Una vida más allá de la muerte


  © Nicasio Urbina

 

     Aquí en mi tienda me siento a gusto.  No es que tenga especial predilección por la muerte y sus enseres, no es que me regocije el estar rodeado de ataúdes y lápidas mortuorias, es simplemente que con el tiempo y los años me he ido encariñando con esta esquina que la gente mira con recelo.  Es cierto que me he vuelto sombrío -como dice mi Angelina-, que rara vez sonrío y que a todo contesto con gran seriedad y respeto.  Pero, de qué otra forma puede ser un hombre que día a día mantiene un incesante comercio con la muerte.

 Antes, cuando doña Rosario -que en paz descanse-, me sentía lleno de entusiasmo y miraba al futuro con ojos de marinero, esperando encontrar siempre algo en el horizonte.  Después sobrevino su larga enfermedad, sus penosas recaídas, su agonía de muerte; y luego este negocio.  En realidad no me puedo quejar.  Gracias a él y a la Divina Providencia voy sacando adelante mi vida y el futuro de mi Angelina.  Sin embargo, cuando reflexiono, cuando comparo al dinámico adolescente estudiante de medicina con el actual empresario -tengo que confesarlo- se me turba el consuelo y me siento derrotado.  ¡Todo lo que pude haber sido, y no fui!  No quiero decir que mi vida haya sido un fracaso: tuve una infancia feliz y sin preocupaciones, una adolescencia rica en experiencias, gocé durante años de una esposa incomparable y tengo una hija de la que me puedo sentir orgulloso.  Sinceramente, he sido bastante afortunado en la vida, y de ello tengo que darle gracias a Dios.  Claro que he pasado mis épocas de infortunio, mis tiempos malos de los que es mejor no acordarse; pero los he sabido afrontar con hombría y diligencia, como mi padre me enseñó a hacerlo.

 Mi vida ha trascurrido aquí, en esta esquina de alto techo, tras un escritorio de nogal en cuyas amplias gavetas guardo la contaduría que yo mismo llevo.  Por las mañanas reviso la existencia de que dispongo, ordeno los pedidos necesarios, alisto los cobros atrasados y reviso que todo esté limpio y en su lugar.  No hay mucho trabajo gracias a que yo voy anotando todo con escrupuloso orden.  Todos los días, antes de cerrar, anoto en un libro grueso de tapas de cartón amarillo las ventas del día.  El método lo he desarrollado yo mismo.  Empiezo por anotar con mi perfecta caligrafía el nombre completo del comprador y su dirección, luego anoto el tipo de caja que ha escogido, el color y el precio; luego, si los hay, los servicios prestados.  De esta forma tengo el control absoluto de todo lo que sale del establecimiento.  A través de los años, aunque por la diversidad de estilos y gustos el negocio se va complicando, voy encontrando más fácil el trabajo y más completa la organización.

    En un negocio como este, tranquilo y silencioso, se necesita a veces ser más cauteloso que en otro cualquiera.  Aunque se venden cajas para difuntos que no reclaman ni exigen mucho, los intermediarios, tal vez por su difícil sutuación, se muestran intransigentes e irrespetuosos en el trato.  Vienen aquí por ejemplo, mujeres anegadas en llanto por el fallecimiento de su marido.  Desean para él un ataúd elegante, que concuerde con su vida ejemplar, que sin ser demasiado adornado muestre una cierta holgura económica, y que no merme los escasos ahorros que el fausto esposo logró salvar.  Claro, uno trata de explicarles que aquí tiene por ejemplo éste, con tapa de cuerpo entero y vidrio corredizo para los besos posteros.  Pero ellas se preguntan si el ignorante ése va a apreciar el forro de fieltro púrpura y los bordados de Brujas.  Entonces uno le muestra este otro de madera de pino pulida y forrado en tramilla, pero ellas se enjugan las lágrimas y dicen que es cierto que no es más que una pobre viudad caída en la soledad y la desgracia, pero que todavía tiene fuerzas para mantener en alto el ilustre nombre de su marido.  Yo, como hombre de nobles sentimientos comprendo el dolor de esta gente, pero algunas veces no puedo soportar su intransigencia.

