El viejecillo empezó a incorporarse.

-Rápido, jodido.

 El viejo se levantaba despacio, con gran esfuerzo.  El teniente lo derribó de una patada.

-Que se levante rápido le digo.

 Un soldado llegó hasta donde estaba el teniente y se cuadró.  -Hemos encontrado unas cajas de pólvora y cientos de papeletas.

-¿Qué papeletas?

-Papeletas, mi teniente.

-Pero qué dicen las pepeletas.

 El soldado se sonreía nerviosamente.

-No puedo mi teniente.

-Dígame lo que dicen o lo fusilo yo personalmente.

-Dicen: «El origen de nuestro mal es la Guardia Nacional».

-¿Dónde están las papeletas?

-Ahí las traen mi teniente.

-¿Había gente en la casa?

-Una mujer y dos muchachos.

-¿Y dónde están?

-Ahí vienen, mi teniente.

-Váyase a seguir trabajando y no sea pendejo.

-Sí mi teniente.

-Contra la pared y las manos en la cabeza.  Y usted también, -dijo dirigiéndose al anciano-.  Soldado, ¿qué incautaron?

-Una caja de explosivos para fabricar bombas de alambre y estas cochinadas.

-Póngalos contra la pared a esos perros.

 Eran dos niños magros, enjutos, de ojos grandes y extremidades largas; y una mujer gorda y morena.

-¿Esto es suyo? -le preguntó el teniente-.

-No señor, -le contestó la mujer-.

-Les estoy preguntando a ellos, -le contestó el teniente-.

-Es que son mudos, señor.

-Pues que me lo digan ellos, carajo.  Y no me diga señor, soy el teniente Centeno.
Así es que son mudos.  Pero hacen más bulla que los loros con estas papeletas.

-No tienen nada que ver, teniente.  Ellos no se meten en nada.

-Entonces son tuyas, -le dijo acercándose-.

  La mujer no contestó.

-Tú repartes estas cochinadas.  -La mujer siguió en silencio-.  -¿Por qué te metes en estas cosas?

-Por que ustedes son unos asesinos, -gritó la mujer-.

 El teniente Centeno la miró a los ojos sin pestañear y luego ordenó.

-Ustedes, súbanse los pantalones hasta la rodilla.

 Los tres empezaron a doblar las mangas del pantalón hasta dejar descubiertas las rodillas.

-Así es que no se meten en nada.  Y las rodillas se las raspan tirándose a las perras, verdad.  A ver los codos.  Así es que no se meten en nada.  Hasta el viejo degenerado.

-No señor, yo me caí al salir de la casa.  Se lo juro.

-No me jure ni mierda.  Soldado, -gritó el teniente-, llévese a estos cuatro y quédese cuidando el camión.  Usted es el responsable.

 El soldado se cuadró marcialmente y empujó al anciano.

-Abran la puerta, carajo, -gritaba el cabo Maurice-.  Que abran les digo.

 Se retiró tres pasos de la puerta y soltó una descarga de fusilería.  Se oyeron gritos y llantos de niños.  Empujó la puerta con la bota y volvió a disparar.

-Les dije que abrieran, carajo.  Todo el mundo contra la pared.  ¿Cuántos viven aquí?

 Nadie contestó.  Sólo se oían los gritos de los soldados en las casas vecinas y el llanto ahogado de los niños por las manos de sus madres.

-Qué cuántos viven aquí o los fusilo a todos, -volvió a preguntar Maurice cargando su fusil-.

-Somos seis, pero aquí estamos como quince, -contestó una voz masculina-.
-Muévanse a la luz.  Rápido.

 Inmediatamente empezaron a aparecer figuras de mujeres con niños en brazos, varios muchachos pequeños y un hombre.  Se situaron contra la pared, donde caía un rayo de luz de la calle.

-¿Por qué no abrían?

-Tenemos miedo, -contestó el hombre-.

