Sangre de ardiente eucaristía


© Nicasio Urbina
 

Al poeta Alfonso Cortés B.por los laberintos compartidos.
 
 

"Aquí todo, hasta el tiempo se hace espacio.

En los viejos
caminos nuestra voz yerra como un olvido,
y a un éter lleno de recuerdos, se ha salido
de nosotros el alma, para vernos de lejos.
    "Fuga de otoño"
      A.C.B.

DESDE EL LABERINTO PRIVADO

     Salir de casa fue recibir sobre la cara el sol abrazador.  La epidermis castigada por la energía primordial.  Somos seres alimentados por energía solar.  El astro del trigo y la fertilidad, el astro de las sequías y las grandes mortandades.  Las sombras de los grandes cedros.  El sol embrutece, embota.  Camino con paso decidido aunque tambaleante, con rítmico vaivén.  La  señora que me acompaña en el infeliz acto de esperar el autobús es una mujer revolcada por la vida, sudorosa, el entrecejo arrugado defendiéndose del sol.  He dejado las sombras de mi cuarto, los espíritus escondidos en las gavetas, los sueños de los áticos polvosos.  Allá ha quedado la existencia privada, solitaria, el Bonifacio de los rincones oscuros, de los libros estrujados, de las miradas profundas.  Al cabo de una larga espera el mundo se vuelve un huir despavorido.  Las escenas son fugaces, vistas desde una perspectiva oblicua y siempremutable.  El autobús aúlla entre las aceras, requiebra en las esquinas, se impulsa raudo por las avenidas; determinando indirectamente
-pero de qué forma- las vidas humanas que se disputan la existencia en la hermética geometría de un colectivo urbano.  El laberinto que cada uno conlleva bajo el cielo amplísimo.  Unos rostros extraños que jamás he visto y nunca volveré a ver: la mueca de un labio grotesco, el arranque de un seno poderoso.  Y las ideas... el pensamiento de un hombre agobiado en busca de empleo.

 Y llegarás a un aula de ángulos rectos, un espacio abyecto para una clase de literatura.  Al descender del urbano te desolará la amplitud de los campos, la prepotencia de los edificios.  Caminarás cabizbajo, con las manos enfundadas y ese cuadernito de notas bajo el brazo: pesaroso.  Podrías poner mejor cara en un día como este en que habrán saludos y alegrías.  Te encontrarás viejos conocidos.  Los verás desde el pórtico, conversando, y sabrás que vas a ellos inevitablemente; aunque te aclaman deseos de torcer, volverte y tomar agua y caminar en sentido inverso, o simplemente tratar de pasar de largo, así, ensimismado.  Descubrirás una voz que te saluda, que pregunta; te asombrará tu tono agradable, tu humor jovial.  Hablaban de ti, por casualidad.  Eso te inquietará;  sabes que siempre que se habla de otro se yerra.  Al partir te sentirás a salvo: no descubrieron tus ojos humanos tratando de ver en las tinieblas.  Al entrar en la sala de clase te herirán los filos de las paredes que se unen, esos filos que por vertirse hacia afuera, hieran por dentro.
 Después de todo la vida es una continuidad de retratos dispuestos en orden cronológico.  Al bebé acostado boca abajo tratando de conseguir el infinito le sucede un niño con chupeta que se sontiene en un gran peluche.  Luego viene la mirada del que ha descubierto el yo en las percepciones sexuales.  Por allá una mueca callejera aprendida en las adventuras de algún cauce inmundo.  Para qué tendré esas fotografías alineadas en la pared.  La última muestra a un adolescente de ojos taciturnos.  Ese soy yo hace dos años.  ¡Qué absurdo!  Ese no soy yo ni en el momento en que el fotógrafo alemán imprimió la placa.  Cómo puedo guardar semejantes falsificaciones de mi propio ser:  Bonifacio al recibir su primera comunión.  Abajo una caricatura despistada:  un garrabato de mis rasgos menos particulares.  Siempre serás un impostor Ledesma.  El pobre hombre ha de creerse un artista.  Pensándolo bien, el retrato es un aspecto repugnante, no hay duda.  Quizá el autorretrato pueda ser digno de confianza: al menos el culpable es la víctima.  Cada hombre tiene sus propios medios de buscarse.  No, ¡qué va!, la mayoría cree situarse plenamente y deja de buscarse.  Sí señor; así lo pensaba Alfonso Cortés cuando empezaron a creerlo loco.

 Me incorporo y respiro fatigosamente, la lengua fría chupando el filo de los dientes.  Camino por la vereda husmeando los troncos de los árboles hasta que siento el olor fuerte, ancestral, el tufo, el llamado de la especie:  prefiguración del olor demoníaco de la hembra en celo.  Doy vuelta en derredor del árbol buscando el poniente, el conocimiento atávico, y levanto la pata.