     Uno de los aspectos más trabajosos del negocio es el trato con los cocheros.  El cochero es el encargado de conducir al difunto en todos los estadios de su recorrido hasta su morada final.  Yo trato de ser muy riguroso con ellos, pues no pierden oportunidad para desabotonarse la camisa o echarse la gorra hacia atrás.  Es una lucha interminable para que mantengan la serrata y la roseta bien pulidas y los arreos embetunados.  El tejido fúnebre de los caballos aparece raído y degarrado porque no muestran ningún cuidado al desenganchar el carro.  De no ser por el tedio de los empleados, se podría decir que este es el trabajo más apacible del mundo.

     A las doce en punto cierro el negocio, tomo mi sombrero de hongo y mi bastón, y recorro las cuatro cuadras y media que separan el negocio de mi casa de habitación.  Abro la puerta tirando de la otra hoja para evitar que golpée y entro en la sala.  Ahí, como de costumbre, encuentro a mi querida Angelina, la niña de mis ojos.  Angelina tiene de doña Rosario la voz dulce y pausada, las manos tibias y ágiles y el pelo castaño.  De mí, la firmeza de carácter, la inteligencia rápida y profunda y los ojos oscuros y grandes.  Dejo el bastón y el sombrero en la sala y paso al dormitorio.  Me deshago del largo chaquetón de lino, del chaleco y del corbatín, cambio mis zapatos negros por zapatillas de cuero suave y salgo al corredor.

     Comparado con el bochorno del negocio, el corredor de la casa es fresco, sombreado por un enorme mamón y otras plantas que han sobrevivido a los cuidados de Gertrudiz.  Antes, cuando doña Rosario -que Dios la tenga en Su Santa Gloria- en el jardín crecían violetas y margaritas, las drupas no se podrían en el suelo ni se secaban los helechos en sus tiestos.  Ahora Gertrudiz hace lo que puede y lo que quiere, y mi Angelina no nació para la jardinería.  Pero doña Rosario era una mujer que lo mismo hacía brotar jazmines en los canteros que melodías en la cornetina.  Con su pequeña y menuda figura estaba en todos los rincones de la casa.  Cuidaba del pensil como el mejor jardinero, sembrando las plantas según la intensidad de la luz y el matiz de los colores.  Con sus manos de ensueño removía el hierbajo que jamás renacía, porque conocía los métodos para esterilizar las hierbas más promiscuas y hacer germinar flores árticas en el calor del trópico.  Con su trapito llegaba hasta las vigas maestras que siempre estaban pulidas y hasta los rincones más escondidos de los aparadores, de forma que el comedor de seis puestos, los arcones maqueados y las mecedoras torneadas siempre exhalaban un tibio aroma a limpio.  Cocinaba la coliflor como si hubiera tomado cursos de alta cocina en París, y zurcía los calcetines usando una bujía fundidad, de forma que yo nunca sabía cuáles eran los nuevos y cuáles los remendados.  Doña Rosario además tenía tiempo para estar siempre arreglada, tocada con una redecilla negra que adornaba su pelo castaño, con sus vestidos de volantes que ella misma diseñaba, y su piel blanca y tersa, sin maquillajes ni pintarrajos.  Doña Rosario, la mujer que he amado y sigo amando hasta la eternidad, era de figura menuda, de ojos grandes y vivaces y de una resistencia unicamente vencida por la muerte.