Miedo de qué, pendejo.  Sólo los comunistas nos tienen miedo.
-Miedo de la guerra, mi jefe.

-Tú, -dijo el cabo señalando a uno de los más grandecitos-, mueve esos catres.

 El muchacho avanzó y empezó a voltear las camas.

-¿Qué hay en esas cajas?

-De todo, general.

-¿Qué es de todo?  Y no me diga general.

-Voltéenlas.

 El joven volcó el contenido de las cajas en el suelo.

-Para qué jodido quieren tanta medicina ustedes.

 El soldado escrutó el rostro del hombre, pero éste tenía la mirada clavada en los rollos de vendas y las botellas de alcohol.

-Le estoy haciendo una pregunta, pendejo.  ¿Que no me oye?  ¿De dónde saca tanta medicina?

 El cabo Maurice le apuntó con su rifle y empezó a acercársele.  Sintió una luz empaparle el rostro y oyó una voz.

-Róger.  Es mi marido.

-¿Quién habló?

-Soy Aminta.

-¿Qué jodido estás haciendo aquí?

-Nos refugiamos aquí cuando nos bombardearon la casa.

-¿No encontró nada aquí?, -le preguntó una voz desde afuera.

-Nada mi sargento.

-¿Y por qué jodido no los saca a la calle?  ¿Algún hombre?

 Róger tardó un par de segundos en constestar.

-Uno, sargento.

 El sargento Alvarez enfocó la hilera de rostros.

-¿Y los otros?

-¿Cuáles otros?

-Los otros.  ¿O es que a todas estas putas se las monta este cabrón?

-No lo sé, mi sargento.

-No encontró nada aquí.  ¿Qué es todo esto que está en el suelo?

-Son primeros auxilios, sargento.

-¡Qué bonito!  No será para curarse la gonorrea.  Pendejo; estos son los suplidores, los que abastecen a los comunistas.  ¡Afuera todos!  De cara a la pared y las manos en la cabeza.  Y usted, siga buscando.

 El sargento salió y le ordenó a un soldado.

-Llame al teniente Centeno.

-Sí sargento, -y sonó los tacones-.

-Contra la pared, rápido.  Vamos, o los quemo.

-Oiga, -dijo dirigiéndose al hombre-, es usted el padre de esta piara de chavalos.

-No señor.

-¿Y dónde están los padres?

-No tengo la menor idea, señor.

-¿Dónde está tu padre? -le preguntó a uno de los niños-.

 El niño lo quedó viendo con los ojos asustados, llenos de resentimiento.  Al cabo de unos instantes, contestó:

-Lo mató uno como usted.

-Mierda.  Súbanse los pantalones, todos.

-¿Cuál es el problema, sargento, -preguntó el teniente-.

-Ninguno, mi teniente.  Sólo que aquí tenemos unos abastecedores.

-¿Qué les encontró?

-Medicinas, mi teniente.  Tengo a un hombre registrando la casa.

-Llámelo.

 El sargento se paró en la puerta y llamó al soldado.  El teniente Centeno se quitó el quepis y se enjugó el sudor de la frente.  Volvió la vista al cielo oscuro, negro, sin nubes, sin luna.  Bajo el reflector de la luz se veía una capa negra de zancudos que revoloteaban en derredor.

-¿Cuál es su oficio? -le preguntó el teniente al hombre-.

-Soy mecánico, teniente.

-Y sabe usted lo que les pasa a los que venden a la Patria.

-No señor.

-¿Qué le pasó en las rodillas?

-En mi trabajo, señor.

-Nunca he visto que los mecánicos se arrastren de rodillas como en la guerra.
 El hombre permaneció en silencio.

-Muéstreme los codos.

 El hombre levantó los brazos y dejó ver los codos ennegrecidos, con gruesos cascarones.

-Eso también se lo hizo arrastrándose bajo las máquinas, ¿verdad?