 Envuelto en la niebla de una discusión tratarás de comparar -siempre la vieja manía de comparar- los momentos de trance con la conceptualización de esos momentos.  Tú también te sentirás mordido por la serpiente del bien y el mal y querás dar tu opinión.  Nadie ha acertado según tu punto de vista, y tú lo estás viendo tan claro antes de traducirlo en palabras.  Son tan desafortunadas las que escuchas que bien vale la pena callarse.  Pero no podrás dejar pasar esta oportunidad después de que lo has rumiado tanto.  Probablemente la tuya, ya convertida al estrecho mundo de las dicciones resulte tan mezquina como todas.  Pero tú sabes -tú lo sabes bien- que la razón predomina a lo largo del proceso creativo, que no hay inspiración mágica (qué va: bajarán las musas con su lira en la mano) sino inspiración de vida.  El genio no percibe soplos celestiales sino desasosiegos humanos, alegrías infantiles, sueños pavorosos, culpas y remordimientos, deseos pervertidos, risas, euforias, o el momento sublime en que un beso deseado transforma la esencia.  No; si hablas te pierdes.  Lo sabes desde que descubriste que sólo dominas el lenguaje de los peces, sin repliegues, sin engaños.  El otro, el que utilizas para escribir tus obsesiones, sólo te sirve como el sonido de una válvula de escape.  ¡Por supuesto que no es racional!  Cómo podría ser racional la imagen de un hombre destrozado nerviosamente, al punto de arrancarse las uñas de los dedos, sentado en el piso en una penumbra incipiente, escuchando por enésima vez la gravación de un poema de Hesse con un fondo musical de Tchaikovsky, mientras va forjando un personaje joven, semejante a él pero diferente, infeliz pero intenso, grave y profundo, con el ridículo nombre de Bonifacio.

 Este es un encuentro, mi querido amigo, me digo a mí mismo.  Los encuentros entre esta rara especie humana no son ni más ni menos que el vulgar encontronazo de dos autos en una intersección.  Nos recreamos, nos hacemos daño, nos cambiamos.  Después de un amor nos quedan costumbres y manías que parecen reproducir a cada instante a la persona que las originó.  En los encuentros suceden cosas así: inexplicables.  Seres cuyo solo timbre de voz me insulta, seres cuya mirada me turba y me desconcierta, seres cuya presencia me eleva y me conforta, seres que me sojuzgan y manejan.  Porque, Bonifacio, el que menos ha gobernado tu vida eres tú.  Has estado a merced de los otros, de los extraños que te rodean y sólo has existido gracias a ellos.  Cuando no ha sido así, has estado preconcebido por esa bestia aún más temible.  Tú hubieras sido un arquitecto, Bonifacio, un constructor, un erigidor -perdóname la palabra-.  Pero esa bestia te llevó a lo peor, a lo más bajo.  Tú habrías removido montañas, desviado ríos, modificado los soles; sin embargo te has conformado con ser un imitador de imperfecciones.  Y todo porque esa bestia se meció un día en los juegos de tu cama, y desde entonces te dirige.

 No tendrás que reconocerlos porque ellos te reconocerán a ti.  Serán redondos y grandes, verduscos, con un fondo turbio que te recordará el alma de la que hablan ciertos desatinados.  Te mirarán una sola vez, fijamente, y penetrarán tan profundo en tu voluntad que no tendrán que mirarte de nuevo.  Tú los buscarás a menudo, implorando conmuten una pena sin fin; pero los verás pasar con desaliento, saltándote sin verte, aunque ejerciendo sobre ti esa desconocida influencia que tiene el amo sobre el perro.  Cuando más a salvo te creas te encontrarás diciendo las cosas más inauditas, y cuando en tus gestos busques alguna explicación, encontrarás una sonrisa burlona de satisfacción y desprecio.  Entonces bajarás la cabeza entre arrepentido y resignado, y tratarás de escribir algo, para explicarte.

LA CAVERNA COMPARTIDA

 Mira, Bonifacio, tendrás que sufrir mucho, -me repito entre fascinado y espantado-, tú escogiste un día el camino.  Sé que no fue una elección libre, sé que decidiste por una fuerza subterránea cuyos orígenes te conducen irremediablemente al animal, a la bestia altanera que te acosa en cada momento de soledad.  Aún así, Bonifacio, tu optaste un día por dedicarte al vulgar quehacer de imitar a los hombres, y por tanto tienes que pagar el precio.

 LLegarás a tu casa cansado, maloliente, con el sabor en tus labios del sudor reseco: salobre y dulciamargo.  Meditarás unos instantes bajo el cancel de la puerta y sentirás el inaprehensible miedo a lo cotidiano, el hastío de los muebles, de los adornos sobre las paredes; el cansancio de las canciones invariables, de las litografías estáticas.  El olor que al abrir la puerta te abofeteará iracundo y satírico:  es el olor del animal enjaulado.  Más que el hedor de las heces y la carne putrefacta es la descomposición del espíritu, la fermentación del amor en las soledades, los ciclos del pensamiento puro que también destila sus gases.  Pero al fin te decidarás a entrar por esa puerta y te aventurarás sin luz, pensando que acaso en la oscuridad descubrirás los perfiles ignotos de tu cubil cotidiano.  Te asombrarán los resultados.  El espacio es mucho más grande cuando no lo limitan esos estúpidos parapetos, esas paredes insalvables, y sentirás esa agradable sensación de reconciliación con el infinito, con el universo negro e insondable del que un día emergiste.  Vivirás los instantes más reveladores de tu vida, al descubrir la totalidad en la ilimitada concreción de la negrura; ese espacio donde las cosas no existen por sí mismas, sino que conviven en el todo.  Pero los momentos de mayor intensidad tienen el grave defecto de ser pasajeros, casi efímeros.  Pronto tus ojos empezarán a recortar de la cartulina negra las formas vetustas de las cosas, sus contornos y perfiles, y te encontrarás con un mundo muy parecido al orden lumínico, sólo que en vez de estar compuesto por colores estará integrado por sombras.  Te invadirá un desencanto indecible, una depresión envolvente, y con demoníaca intensidad sentirás la soledad interna, inmune a las multitudes y las compañías.  Te alejarás de tus recuerdos y de tus nostalgias, y vivirás existencias ajenas, sublimes y degradantes.