     Desde que nos dejó para ir a sentarse a la derecha del Padre yo empecé a trabajar como empresario de pompas fúnebres.  Primero al servicio de don Mauricio Guzmán, hasta pagarle los diez mil cuatrocientos ochenta y tres pesos con veinticinco centavos, que costó el sepelio de mi querida doña Rosario, con su caja de roble encarnado tallado con el árbol genealógico de la familia que empezaba en el reino de Castilla, con su contratapa que se levantaba como la cola de un piano, con sus asas de plata que no se le quitaron al bajarla al sepulcro, con sus almohaditas de plumas de pavoreal y sus andas de acero.  Trabajé durante dos años y dos meses al servicio de don Mauricio, hasta que le entregué el último cuarto, y él me devolvió la letra correspondiente al vigésimo séptimo abono, y quemamos la hoja en que constaba que yo, don Ildefonso Pérez de la Marca contraía de buen gusto y grado la deuda por la cantidad ya antes especificada, por servicios mortuorios a la que en vida fuera mi esposa, doña Rosario de Péres de la Marca -que Dios la preserve en Su Santo Cielo-.

     Los días transcurren entre la paz milenaria de los recientes difuntos y la esperanza de una hija pura y santa.  La tranquilidad, la conciencia casta como un espejo, la vida ordenada; todo eso me ayuda a sentir la silente satisfacción de la labor cumplida.  Los días se suceden naturalmente, acechados sólo por los defectos de género humano.  Todo lo que depende estrictamente de mí funciona con perfección y exactitud.  Nunca hay un error en las cuentas, nunca un fallo en la organización.  Pero, claro; las mujeres encargadas de hacer los ramilletes se atrasan en las entregas, los parientes del muerto no quieren pagar las cuotas y los cocheros confunden las direcciones.  Esas irregularidades me irritan profundamente.

     Por la tarde, al terminar la jornada, cruzo la calle y entro a la iglesia.  Todas las tardes, desde que doña Rosario subió a las Alturas dedico una hora diaria al Señor.  Las oraciones interminables, la plegaria ferviente y dolorosa, la íntima depredación por el cuerpo y el alma de Angelina me fatigan y me confortan.  Mi fe fría y despreocupada en la juventud se ha consolidado con los golpes y el sufrimiento.  El joven andariego e incrédulo es hoy un hombre conciente del deber de reconocer el privilegio que nos ha otorgado el Creador, claro de la Gracia que debe al Señor Todopoderoso, y se siente orgulloso de esa transformación.  No me avergüenzo de la juventud aislada de la palabra de Dios porque me ha servido para mantener férrea mi fe más adelante.  La iglesia es de techo alto y cóncavo, sobre el altar mayor se levanta una ancha cúpula y por la claraboya entran los rayos amarillentos del sol crepuscular.  Las anchas columnas redondas recortan la vista de todo el recinto.  A los lados se levantan varias capillas y altares menores.  Los largos bancos de madera se encuentran solitarios y toda la iglesia está recogida en profunda oración.  Esparcidos por todos lados, los escasos feligreses son oscuros puntos en la penumbra, y sólo se escucha la voz del oficiante vestido de púrpura, en el momento de la consagración.

     Al llegar a la casa, las puertas y ventanas, el patio y la sala parecen invadidos de amor celestial, y flota sobre la casa una paz tangible y envolvente.  En la sala Angelina hace sus deberes escolares, y yo me siento a su lado, a observar la primorosa caligrafía sobre el papel dobleraya.  Ella me sonríe y me da un beso.  Mi hija, tan bella como su madre, silenciosa, jamás dice una palabra de más, lleva en sus tareas escolares el mismo orden que observo yo en las cuentas de mi negocio y maneja los cubiertos con soltura y corrección.  Su carácter reposado, amiga de la tranquilidad del hogar y de la alta moral, jamás ha dado motivo de disgusto.  Pese a que la voluntad inequívoca del Señor la condenó a no ver los ojos diáfanos de su madre, a no sentir su aliento de Virgen, a no ser objeto de sus atenciones, Angelina es una princesa que ha tenido el ejemplo intachable de su benefactor.

