A TUS BRAZOS OTRA VEZ
©Nicasio Urbina
Fue una impresión
fuertísima encontrarme con los rostros recordados, desfigurados por diecisiete
años de distancia. Mientras caminaba por la pista, sintiendo el aire
tibio y el sol desvastador abrazarme el rostro, trataba de imaginar los sentimientos
de las personas que desde lejos me saludaban con la mano. Lo que estarían
pensando ahora que ya estaba aquí, lo que me dirían ahora que
ya estábamos frente a frente. Sentí que alguien se arremolinaba
entre mis piernas tirándome de los pantalones: era mi hijo menor llamándome
después de meses de separación, después de meses de angustia
sin saber qué pensar, ni a quién creer. Cuántas veces no
los había dejado por meses enteros mientras viajaba de una ciudad a otra,
de una mesa de negociaciones a un tenebroso campo de entrenamiento; organizando,
fomentando y promoviendo una revolución que había triunfado mil
veces en mis fantasías sin afectar ni un tanto la realidad.
Instalados en el automóvil mi madre me observaba con sus enormes
ojos claros -los mismos ojos recriminatorios que me asustaban en mis sueños
infantiles- tratando de explicarse mi presencia en esta latitud, sin atreverse
a soltar la pregunta, escondiendo sus intenciones tras fugaces noticias familiares
y su sonrisa agradable de mujer de sociedad. Aprovechó una observación
mía sobre el paisaje reseco y árido para lanzarme la interrogante
mortal que se clavó en mi pecho con la puñalada largamente anunciada.
La miré a los ojos como implorando compasión, pero al instante
mi expresión debió tornarse dura y mis labios debieron contraerse
en un rictus amargo al balbucear algunas explicaciones incoherentes. "Porque
tengo que defender lo que me pertenece y me estoy cansando de andar errando
por el mundo." No contestó nada, y en su lugar Ana Cecilia se manifestó
evidentemente dolida. "No es fácil vivir en países extraños,
sin conocidos, sin familia..." y se calló con visible abatimiento.
En un momento de descuido en que mis amigos me dejaron solo me escurrí por el amplio salón y salí a la calle. Quería ver las amplias calzadas de aceras altas, los techos oscuros, las paredes pintadas con colores de agua. Necesitaba reconocer las esquinas de mi juventud, las gradas donde conversando había forjado un porvenir brillante, lleno de gloria. Todo me parecía tan irreal, tan idéntico a la ciudad que había salvado en mi memoria, que los pequeños cambios producto del mínimo pero inevitable progreso- parecían enormes saltos hacia la modernidad. Lo curioso era que el asfalto de las calles, el alumbrado público, los carteles comerciales y los autos que pasaban a menudo, en lugar de imprimirle el vetusto paisaje un aire de modernización, se avejentaban por contraste con los coches tirados por caballos, con las vivanderas paradas en las esquinas, con las paredes de barro y las puertas monumentales con arcos de medio punto. Era como si la tierra se resistiera a dejar la vieja máscara y el arrugado antifaz. "Qué curioso, aunque la recordaba de esta forma, esperaba encontrarla cambiada."
Volví -más por cortesía que por deseo- a reunirme con el grupo de amigos que me agazajaban, que me brindaban su amistad para lo que pudiera ofrecérseme. Compartí con ellos recuerdos, algunas ideas, los pocos proyectos que en mi desconcierto podía plantearme, los brindis. Antes del ocaso casi todos se habían retirado. Con alivio los había ido despidiendo en la puerta, contestando a sus efusivos abrazos, aceptando sus futuras invitaciones. Sólo quedaban dos o tres de los más cercanos, de los que habían compartido conmigo las andanzas juveniles, las ecuaciones de tercer grado, las lecturas de Ariel, las noches de presidio. Manuel -tal vez el más entrañable- fue el único en notar mi escepticismo, o tal vez el único en comentármelo. Preferí no mentirle. ¿Para qué enturbiar una amistad tan arcana y sincera? A mis argumentos contestó con un silencio comprensivo. Al despedirse me habló de volver a empezar, de la vida por delante y del futuro de la familia. Sólo lo último parecía tener algún sentido para mí.
En realidad esa había sido la verdadera razón por la que accedí a retornar. Ninguna de las otras -y en su empeño Ana Cecilia había inventado centenares- había tenido ante mí el peso que representó ésta. Y las palabras "...necesitamos ir pensando en nuestros hijos", dichas con lágrimas en los ojos, es un motivo que pesa en la conciencia de cualquier hombre. Pero, sería éste en realidad el país ideal para labrar el futuro de los hijos, siendo como era, pequeño, pobre, tiranizado y arbitrario. No lo sabía con certeza. Al menos es el país al que pertenezco -si de alguna forma uno pertenece a un lugar- y al que pertenece mi familia -si por familia entendemos los seres con los que me tocó crecer-. ¿Qué futuro tenían mis hijos en este país? Crecerían, se harían ingenieros o abogados Dios no lo permita-, si se aliaban al régimen y contemporizaban con la dictadura podrían llegar a ser grandes hombres de progreso, y serían tratados de señores: era una posibilidad horrible. Si por el contrario, resultaban ser hombres rectos, íntegros, seguramente sufrirían persecución y cárcel, tortura y destierro, envejecerían en tierras extrañas con la ilusión del regreso a la Patria Liberada, y tal vez morirían en un hospital de Buenos Aires o de Madrid. Una idea desalentadora. ¿Cómo entonces, si tenía una idea tan negra del futuro, había accedido a los ruegos de Ana Cecilia? Verdaderamente no lo sé. Sucedió, como suceden tantas cosas en la vida, imprevisible e irracionalmente.
Mientras volaba -Ana Cecilia me había recibido en Panamá y ahora dormitaba a mi lado- trataba de hacerme ilusiones. Vería de nuevo a mi madre, a mi hermano; volvería a estrechar manos amigas, los olores de mis calles. Diecisiete años... ¡Dios mío! Toda una vida. Escrutaba las nubes pegadas a la ventanilla del avión como buscando una respuesta, como busca la morfina un hombre atacado por profundos dolores. ¿Qué significaban todos esos años para mí? Cerré el tapasol pero comprendí que no era el resplandor de treinta mil pies de altura lo que me molestaba. Cerré los ojos, y al volverme hacia mi abismo interior fui presa del ansia y el temor, pero sobre todo de la deseperanza -esa desesperanza que me había rondado a lo largo del exilio hasta en los momentos de febril actividad-. A mi lado Ana Cecilia se batía con quién sabe qué sueños, se removía bruscamente en su asiento pronunciando palabras ininteligibles y prolongados gemidos. "Juntos llegaremos muy lejos", le había dicho la noche de bodas, en el asiento trasero de un coche que nos llevó al hotel Delmar. Y sí, habíamos llegado hasta el estrecho de Magallanes buscando trabajo, sobreviviendo, soñando con el golpe final, la gran avanzada, la invasión armada por los cuatro cuadrantes. ¡Pobre mujer! Yo por lo menos soñaba, me sacrificaba por la revolución que habría de dar algún sentido a mi existencia. Pero ella... -a veces creo que he sido un canalla- ella me ha seguido a mí y no a mis quimeras.
Así fue como
me encontré luchando de nuevo en mi tierra, buscando como abrirme camino
entre los jóvenes. "Es como a los veintidos años, sólo
que con veinte más". Busqué un local para abrir un bufete y encontré
una casita con dos habitaciones y un alto reducido en un barrio modesto de la
capital. Ahí instalé dos escritorios, una máquina de escribir
y un archivo, y clavé una placa en la puerta ABOGADO Y NOTARIO.
Tendría que resignarme a vivir con el régimen, a convivir
con aquella farsa democrática. Si fuera un técnico o un ingeniero
las cosas serían más fáciles, pero lidiando con la ley,
con la justicia, con los oficiantes de la institución. Habría
que dejar pasar, que morderse la lengua. Sería difícil, casi imposible,
pero ya se vería lo que se podía hacer.