 Pero al final siempre se cosecha, se aprende.  Tanto la sorpresa como el desengaño son parte del proceso cognocivo  ¡Si alguna vez me aproximara a este acto!  El lenguaje -el que empleo para escribir estas reproducciones bastas- es un arma traicionera, desconfiable a todas luces.  Cuando empecé a escribir lo hice compelido por la necesidad de fijar mi existencia, de precisarla en algún recodo de esta ciénaga.  Entonces creí que el lenguaje era un artificio preciso.  Más tarde me fui desengañando, me fui percatando que la búsqueda de la palabra precisa era compuerta a insalvables disgregaciones.  Por eso creo que de haber un lenguaje unívoco -jamás he descubierto más allá de la geometria analítica- tendría que ser el lenguaje de los peces.  Sin embargo he de admitir que en mis incontables naufragios las palabras han sido un asidero, un punto de referencia, aunque éste sea como el lastre que se amarra a un cadáver para impedirle que vuelva a la playa.

 Al dejar el taller caminarás acompañado unos minutos.  Conversando, discutiendo aún las imprecisiones pendientes.  Notarás en algunos rostros desconsuelo: una mirada lánguida, una mueca balbucente.  Y no sabrás si esa intuición es una realidad en el otro, o una proyección tuya.  Se despedirán en forma extraña, estólida; y el recuerdo de aquella mirada marcará esa noche y los días subsiguientes.  Cansado de revolver las mismas instantáneas saldrás a la calle.  Te acercarás a un hombre detenido en una esquina con el pretexto de un cigarrillo.  Tú buscarás los ojos tratando de descubrir la misma desazón, consolándote con que la peste no te ha atacado solo a ti y a los tuyos -no a tus familiares, a los tuyos- sino a toda la especie.  Te acercarás a las prostitutas que merodean en los portales pero su risa será llana.  Entrarás en los bistrós protervos y beberás en las mesas, a la luz rojiza de los candiles.  Ebrio y eufórico te irás cantando canciones soeces por las calles desiertas, con la pena aliviada por los antídotos, pero con el germen enquistado.  Perdido en no sé qué tugurios, encontrarás un llanto mantenido, susurroblasfemiplegariamentesostenido.  Te acercarás sigiloso y enigmático.  Es el rostro que se te brinda verás los estragos de la lucha, los negros cardenales, el labio estripado; reconocerás en unos ojos compungidos la pena y la desolación, el camino abrupto, la inutilidad, la impotencia; y te encontrarás tan idéntico, tan fielmente reproducido, que no podrás impedir la urgencia inaplazable que emerge de ti, y te abalanzarás sobre ese cuerpo frágil y hambriento, hundiendo tus dientes caninos en el cuello hinchado, sintiendo en tus fauces un desgarrarse de músculos y venas, de senos henchidos de miel, de víceras rezumando sangre caliente, en la desesperada búsqueda de tu esencia robada quién sabe cuándo, en quién sabe qué existencia.
 Desde que tus ojos me reconocieron no hago más que buscarlos.  En su fondo turbioverdusco residen mis más íntimas voluciones: fuera de mi arbitrio.  Las cláusulas que entrelazo en la intimidad -no hay vocablo mas falaz que este- de mi cerebro vienen dictadas por una entidad indefinible, y por tanto omnipresente.  Eres tú la que me obliga a cometer estas iniquidades.  He logrado precisarte en varias visiones.  Primero te recuerdo como una bestia antediluviana, enorme tú en contraste con mis dimensiones infantiles.  Luego fuiste tomando otras figuras más sutiles:  el daguerrotipo de una bisabuela colgado en un ineludible pasadizo, un amigo mayor, un personaje de Salgari.  Palautinamente te trasladaste a nuevos campos de batalla y descubriste tu bastión en unas caderas bamboleantes, en unos labios rojos como la sangre, en unas piernas largas como sierpes.  Siempre me dominaste, siempre me hiciste sentir sojuzgado, uncido a tu yunta.  Después no te conformaste con mi secreto vasallaje, sino que me obligaste a confesarlo, a dar testimonio de mi dependencia en libros exasperantes.  Secretamente sé que me has conducido al través de mundos extraños que jamás localicé.  Y ahora apareces tú, con tus ojos verduscos y el movimiento afrodisíaco de tus caderas, para obligarme con tu presencia a contravenir mi voluntad, a ejecutar tus designios.  La sombra cuya sombra somos, como el viento de espíritus de Alfonso Cortés, que estando aquí, de allá me llaman.

     Volverás a tu cuarto en una hora intermedia entre el ascenso del astro y el ocaso lunar, e irás directamente al libro sin portada, envejecido no soló por el tiempo sino por las desvastadoras búsquedas.  Reelerás más con la memoria que con la vista los poemas fatigados, esas coartadas del alma en que ambos se confunden, hasta que bajo los arcos de un cuarteto te entregues por completo a los dioses del sueño.
 