 El hombre bajó la vista y tampoco contestó.  El cabo Maurice había llegado al lado del teniente y había sonado los tacones manteniéndose en posición de firme.  Sentía sobre su rostro una mirada lánguida, permanente.

-Resultados, -dijo el teniente-.

-Varias cajas con medicinas para curación de heridas leves, mi teniente.

-¿Nada más?

-Sí mi teniente.  Una caja de pastillas de quinina.

-¡Qué lindo! -exclamó el teniente, acercándosele a una de las mujeres-.  ¿Quién vive aquí?

-Yo señor, -dijo la mujer del extremo-.

-¿Y para qué quiere eso?

 La mujer guardó silencio.

-Le estoy haciendo una pregunta.

-Para venderlas y ayudarme un poco.

-¿Dónde los consiguió?
 

-Las compré en la calle, señor.

-Así que además es ladrona.

-No señor.  Yo las compré.

 El sargento salió a la calle y tiró un bulto al suelo.

-Un par de botas militares, mi teniente.  Iguales a las suyas.

 El teniente vio las botas viejas y terrosas.

-¿Y cómo explica eso?

-Las dejó un queridito que tuve.

 El teniente Centeno se le acercó a unos centímetros y le habló directamente en la cara.

-Eres una puta desvergonzada.  Sargento, -dijo dando media vuelta con agilidad marcial-, se van.

 El sargento se cuadró sonando los tacones.  El teniente dio media vuelta sin contestarle el saludo y siguió bajando la calle, dando órdenes y haciendo preguntas.  El sargento Cuevas se dirigió a la primera mujer de la fila y le dijo en tono de confidencia.

-De ti me encargo yo.

 Recorrió con la vista a una muchacha blanca de ojos penetrantes, negros; otra mujer gorda, sin dientes, rodeada de cinco niños; el hombre corpulento, bajo; y la última mujer que lloraba en silencio.

-Todos éstos, arriba.

 Luego vio el resto de la fila.  Apuntó con su metralleta a uno de los niños.
-Sal al frente, -le ordenó-.  El niño se soltó de la mano de su madre.  Síguelos.

 El cabo Róger Maurice caminaba entre los cuerpos tirados de bruces en la tierra.  Frente a él iban las mujeres envueltas en un llanto monótono, y delante de todos el hombre moreno, bajo, corpulento.  No sabía que Aminta se hubiera casado, ni siquiera que estuviera en la capital.  Se preguntaba qué habría hecho todo este tiempo, se habría metido con los comunistas.  Iban llegando al final de la calle.  Sobre la cabina del camión un soldado estaba de pie y con el rifle apuntaba a los prisioneros tirados boca abajo, sobre la plataforma del camión.

-¿Estos también son de los mismos?

 El cabo Maurice no le contestó.

-Suban al camión y no se muevan.  Al primero le destapo la cabeza.

 El hombre ayudó a las mujeres a subir a la plataforma.  Antes de subir Aminta se volvió a mirarle a los ojos y escupió.  Róger pensó que tenía la misma mirada traslúcida, insistente; y por un instante pasó por su mente la idea de ayudarles a escapar.  Cuando el niño hubo subido, el hombre se volteó a mirar al soldado y en susurro le dijo:

-Somos hermanos y nos hacemos la guerra.

 El cabo Maurice volvió a ver al soldado de pie sobre la cabina.

-Tu causa no es la mía, -le dijo en voz baja-.

-Pero tú eres un pobre diablo como yo.

-Sube, -le ordenó el cabo empujándolo con el rifle-.

 El hombre se suspendió con los brazos y se sentó en la plataforma, viendo al niño con la cara pegada al piso del camión.