     Gertrudiz, que es quien ha estado a cargo del cuidado de mi hija desde que su madre la trajo al mundo, es una mujer madura, con algunas canas adornándole la cabeza ovalada, de frente amplia y boca grande y carnosa.  Ella ha tomado con amor el papel de doña Rosario y siempre ha presentado a Angelina con impecable limpieza.  Gertrudiz vino a la casa por medio de una antigua amiga, para cuidar de la recién nacida hasta que la señora se repusiera de las indisposiciones propias del parto.  Entonces ella era brusca y montaraz, venía vestida con un balandrán de manta negra que doña Rosario cambió por unos bonitos vestiditos rosas, con su falda y su sobrefalda.  Tenía el cabello largo y negro, y lo peinaba al amanecer con un grueso peine de madera, haciéndose dos trensas negras atadas con nudos dobles a la altura de las caderas.  Ahora, envejecida, es una noble abuela seria y refunfuñona, que trabaja desde el amanecer aceptando de antemano los desvíos del destino, sin evocar jamás tierras más altas ni seres queridos.  Gertrudiz jamás tuvo trato con hombres, ni mayores necesidades que la grasa verde para sus trensas y los centavos de la limosna.

     Al medio día cierro el establecimiento.  Pasar las grandes trancas no me cuesta ni más ni menos esfuerzo que de costumbre, y me dirijo a mi casa.  Abro la puerta con el mismo cuidado de siempre, y en la claridad acompasada de la sala descubro a Angelina esperando juciosa el momento de ir a la mesa.  Dejo el bastón y el sombrero y me cambio.  Me siento en el corredor en una butaca de largos balancines y contemplo las grandes maravillas de la vida.  El interminable trabajar de las hormigas, la belleza de las frutas en los árboles, los árboles imponentes y las persistentes madreselvas.  Por primera vez en mi vida siento conciencia de los sentidos, me percato de la presencia del aire en mis pulmones, el fluir de la sangre en mis venas, la energía que recorre los músculos, los movimientos gástricos, la ineludible palpitación del corazón y por primera vez siento el terror de estar vivo.  Fue en ese momento cuando la luz cobró una intensidad inusitada, el sonido se apagó en el silencio, se me congeló el aire en los pulmones, la sangre en las venas se hizo arena.  En un momento pasaron por mi mente complicados pensamientos, sensaciones que duran siglos comprimidos en un parpadear.  Escuché un murmullo multitudinario que subía del fondo de la tierra, un coloquio de frutas en proceso de maduración, pasos de hormigas escarbando las entrañas del jardín, un tronar de ramas en crecimiento, unas voces confundidas.  Oí la gota limar la piedra, oí la reverberación de la mirada atravesar el aire hasta la hoja verde que pende del árbol.  Y entonces vi: vi la luz subdividirse en la gota, vi la transformación de la larva, vi el capullo hacerse flor, vi la piedra que gota a gota se va haciendo polvo, vi entre el follaje del jardín la desleída silueta de Angelina en el acto de poner la mesa.  Entonces comprendí que la muerte no era un salto brusco sino un deslizarse suave, que no era una sensación oscura y tenebrosa, sino una luz ignota, más allá del crepúsculo.  Repentinamente cobré tal conciencia del ser que comprendí que la vida no era más que un estado inconciente, sentí la revelación del absurdo, el significado trascendental de las más nimias cosas, y de súbito se llenaron de eternidad los momentos fugaces.  Comprendí que la felicidad es un estado gaseoso que la carne excluye, que la posesión de las cosas desvirtúa la relación del ser con el objeto, y que tras la aparente seguridad del ser vivo, existe un mundo convulsionado y azaroso.  Entonces comenzó el contacto y la comprensión de lo inanimado.  De golpe comprendí que hay un lenguaje más allá del articulado, con posibilidades infinitas de expresión.  Empecé a oir un murmullo en las gavetas de las arquibancos, en los estantes de los escaparates y en las poltronas de la sala.  