Pronto empezaron a buscarme los grupos de la oposición, mis antiguos amigos -los pocos que seguían inclaudicables-, los jóvenes llenos de valor y esperanzas. Yo trataba de contestar con evasivas, eludiendo los compromisos. Había empeñado mi palabra y era la primera condición que me habían impuesto al otorgarme el salvoconducto para volver al país. No podía fallarle una vez más a Ana Cecilia, ya le había fallado durante toda su vida y ahora era necesario pensar en lo práctico, en lo que convenía. Pero tampoco podía traicionar la lucha de toda una vida, el esfuerzo que me había sacado las arrugas que zurcan mi rostro, que había determinado el curso de mi existencia, las vidas entregadas a la lucha, las esperanzas de los chicos que en las universidades estaban sacrificando sus años de juventud. No podía.
Empecé a resolver los pequeños casos que me fueron cayendo por el bufete: un litigio de tierras, unas cuantas naturalizaciones, algún procedimiento legal de poca envergadura. Como era de esperarse empecé a encontrarme con los problemas de la corrupción, la arbitrariedad de los jueces, la farsa del código aduanero. "Contra esto es que he luchado toda mi vida, y ahora me encuentro agachando la cabeza cada vez que un pobre diablo toma una decisión", le decía a Benedicto en las noches, cuando él venía a mi casa-bufete en el centro de la capital. Charlábamos largamente en torno a un trago de ron. El me hablaba de su profesión, de los enormes problemas de salubridad que azotaban al país, de la estabilidad de su familia y los problemas de sus hijos; yo le contaba de mis viajes por América del Sur, de mi estadía en La Habana negociando el apoyo revolucionario, de la lucha en las filas de Alianza Democrática, de mis decepciones.
Unos de los pocos fieles amigos me pasó los asuntos de su fábrica de textiles y resolví un par de casos que me permitieron acomodarme mejor, empezar a pensar en algo que me proporcionara mayor estabilidad. Hablé con mi madre respecto al patrimonio familiar, las grandes extensiones de terreno que mi padre había convertido en minas de pasto para la ganadería, los caballos que se criaban en la caballerizas, los bosques de maderas y leña. Nada de aquello existía. La tierra había permanecido en su lugar porque no podía irse a ningún lado, pero todo lo demás había desaparecido presa del descuido y el abandono. Las sequías y la falta de cuidado había acabado con los potreros, y la llanura no era más que una inmensa alfombra oscura y árida, esquebrajada y partida, con grandes zurcos que atravezaban su fisonomía como las arrugas escinden un rostro senil. Los animales habían sido por la mayor parte malvendidos a lo largo de veintitrés años, para ir pagando los gastos de la vida social y placentera de la pequeña burguesía pueblerina, y lo que quedaba era una veintena de vacas famélicas y caballos desrengados que bastante trabajo tenían con mantenerse en vida sobre sus cuatro patas. "Quiero que dividamos las tierras para empezar a trabajar mi parte. Ustedes no han sido capaces ni de mantener algo que funcionaba por sí mismo", le dije una noche a mi madre y mis hermanos. "Sería mejor trabajar todos juntos, tú podrías rehacer la hacienda que dejó tu padre", contestó mi madre. Y yo pensé en todos aquellos años de exilio, los años de sacrificio, de trabajos de segunda en países donde no podía ejercer con mi nombre y apellido y tenía que trabajar para otros abogados, más sucios y más mediocres algunas veces que aquellos a quienes combatía; pensé en los años en Santiago de Chile, sin trabajo y sin dinero, mientras ellos aquí vendían lo que necesitaban cada mes para cubrir sus gastos y seguir meciéndose en la hamaca del corredor y asistiendo a todas las fiestas que se celebraban en la ciudad. "No, le contesté; yo quiero mi parte y voy a trabajarla por mi cuenta. Ustedes ya se han beneficiado bastante y yo jamás percibí un solo centavo cuando de verdad lo necesitaba." Desde entonces las relaciones con mi familia empezaron a deteriorarse enormemente.
Algunas noches salía a caminar por las calles, a reconocer los edificios refaccionados, las plazas nuevas, los antiguos monumentos donde en la juventud nos habíamos reunido a conversar de política, a establecer las bases de un partido liberal independiente, a planear el derrocamiento de la dictadura. Pasaba por el edificio oscuro de la universidad, clausurada por el régimen a partir de los disturbios del cincuenta y seis. Ocasionalmente, mientras caminaba, encontraba alguna voz que me llamaba desde alguna esquina, generalmente algún compañero de estudios o de cárcel que había oído que estaba de vuelta en el país y que me reconocía a pesar de la calvicie y las arrugas, a pesar de la mirada lánguida del hombre que ha soñado y ha visto sus sueños desvanecerse con el alba. Conversábamos durante el resto de la noche en la mesa de un bar o en la sala de su casa, compartíamos un trago y los largos años de distancia.
Les contaba que nos habían puesto en la frontera, adoloridos por los golpes y la tortura, con hambre y sin dinero, descalzos; y que habíamos tenido que caminar día y medio hasta llegar a un pequeño pueblo donde un antiguo combatiente se había instalado hacía seis meses y desde ahí organizaba la lucha revolucionaria. Al llegar éramos nueve hombres hambrientos y cansados. José Miguel nos dio su cama y él y su mujer durmieron esa noche en un rincón de la sala, y ahí pudimos descansar un poco. Nos ayudó a conseguir ropa, dándonos la suya a los que vestíamos su talla y pidiendo entre los amigos para los más pequeños. Algunos se quedaron en el pueblo y empezaron a trabajar en cualquier cosa, otros seguimos hasta la capital. Al llegar llamé por teléfono a Oscar Ramírez, a quien no había visto desde que en Washington estábamos estudiando Derecho Internacional. Inmediatamente me recogió en su automóvil y me llevó a casa. Su esposa era una mujer encantadora y él tenía un bufete próspero y bien instalado. Le conté cómo habíamos luchado esos años, le hablé de los compañeros caídos en combate y de los que aún estaban en la cárcel, de las esperanzas que teníamos de encontrar entre ellos el apoyo que necesitábamos para derrocar a la dictadura. Se mostró un poco reservado en cuanto a sus intenciones. Estaba demasiado bien instalado como para echarlo todo por la borda y embarcarse en una empresa quimérica. Pero me brindó todo el apoyo que necesitaba, me brindó su casa hasta que estuve en condiciones de rentar un cuarto por mi cuenta. Me puso en contacto con otras personas que militaban en la resistencia y me presentó al dueño de una estación de radio que me ofreció un programa de comentarios políticos, todos los días a las cinco y treinta de la mañana.
Un día estaba en el bufete, como a las dos de la tarde, cuando se apareció un hombrecito vestido con un pantalón de mezclilla bastante usado, una camisa de manta y un sombrero de paja. "Doctor -me dijo- vengo a que me resuelva un asunto." Aunque parecía indio se veía en su mirada el reflejo de todo un mundo de experiencia. "Me envía Salomón Hurtado." Me quedó viendo, estudiando la reacción en mi rostro, tratando de adivinar en el rictus de mis labios, en las arrugas de la frente, mis intenciones y reacciones. "Salomón" me repetí en voz baja. La última vez que lo había visto fue en Caracas, cuando se apareció por allá después de un periplo que lo había llevado de Honduras a Dominicana, Cuba, Polonia, Grecia, Argentina y por último Venezuela. Se había pasado tres días en mi casa y luego partió con un pasaje de avión y doscientos cincuenta mil dólares a comprar armas en Amberes. "Quiere encontrarse con usted hoy por la noche en el café Concepción, a las ocho." Aunque sabía hablar como campesino de las montañas del norte, se notaba en su acento la fluidez del hombre que se desenvuelve en varias lenguas y que ha leído bastante. "En el Concepción a las ocho," le respondí, y él se levantó, le puso el sombrero que había tenido en las manos todo el tiempo y se fue sin saludarme. Más tarde sabría que era Fulgencio Sotomayor, y que su seudónimo era el "tigrillo."
Finalmente había
llegado el momento por tanto tiempo temido. El compromiso inedulible. ¿Qué
podía decirle a Salomón? Iba a hablarle de mi familia, de
mi mujer, de la educación de mis hijos. A un hombre que nunca se había
casado, que no había tenido hijos porque era inmoral traer hijos a un
país sojuzgado por una dictadura. "Primero hay que liberar la Patria,
y después pensar en criar hijos que puedan ser libres. De otra forma
uno se convierte en un tratante de esclavos," me había dicho casi quince
años atrás, en una calle de San José. Nunca nos habíamos
fallado, nunca habíamos dudado ante una decisión. Y ahora ¿qué
le diría?
