CUERVOS SOBRE EL TRIGAL
Pobre, sin compañía, sin un amor en la vida, Pasos vagabundeaba por la calle. Había salido un momento a respirar el aire de la tarde después de un día de lecturas y trabajo en su cuarto de la calle Almería, número 18, séptimo piso. Caminaba despacio por la vereda donde jugaban los chicos inocentes y los ancianos paseaban a los perros, su única compañía en esta vida. Por la avenida pasaban los autos raudos, los camiones pesados haciendo tronar la tierra bajo su peso, los colectivos atiborrados de gente dejando tras de sí un vendaval de hojas secas y polvo. «Qué efímero es todo -pensaba Pasos-, qué efímera la vida, el ser, el amor. Pensar que he vivido sin vivir, como una ilusión o un espejismo, como una experiencia onírica que al despertar tiene esa sensación de ridícula realidad. Vivirá así todo el mundo? Será lo mismo para estos pobres niños que ahora ríen eufóricos por quién sabe qué accidente futil? Será así cuando crezcan y tengan que tomar decisiones, amar, herir a otros hombres sin proponérselo, cuando tengan que enfrentarse con el tiempo ineludible, con la comprensión, con el crimen?» Llegó hasta la esquina y se detuvo frente al edificio de cristal que reflejaba opaco el mundo en movimiento, deformando en proporciones simétricas la figura humana, los autos brillantes, el cielo. «Cruzar la calle, cruzar de una acera a otra, de un mundo a otro. Nuevas fachadas, eso es todo lo que es, nuevas fachadas. Mudamos el rostro, la expresión, la mirada, pero la esencia es la misma, el fondo, lo perenne. Uno sale de un cine cogido de la mano de la mujer que ama, besa unos labios, acaricia un seno; luego esa mujer se va, se pierde, ama a otro, y la soledad es la misma, después de todo, es fatalmente la misma».
No puedo perder más tiempo, no puedo. Ya he perdido demasiado. Largos años en un escritorio apagado trabajando para alguien. ¿Para quién? Ni siquiera sé para quién. Años sumiéndome a la potestad superior, resignándome, porque dicen que la resignación es el camino de la santidad. No puedo esperar más. Tengo que resolverme, que tomar una decisión en mi vida, encontrar el camino que me permita vivir de verdad, más allá de la vulgaridad y la simpleza, por encima de la estulticie humana. El ser humano no necesita mucho para vivir, todo lo que hemos creado no hace más que complicar la existencia. Aquí, en estas frías tierras los hombres viven austeramente, trabajando duro por una hogaza de pan, por unos andrajos que los resguarden del frío, y no obstante son más humanos, más sinceros y generosos. Aquí he aprendido tanto, rodeado de esta gente. No basta con hablar de Dios, no basta con enseñar los mandamientos. Hace falta vivir día a día la palabra de Dios, su enseñanza. Ser cristiano es parecerse a Cristo, imitarlo en todo lo que podamos. ¿Cómo puede creer el que ve llegar al predicador en su carro confortable, abrigado por ricas pieles? Señor mío, yo sé que tu camino es el de la miseria, el de la penitencia y la soledad. Lo único que te pido son fuerzas para sobrellevar mi cruz en alto y clarividencia para descubrir la misión que me has adjudicado. Voluntad y entendimiento Señor, el resto poco me importa, el trabajo en Goupil, la misión. Qué puede importar todo eso cuando lo verdadero son estos hombres y mujeres, estos niños cargando el carbón y la piedra.
«Mi padre muerto -pensaba Pasos-, asesinado a sangre fría en una calle. Su rostro gélido e inerte, desfigurado por los años y el sufrimiento, cargado de arrugas, testimonio de las decepciones y los fracasos, de la soledad testaruda de un hombre empecinado en un ideal». Se levantó de la cama y dio una vuelta en el cuarto estrecho, mordisqueó una galleta que había sobrado de la cena. «Cada hombre carga con su destino a cuestas, ineludible destino que nos impele a actuar, a tomar decisiones aparentemente libres y soberanas; sólo aparentemente, porque tras la libertad de escoger está la meta fijada, el nombre de pila, el signo astrológico, las facciones del rostro, la personalidad. Y todas estas cosas, quién niega que actúan, que ejercen influencias, que obligan, quién lo niega». Pasos se sentó a la mesa que servía de escritorio, de comedor, y de noche en noche de almohada. Abrió el cuaderno negro donde anotaba sus sensaciones, sus opiniones personales y todos los hechos importantes de su vida. Al azar abrió una página garabateada con tinta negra:
junio 20
No siempre se puede ser feliz: desgraciadamente las cosas no llegan siempre
a tiempo, llegan confundidas en el calendario. Pero lo que importa es lo que
uno siente, el saber que ama, que hay una ilusión en la vida y que esta
ilusión se ve correspondida. He pasado horas enteras acariciando tu piel,
tu pelo negro, he besado todo tu cuerpo con un frenesí urgente y podría
haber prolongado esas horas de no ser porque tú tenías que partir.