-Algún día seremos libres, -le dijo mientras se tiraba de bruces a su lado-.
 Róger sentía un cansancio profundo que iba más allá de la simple extenuación física, le ardían los ojos y sentía un desasociego interior que le impedía pensar con claridad.  Pensaba que tal vez le tocaría matarla y no sabía si podría.  Sentía en el rostro el fuego de unos ojos negros que lo interrogaban.  Aminta, de bruces en la plataforma se preguntaba desde cuándo se habría metido al ejército, tal vez si se lo hubiera llevado con ella.  El soldado se bajó del camión y se le acercó al cabo Maurice.

-Vigílalos bien, voy a echar una meada.

 Se puso el rifle en bandolera y se alejó unos metros.  El cabo Maurice sintió miedo de quedarse a solas con los prisioneros, se sentía más a merced de sus sentimientos, como tentado por el demonio.

-Déjala irse, -dijo la voz del hombre-.  Es tu hermana.  ¿Qué te importa el gobierno?  Tú para ellos no cuentas.

 El cabo Maurice no sabía qué contestar.  Sabía que dejarlos escapar representaría la muerte, la degradación, el final de la carrera, el consejo de guerra o el juicio sumario ahí mismo, con ejecución inmediata.  Y si no; ya sabía la historia.  Un camino oscuro, los matorrales, la orden de fuga, los disparos.  Oyó una voz suave, traspasada por el dolor.

-A mamá la violaron antes de matarla, la amarraron desnuda en el corral.  Cuando yo volví ya habían empezado a comérsela los gallinazos.

 Róger Maurice sintió una estocada fría.  Trató de imaginarse el rostro sufrido de la madre pero no pudo reconstruirlo, veía el uniforme verde entre las piernas flácidas, pobladas de várices.

-Calla, por Dios.  Cállate.

 En eso oyó una voz fuerte, enronquecida por el tabaco.

-Soldado, ¿cuántos prisioneros tenemos?

-Diez, mi teniente.

 El oficial se asomó a la plataforma.

-Parecen angelitos, -y dio media vuelta-.

 En el otro lado de la calle los soldados habían terminado de catear las casas y empezaban a replegarse.  El teniente habló en voz alta para que todos lo escucharan:

-Vuelvan todos a sus casas y métanse en la cabeza que no hay más ley que la del gobierno.  Ya ven lo que les pasa a los que venden a su madre.  Nosotros existimos para protegerlos, pero a los traidores, ni agua.  No quiero tener que volver por aquí.

 A pesar de la orden nadie se atrevía a levantarse.  Los soldados se iban subiendo al camión y el sargento Cuevas revisaba las últimas casas.  El conductor echó a andar el motor y el ruido invadió la calle en penumbras.

-Viva la Guardia Nacional, -gritó un soldado cuando el camión se perdió al virar la esquina-.

 El viento cargado de tierra obligaba a los soldados a mantener los ojos cerrados.  Róger pensaba que seguramente se pararían después de la laguna, en el descampado entre Riguero y El Coyolar, donde había dejado a los de Buenavista.  Todos iban en silencio, cansados.  El cabo Maurice vio que uno de los soldados apoyaba la bota en las nalgas de Aminta.

-Lástima que te vas a enfriar, -le decía-, porque estás buenísima.

 Aminta levantó la vista y su mirada encontró los ojos del cabo Maurice bajo el casco verdoso.  Sentía una tristeza indecible, tristeza por la guerra, por el gobierno, por los guerrilleros, por los guardias que mataban por dinero.  El soldado que había estado de pie sobre la cabina bajó a la plataforma y se puso en cuclillas.  Pasó la mano por la espalda de Aminta y sintió las costillas frágiles, la piel suave y la curbatura de la espalda, bajó más la mano y sintió bajo la tela las nalgas sólidas y redondas.

-Quita tu mano asquerosa, -le dijo Aminta-.

-Si me dejas te puedo salvar la vida.

-Si no fueras un asesino de mierda me acostaría contigo.

 El soldado subió la mano por la espalda y la metió por el costado buscando los senos.  Aminta se volteó y trató de golpearle la cara.

-Puta desgraciada, -gritó el soldado y le hundió la culata en el rostro.  Aminta soltó un grito y el hombre trató de incorporarse.