Llegué a la casa relativamente temprano. Ya los chicos habían
vuelto de la escuela y Ana Cecilia preparaba la comida. Me habló de un
pequeño negocio que estaba pensando instalar. Su tía podía
prestarle el dinero para abrir un pequeño salón de belleza. Estaba
segura que sería una ayuda a la economía familiar. "Los niños
crecen y hay que comprarles ropa y zapatos. Necesitamos un auto, alquilar una
casa más cómoda, pagar el colegio jesuita que es bastante caro."
Yo no podía tanto. Era sumamente difícil trabajar con aquel sistema
jurídico poblado de truanes y mequetrefes. Los casos se resolvían
con más eficiencia en las mesas de los restaurantes que en los juzgados.
No se analizaba tanto las pruebas en sí como quiénes eran los
litigantes y cuáles sus filiaciones políticas, sus áreas
de influencia. Si se tenía un caso, lo efectivo era averiguar quién
era el juez encargado y buscar un abogado con buenas conecciones. El sistema
funcionaba de esa forma y no se aceptaban medias posiciones, o se estaba con
el régimen o no se estaba.
Ana Cecilia siempre había querido trabajar. Sabía que podía hacer muchas cosas y en los momentos más difíciles en nuestro errar por el exilio, me propuso mil veces encontrar un trabajo, pagarle a una persona que ayudara con el cuido de la casa, y de esa manera disponer de más dinero. Pero yo siempre me opuse pensando que nadie podía cuidar a los niños como ella lo hacía, y porque hería mi sentimiento de hombre no poder hacerle frente a los gastos de mi casa. Ahora me encontraba de nuevo ante una situación similar. Pero esta vez hablaba de poner su negocito propio. Yo no sabía que decir. Necesitábamos otra fuente de entrada. Cenamos sin hablar del tema, conversando con los chicos acerca del colegio, del país que ellos estaban viendo por primera vez, de la familia que habían empezado a conocer recientemente. Terminada la cena, cuando ya los niños estaban en su habitación. Ana Cecilia me volvió a preguntar. "Está bien -le contesté- pero una vez que empiece a trabajar en las tierras podrás vender el negocio y pagarle el dinero a tu tía."
El taxi se detuvo frente a los ventanales del café Concepción. Había bastante gente en la barra y muchas mesas estaban atestadas de botellas vacías. En su mayoría eran empleados de oficinas públicas que salían en las noches a tomar una cerveza con los amigos. Probablemente por eso Salomón había escogido este lugar, en el centro de la ciudad, donde nadie se imaginaría que la gente se reunía para conspirar. Lo busqué con la vista entre las mesas, y al final descubrí su mirada entre las muchedumbre de la barra. Estaba vestido de saco y corbata floja, como la mayoría de los parroquianos, y lo acompañaba un hombre un poco más joven, vestido en forma similar. Salomón me recibió con un abrazo parco aunque sincero y me presentó a Rogelio. "Es sordo mudo -me dijo- pero entiende todo lo que tú le digas siempre que le hables de frente." Nos apartamos a una esquina del mostrador y me lanzó la pregunta. "¿Con qué condiciones entrastes en el país?" Hablaba despacio y en tono de confidencia, pero su voz no denotaba sospecha. Siempre le gustó moverse a la luz del día, en los lugares más concurridos, aunque siempre andaba en la clandestinidad. "Accedí a las condiciones de la amnistía," le contesté firmemente. "Bien, no importa; siempre se necesita gente que pueda moverse con su identidad. Podrás hacer más de esa manera que trabajando en los subterráneos. Siempre has sido una figura visible." Pidió tres cervezas al camarero y siguió hablando. De vez en cuando miraba de reojo a Rogelio y éste solo movía los párpados con un lenguaje que Salomón parecía entender sin dificultad. "Es mejor que sigas sin asistir a las reuniones del partido, es mejor que crean que estás inactivo. Necesitamos a alguien que ayude con los contactos con el exterior y tú eres la persona ideal: conoces a la gente y podrás informar del desarrollo del proceso en el interior. El martes por la mañana te vas a este apartamento de la calle Corrales, ahí encontrarás un teléfono. Contacta a tantas personas como puedas: periodistas, políticos, revolucionarios. Diles que estamos trabajando mucho en el interior y que necesitamos respaldo mundial, necesitamos publicidad y dinero. Lo único que necesitas es hacer el contacto, la información vendrá más tarde. Después nos vamos a reunir con otras personas que también están trabajando en esto. Un grupo cercano estalló en una efusiva carcajada y Rogelio le hizo un gesto imperceptible. "Te contacto después del martes," me dijo Salomón dándome un apretón de mano y ambos desaparecieron en la calle. Me quedé solo, con la cerveza de Salomón casi intacta, pensando que no podía escapar mi destino, que donde quiera que fuese me iba seguir siempre la marca del revolucionario, del luchador, y recordé aquella mañana de febrero, cuando acababa de llegar a Guatemala y me encontré en un café con dos individuos morenos y bajos que luchaban contra la dictadura de Ubico y me pasaban la información para los periódicos mexicanos.
Preferí caminar
de regreso a casa, iba despacio, con las manos en los bolsillos de los pantalones,
tratando de pensar en la situación en que me encontraba. Ni siquiera
me había preguntado si quería trabajar para el movimiento, eso
estaba fuera de la discusión. ¿Cómo podía excusarme?
Era verdaderamente ridícula mi situación y me causaba risa encontrarme
a los cuarenta y ocho años tratando de decidir qué hacer con mi
vida. "Creo que mi suerte está echada desde hace demasiado tiempo par
ponerme a pensar en estas cosas." Salí del centro de la ciudad subiendo
la leve cuesta de la laguna y llegué a la amplia explanada cubierta de
polvo, vi el podio griego que se levantaba a un lado de la extensa plaza, donde
el General y sus hombres se sentaban a ver las paradas militares; vi el monumento
al insigne presidente de los Estados Unidos sobresalir entre los frondosos almendros
del parque, vi las luces del Casino Militar donde se celebraban las fiestas
de protocolo y los oficiales bebían con sus queridas los días
de semana, vi los altos murallones de piedra que rodeaban los predios de la
casa presidencial, vi las covachas de los sargentos, los galpones donde descansaban
los regimientos, los almacenes de armas y pertrechos, y allá, recortándose
contra el resplandor de la luna, vi el perfil de las torres de la Presidencial.
"Qué vaina, -pensé- todo podría ser tan diferente."
El martes salí de la oficina, llevaba conmigo mi portafolio y el
libro negro de teléfonos. En ese cuaderno tenía apuntado nombres
y direcciones de cienes de personas que había conocido a lo largo de
tantos años de ambular por el mundo, nombres y teléfonos de veintiséis
países en cuatro continentes. Llegué al apartamento indicado.
Era un modesto apartamento de un cuarto en un viejo edificio remodelado. En
la mesita de la sala había un teléfono blanco. Me senté
en el sofá y empecé a discar. Llamadas directas a Uruguay, las
líneas ocupadas y tenía que marcar cuatro y cinco veces. Con Cali
era imposible conseguir conección directa y me arriesgué usando
la operadora. Muchas personas respondían favorablemente, otros pedían
algún tiempo para recoger dinero y ayuda, y hasta hubo quien me habló
de lo difícil que estaba la situación por sus tierras y que ellos
estaban en necesidad de que los ayudaran. Al cabo de tres horas había
hecho treintaicinco llamadas. Había conseguido nuevos números
de teléfono, direcciones para enviar información, contraseñas
para identificar enviados, y nombres. Limpié bien el teléfono,
me aseguré de que todo estuviese tal y como lo había encontrado,
y salí a la calle.