Al dejarte te he amado más.
Cerró el cuaderno con precipitación. Sabía que aquellas
horas habían pasado, se habían esfumado en la línea del
pretérito únicamente salvable a través de los recuerdos
y el dolor. «El sufrimiento es la forma más constante del amor».
Se arrecostó a la pared y la estructura de la vieja silla crujió
agobiada. Habían pasado varios meses desde que se separara de Rebeca
y seguía amándola. Era imposible tratar de revivir el pasado que
se encontraba enterrado bajo varias capas de tierra. Ella ya no lo amaba. Probablemente
había dejado de amarlo hacía mucho tiempo, cuando aquellos dolorosos
momentos. No, no podía ser, no era simplemente un capricho suyo. Siempre
la había querido pero tenía tanto miedo, tanta soledad, tanta
oposición, tanta pobreza.
Sin camino, sin sendero, sin el amor de Ursula, sin dinero, sin el apoyo de los misioneros, sin el temperamento para un trabajo rutinario. Solo, invernando en estas tierras húmedas y boscosas, he encontrado que todos mis pensamientos se vuelcan en el grafito, en el papel en blanco que espera desesperado los trazos gruesos y rápidos. Me siento imposibilitado de traerles la paz espiritual, la resignación divina que a mí mismo me falta, pero de alguna manera tengo que expresar estos deseos inaplazables de entregarme, de fundirme. De alguna manera. Puede ser que Theo tenga razón, puede ser que mi camino esté en el dibujo y la pintura. Si de esta forma logro invocar el alma y conducirla al concierto humano, no hacerlo sería traicionar al Señor. Para algo hemos concurrido a esta tierra. A medida que pasan los días, entre el hambre pocas veces saciada y el frío nocturno, me convenzo cada vez más de la importancia de tomar un camino, de abrirme un sendero. Mis esbozos no son tan malos, pero necesito aprender mucho, necesito un guía, una persona que me ayude y me aconseje, y necesito practicar mucho, dedicarme a ello para perfeccionar la técnica. Lo peor es el medio camino, la mediocridad, la indecisión, la falta de entrega. O se es o no se es, hasta las últimas consecuencias. Sin heroicidad, con profunda intensidad. Por eso admiro a estos campesinos belgas, testarudos en el trabajo, silenciosos, pero entregados y auténticos. ¡Tengo tanto que aprender de ellos! Porque la fuente de todo conocimiento está en el mundo, en la naturaleza, y lo que tenemos que hacer es desentrañarla con amor, con dedicación. Pero cómo vivir, cómo conseguir lápices, papel, comida. Siempre el eterno problema de la sobrevivencia, del diario existir. Dificilmente esto podrá aportarme algo y yo no poseo ni el pan de hoy. ¿Por qué no podremos como las aves o los peces, alimentarnos y vivir de la naturaleza, sin compromisos ni dinero? Sea como sea he tomado mi decisión. Nada podrá detenerme ahora que sé hacia donde voy. Hace meses no escribo. Theo debe de estar preocupado por mi silencio. Mi padre, mi madre. Ahora, cuando caliente el sol y pueda sentirme las manos, me sentaré a escribir.
Pasos llegó
hasta la calle Quevedo y entró al bar de la esquina. El humo y la oscuridad
le impedían ver claramente las siluetas en las mesas, los hombres acodados
a la barra, los grabados con temas marinos que decoraban las paredes de madera.
Se detuvo a pocos pasos de la puerta, desorientado, metió las manos en
los bolsillos. No sabía para qué había entrado en aquel
bar. Buscaba a alguien sin saber en realidad a quién. Con un ligero movimiento
contestó al saludo del tabernero y se pasó la mano por la cabeza,
peinando sus cabellos revueltos sobre la frente.
-Bebes algo, muchacho.