-Te voy a matar, -le dijo el hombre entre dientes-.

-No te muevas, animal, -le dijo, montando el rifle-.

 El cabo Maurice sintió un cosquilleo en el estómago y un calor furioso le invadió el rostro.  Pensó que podría disparar, que de esa manera estaría vengando a su madre.  Pensó que probablemente podría disparar tres o cuatro ráfagas antes de que los otros reaccionaran.  Pensó que de todas maneras iban a morir.  Pero entonces él sería un traidor.  En ese momento volvió a sentir la mirada penetrante de unos ojos negros y vio un rostro ensangrentado, unos cabellos revueltos, y por unos segundos se vio a sí mismo, colgado de la cuerda que la hermana halaba con desesperación tratando de sacarlo del pozo hondo, oscuro, en el que había caído al resbalarse en el cemento mojado, y pensó que su deber era salvarle la vida.

 Cuando entraron en el camino de El Coyolar el camión se detuvo, el conductor apagó el motor pero dejó los faros encendidos.  El sargento Cuevas saltó a tierra y desenfundó la pistola.

-Abajo, -gritó-, les voy a dar una última oportunidad.

-De pie.  ¡Vamos!  Rápido, -empezaron a gritar los soldados-.

 El hombre fue el primero en saltar a tierra, cuando iba a ayudar a una de las mujeres el sargento montó su pistola.

-Déjela que se tire sola.  El que se mete en esto tiene que sufrirla.

 La mujer cayó y rodó por el suelo.

-Va a malparir, -rio uno de los soldados-.

 Cuando estaban todos en el suelo el sargento vio la cara ensangrentada de Aminta.

-¿Y a esta qué le pasó?

-Se golpeó en uno de los baches, sargento.

 El sargento permaneció un momento en silencio, sopesando el valor de la mentira.  Después habló fuerte y con voz ronca.

-Los vamos a dejar aquí y espero que esto les sirva de lección.  Cuando cuente a tres empiecen a correr.

-Nos van a matar por la espalda, que es la única forma en que lo saben hacer, -dijo el hombre con fuerza-.

-Tú sí que eres muy macho ¿verdad?  Te voy a probar que también te puedo matar de frente.

 El sargento levantó el arma, la tomó con las dos manos y tiró del gato dos veces seguidas.  El cuerpo del hombre rebotó contra el suelo y se detuvo en un charco de sangre caliente.

-Mierda, -dijo el sargento-, me bañó todo.

 Las mujeres no pudieron contener un grito de terror.
-A correr todos, -gritó el sargento-.  Uno, dos...

 Los muchachos fueron los primeros en correr en dirección al monte y luego los siguieron las mujeres.  Aminta llevaba al niño del brazo y la herida de la cara le seguía sangrando.

-¡Fuego! -gritó el sargento-.

 Estalló en la noche un estrépito de balas que ahogó los gritos.  El cabo Maurice se llevó la carabina al hombro y disparó seis balazos sin respirar.  Cuando cesó el traqueteo sintió las lágrimas lavarle la cara y dejó caer el rifle.

-Soldado, -gritó el sargento-, ¿qué le sucede?

 El cabo Maurice no volvió a ver al sargento.

-Me siento mal, sargento.

-¿No es capaz de matar a un enemigo?  ¿De qué lado está usted?

 El cabo Róger Maurice vio el rostro de sus compañeros y bajó la cabeza.

-Recoja su arma y la próxima vez lo consigno tres días.  ¿No sabe usted que primero se pone la cara y no el arma?

 El cabo Maurice se impulsó con una mano y subió a la plataforma.  En la oscuridad de la noche no podía distinguir los cuerpos entre la maleza, pero sentía el calor de una mirada insistente, cariñosa, que le quemaba el rostro con sus profundas pupilas.  Se echó el casco hacia atrás y metió la cabeza entre las manos.