Mientras bajaba las escaleras pensé en el apartamento de un cuarto donde había vivido en París con Ana Cecilia y el mayor de los niños, después que el gobierno de Pepe Figueres nos había dado cuarenta y ocho horas para abandonar el país, y la izquierda francesa estaba dispuesta a ayudar a los movimientos de liberación. Fueron tiempos difíciles aquellos en París, en un apartamento del Cartier Latin, con un frío tremendo y sin ropa de invierno. Todo había sido pura demagogia, muchas charlas y discusiones, muchos mitines y citas pero poca ayuda concreta. Después nos habíamos trasladado a Bélgica, donde se hablaba menos y se hacía más, y uno podía moverse con más libertad entre los distintos partidos políticos.
Cuando llegué
a la oficina me esperaban varias personas que necesitaban papeleos menores.
Resolví un caso de traspaso de propiedad, una declaración de impuestos
y un contrato para una demanda judicial. A las cinco de la tarde vino Ana Cecilia
a buscarme a la oficina y fuimos a comer a uno de los restaurantes del centro.
Ya había conseguido que una señora que trabajaba para su familia
se viniera con nosotros a la casa para que le cuidara a los niños, y
ella quería empezar a planear el negocio.
Cenamos mariscos y tomamos un poco de vino blanco de la casa, bastante
bueno. Me habló de buscar un local, hacer todas las tramitaciones legales,
la licencia de operación, los permisos, la inscripción del negocio,
los contactos con los proveedores. Era un millón de cosas y yo no disponía
de mucho tiempo. "No te estoy pidiendo que hagas nada, no tienes que invertir
tu tiempo. Yo haré todos los preparativos. Lo que sí quiero que
hagas es la parte legal por lo menos. Sería un poco ridículo pagarle
a algún colega tuyo para que lo hiciese." Me di cuenta que tenía
que colaborar, que no podía ponerme en una postura tan negativa, que
había que sacar tiempo de donde fuera y colaborar con ella en todo lo
posible. Al fin y al cabo lo que ella hacía lo hacía por todos,
y quizá mucho más efectivamente que yo. "Está bien, -le
contesté- lo primero es buscar un buen local." Terminamos de cenar
y luego caminamos un poco por la ciudad, cogidos de la mano como dos jovencitos
que se acaban de conocer, viendo los escaparates de las tiendas, las carteleras
de los cines y los rótulos luminosos de los establecimientos. Escogimos
dos o tres áreas de movimiento en la ciudad y quedamos en que el día
siguiente había que empezar a buscar locales. Se necesitaba un salón
amplio para atender a la clientela, instalar las secadoras, las sillas, los
espejos. Cuando nos cansamos de caminar tomamos un taxi hasta casa. Al llegar
ya los niños estaban dormidos y María Jesús, la señora
que había cuidado de Ana Cecilia en su niñez, dormitaba sentada
en una de las enormes mecedoras del corredor. La despertamos y la llevamos a
su cama. Ana Cecilia hizo un comentario sobre el paso del tiempo al contemplar
a la señora que la había visto nacer, y nos metimos en la cama
y empezamos a amarnos y a querernos como no lo habíamos hecho por lo
menos en cinco años.
Aún en contra de la opinión de mi familia dividimos las
tierras heredadas de mi padre y pude conseguir un préstamo para dedicarme
al cultivo del cacao. De esa manera pude apartarme un poco del bufete, que en
realidad no me reportaba mucho dinero y sí en cambio infinitas contrariedades
y problemas. Ana Cecilia encontró un local cerca de un área comercial
y abrió su salón de belleza que empezó a funcionar bastante
bien.
Por distintos medios siguió llegando información acerca
del desarollo de la lucha revolucionaria en el interior del país, y yo
me apuraba a hacerla llegar a diversos contactos en el exterior. El gobierno
no podía imaginarse cómo una pequeña emboscada que no había
trascendido los medios de información nacional, aparecía al día
siguiente en un rotativo de París y Londres. El ajusticiamiento del general
Pérez Prado, explicado paso por paso en los más importantes matutinos
de América Latina, cuando los agentes del servicio secreto del régimen
todavía estaban tratando de averiguar cómo habían entrado
los malhechores a la casa de la víctima, burlando la seguridad de unos
treinta hombres armados y entrenados en el canal de Panamá. Me había
reído de lo lindo la tarde que desde el apartamento de la hija del Ministro
de Gobernación, había comunicado a la redacción de varios
periódicos la noticia del secuestro de una veintena de personalidades
del gobierno en casa de uno de los asesores privados. "Cómo es la vida
-me decía al salir- pensar que este monigote le paga un apartamento de
tres mil pesos a la hija para que nosotros lo utilicemos como centro de información."
Todo estaba marchando de maravilla. Había recibido suficiente dinero del banco y todo lo estaba invirtiendo en la preparación de los terrenos para la siembra de cacao, la creación de terrenos para la ganadería, levantamiento de cercas y divisiones internas, habilitación de viviendas, centros de almacenaje y perforación de pozos. Soñaba con aquellos campos verdes y frondosos como los que había conocido en mi niñez, cuando al lado de mi padre, cabalgaba por aquellas llanuras que la mirada no alcanzaba a fatigar. "Esta hacienda volverá a ser lo que era antes," le decía por las noches al capataz, y quiero que la gente viva bien. Construiremos galpones amplios y cómodos para los trabajadores solteros y pequeñas casitas para que las familias vivan como la gente. Ampliaremos la cocina y añadiremos un comedor comunitario para que la gente se acostumbre a comer sentados, con tenedor y cuchillo; y abriremos una escuela. Ana Cecilia escuchaba mis sueños y me decía, "Espera a ver los resultados de las cosechas, paga la deuda con el banco, y luego piensa en todas esas cosas." Pero yo no podía dejar a un lado mis ilusiones. Ella era mujer y no sabía nada de estas cosas. "Desde cuando las mujeres saben de administración agrícola. Eso es cosa de hombres." "Sí, pero yo soy más práctica que tú," me decía, y se iba temprano al Salón que ya estaba funcionando con dos peinadoras y varias ayudantes que trabajaban todo el día y una clientela cada vez más numerosa.
Mientras tanto el movimiento revolucionario iba intensificándose. Dos de las tendencias que se habían desarrollado en el frente de lucha habían decidido firmar un acuerdo de ofensiva combinada y se está esperando la unión de la tercera vertiente. Cada vez se sumaban más grupos pequeños y de diversas ideologías políticas en sólidos bloques de apoyo popular. Las mujeres empuñaron las cacerolas y las cucharas en una huelga ruidosa que escapó de dejar sordo al gobierno en pleno cuando se instalaron frente al Palacio Nacional. Yo seguía colaborando con la información internacional, recibía los datos de viva voz en la mayoría de los casos y preparaba los mensajes cifrados bajo la apariencia de conversaciones de negocios que luego transmitía a diversos contactos fuera del país. Me encontraba ocasionalmente con periodistas y representantes de agencias noticiosas internacionales en algún bar de la capital o en determinada esquina y conversábamos despreocupadamente preguntándole por la familia o por algún amigo imaginario mientras le iba comunicando los avances en el frente norte, sobre la zona montañosa, o la toma de una pequeña fábrica en el interior del país la noche anterior, noticias y encuentros armados que morían en las papeleras del centro nacional de información y prensa de la Guardia Nacional. En los países vecinos se habían desarrollado verdaderas organizaciones de apoyo a la lucha insurreccional y estaban recogiendo dinero, armas y medicinas que se hacían llegar a los frentes de lucha por todos los medios que había inventado el contrabando internacional. La actividad febril que me llevaba del bufete a mis actividades subversivas, y del banco a los predios de la hacienda, terminó por afectar mi actitud en casa y pronto llegó a oídos de Ana Cecilia mi asistencia a una reunión con jefes del Partido Comunista y la oposición socialcristiana, para determinar un plan de acción conjunta, usando a sus homólogos en los países latinoamericanos. Esa noche después de la cena y que los niños se hubieron acostado, Ana Cecilia lloró cuando largamente. Traté de explicarle que me comprometía lo menos posible, que hasta el momento nadie se había enterado de mi trabajo, pero que era imposible después de una vida de lucha, voltearle la espalda a la revolución cuando esta ya estaba a las puertas. "Eso es lo que he estado oyendo desde que nos casamos," me dijo ya anegada en lágrimas. Viéndola tirada en la cama, con la cara entre las manos, convulsionada por los estertores del llanto, pensé que el dolor es uno solo y que cuando se sufre es mejor sufrir de una vez y me decidí a comunicarle la noticia. "Voy a ausentarme por un par de semanas," le dije en el tono más suave que pude encontrar, y me senté a su lado en la cama. Interrumpió su llanto y me miró a los ojos con una expresión de terror en los ojos. "No -dijo con tono desfalleciente- ¿no vas a salir del país?" Eran demasiados años, demasiadas experiencias juntos, demasiadas esperas, para mentirle, para decirle que no. "No lo sé -le dije-. Solo te puedo decir que voy a ausentarme un par de semanas. En el bufete diré que la hacienda requiere mi presencia por ese tiempo." Esa noche nos metimos en la cama y nos abrazamos. Ana Cecilia sollozaba y murmuraba de dolor. Antes de quedarme dormido la escuché diciéndome: "Cuándo vas a pensar en tu familia."