 

BAJO LAS SOMBRAS DEL CREPUSCULO

     Un taller es el haz de fuerzas creadoras compartiendo el trance de la transfiguración poética, el compromiso del autor frente a la obra creada, un juego polifacético con los seres que a mi lado se enfrentan con su creación.  Eso es un taller literario, me decía viendo al techo de mi cuarto, vagando por remotos senderos de la fantasía.  Tendríamos que vivir todos juntos, compartir la intensidad del esfuerzo, convivir con y en los personajes a los que hemos dado vida, con los que nos hemos comprometido y por los cuales somos responables.  ¿Podrían vivir con sus personajes a cuestas el resto de sus vidas?  Conversaba con mis conocidos en su ausencia con más libertad y holgura que en los diálogos reales.  Es el retorno a la idea del espíritu comunitario, la vida intensa de la figuración artística, creacional, donde el trabajo no es la obligación del hombre sino su razón de ser.  Los rostros conocidos gesticulaban sus argumentos, hablaban no tanto por sus palabras como por sus expresiones.  Trataban de elucidar las zonas oscuras de la prosa. Sería mejor si cada uno hablase de su experiencia, buscando en sus rincones internos la explicación de sus figuras, el código de su lenguaje, el origen de sus temas.  De esta forma tal vez podríamos llegar a conocernos, o al menos, a comprendernos.  Pero, cómo develar mis cicatrices ante esos rostros extraños, como vencer el pudor y la vergüenza.  El artista se compromete con su obra porque es un miembro de su vida, el verdadero artista, el que siente la palpitación de ese ser vivo que se debate entre el desierto y el mar.  Un taller debe ser eso: el compartir la catarsis sublime de la creación, el coexperimentar la transustanciación única del elemento real en figura literaria.  Esa comunicación inexplicable que Cortés definía muy bien diciendo:  "Abro para el silencio la inercia de la fluída/ distancia, que no vemos, entre una y otra vida/ y tras la cual las cosas que miramos, observan..."  Esa llamada fugaz, perceptible sólo a unos cuantos desafortunados; Bonifacio, quién te dice que es compartible.  Se comparte un bocado o un beso, pero nunca un fantasma.  Me lo digo tomándome por sorpresa, al asalto, y no sé qué responderme.  Cortés lo sentía sin duda, recluído en un asilo o en unos versos:  "Yo elevaré las vastas esencias que de mí tienen una idea conforme,/ y uniré los detalles de Forma, Luz y Acento/ que unifica la pálida lejanía del viento."  Cada hombre lleva un poeta por dentro, aunque a veces esté dormido.  Hace falta despertar a ese titán encantado y que arda el sol esa frente, hasta encontrar la idea conforme de la que habla el poeta Cortés.  De frente al techo concreto, impenetrable, como un gigantesco émbolo sobre mi cabeza, divago por desconocidas dimensiones del diálogo.

         Llegarás en el autobús al término de tu viaje, cuando sólo queden tú y el conductor indiferente.  Sentirás deseos de acercártele como cuando niño, curioso y sorprendido, y preguntarle por el uso de botones y perillas.  Quisieras que te dejara volver en sentido contrario, como cuando niño, viendo por la ventana el mundo precipitarse en sentido inverso.  Caminarás hacia él formulando las frases, más al llegar las encontrarás ridículas, y leerás de antemano en su cara las marcas de la sorpresa y el estupor.  Te bajarás avergonzado, sin decir palabra.  Caminarás bajo un cielo diáfano, ausente de presagios, mezclado en una brisa fresca: la grama muelle amortiguando tus pasos sin huella, internándote paulatinamente en el bosque.  Siempre te sorprenderá la profusidad de la naturaleza, sus mil variadas formas y su espíritu único.  La repetición de una esencia en diversas manifestaciones.  Es tan ingeniosa la vida que no alcanzarás a imaginar sus posibilidades.  Desde las tenaces hierbas hasta los milenarios gigantes, desde las larvas más minúsculas hasta los hombres:  ese engendro de la creación desafortunadamente conciente.  Vagarás sin preocuparte de situación y dirección, alegremente perdido en las hojas moribundas de los árboles.  Llegado a un paraje desierto te tumbarás en el suelo, viendo por entre las hojas las últimas luces del cielo, los destellos fulgurantes del sol, los anillos luminosos de la claridad descompuesta.  Pensarás que todo es expresable en figuras, comunicable al otro que te lee.  La vida puede ser bella, tremendamente bella, si se localiza ese paso, ese puente entre tú y tu interlocutor.  Sentirás que es tan fácil hacerle llegar en sus justas dimensiones la impresión sentida, que justificarás tu existencia.  Pero recordarás que no es así, que tú has luchado mucho por comunicarte, que has agotado la sintaxis para lograr la frase que te explique con precisión, pero siempre has terminado por renunciar a la palabra para limitarte a una mirada oblicua, a una expresión de tu rostro.  Te erguirás ya de noche, caídas las sombras sobre el mundo, y caminarás arrastrando los pies, removiendo las hojas muertas, sintiendo que únicamente modificas el mundo que te rodea de esta manera esporádica.

    Tu orden es ineludible, imperiosa.  En silencio me conduces por parajes desiertos y áridos, cogido de la mano: como al loco que conducen a la sala de tratamientos eléctricos.  Por qué me obligas a confesar mis debilidades, por qué te empeñas en descubrirme.  Bastaría que clavaras tu mirada verdosa en mi rostro para que yo claudicara a mi insurgencia. Pero, obligarme a escribir los versos de mi derrota...  No es sólo un castigo, es una revelación forzosa.

