La noche de las luciérnagas

© Nicasio Urbina
 

     Era sábado por la noche y el cielo se pintaba con una luna hermosísima, generosa en luz y suavidad.  Me bañé vigorozamente y me vestí con ropas cómodas y elegantes.  A la hora convenida llamé a la puerta de Jenny y ella apareció radiante, vestida de rosado y ribetes negros, llenando mis manos con su abundante sonrisa.  En el camino al restaurante nos besamos con dulzura, amparados por el saxofón de Grover Washington Jr.  La cena en Chez Grand-mère estuvo excelente como de costumbre, aunque siempre me molestan los cubiertos antiguos, demasiados pesados y sin filo.  Arlene nos atendió como sultanes y al final nos obligó a probar su crème de chocolat.  Yo me resistí pero me imprecó con su acento lyonnais y tuve que comérmela toda.

     Durante la cena comentamos sobre los jóvenes profesionales que no saben hablar de cosas triviales.  A nuestro lado, tres chicos nos agriaban la velada con sus análisis políticos y sus corbatas de seda, y cuando pidieron la cuenta nos sentimos aliviados.   Nosotros nos divertimos hablando de Mafalda y Doonesbury, comentamos el último concierto al que habíamos asistido y yo le prometí a Jenny volver a practicar el violín.  Al dar media noche abandonamos el restaurante y nos fuimos a Casa Blanca, encontramos a algunos conocidos, bebimos y brindamos con holgura y bailamos algunas melodías que secretamente hablaban de nosotros.  Inspirados por las luces nos besamos largamente, abandonados a la cadencia de los cuerpos y la rotación de la música.  Me introduje en los ríos de su cabello rubio y su cuello suave, ella se estrechó entre mis muslos con la suavidad de sus suspiros y en el sostenido de una trompeta alucinante apreté la blandura de sus senos y ella metió su cara en mi cuello.  En un vacío de las notas le dije que la quería, y ella me respondió con los ojos y me sentí feliz.  Fatigados por el baile y la multitud abandonamos la discoteca.  El portero, solícito, abrió la puerta del coche y nos despidió con afecto.

     Jenny debía levantarse temprano y decidimos dormir en su casa.  Nos entretuvimos un rato en la sala, riéndonos y conversando de algunos amigos comunes.  Cuando ella bajaba la guardia la embestía con cosquillas y besos furtivos, y ella se resistía juguetona, brindándome sus labios rosados con pasión.  Al cabo de un rato nos fuimos a la cama e hicimos el amor.  En la locura de la pasión Jenny me repetía que me amaba, y aunque yo no se lo dije, me sentía profundamente enamorado.  Jenny se durmió satisfecha con una enorme sonrisa en los labios, y yo me quedé leyendo el libro que estaba sobre la mesa.  No me sentía cansado y tenía ganas de salir.  Me vestí en silencio y salí a la calle.  No sabía adónde ir, pero tenía dinero en la bolsa y me apetecía un buen trago.  Mientras bajaba la sierra podía ver las luces esparcidas de la ciudad dormida, el panorama que había visto muchas veces cuando regresaba de casa de Jenny, me parecía aquella noche más lindo que de costumbre, la ciudad se extendía majestuosa hacia el este adornada de luciérnagas, y al fondo el lago se perdía en las sombras de la luna.  Bajé hasta el centro y conduje por las calles, bajo los altos faros de neón, los letreros comerciales y los reflectores de los monumentos.  Me dirigí hacia los bares de la Avenida Moncada, donde continúa la música y los tragos hasta horas de la mañana.