Al día siguiente
salí como de costumbre con mi maletín, caminé hasta la
esquina de la calle Independencia y tomé un taxi. Bajé a una cuadra
del cine Unión y caminé un par de cuadras hasta la esquina de
12 de octubre y la Avenida del Ejército. Ahí esperé unos
minutos y al cabo apareció un Toyota blanco conducido por un hombre gordo
y morocho, con aire de taxista. "Voy para arriba -me dijo-, ¿sube?"
Me monté en el asiento delantero del auto y empezamos a subir por la
ancha avenida hasta salir de la ciudad. "Doctor, -me dijo cuando ya habíamos
dejado atrás los últimos establecimientos comerciales-, usted
cree que esto va a llegar a algún lado. Yo a veces me desanimo y me da
miedo. Tengo una mujer y tres niños." Yo lo quedé viendo como
desde el fondo de mis ojos. "Yo también -le respondí- y tengo
cuarenta años de andar en éstas." Después de unos kilómetros
llegamos a un camino aledaño y nos internamos en una hacienda peinada
de maizales. Al llegar a la casa hacienda salía una camioneta de carga
y dos hombres viajaban en la cabina, cerca de la puerta principal pude ver a
Salomón. Nos saludamos rápidamente y pasamos al interior de una
salita oscura amueblada con unos pocos taburetes de cuero crudo y madera basta.
Salomón extrajo de un cartapacio un folio de papeles. "Tendrás
tiempo de leerlos en el viaje -me dijo-, por ahora lo más importante
es que necesitamos todo el apoyo que podamos conseguir. En cada lugar vas a
encontrar gente que está trabajando y conoce su área, ellos serán
tus mejores guías. Sé que no tengo que decirte esto, tú
tienes suficiente experiencia, pero debemos aprovechar la alianza con todos
los grupos políticos; por eso hemos desarollado un plan bastante amplio
donde tengan cabida todos los grupos políticos." Nos despedimos
con la misma brevedad y subí al yip que estaba esperando con el motor
encendido a la salida de la casa. En el abrupto trayecto hasta el viejo helicóptero
revisé rápidamente los papeles. Eran proclamas y documentos políticos,
un pasaporte ordinario con todas las visas necesarias, nombres y direcciones
de la gente que habría de contactar en cada lugar y algún dinero
en dólares americanos. El viaje en el destartalado helicóptero
nos tomó más o menos media hora, pero el pequeño avión
de dos motores que me sacaría del país se vio obligado a tomar
un desvío enorme para evitar los puestos de control del régimen.
Mientras volábamos, con el ruído ensordecedor de los motores calándome
la cabeza, recordé aquel vuelo sobre el caribe en un avión de
la fuerza aérea cubana, cuando nos aventurábamos en una invasión
que resultó ser uno de los mayores fracasos de la historia revolucionaria.
En realidad no pude volver al país sino hasta cuatro semanas después.
A mi regreso Ana Cecilia estaba hecha un atajo de nervios. Al llegar me recibió
con una mueca desalentadora. Durante la tarde de ese primer día casi
no me dirigió la palabra, y cuando hablábamos podía notar
en su voz el miedo y el resentimiento. Habían preguntado por mí
en el banco y el enviado que llegó a la hacienda encontró que
no había estado por allá en muchos días. Del bufete llamaban
constantemete y mi ausencia empezaba a ser sospechosa. En un periódico
local había salido la información de una reunión en Lisboa
con los partidos socialistas europeos y aunque no se mencionaban nombres ella
había podido leerlo entre líneas. Mientras cenábamos esa
noche, el mayor de mis hijos empezó a interesarse por mis actividades.
Yo no sabía como responderle. Le dije que había estado ocupado
en la finca arreglando los detalles de la siembra. "Mamá trató
de avisarte pero no estabas," -me dijo como reprochándome la mentira-.
"Bueno, mi amor, tuve que salir por unos días. Tengo muchas cosas que
hacer."
Esa noche Ana Cecilia durmió sumamente intraquila, murmuraba cosas entre sueños y hacia la madrugada despertó dando gritos. "Vas a terminar por matarme," me dijo antes de volver a dormirse, pero fui yo el que no logró conciliar el sueño. Pensaba en las infinitas cosas que tenía pendientes. Asuntos de la hacienda que habían quedado prácticamente abandonados desde mi partida, problemas con mi madre y mis hermanos, casos en el bufete que reposaban sobre el escritorio, la actividad política. Decidí levantarme y empecé a hojear el periódico que el chico acababa de tirar en el jardín. En primera plana venían la noticia del arresto de Salomón Hurtado en un área comercial de la ciudad. Aparentemente viajaba en un automóvil a altas horas de la noche acompañado de tres personas más. Los agentes de Seguridad del Estado inciaron la persecución en una carretera de acceso a la capital y el auto de Salomón se vio obligado a buscar refugio en un conglomerado comercial donde se mantuvo un encuentro armado resultando heridos dos de los acompañantes y tres soldados. La noticia aseguraba que Salomón había sido detenido sin sufrir herida alguna y se publicaba una fotografía en la que aparecía sentado en un banco con las manos sujetadas a la espalda con esposas. Se les veía un tanto encorvado, con su mirada severa y el rostro serio y enjuto. Sentí un vuelco repentino de la vida, sentí sobre mí el peso de una vida con sus intentos y sus fracasos, sus recompensas y sus dolores, sus cárceles, sus destierros, sus luchas. Reviví momento pretéritos en que ambos compartimos planes e ilusiones, celdas y libros, manifestaciones políticas y comités directivos. Recordé la última vez que lo había visto, en la hacienda de la carretera, donde conversamos como amigos, sin sospechar que quizá sería definitivamente la última. Me senté en el sillón de la sala con el periódico en la mano, con la mirada perdida en algún lugar de la historia pero sin pensar en nada. Volví a recorrer la primera plana de aquel periódico gráfico, salpicado de fotografías. Vi las impresiones de un arsenal de rifles y granadas de mano incautadas en una casa de seguridad de los suburbios, y un poco más abajo la foto del edificio demolido, las ruinas escombrosas de la fábrica de Radio Nacional que había sido volada la noche anterior por una carga de dinamita suficiente para pulverizar una pirámide egipcia. Pensé que había que actuar rápidamente. Traía una serie de asuntos que discutir con Salomón, arreglos que había que cerrar con distintos grupos en el exterior, reuniones que concertar, llamadas que hacer. Con la captura me quedaba un poco desconectado. Ahora tendría que utilizar a otra persona como canal y probablemente toda la organización se encontraba en el mismo estado que yo. Salomón era un hombre clave en todo el asunto. Empezaron a pasar por mi mente nombres pero en realidad no sabía como ponerme en contacto con ninguno. Tendría que esperar a que alguno de ellos hiciera contacto conmigo. Era una situación un tanto desesperante. Salí al patio y pude ver la mañana entrar con sus luces y sus colores, empezaba la actividad diurna, el movimiento; sin embargo el cielo tenía un color encendido, una carga inmensa de violencia y represión. Pasaban ya los primeros autobuses, los peatones con su prisa al caminar, pasaron dos camiones del ejército llenos de soldados. "Este país, -pensé-, las cosas que ha tenido que aguantar."
