EL CORSARIO
Copyright © Nicasio Urbina 1995
La primera vez lo sorprendí espiando por la hendija del aire acondicionado. Yo estaba sentado en el sillón, leyendo, cuando levanté la vista y lo vi observando atentamente con sus pequeños ojos negros. Cuando se percató de que lo había descubierto frunció rápidamente el hocico y dio media vuelta, perdiéndose en el conducto del aire. Me extrañó mucho pues nunca habíamos tenido ratones en casa, pero por las dudas le encargué a mamá que comprara un poco de veneno en la tienda. El domingo siguiente estábamos todos reunidos en la sala, conversando, como lo hacíamos casi todos los domingos después de almuerzo, cuando me levanté para ir a la cocina a servirme la segunda taza de café. Al llegar al pasillo lo sentí correr pegado al pie de la pared hasta llegar al final y luego doblar a la derecha, hacia la cocina. Avancé rápidamente y me asomé para ver por dónde se metía, pero en la cocina había una calma imperturbable que demostraba que nada había sucedido. Me serví el café y husmeé en los alredores buscando su rastro, pensando por dónde ponerle la carnada. Recordé que a mamá se le había olvidado comprar el veneno y pensé en ir personalmente al abasto. En ese momento me percaté de que había estado ahí todo ese tiempo, había estado observándonos desde su esquina mientras nosotros conversábamos y nos reíamos tranquilamente, viéndonos desde su perspectiva mínima y recordándolo todo con una memoria perfecta.
Al volver se lo dije a mamá e inmediatamente se armó el revuelo. Mi hermana menor hizo un gesto de repugnancia y se estremeció con vigor, los cuñados se levantaron para ver por dónde había corrido el animal y mamá se fue hasta la cocina y abrió las puertas de todos los estantes. Nos fijamos bien por todos lados pero no vimos más que pailas y porras, utensilios de limpieza y cocina y enseres de mesa. Victoria, mi hermana mayor, empezó a sacar los platos diciendo que por algún lado debía de estar, y mi madre removía las cosas debajo del fregadero. Finalmente perdí todo interés y me fui a sentar a la sala, junto a Magali, que no se había movido en absoluto.
El sábado
siguiente a eso de las once de la mañana, mientras se estaba bañando,
Magali lo vio acurrucado en el ángulo de la ventana. Dió un grito
que se oyó en toda la cuadra pero no lo volvió a ver ni supo por
dónde se escapó. La pobre sufrió un ataque de nervios,
salió del baño con la cabeza enjabonada y envuelta en una toalla,
llorando. Una semana después yo estaba limpiando un poco el patio de
atrás cuando lo vi descender por el desagüe, atravesar el jardín
y adentrarse en el bosquecillo detrás de casa. Lo seguí a cierta
distancia y sin hacer ruido, y guiándome por el oído lo rastreé
entre las grandes ceibas. Llegó nerviosamente hasta un hombre vestido
de negro, con una capa muy ancha que le caía hasta el suelo y la piel
blanca y granulosa. Tenía una sonrisa infeliz que le daba un aspecto
patético. Los vi conferenciar por un rato hasta que el ratón se
le bajó por el pantalón y se volvió en dirección
a la casa. Yo me quedé en silencio y el hombre se sentó en una
piedra, pensativo, después se levantó y se encaminó hacia
el otro lado, perdiéndose pronto entre los árboles.
Me demoré algún tiempo en los alrededores atento a los sonidos
de la tarde. Caminé hasta la cerca de la carretera, regresé dando
una vuelta por el viejo molino, mirando atentamente las copas de los árboles,
buscando huellas en el barro. Me molestaba saber que alguien nos espiaba. Repentinamente
me di cuenta que sabía detalles íntimos de nuestra vida, nuestra
rutina simple y nuestras debilidades. Probablemente sabe ya que la puerta de
la cocina permanece abierta, que yo me quedo hasta muy tarde con la luz encendida,
leyendo mitologías; que algunas noches me levanto y cruzo el pasillo
en silencio, donde Magali ha dejado la puerta sin tranca.
El miércoles de la semana siguiente fue el día decisivo. Recién había regresado del trabajo y me estaba cambiando de ropa cuando lo vi detrás de la puerta del ropero. Lucía igual que como lo había visto en el bosquecillo, pero ahora, viéndolo de cerca, pude constatar el vacío de sus ojos, la trasparencia de su piel y el olor cáustico que exhumaba. Inmediatamente me di cuenta de que el peligro era inminente y tenía que hacer algo, mi deber era defender a la familia. Con presteza me dirigí a la cocina y tomé el cuchillo de la carne, volví a mi recámara y lo encontré sentado tranquilamente en mi sillón con los pies sobre el escritorio. Cuando vio el cuchillo en mi mano se quiso incorporar, pero yo me le arrojé encima blandiendo la hoja. Nos trabamos en una lucha feroz y caímos al suelo, rodamos hasta el centro del salón forcejeando desesperadamente y finalmente logré acaballarme sobre su pecho. Cogiéndolo por el cabello lo interrogué a viva voz, pero él se rio con una carcajada infame. Con la mano izquierda le levanté el mentón y le abrí el cuello limpiamente. La sangre que manó a borbollones era negra y espesa y de repente me sentí fatigado. Mi madre entró en ese momento y le ordené que llamara a la policía. Me tendí a su lado, estaba exhausto, y en ese momento me di cuenta que no tenía forma de justificar mi crimen.
Del volumen de cuentos
de próxima aparición El ojo del cielo perdido
© Nicasio Urbina 1995