Pasos contestó negativamente, balbuceó algo, movió
la mano. El tabernero sonrió y se puso a hablar con un parroquiano. Miró
en derredor y pudo distinguir mejor las figuras. Hombres que jugaban al dominó,
músicos que afinaban sus instrumentos, obreros leyendo las páginas
de deportes del vespertino. En una mesa del fondo vio una mano que se agitaba.
Pensó que no era para él. Se viró en otro sentido.
-Eeh, Pasitos.
Sintió miedo, timidez. Se sintió culpable, descubierto en
alguna fechoría, ridiculizado por su falta de visión. Se acercó
un poco esforzando los ojos, tratando de ver a través del humo.
-Qué, ya no reconoces a tus amigos. Ven, siéntate conmigo. Estoy
solo.
Era Ramos. Hacía varias semanas que no lo veía.
-Te has perdido, ya no llegas a El estribillo.
-No, no he ido por allá en varias semanas.
-He preguntado por ti y nadie te ha visto. ¿Qué haces? ¿Tomas
algo?
-Pues nada. En casa.
-¿Te has vuelto ermitaño o es que trabajas mucho?
-No, no estoy trabajando. Me despidieron hace algunas semanas.
-¿Qué tomas?
-No, nada. Gracias.
-¿Tienes dinero? No te preocupes, yo invito.
-No... esté...
Sin escucharlo Ramos pidió una cerveza. Estaba contento y efusivo,
bien vestido, y se veía que llevaba varias cervezas encima.
-¿Y qué es de tu vida? Anda, cuéntame.
-Nada especial, hermano. Lo mismo.
¿Estás escribiendo siempre?
-Pues sí, algo. Siempre se escribe algo.
-¿Y cuándo piensas publicar? Estoy ansioso por ver tus libros
en las librerías. Ese día te busco para que me los firmes.
Pasos rió con cierta melancolía. Era lo que todo el mundo
decía. ¿Cuándo vas a publicar? Como si fuera tan fácil.
¡Y con las tonterías que él escribía!
-Pues he estado escribiendo bastante últimamente. Siento que tengo que
aprovechar el tiempo, dedicarme. No sé cuanto tiempo me queda. Debo construir
algo.
-Melancolía existencialista, eeh. Vamos hombre, si te ves muy bien. No
veo porqué piensas esas cosas. La vida es linda, tiene muchas cosas agradables:
el vino, las mujeres, el arte, el dinero. ¿Por qué te empeñas
en tu visión nadaísta?
-Ya sabes. Cosas...
Ramos intercambió algunas frases con el cantinero que había
dejado una jarra de cerveza fría frente a Pasos, le dio una palmada en
el hombro y le habló de una tal Iris o Isis. El cantinero rió
con su barba negra y sus dientes manchados.
-¿Y qué piensas hacer? Vas a buscar otro trabajo.
-Pues sí, tendré que buscar. Hay que pagar el alquiler y comer.
¿Qué más?
-Así es. Sabes, conozco al dueño de una editorial. Lo conocí
el otro día en La estrellita y me gustó el tipo. Franco, sincero
y buen bebedor de cerveza. Tal vez... digo. No es nada seguro, pero tal vez...
-Claro. Sería fantástico. En cualquier cosa.
-Estoy leyendo unos cuentos de este... ¿Cómo se llama? El checo
éste de la tuberculosis... Tú sabes. Me los pasó el chele
Quiroz. Muy bueno.
-Kafka, dices. Franz Kafka.
-Eso, eso es. Obsesivo el tipo, pero bueno.
-Es un genio.
-Bueno, tanto como eso, no sé. Pero sí es muy bueno.
-De embestida. Literatura de embestida.
Pasos tomó un largo trago de su cerveza. Tenía sed y el
líquido frío le cayó al estómago con crepitación
de caverna.
-Oye, pues te voy a presentar al viejo. Se llama Edwin Zamora. Te va a gustar.
Es muy libre.
-Gracias Ramos. ¿Has visto a los otros? Al flaco Escobar, a Tomás,
a Juanelo. Tengo tiempo de no verlos.
-Porque te escondes. Siempre andan por aquí. A Tomás lo veo a
menudo en La estrellita.
Pidió otra jarra y la apuró casi de un trago.
-Tengo que ver a una chica hoy a las siete. Una rubia guapísima. No he
hecho más que pensar en ella. A ver si funciona. ¿Tienes dinero?
Me parece que estás más pelado que una culebra. Toma.
Le lanzó dos billetes sobre la mesa. Pasos rehusó, dio explicaciones,
tartamudeó.
-Cógelos, no seas tonto. Algún día me los pagas. Algunos
derechos o un copyright. Yo estaré ahí para cobrártelos.