     Llegué hasta la barra y pedí un whisky.  El bar estaba lleno y la música era mala.  Pensé que quizás debía haberme quedado, permanecer en la cama sintiendo el aliento de Jenny en mi pecho, respirando su perfume suave de sueños placenteros.  Pero ya estaba aquí, y en mi derredor se agitaba un mundo detestable y atractivo.  Las parejas bailaban en la pista, acodados en la barra los hombres bebían con aire de matones, y las mujeres se paseaban por la sala con sus copas de champaña y sus vestidos de pedrerías.  Sorbí mi trago y entablé conversación con la chica que estaba a mi lado.  Era una mujer alta y atractiva, tenía el cabello negro y los ojos grandes, demasiado pintados para mi gusto pero con una atracción eléctrica.  Le pregunté si podía invitarla a un trago y negó con la cabeza.  Hablamos de la música y el ambiente.  Me dijo que el lugar no le gustaba y que había venido con una amiga.  Trabajaba como secretaria en una compañía de seguros y me aseguró que era soltera.  Yo le dije que tenía una novia, pero que estaba fuera de la ciudad.  Nos reímos sin razón y la invité a bailar.  Mientras me movía en la pista la observé con detenimiento.  Tenía la piel blanca y el cabello negro, probablemente teñido, pero el conjunto le iba bien y resultaba atractiva.  Bailamos varias canciones sin interés y luego regresamos a la barra.  Pedimos dos tragos más y brindamos por el encuentro.  Seguimos conversando sobre música y lugares para bailar.  Ella prefería los sitios tranquilos y dijo que a menudo iba al Bahamas.  Después de un par de copas volvimos a la pista y bailamos melodías suaves.  Mientras bailábamos yo pensaba en Jenny, en el lugar vacío que había dejado a su lado y en la posibilidad que se despertara.  Jenny me conocía y no se estrañaría de que yo me hubiera ido, conocía mi temperamento errático, mis bruscas decisiones, y aunque no le agradaba particularmente esa forma de ser, me aceptaba como era.  Yo en general no la engañaba, y las veces que había pasado algo en mi vida, había terminado contándoselo.  ¿Le contaría al día siguiente mi venida a este lugar, mi encuentro con la chica?  No lo sabía, probablemente sí.  Hasta el momento todo aquello carecía de importancia, y si no era relevante, no veía la necesidad de contarlo.  En ese momento bajé el brazo y la apreté por el talle, ella cerró los suyos alrededor de mi cuello y pegó su cuerpo al mío.  Con la cara en su cuello respiré profundo,  y me molestó el perfume barato y fuerte, sin embargo su cuerpo exhalaba un aroma tibio, y sus senos se estrujaban en mi pecho con dulzura.  Aprovechando los compases de la música la besé suavemente y ella abrió los labios y me besó con maestría.

    Cerca de las cinco salimos del bar y nos encaminamos hacia la calle Zelaya, en busca de algo de comer.  El Rodeo estaba lleno y nos costó trabajo conseguir una mesa.  Pedimos desayuno pero ella sólo lo probó.  Cuando hubimos terminado la invité a venir a mi casa, pero ella se negó y dijo que preferiría ir a un hotel.  Conduje hasta el Hotel Estrella y alquilé una habitación.  Subimos en el asensor sin hablar y yo la besé para ocupar el silencio que nos separaba.  Cuando entramos a la habitación la sentí distante y le pregunté qué pasaba.  Ella se quedó en silencio un momento y me dijo que no se sentía bien, que quizás no deberíamos haber venido.  Yo la consolé y le dije que no pensara así, que yo tampoco había previsto que aquello pasaría, pero que había sido así, espontáneo.  Me replicó que yo me iba a formar muy mala idea de ella, acostándose la primera noche con un tipo al que acababa de conocer.  Yo le dije que no fuera tonta, que en la vida las cosas más especiales sucedían intespestivamente, y que más bien me parecía muy lindo lo que nos había pasado.  Que estaba muy contento de estar ahí con ella, y que en realidad no teníamos que hacer el amor, porque aunque me gustaba mucho y la encontraba una mujer muy atractiva, me interesaba ella como persona.  Le di un beso tieno y pedí dos cervezas por teléfono.

     Yo me arrecosté en la cama y ella entró al baño.  Mientras oía el ruido de la llave pensé en los azares de la vida, las coincidencias y los accidentes fortuitos.  Al azar no existe, me había dicho Lourdes una vez, las cosas pasan porque están determinadas por una serie de leyes exactas e inexplicables.  Existe una permutación entre el ser y su destino, y esa combinación preestablece el devenir del individuo.  Yo por lo general me resisto a creer en el determinismo, en el devenir escrito en ese enorme libro de la vida, porque creo que tal postura filosófica acaba irremediablemente con la libertad humana.  Prefiero creer en la voluntad y el azar, en la capacidad del ser humano para decidir y actuar, a pesar de que la vida se empeñe a veces en impedirnos ser.

     Cuando salió del baño se sentó a mi lado.  Yo le acaricié el pelo y el brazo y la atraje hacia mí; le di un beso y le dije que estaba muy contento de haberla conocido, que la vida parecía a veces ponernos cosas lindas en el camino para contrarrestar tanto dolor y tanto sufrimiento.  Ella asintió en silencio y escondió la cara en mi pecho.  En ése momento sonó un golpe en la puerta.  Yo iba a incorporarme cuando un empellón hizo crujir la madera y la puerta se abrió repentinamente.  Por instinto yo traté de levantarme pero el hombre me apuntó con un revólver y me ordenó que no me moviera.  Era un tipo joven, alto y fuerte, tenía el rostro convulsionado y en sus ojos claros había una sensación de miedo.  "Puta de mierda, -le dijo- por eso me dejaste, para irte con este imbécil", y disparó varias veces sobre mí.