A las ocho de la mañana llegué al bufete con el periódico bajo el brazo. Entré y me senté frente al teléfono. La primera llamada fue a Agustín Fonseca, jefe sindical y amigo personal. "Me enteré de la noticia de la misma manera que tú, -me dijo-, a las diez tenemos reunión de directiva para analizar el asunto. Tenemos que movernos rápidamente." Hice siete llamadas más a diferentes amigos. Por todos lados reinaba un desconcierto terrible. Conseguí una cita a las once y media con el gerente del banco para hablar de algunos pormenores de los préstamos y el pago de intereses. Por las calles se veía gran movimiento de elemento militar. Las calles en los alrededores de Radio Nacional estaban cerradas y tuve que caminar varias cuadras para llegar al banco. Cuando volví al despacho encontré un mensaje firmado por un tal Sr. Cortez. Hablaba de las transacciones aduaneras y me citaba para las tres de la tarde en un restaurante de la capital. Traté de hacer memoria pero no recordaba a nadie por ese nombre. Imaginé que era falso y me dirigí al restaurante mencionado. Llegué con casi veinte minutos de antelación y pedí una cerveza sentado en la barra. Por la televisión pasaban noticias donde se hablaba de la detención del conocido terrorista internacional Salomón Hurtado, buscado en más de trece países por actividades ilegales, compra y contrabando de armas, y hasta se le acusaba de haber participado en un atentado a una misión diplomática en el oriente medio. El noticioso identificaba a los demás detenidos como hombres claves de la organización terrorista que lucha por desestabilizar la democracia e imponer el comunismo en nuestra patria. Esperé después de haber terminado mi cerveza y finalmente llegó una chica de unos veinte años, morena y de facciones finas. Me saludó como si tuviéramos una relación más que amistosa y me pidió que partiéramos pronto, que ya estábamos atrasados para llegar a no sé qué lugar. Mientras caminábamos hacia la puerta del restaurante me dijo que me dirigiera a la esquina de Libertad y Bolívar y esperara a que alguien me identificara. Al salir se soltó de mi brazo y partió en sentido contrario.
El sol era abrazador, el calor era seco y en el aire se podía ver el reverberar de la luz y los gases de los vehículos. Caminé las seis cuadras que me separaban de la plaza y llegué bañado en sudor. Me detuve en la esquina y a los diez minutos apareció un Opel azul con matrícula de otra ciudad. "Suba compañero," me dijo el conductor. Viró en la primera esquina y empezamos a subir en dirección sur. "La cosa está que se quema, -me dijo después de echarme una mirada desconfiada-. Ayer quebraron al comanche y las bestias están acabando con todo. Dicen que en el norte no han parado de bombardear. Sabe que al otro que cogieron fue a Gabriel Mallorquín. Los jodidos se pusieron de suerte. Y por dicha que no los reventaron antes, porque estaban en una reunión con gente de otros grupos políticos, parece que se había firmado un convenio de acción conjunta." Repentinamente el chofer viró en una esquina y dimos dos o tres vueltas por callecitas intrincadas volviendo a salir a otra avenida ancha, avanzando en dirección oriental. "Creo que este es el momento de echarla toda, continuó diciendo-, ahora hay que aprovechar este momento de erupción para hacer estallar la caldera." Lo escuchaba y creía reconocer el optimismo vigorozo con que había pronunciado palabras semejantes cuando el fraude electoral del cuarenta y cuatro, frente a una turbamulta reunida en la plaza de la estación, la primera vez que caí preso. "Así es, -logré contestarle-, pero habrá que buscar como resolver el gran vacío con que nos hemos quedado. Hurtado es un elemento de unión y tradición de lucha en el seno del movimiento. Va a ser imposible reemplazarlo." El joven se quedó pensativo mientra viajábamos por la carretera oriental, saliendo de la ciudad. "Sin lugar a dudas que es un cuadro importantísimo, pero no es imprescindible. Recuerde compañero el culto a la personalidad." Preferí quedarme callado, hacerle creer que aceptaba sus principios. Cómo decirle que no. Que la revolución también vivía de imágenes, de nombres, de contactos. Cómo explicarle que dentro del sistema revolucionario también existía una jerarquía, una especie de escalafón social donde todos somos compañeros, donde todos somos iguales, pero iguales de diferente manera.
Poco antes del puesto
departamental nos internamos por un camino polvoso y al poco rato nos estacionamos
frente a una casita de techo de palma y paredes de bloques sin repellar. Al
descender el conductor se despidió con un hasta siempre compa, y partió
escondiéndose en una nube de polvo en dirección opuesta a la que
habíamos venido. Me asomé a la casita y estaba vacía. Habían
un par de mesas rotas y unas cuantas sillas en mal estado, y se veía
a todas luces que desde hacía tiempo no vivía nadie ahí.
Pasé al interior y al poco rato escuché el ladrido de un perro.
Un hombre vestido de campesino se acercaba despacioso. En la mano traía
un machete con el que parecía distraerse cortando los hierbajos que crecían
en el prado. Llegó a la casa y se arecostó a una de las paredes:
"¿Qué hubo Dr.?" Lo quedé viendo a la cara con la certera
sensación de que lo cononcía de algún lado. "Rodrigo Arrieta,"
le dije finalmente, contento de mi memoria. "Jacinto es mi nombre de combate."
"Claro, -continué diciendo-, nos conocimos en el año cincuenta
y dos en Budapest." "Siempre se le ha conocido por su buena memoria."
"Ojalá me hubiera servido para algo." "Bueno, pues ahora la podrá
poner a prueba una vez más. Necesitamos de alguien que pueda encargarse
totalmente de los contactos en el exterior. Era una de las principales actividades
de Salomón. Probablemente tendrá que moverse a uno de los países
vecinos. No podría trabajar desde aquí, -me entiende compañero-."
No pude contestarle en ese momento. Moverme al extranjero, dejar otra vez el
país. Cómo podría hacer eso, qué pasaría
con todas las cosas que había iniciado en el país, qué
de la familia. "¿Está bien?. Trasládese a San José
y hospédese en el hotel Estrella, espere a que la gente de allá
lo contacte. Ellos tienen todos los papeles y la información que necesita.
No puedo ofrecerle nada más. Usted tendrá que arreglárselas
a como pueda para salir del país y financiar su viaje. De todas manera
usted podrá salir por la puerta principal. No creo que le nieguen la
visa. Ahora cruce por ese lado el potrero y verá un automóvil
estacionado al otro lado, lo llevará de regreso a la ciudad."
Al volver al despacho me informó un amigo del arresto de Facundo
Moncada, alto dirigente de una de las facciones y de la confiscación
de centenares de pertrechos de guerra que venían en un camión
de doble fondo por la frontera sur. Me senté en el escritorio con profundo
desaliento. Las cosas se habían deteriorado enormemente en las últimas
horas. La oficina de seguridad del estado estaba trabajando a toda máquina
y obteniendo resultados como no los habían logrado desde la crisis del
año sesenta y ocho. Seguramente tenían a alguien que estaba cantando
más de la cuenta.
Cerré la puerta de la oficina y me senté tras el escritorio. Tenía que poner mis cosas en orden. Eran demasiados los asuntos. Primero debía conseguir una persona que pudiese encargarse de los asuntos de la hacienda. Tenía que ser alguien de confianza, que pudiese representarme ante el banco y ser capaz de sacar las tierras a flote. Luego tenía que enfrentarme a Ana Cecilia. ¿Cómo iba a explicarle el asunto?. Podía imaginarme el alboroto, los llantos, los suspiros ahogados, el silencio aterrador. Dios mío. ¿Valía la pena todo este sacrificio?. Destrucción del hogar, inestabilidad económica, aniquilamiento nervioso. Tenía que liquidar los asuntos que aún estaban pendientes en el bufete.