     Así es Bonifacio, el mundo es así y tú no podrías cambiarlo, me decía a mí mismo.  Sí, Bonifacio Ledesma, tendrás que acoplarte a la vida o revelarte.  De ti depende.  Si te reconcilias con la sociedad podrás ser un ciudadano feliz, acomodado; serás uno más entre miles; pero al menos llevarás una existencia soportable.  No te engañes; entre los millones de hombres conformes también hay aspiraciones, soledades y derrotas, hay sentimientos y fantasías.  Esos hombres sufren y gozan.  Lo que sí te acepto es que lo hagan con menos intensidad, con más armonía.  Pero si has de tomar el camino de la insurrección, habrás de prepararte para un sendero pedregoso y solitario.  Tendrás que viajar simpre alerta, siempre prevenido, expectante.  Encontrarás algunos hombres que han tomado tu camino y serán buenos compañeros de jornada.  Con ellos podrás compartir tus sonrisas y tus lágrimas, pero siempre habrá un recinto de tu alma vedado a sus pasos: semejante al que en su alma se esconde a tu mirada.  Así es esta vida, Ledesma, un archipiélago inmenso y turbulento.  Tú, que has decidido ser un constructor de puentes entre estos islotes, debes considerar que el suelo es blando y que las bases de tus obras son deleznables.

     Caminarás por quién sabe cuántas horas en medio de un bosque de gigantescos robles, empequeñecido no sólo por las dimensiones de los troncos sino por el peso de tus soliloquios.  Andarás obsedido por hostigadores fantasmas, indiferente a todo en la oscuridad de la noche hasta que un llamado animal te saque de sí.  Buscarás en derredor el origen del mensaje, más la oscuridad será impermeable a tus anhelos.  Emplearás el oído para localizar su posición, pero comprenderás que no es una voz situada en el espacio sino en la escala del tiempo, y que el lenguaje que escuchas no pertenece a tus páginas sino a las profundidades del mar.  He estado esperándote, -le dirás inocentemente-.  Me has buscado, -te contestará-, en el lugar erróneo como siempre.  Tratarás de explicarte pero será implacable.  Sólo el que me busca en el lugar exacto me encuentra.  Tú le dirás que lo habías inventado en algunos sueños premonitorios, pero su respuesta te enseñará que la intuición pertenece solo al mundo de los hmobres y el lenguaje.  Le hablarás de las horas enteras frente a una pecera observando el mundo enigmático de los comentarios ondulantes, de las miradas ininterrumpidas, de las hipérboles exactas.  Notarás que su tono es más suave, más confidente, y que sus expresiones encierran un cariño profundo, una parentela.  Sentirás sus respuestas claramente, sin relieves, sin ambigüedades, y el éxtasis de la comunicación plena rebozará tu espíritu sediento.  Exige tan poco esfuerzo explicarte de esta manera, que el diálogo es un descanso, una forma del esparcimiento.  Le hablarás de tu cuaderno de poemas, de los personajes que malamente trajiste a este mundo, del amor que has perseguido en vano, de los ojos fulminantes que te acosan.  Y sus respuestas serán parcas pero totalizantes.  Al final tendrá que pedirte que lo dejes, que vuelvas a tu mundo.  Espantado y trémulo le pedirás un reencuentro.  Te atemoriza perderlo para siempre, volver a tu soledad, a tu incomunicabilidad.  Y su respuesta será tan llana que partirás contento, renacido.
 

LA HEJIRA

     Estoy acorralado en un poema de siete versos que resume mi existencia -no los hechos formales sino el devenir del ser- y me siento doblegado por su hechizo.  Aunque aún no ha cobrado forma en la conciencia de mi intelecto, ya lo siento bullir en mis arenas con palabras compuestas de miradas y sonrisas.  El poema que he estado buscando por semanas y meses ha empezado a conformarse en mi inconciencia.  "Hilo numeroso de interrumpidas secuencias/ que condena al hombre a una existencia precaria".  Si pudiera fijarlo a los espacios desiertos de mi mente y vivir sus metáforas simples, asir sus dimensiones metafísicas.  Pero no es así.  Estoy acorralado entre siete acordes.  Siete extraños que me rodean en un heptálogo que no entiendo, un heptaedro impenetrable.  Los primeros planos de sus rostros pálidos, cadavéricos, desesperadamentacosincansables.  Los ojos turbioverduscos que se parapetan tras las imágenes simples que trato de explicarme.  Sé que tú estás tras estos calvarios poéticos de la existencia, acechantementalertidespierta, los parámetros de mi desierto, dunas erráticas a las que fijo mi existencia.  Y me encuentro aquí, acorralado en la siempremutable dirección de un devenir ubicuo e inlocalizable.

       Escúchame Bonifacio, escúchame aunque sea la última vez que escuchas a alguien en tu vida, me decía una tarde lánguida.  Tienes que sobreponerte, extraer fuerzas de tus venas abiertas, y enfrentarte a los seres que te centriconforman.  Tú has sido un rebelde en los más endemoniados campos, pero has condescendido con tus amos.  Aunque te sorprenda y te indigne, Bonifacio, acéptalo.  Has sido débil en tus caídas y sumiso con tus adversarios.  Te lo digo yo que te he visto reptar hasta la pata ungulada y regodearte en la corrupción de la carne.  Tú te has imprecado innumerables veces, y has llorado de miedo ante las visiones estertóreas del deseo, pero has dejado que un extraño te domine y has completado siempre, indefectiblemente, el ciclo trazado por la mano foránea.  Rebélate Bonifacio, no temas a la atrocidad del crimen ni a la posesión de la sangre.  Esas son sólo formas externas.  Es más excecrable la condenación en que vives, la voluntad manejada por recursos de quiromancia, tu vida de zombi.