No te ocupes.
Saludó a otra gente con la mano y se levantó.
-Ah, y quítate de una vez esa depresión fatídica. El mundo
no se acaba hoy.
Pasos lo vio salir contento. Pensó que era un gran tipo. Un tanto
prepotente pero un gran tipo. ¿No sería mejor ser como Ramos?
Cuántos problemas y desdichas se ahorraría. Ser como Ramos. Pero
cómo, de qué forma? No ser como él era. ¿Es eso
posible? Podría esforzarse, hablar más, pensar menos tal vez.
Si uno pudiera cambiarse, romper con su personalidad, editar a un nuevo Pasitos,
menos trágico, menos romántico, menos pesimista.
Cansado después de caminar la noche entera he llegado a mi estudio. El frío de la noche y la melancolía de las plazas entristecen los pensamientos, incrementan la soledad. Cada día la vida resulta más cara en esta ciudad, más difícil sobrevivir con tanta exigencia. Enmedio de esta barbarie fría y fiera el único recurso parece ser el Amor, las expresiones del Amor, la compasión, la ternura... Pero es imposible. Detrás de todo eso siempre surge el inevitable fantasma del dinero, la presión del patrón, el clamor del estómago. Mi estadía en Bruselas resulta ya demasiado cara y demasiado solitaria. Antón es extraordinario, sencillo y comprensivo, pero siento que necesito algo más, un empuje mayor. Mi experiencia es poca y mi conocimiento nulo. Si pudiera rodearme de gente más amplia, alguien que compartiese mis preocupaciones, mis ansiedades. Pero la mayoría de la humanidad está ocupada en otras cosas y la principal preocupación es la ganancia económica. Tal vez debería aceptar el traslado a Etten, allá tendré paz y facilidades, mi existencia no será una carga tan pesada para nadie y podré pintar más. Pintar, pintar, pintar más... Ya he cumplido veintiocho años, veintiocho años que en la efímera vida de un hombre como yo es demasiado, y no obstante lo único que he hecho es errar, equivocarme a cada paso. He querido dar calor y mi presencia es un témpano de hielo, mi compañía infunde soledad; cuando he encaminado mis esfuerzos a dar seguridad y confianza, lo único que he logrado infundir es miedo y zozobra. Ursula pasó por mi vida como una estrella fugaz, indiferente por completo a mi amor. ¡Con lo que yo la he amado! Triste situación la de este mundo con la belleza y la pasión que encierra, el dolor humano, la furia y el pesar, la decepción y el arrepentimiento. En el fondo pintar no es para mí más que una forma de expresar esta contradicción. Una niña, una flor, una nube en el cielo, una mirada lánguida, un cuerpo deformado, una lágrima.
Pasos salió del trabajo. Se sentía fatigado y deprimido. «Trabajar tanto por un salario de hambre que a duras penas sirve para sobrevivir». Había conseguido el trabajo en la estación de gasolina unos días antes y casi había tenido que rogar para que se lo dieran. Trabajaba toda la noche, velando el sueño de los demás, atendiendo a los escasos automovilistas en busca de combustible. El trabajo le dejaba tiempo para leer, para escribir, para pensar. Demasiado tiempo en realidad, demasiado tiempo solo en la pastosidad de la noche en que surgían los fantasmas del recuerdo y la cabeza se llenaba de conjeturas. Viendo pasar los autos, las parejas que regresaban de alguna velada placentera, los grupos riendo a carcajadas, ebrios de alegría. Pasos se sentía inmerso en su soledad, diminuto, aislado. Recordaba a Rebeca y su tiempo de plenilunio a la orilla del mar, los amores, los besos, las manos buscando en el cuerpo los motivos de la vida, la mirada manteniendo viva con su fuego el alma. «Si volvieran esos tiempos con su luz y su calor, con sus momentos de dolor y de pasión, con sus lágrimas y sonrisas». Ahora sólo le quedaba escribir, figurar de mil formas distintas aquella relación única por su intensidad y su matiz. Todo aquel amor que ya no podría dar, que ya no podría expresar, tenía que volcarlo de alguna manera. Qué más había en la vida? Eso era todo, ahí mismo terminaba. «Por suerte no viviré mucho y mis angustias y mis ansias culminarán con el final de una novela, de una gran novela». Pasos salió del trabajo en el momento en que la ciudad despertaba de sus sueños, de su horror de pesadilla, de sus amores conyugales. Despertaban los niños en los orfelinatos, los convictos en la penitenciería, los párrocos en sus recámaras, los ejecutivos; despertaba el sol en