Llamé por teléfono a Manuel a la oficina. Me contestó con su mismo tono cordial, su amabilidad de siempre que veintitrés años de separación no habían logrado enturbiar. Le dije que deseaba hablar con él y de inmediato me propuso su despacho o una cena en casa de su familia. Preferí el despacho. Salí a la calle y salté en el primer taxi desocupado. Al llegar Manuel estaba con un cliente y me puse a hojear los diarios que estaban sobre la mesita de la sala de espera. El editorial del diario del régimen hablaba de la desarticulación del movimiento terrorista, la captura de las cabezas de la organización dedicada al tráfico internacional de armas y estupefacientes. Mostraban fotografías de jóvenes capturados en las montañas del norte del país identificados como estudiantes expulsados de la universidad y delincuentes comunes. Y al pie de la página mostraban la fotografía de una joven de cabello rubio muerta en un enfrentamiento en lo hondo de la cordillera Central. Se trataba de Claudia Lacayo, hija de un amigo mío de la juventud. Según la noticia Claudia había ingresado a las filas del movimiento en la Universidad Nacional, actuando primero como dirigente estudiantil. En las páginas interiores se publicaban fotografía de cuando había sido elegida reina de belleza de la universidad, madrina del equipo de béisbol de su ciudad natal y reina de las fiestas patronales de la capital. Pensé en el dolor de Jaime, su padre, la postración en la que debía encontrarse la familia. Un extenso artículo narraba la historia de la chica tratando de mostrar el espíritu un tanto descarriado de la juventud que no sabiendo que camino darle a su vida, se unían a un movimiento terrorista que lo único que perseguía era la instauración del comunismo en el país y el establecimiento de un reino de terror y privaciones.
Manuel salió a despedir a su cliente y me recibió con un fuerte abrazo. "Querido doctor, -me dijo-, qué gusto verlo por aquí." Pasamos a su oficina y me sirvió un trago de whisky. Hablamos rápidamente de la familia, de los niños, de las cosas de la profesión, y terminamos comentando de la actual situación. Hablé de la noticia que acababa de leer, de la redada y la crisis por la que estábamos pasando, del creciente descontento de la ciudadanía. Por fin, ya al calor del segundo trago le conté la realidad. "Me voy del país. No sé cómo ni cuándo, no sé que será de Ana Cecilia, de los niños, de la hacienda. Pero me voy. La revolución está cada vez más cerca, lo puedo sentir. A pesar de las detenciones, a pesar del arresto de Salomón, de Facundo, de la cantidad de armas comisads. El apoyo internacional es rotundo. Todos los grupos, desde el centro demócrata hasta la extema izquierda nos apoyan cien por ciento. Tenemos grupos de solidaridad en los cinco continentes y hay dinero para financiar una insurreción popular. Ahora hace falta una relocalización de los cuadros principales, hay vacíos que llenar, hay que trabajar mucho con el movimiento obrero en las ciudades, fomentar los cuadros de base. Yo me voy a trabajar de lleno en la organización internacional. Tengo que dejar el país. Eres la única persona que lo sabe y te lo digo porque confío totalmente en ti. Tengo una serie de casos pendientes. Son casos pequeños y de poca cuantía, pero no quiero dejarlos abandonados. Te vengo a pedir que los tomes. No te quitarán mucho tiempo y cualquiera de tus pasantes podrá encargarse de ellos."
Manuel me quedó
viendo desde el fondo de sus pupilas negras. Sorbió su vaso de cristal
grueso y se me acercó haciendo sonar los resortes de su butaca. "No tengo
que preguntártelo porque sé que sabes muy bien lo que estás
haciendo. Sé que siempre has sido un obsesionado con esta maldita revolución,
con esta maldita dictadura, con este maldito país. Pero, ¿no crees
que ya te ha llegado el tiempo de jubilarte, de pensar en ti por primera vez,
en tus hijos?. Recuerdo lo que me dijistes el día que llegastes, no hace
ni siquiera mucho de ello. ¿Qué pasó con eso?. Lo miré
al rostro y bajé la vista, observando las vueltas de la madera torneada
en el basamento del escritorio. "Es imposible. Nadie se retira, eso no existe.
La revolución apenas está empezando. Y cuando triunfe el movimiento
insurrecional estará apenas empezando. Y yo moriré y vendrán
otros revolucionarios a empezarla día a día. Manuel, cuando llegué
aquí despues de años en el extranjero, llegué cansado de
ser un despatriado, un hijo de nadie luchando en tierras frías, sin amigos,
sin familia. Llegué con la ilusión del viejo, del hogar, de los
niños. ¿Pero cómo puedo voltearle la espalda a los compañeros
que durante años compartieron las miserias de la cárcel, los planes
de media noche, el hambre del exilio. Cómo puedo decirle a Salomón
que no, que ya no quiero participar de nada. Que me convertí en un burgués
acomodaticio, que aprendí a bajar la cabeza ante las atrocidades del
régimen, que prefiero mi cama segura, la educación de mis hijos,
la tranquilidad de mi mujer. Me comprendes Manuel, cuando uno se ha pasado la
vida entera tratando de justificar algo, no se puede echar al cajón de
la basura, meterse las manos en los bolsillos e irse silbando por ahí,
como si nada hubiese pasado. Además, no puedo vivir con esos cerdos entronizados
en el poder, me amargo más la vida."
Manuel me veía y parecía comprender lo que quería
decirle. Encendió un cigarillo y dio dos furiosas pitadas. ¿Quieres
otro trago?" "Si, qué carajo," le contesté. "Te comprendo
hermano. No comparto lo que me estás diciendo. Ya me ves, aquí,
bien instalado como un burgués acomodaticio, como tú dices, y
aunque no sé lo que sientes porque nunca lo he sentido con esa intensidad,
puedo imaginarme lo que es. Conmigo puedes contar en lo que pueda. No es mucho
lo que puedo ofrecerte pero trataré de ocuparme de los casos de la mejor
manera posible. ¿Qué vas a hacer con Ana Cecilia?" Tomé
el vaso que me alargaba y me paseé por el salón rodeado de libros
encuadernados en piel. Los volúmenes de códigos inservibles, los
números de la revista de la escuela de abogados. "Creo que me equivoqué
de profesión, Manuel. Sabes, debía haber sido farmacéutico,
veterinario o ingeniero. Así tal vez me hubiera ido a vivir al campo
y me hubiera olvidado de todo lo que pasa en este mundo civilizado." Me
quedé en silencio. Manuel se había vuelto a sentar en su escritorio
y escuchaba con los pies sobre la madera pulida, brillante. "No sé. Ni
siquiera se lo he dicho. Ya la conoces. Va a armar la perorata del siglo. Va
a llorar, va a maldecir y finalmente se quedará callada, con esa cara
de tristeza que me parte el corazón porque la quiero. Es mi mujer y de
veras la quiero. Tal vez es en lo único que no me he equivocado en mi
vida." "Sí pero cómo va a vivir, cómo va a mantener
la casa, el colegio." Claro, la casa, el colegio. Cómo jodido iba
a poder ella sola hacerle frente a todas las necesidades de la vida si su marido
andaba recorriendo el mundo, trabajando para una revolución que ya había
consumido tres generaciones. "No lo sé, Manuel. Y soy un cobarde de mierda
porque voy a abandonarla vilmente. Tengo tres mil pesos y es todo lo que puedo
dejarle. Cuando se quedó sola en la Argentina, en Bolivia, en España,
al menos tuve dinero suficiente para que pudieran vivir desahogadamente, sin
preocuparse de la comida de los niños. Pero ahora no podré hacer
ni eso. El negocio está funcionando bien, tiene bastante clientela y
deja buenas ganancias. Además quiero dejar a alguien encargado de la
hacienda, alguien que pueda administrar las cosas por un buen sueldo y sacarla
adelante. Si todo va bien de ahí podrá salir algo de plata para
los gastos diarios." "Eso es muy difícil compadre, y tú
lo sabes. El ojo del amo engorda el ganado y nadie va a trabajar eso como lo
harías tú que eres el dueño." "Sí, lo sé.
¿Pero que puedo hacer? No puedo estar allá y aquí al mismo
tiempo. Ella no puede atenderlo todo. En muchísimas cosas es más
eficiente que yo, tiene un sentido práctico que a mí me falta
por completo. Ya ves, su negocio funciona bien, la casa marcha a las mil maravillas;
en cambio lo que depende de mí es un desastre." "Bueno, tampoco."