     No sabrás cómo llegaste a estos parajes inmundos.  Tomarás conciencia de ello como se toma conciencia del despertar tras un sueño tan pavoroso que impide el sobresalto.  Abrirás unos ojos desmesuradamente grandes, casi perdidos en unas órbitas galáxicas, y permanecerás tirado en el suelo, sin atreverte a mover un solo músculo de tu cuerpo.  Con tu mirada recorrerás el perímetro del escenario entrecortado por desperdicios, tratando de encontrar en los tachos de basura el peligro que tu espíritu advierte.  Tu fino oído percibirá el murmullo de un incisivo perforando un hueso.  Más habituado al desconcierto tratarás de olfatear los sonidos que te circundan; pero será tan hiriente la permutación que tu sentido sólo te llevará al asco, a las inminentes arcadas.  Por fin encogerás tus patas impulsando el tronco, y lograrás una distancia entre la piel suave de tu abdomen y la alfombra muelle, pestilente.  Impulsado por tu espíritu de espeleógo empezarás a husmear la abrupta geografía, la cabeza casi rozando un piso fluctuante, y en medio del caos de olores desubrirás la piel grisácea, el hocico obtuso escondiendo los mortales incisivos.  Retrocederás hirsuto, los músculos de tus patas tensas, el tronco echado hacia atras, pero tus ojos monocromos no te permitirán percibir la figura camuflada en la penumbra, atravezando el espacio con cualidades aéreas hasta estrellarse en tu costado, a la altura del muslo, clavándote ponzoñosa el marfil de sus dagas.  Impulsado por el dolor dirigirás tu hocico hacia el empalme de tu flanco, buscando en un vacío ciego el cuerpo inmundo que viola tu ser.  Enfrentarás a unos ojillos negros tus fauces erizadas de dientes, sintiendo cómo por dentro tu carne está siendo roída, desgarrados tus músculos.  Y apresarás entre tus mandíbulas aquel cuerpo fofo, asqueroso, y apretando con la ciega fuerza del asco y el dolor, estriparás su fláccido ser sientiendo una sangre morácea lavando tus fauces.  Sin haber aún ultimado a tu verdugo sentirás furiosos hincones en tu cuerpo, y verás en derredor nubes de ratas emergiendo como muchedumbres, blandiendo simbólicos sus dientes roedores.  Entonces comprenderás que el repliegue no es cobarde sino simplemente inteligente, e impulsarás tu cuerpo con una fuerza inusitada, coordinando tus movimientos con una armonía de pavor desbocado.  Correrás saltando los baches de sobrantes putrefactos, sintiendo aún unos dientes pequeños pero flagelantes hendidos en tu carne.  Huirás despavorido por el medio del basural hasta llegar a un callejón elíptico, de bujías apagadas por la miseria y corros temibles agrupados en las esquinas.  Te creerás a salvo de la pendencia, fuera de ese mundo sórdido, y pensarás que has ganado la esfera tibia de la comprensión y el amparo, cuando una lluvia de pedradas se abatirá sobre tu lomo y escucharás improperios y lisuras.  Cabizbajo huirás por una callejuela húmeda, salpicada de obstáculos, y sin saber cómo te encontrarás en una avenida extensa, presa de un tráfico enloquecedor.  La atraversarás entre un estruendo de motores y frenazos, cegado por ígneas luces y gritos de terror.  Alcanzarás el andén tras una constelación de insultos, atropellado por la furia de un tranvía, y atravezarás la plaza donde grupos animados perpetúan su tiempo.  Sin saber por qué correrás hacia las desleídas luces intermitentes en un repentino aguacero, sufriendo las risas de las niñas y las coces de los hombres que transitan por el parque.  Al otro lado te internarás por una calle concurrida, escurriéndote por entre las piernas de los transeúntes, escuchando los gritos de las prostitutas que regatean en los portales, y entrarás asustado en un recinto oscuro poblado de mesas y de parroquianos que buscarán refugio causando un revuelco de muebles.  Sentirás sobre tu lomo el impacto del cristal y las patadas, escupitajos de desprecio, miradas burlonas, y correrás más despavorido aún, buscando ahora la puerta por la que en un momento entraste, trasponiendo la calle y alejándote por un callejón empinado.  Huíras persiguiendo la oscuridad lejana donde creerás vislumbrar una tranqulidad perpetua.  Pero la distancia te parecerá insalvable y te abandonarán las fuerzas cuando sepas que aún te falta camino.  Por fin te detendrás en una curva del sendero y te echarás en una acequia, la lengua rosada lamiéndote los filos de los dientes, abatido por las penas y los dolores.

     Salgo del taller obsedido por un verso gaseiforme, inasible en su materia pero condensando -lo siento sin saberlo- la raíz última de mi persistencia.  Prefiero caminar hasta mi casa por las veredas limpias, despejadas; escuchando unas voces que me interpelan con angustia y alegría.  Revivo en el trayecto tus palabras de aliento, la mano que depositaste en mi hombro en el momento de partir, los ojos que me diste.  La imposibilidad de figurarte en el verso me domina: "Y como un vario/ acento levantábase a mi diestra,/ puse atención al monte solitario:/ Yo hablo también, me dijo, y mi siniestra/ lengua es sombríamente natural;/ la vida primitiva se encabestra/ en mis entrañas; va de caza el Mal,/ hasta que el hombre, el perro del Destino,/ le muerda el corazón a lo fatal."
 