Sentí como se revolvían las baldosas del piso tratando de liberarse y los tornillos se retorcían tratando de destornillarse.  Desde el comedor oí la voz de Angelita que me convidaba a la mesa.  Me esforcé por contestar pero mis palabras se desvanecían en la abstracta composición del pensamiento, quise levantarme y acudir a su llamado pero el espacio era una barrera sólida que no alcanzaba a romper.  Poco a poco la vi acercarse, pero su cuerpo no era ya una silueta perfectamente delineada por la luz, sino más bien una sombra vagamente difundida en la claridad.  La vi moverse sin compás, arrastrando tras de sí una larga cabellera.  Llegó hasta mí más bien impelida por el viento que encaminada por sus pasos, y la vi remover unas manos enormes sobre mi cara y mi cuerpo, y su grito fue un desgarramiento diametral que se ahogó en una mueca estrangulada.  Luego vi a Gertrudiz envuelta en una mortaja blanca acercarse a la butaca, la vi moverse y gesticular, la vi abrazada a Angelina en una mueca de pavor.  Fue en ese momento que comprendí la soledad del ser vivo, traté en vano de templar la voz para consolar a Angelina, traté de erguirme y abrazarla, de decirle que estaba bien, que todo seguiría como antes, pero entonces comprendí la intransigencia de la muerte y su irreversibilidad fatal, y volví a sentir dolor y congoja, y quise llorar y no pude.  Con el llanto de Angelina acudieron las vecinas.  Las vi llegar hasta mí con un ademán curioso, desconfiado.  Conversaban entre ellas en el lenguaje ininteligible de las palabras y sus lágrimas me parecieron secas, cargadas de indiferencia.  Poco después llegó el médico.  Atravesó la penunbra de la sala como un bólido luminoso que se desvaneció en el fulgor del corredor.  Me vio con aire circunspecto, me presionó la yugular y me auscultó el corazón, abrió el párpado caído y trató de cerrarme la boca.  Se dirigió a Angelina y consultó con Gertrudiz, improvisó una camilla y me acostó en el suelo.  Entonces empecé a ver el deterioro nefasto de las cosas, la suciedad de los pilares y los muebles, vi los retratos podridos, las paredes desconchadas, vi el jardín marchito y la ropa carcomida de polillas.  Entró un joven por la puerta y Angelina corrió a sus brazos, la vi entregarse sin vergüenza, besarlo con descaro.  Gertrudiz salió de mi recámara y me tapó con una sábana.  Sentí como me llavaron a mi cama, me desvistieron por completo, me enfundaron en un traje detestable y me peinaron el cabello.   De la tienda trajeron un férretro donde me guardaron sin esmero, me velaron en la sala y me enterraron de prisa.  El mundo que había erigido con primor empezó a desmoronarse, ejércitos de hormigas invadieron la tienda, los acreedores se olvidaron de sus pagos, el distribuidor de ataúdes recogió la mercancía y liquidó el inventario.  La casa de la esquina fue demolida en pocos días y en su lugar se contruyó un enorme rascacielos.  Gertrudiz se fue para siempre y Angelina se entregó aquel hombre, dejó el estudio y su vida sosegada, salía por las noches, se pintaba la cara y tomaba con descaro en las fiestas populares.  Y yo prisionero en mi ataud, incapaz de mantener aquel orden concertado, preguntándome de qué habían servido todos los esfuerzos, las penitencias y los sacrificios, si al trasponer las fronteras de la vida se levantaba esta niebla espesa, se trastornaban las leyes creadas, y el mundo empezaba a girar, como si uno no hubiera existido jamás.  Desesperado y abatido busqué a doña Rosario, recorrí incansable el espacio infinito, llamé su nombre desde las estrellas más altas, pregunté a los viajeros que encuentraba en mi camino.  Nadie me respondía, nadie me daba razón de la mujer de mi vida, nadie me reconocía.  Me encontré encerrado en una soledad insalvable, llamé y nadie contestó, corrí y no avancé, y finalmente me resigné abatido, me senté en mi sepulcro y traté de dormir.