"Sí. Sí, no me pesa reconocerlo. Es la realidad. Espero que ella
se las pueda arreglar y que las cosas funcionen bien, al menos, medianamente
bien." Manuel se levantó y se me acercó, me pasó
una mano por el hombro. "Compadre jodido. Te has metido siempre en unos atascaderos
que para qué decir. Espero que algún día puedas ver los
frutos de tanta lucha y tanto trastorno. En cuanto a lo que a mí respecta,
sabes que tienes a un compañero y un amigo. Te aseguro que Ana Cecilia
recibirá los honorarios de las cosas que tienes pendientes. No me lo
debes a mí, se lo debes a nuestra amistad. Qué carajo. A veces
yo también quisiera tener los cojones que tú tienes. Pero no.
Me gusta la vida fácil, la tranquilidad y el acomodo." Se paseó
por el salón marcando el paso con un aire un poco marcial, como de hombre
que vaga en sus pensamientos, en sus recuerdos. En eso sonó el teléfono.
Todavía quedan algunos amigos, -pensé-, todavía quedan
algunos motivos por seguir viviendo. Cuando colgó el auricular le comuniqué
mi partida. Salió a despedirme a la antesala, me aseguró que mandaría
a alguien por los expedientes tan pronto los tuviese listos y me dio un fuerte
abrazo. "Hasta la vista, -me dijo-, y espero que esta vez sea pronto."
Al salir a la calle ya era de noche. Los faros de los coches relampagueaban contra el brillo de los cristales de las tiendas comerciales, el tránsito enloquecido luchaba por salvar las barreras de los embotellamientos, sonaban las bocinas, los chicos voceaban sus periódicos vespertinos y los vendedores de lotería empezaban a guardar sus banquetas. Pensé tomar un taxi pero luego preferí caminar. Necesitaba respirar el aire de la noche, dejar salir mis tensiones, poner un poco de orden en mis pensamientos desordenados. Necesitaba prepararme para la empresa más difícil, para la encrucijada más dolorosa. Caminé derecho por la avenida del Libertador, siguiendo más el impulso de mis instintos que el camino de casa; pasé por el edificio del Ministerio de Relaciones Exteriores, en cuyo portal un ángel elevaba sus plegarias. "Qué ironías las de la vida," pensé. Trabajosamente logré recordar los días de mi infancia cuando jugábamos en el parque de tierra ahora embaldosado para hacerle honor al fundador de la dinastía. Seguí caminando, respirando el aire agradable de la noche, fresco, conservando en sus movimientos el olor de los campos próximos, el tufo agradable del ganado, el sabor de la lluvia. Pensé en Roberto, sería la persona indicada para dejarlo encargado de las cosas de la hacienda; él sabría ocuparse bien de los problemas diarios y por su afecto a Ana Cecilia estaba seguro de que se entenderían bien. El problema sería convencerlo de que aceptara. Seguí bajando por la ancha avenida viendo las luces de los coches descomponerse en círculos de colores, imaginando figuras en los rótulos luminosos con consignas comerciales; vi una pareja de enamorados besándose en una banqueta del parque y pensé en mi noviazgo con Ana Cecilia, en los días aciagos de nuestra juventud. Pero aún entonces las cosas eran así, y recordé una tarde de invierno cuando bajo un aguacero torrencial me llegaron a buscar a la casa de su padre acusándome de haber sido el principal hostigador de la huelga de trabajadores ferroviarios. Sí, desde entonces habían empezado las lágrimas y las agonías, los sufrimientos y los temores, ¿Hasta cuándo?, me preguntaba. "¿Hasta cuándo?, -me preguntaba Ana Cecilia cuando ya una vez en la recámara le había soltado de repente mis planes-. Sí, hasta cuándo vamos a poder tener un hogar normal, mantenido por un hombre con un trabajo normal, sin tener que ausentarse de esta manera, abandonando a su familia, a sus hijos. Sin saber qué contestar cada vez que los niños me preguntan por papá." Y yo sin saber qué contestar, qué decir ante aquel atajo de verdades que Ana Cecilia me gritaba de pie al lado del tocador, el rostro terso empapado en lágrimas dolorosas porque sentía que se quedaba sola. "Y lo peor es que esta vez sé que será para siempre. Porque has tenido mucha suerte, porque de todas tus aventuras has salido con la vida, pero mi amor, tengo la impresión de que esta será la última, que ya no habrá una más." Y yo tratando de calmarla, tratando de decirle que no será así, que no debía preocuparse más de la cuenta. "Por lo menos por nosotros debías hacerlo, porque quién te asegura que no van a tomar represalias contra nosotros. Entonces sí te vas a arrepentir toda tu vida y te vas a dar cuenta de que nada de eso vale la pena, porque lo único importante, lo único que sí vale el sacrificio está aquí, en tu casa, con tu familia."
Ana Cecilia se había tirado en la cama y sollozaba con la cara entre las manos. Era cierto, no sólo exponía la felicidad de mi familia sino su seguridad personal. Pero qué podía hacer, Dios mío, qué era lo más conveniente en estas circunstancias. Cómo podía yo retirarme completamente. Era imposible. Yo había escogido un camino en mi vida y tenía que continuarlo hasta el final. Dejé a Ana Cecilia sumida en su llanto y me dirigí a la sala. Desde ahí telefoneé a Roberto. Le pedí se encontrara a la mañana siguiente conmigo en el despacho y volví a la habitación. Me desvestí y me metí en la cama. Traté de abrazarla, de hacer las paces; traté de que nuestra última noche fuese una noche digna de recordarse, pero sus manos constantemente me rechazaron. Le dije que en el ropero habían cuatro mil pesos que le podían servir para cubrir los gastos más importantes y ella me reprochó que con eso pensaba cumplir con mi obligación de padre. Me sentí tentado a volver a revolver las mismas historias, los mismos argumentos que le había dado en casi treinta años de matrimonio pero preferí callar, preferí dejarla que se desahogara porque después de todo tenía sobrada razón. Poco a poco me fui quedando dormido y aún en mis sueños seguí oyendo los lamentos de Ana Cecilia y hasta pude escuchar la voz de los niños. Al despertarme ya Ana Cecilia estaba de pie y tenía una taza de café en la mano. Me levanté y me metí al baño, me vestí como cualquier día para ir a la oficina pero al despedirme de los niños que iban a la escuela traté de hacer el beso más largo, más duradero. "¿Vendrás a almorzar?" me preguntó el mayor en el momento de salir. "No lo creo mi amor, tengo muchas cosas que hacer." Al volverme a Ana Cecilia noté que reía con lágrimas en los ojos. "Sí, papá tiene demasiadas cosas que hacer." Tomé una taza de café y traté de despedirme. "No creo que te interese mucho si de todas maneras te vas. Deberías firmarme el divorcio antes de irte." La quedé viendo, de espaldas a mí. "Tal vez tengas razón, pero las cartas ya están jugadas, Ana Cecilia, no puedo echarme atrás." Traté de nuevo de despedirme con un beso pero esquivó mis brazos. Di media vuelta y empecé a caminar hacia la puerta. Abrí el picaporte y esperé con la esperanza de escuchar sus pasos acercándose, corriendo locamente a besarme, a tratar de detenerme. Cerré la puerta por fuera y me quedé escuchando. No hubo pasos ni llamado, sólo un llanto desconsolado y desgarrador. Preferí alejarme y salí a la calle, caminé con paso presuroso entre los transeúntes que ya poblaban la acera y al llegar a la esquina salté a un taxi.
Al llegar a la esquina
del despacho le di un billete de cinco pesos al conductor y empecé a
bajar la media cuadra que me separaba de la entrada del bufete. Pensaba que
tenía que ordenar los expedientes, hablar con Roberto, arreglar los asuntos
de la salida cuando vi detenerse el auto negro con los vidrios oscuros, vi los
cromados de las puertas y las ventanas y a duras penas alcancé a ver
el relumbrar del metal bajo el sol mañanero cuando escuché las
detonaciones de una ráfaga interminable, y no pude sentir más
que un cosquilleo en el cuerpo y un suave resquemor en la piel, porque inmediatamente
sentí que una fuerza más grande que la de mis piernas me tiraba
hacia abajo y el mundo se deslizaba como una alfombra bajo mis pies, y sentí
una sensación helada subirme por los pies hasta la cabeza y los ojos
ardieron viendo las nubes que empezaban a oscurecerse.