DIOSES Y DEMONIOS

     Al despertarme tuve la clara visión de que me necesitabas, que en cualquier lugar que estuvieras requerías mi presencia.  Pensé que era mi deber buscarte.  Me vestí de prisa y salí a la calle.  En realidad no hallaba por dónde empezar.  !Sabía tan poco de ti!  Me deje llevar por mis pasos a lo largo de soleadas avenidas escrutando el interior de los cafés.  Me paseé por la plaza empedrada, atravesé el parque.  Sabía que las posibilidades de encontrarte eran una en un millón, pero me batía entre la duda y la irracional esperanza.  Entré al museo de Arte Moderno y busqué por la biblioteca, en la sala de lectura, entre los estantes; luego salí a la galería y recorrí los largos pasillos entre cuadros angustiosos y desproporcionados.  Al transponer la trilogía de la Creación te vi sentada en un banquillo, en el ala oriental, frente a un cuadro en el que un can luchaba contra el Cosmos.  Al verte comprendí que eras tú, pero que no me habías llamado, que lamentablemente yo no habitaba en tu conciencia; y que la necesidad de buscarte había nacido de mí, probablemente en las pesadillas nocturnas.  Instintivamente di media vuelta y me detuve ante el segundo cuadro de la trilogía, escondiéndome al ángulo de tu mirada, sin ver el fantasma barbado que esparcía gotas de agua sobre el mundo de brasas.  Me dio miedo ir hacia ti.  Temía despertar tu ira.  Jamás había osado desafiarte con una acción semejante.  Siempre tú habías venido a mi, apareciendo súbitamente de entre las sombras, con tus ojos grandiverduzcos clavándose en mis facciones.  Siempre había acatado tus designios escondiendo mis miradas en los espejismos del paisajes.  Caminé en sentido inverso hasta el recinto central que divide el museo en cuatro cuadrantes iguales.   Ahí me dejé caer en un sillón, fatigado; con la certeza de que tendrías que pasar por aquí, inevitablemente, y que entonces te enfrentaría.  Sentado ahí decidí esperar cuanto fuera necesario, pero esperándote desde el primer minuto.  Tomé no sé qué libro -ni siquiera llegué a leer el título- entre las manos y traté de hundir mi atención en sus páginas, pero mis sentidos estaban todos en los sonidos de los pasos que se acercaban, en el taconeo donde creía reconocer el movimiento de tu marcha, y cuando ya no aguantaba más levantaba la cabeza para encontrarme con un rostro extraño, desconocido.  Al cabo de una hora la impaciencia pudo más que el temor, y decidí embestirte.  Caminé decidido hasta el hemiciclo y torcí a la izquierda; aterrado pude ver el pasillo desierto, el banco solitario. Me acerqué al cuadro y contemplé el cielo anubarrado, los elementos mostrando sus abiertas fauces y el digitígrado blanco, defendiéndose furioso en la tormenta: en una esquina del cuadro una mirada hierática parecía iluminarlo todo.  Corrí despavorido a la salida con la esperanza de alcanzarte antes de trasponer el pórtico, antes de que te esfumaras en la multitud; pero debí haber llegado demasiado tarde. Todavía esperé a la sombra de los almendros de la plaza, la vista fija en las columnas del museo, pero nunca salistes.  Con el sol en el cenit bajé la calle hasta los enigmáticos ministerios, con la imagen clara de aquel cuadro demoníaco y unos versos antiguos emergiendo de mí:  Hilo numeroso de interrumpidas secuencias/ que condena al hombre a una existencia precaria./  El divagar enfermizo por laberintos de voces/ en la tácita búsqueda del origen común.

     Para qué te sirve la literatura, Bonifacio, me interrogo a mí mismo, para qué el sacrificio de esos seres de ficción.  Para qué te puede servir la poesía.  Crees que de alguna manera has comprendido mejor la esencia de ti mismo, tus zonas oscuras.  Porque, Bonifacio, si la literatura es sólo una distracción, una forma de descansar la mente, no vuelvas a incurrir en el error y dedícate a labores más respetables.  Si sólo buscas la belleza estética podrías encontrarla en otros senderos sin infligir daño a nadie, Bonifacio.  Porque la verdadera literatura se escribe con lágrimas y con sangre, la autenticidad del hombre que despojándose del vestuario muestra sus llagas. Si no, mi querido Bonifacio, estás matando el valor de tu obra.  No es ni erudicción ni prolijidad lo que vale en una obra literaria, sino la exploración del alma, la búsqueda en los oscuros recodos del espíritu, la capacidad de conocimento.  Por eso la verdadera obra de arte no puede ser pura imaginería, su carácter perenne radica en que es testimonio de vida, Bonifacio.

     Subo al autobús y me siento en la última fila, la mirada oblicua clavada en el mundo en retroceso.  Nunca había reparado en ese cuadro del museo de Arte Moderno; sin embargo, es tan nítido el recuerdo, tan intenso.  Quizá ahora ella me deje en paz, por fin, y podré recomenzar mi existencia.

     Descenderás del colectivo ya caída la noche.  Te sorprenderá la rapidez del tiempo, la facilidad con que la arena cae desgastando los siglos.  Pensarás que la vida es un efímero viaje en autobús por parajes extraños, por rostros que nada te dicen y nunca volverás a observar.  Si al menos un encuentro fortuito te asegurara que ése eres tú, en ese asiento, en ese instante del tiempo; si al menos un cálculo geodésico arrojara tus coordenadas.  Recibiendo el aire de la plaza pensarás que en los sueños las sensaciones son a veces tan intensas como en la vigilia, y que perfectamente todo podría ser una pesadilla, una fatal alucinanción; pensarás, caminando en dirección a los muelles.

     Tú luchas, Bonifacio, contra un dragón de siete cabezas.  Es una lucha desigual, lo reconozco.  Tienes en tu contra la falta de voluntad, la ignorancia, la soledad, el miedo, los descontrolados sueños, el hastío.  Y con qué armas luchas.  Pobre Bonifacio, con un lenguaje ambiguo que desvirtúa tu intención, con una mirada inane.  Sé que has tratado, que has buscado el amor que te salve de la inanición, el género poetidramatinovelístico que explique tus mutaciones, tus desgarramientos.  Pero aún tienes vida, Bonifacio, aún.

     Bajarás la cabeza fría, resbaladiza, viendo acercarse los barcos silenciosos, las grúas inmóviles.  Rondarás por los embarcaderos donde los estibadores duermen sus pesadillas bajo hojas de periódicos, y por un momento tratarás de imaginar sus sueños de pobreza.  Fatigado te tumbarás en unas cajas viendo al infinito, y notarás que el cielo está desierto, solitario; como cubierto por una mirada verdosa.  La hormiga que escala por tu cuello tiene más raíces que tú, está más fijada a este mundo, pero al llegar a tu mejilla la arrollará una lágrima vertiginosa.  Te erigirás como un día se erigió el simio para observar el infinito, y caminarás hacia el sur, donde el puerto se convierte en acantilado.  Verás a tus pies la roca húmeda donde la vida se aferra a sedimientos calcáreos; la luz intermitente del faro rompiendo la noche con sus tonos rojos, alucinógenos; las luces urbanas reflejando en el mar un rostro sicalíptico.  Tendrás la sensación de lo ya vivido, de la fatigosa repetición; porque hasta en los momentos cruciales de la muerte te perseguirá el cansancio de la duplicidad humana, la conciencia de la especie que ha atesorado todas las experiencias vivibles.  Te quitarás los zapatos seducido por la intuición de que incurrirás en terreno sagrado y vendrán a tu mente unos versos inconclusos.  Imaginarás tu cuerpo rompiendo el vacío vertiginosamente, rodando por ese acantilado agudo, y tratarás de anticipar la sensación de la muerte.  En esas fracciones de segundos repasarás como en un álbum las facciones de los hombres que has amado, las miradas compasivas que un día te regalaron.  Tendrás la sensación fatal de que nadie te espera, que no hay un solo ser en el mundo que sentado en un rincón, vea transcurrir las horas esperando verte trasponer una puerta; pero también deduces que al otro lado la ausencia es igual: fría y verdosa.  Y entonces el sacrificio habrá sido en vano, y tu oportunidad de encontrarte, irremediablemente, habrá salvado la esquina.  Entonces tampoco la muerte valdrá la pena, porque ni siquiera el suicidio planteará una verdadera salida a la existencia.
 

SANGRE DE ARDIENTE EUCARISTIA
 
  Fue entonces cuando pensé intitular mi poema "Sangre de ardiente eucaristia", y me di cuenta que lo más honesto era dedicárselo a Alfonso Cortés; no sólo porque el título fuese suyo, sino porque en gran parte estos versos le pertenecían.  Cortés ha sido una especie de maestro protector, el hombre en cuya angustia vi repetida la mía, y cuya palabra llegó hasta mí con más fuerza y claridad que ninguna otra.  Esta vez llegó no con sus cuartetas vivas sino con mis propios versos, en un momento desolador en que me disponía a abandonar la vida.  Levanté la vista al cielo y lo encontré más claro, más sugerente, sin ese olor turbioverdusco de las miradas aterradoras.  Si la comunión de las lenguas en una sola cifra/ o el encuentro del alma en una nota unívoca/ pudieran llevarme a la plenitud de mi ser.  No había ganado la placidez monocorde de ciertas melodías, pero al menos mi sinfonía entraba en un movimiento menos patético.  Observé mis manos que aún tenían el temblor mortal de las horas de sufrimiento, y sentí mi cuerpo aporreado, exhausto. Reconocí en la aurora marina mi sino de escritor, de creador de ficciones, y lo acepté complacido, dispuesto a ayudarme a la par que ayudaba a esos hombres y mujeres que viven en mi prosa.  Emprendí camino arriba sintiendo en mis pies la presencia del mundo, las baldosas tibias del deambular diurno; y tuve la feliz impresión de estar asiendo algo concreto. Ese día amaneció el mundo con una luz transparente, con un pregón joven; y a pesar de mi apariencia de mendigo me sentí aceptado en toda mi dimensión, sentí mi alma henchida y rebozante de gusto, mi espíritu diáfano como el de un recién nacido, mi sangre nueva y poderosa.  Circunvolé la iglesia del Calvario con sus naves dilatadas, el parque donde los pintores tendían sus telas y sus colores, los techos rojos de la Biblioteca Nacional donde en un bargueño de caoba se agitan unos versos que me llaman:  "Yo soy el mercader de una divina feria / en la que el infinito es círculo sin centro / y el número la forma de lo que es materia".