el oriente con su furor de luces, los motores adormecidos, las computadoras en las oficinas, los teléfonos. «El mundo que parte a una odisea más, igual que ayer pero diferente, una nueva embestida al destino». Pasos recordó por un instante aquel amanecer de Clarín en La Regenta y pensó que todo era igual, hoy como hace un siglo, un amanecer igual al que vieron aquellos hombres que dejando la planicie africana cruzaron el Mar Rojo. Compró duraznos en una frutería y se fue por la calle, engullendo a grandes mordiscos la fruta jugosa, saboreando la pulpa dulce hasta sentir sobre sus labios la superficie rugosa de la semilla colorada. «Hará falta que te pudras para germinar, porque la vida surge del sacrificio y sólo del sacrificio. El calvario de Cristo fue el inicio de la vida eterna. Tendrás que morir para que de tu entrega surjan mil vástagos que habrán de perdurar la especie. «Así es Pasitos, hay que morir para nacer de nuevo». Llegó hasta la esquina de Almería y entró en su casa. Siete pisos, una puerta, una habitación estrecha y desordenada, papeles, libros, periódicos, restos de comida, sábanas, zapatos, cuadros, recortes, fotografías amarillentas, un sombrero de pita, un vaso roto, un cepillo de dientes, el olor de la materia, la luz, la sombra. Encendió la hornilla y calentó agua, se preparó un té fuerte y se tiró en la cama, cansado. Volvió a pensar en Rebeca, en su ausencia, en el lugar en su vida que nadie podrá jamás llenar.
Indudablemente no me entienden, para ellos no soy más que un exéntrico, un loco bastante extraño. Mis pobres padres sufren tanto... pero todo es por falta de amplitud, sus restricciones no van conmigo. Me parece una vida tan falsa y tan reprimida y yo necesito más intensidad en mi existencia. No puedo conformarme con una seguridad económica, con un amor rutinario, la vida tiene que ser una búsqueda incesante de valores, la alegría como una forma sublime y pura del espíritu, el dolor como depurador del alma. Somos tan irracionales, tan impredecibles. Quién puede determinar sus sentimientos, quién puede controlar un amor auténtico. Imposible. Es como proponerse pintar un tema que no se siente, algo ajeno a nuestro estado de ánimo, a nuestro gusto. El resultado será siempre vacío, falto de veracidad, artificial. Sin embargo hay motivos que buscan al artista, que lo acosan constantemente hasta que uno no resiste más y se deja llevar por aquel impulso. Siempre me he resistido al concepto de la inspiración porque éste es un fenómeno gratuito, en cambio el artista sufre su inspiración. Más que una deliciosa creación es un parto doloroso, hay que sudarlo, hay que morderse los dedos, hay que sangrar agónicamente. Sin duda alguna la capacidad artística se mide en términos de pesadumbres y dolor, como el Cristo del Gólgota que en el sacrificio culminó su misión salvadora. Pero Cristo llevó a cabo su misión con alegría, su entrega en la cruz fue una entrega libre y llena de esperanza, y eso es lo que a mí me falta. Esa alegría en el sacrificio, ese aceptar las cosas con decisión. Enfrentarse a la adversidad con la sonrisa en los labios, con la certeza que de esa experiencia surgiremos más limpios, más puros, más fuertes.
«Es el biorritmo que debo tenerlo por los suelos,» se dijo Pasos en aquel despertar monótono del lunes. Se quedó con los ojos abiertos, el cuerpo unido a las sábanas tibias y suaves como una placenta, se quedó invadido por una pereza milenaria y una depresión masiva. Había pasado casi dos semanas sin hablar con nadie, aislado en la soledad de sus ficciones, repitiéndose constantemente las mismas ideas, soñando con las mismas imágenes. Escuchaba voces humanas, sí, pero no estaban dirigidas a él. En la habitación de al lado se escuchó la canilla del agua y un tintinear de platos: «gente que vive acompañada,» pensó. El también podría vivir así, si lo quisiera. Pero no era cierto, jamás lo había conseguido. Era siempre la inconformidad, la falta de seguridad y de fe en algo, el cambio constante, las impresiones contradictorias, las mutaciones. El sol entraba por la ventana inclinada y golpeaba furioso la carpeta raída. En el rayo que el ojo capta revolotean las motas de polvo, las partículas que vuelan imperceptibles en el aire están a merced del viento, de los cambios en la presión atmosférica; son libres, nada las ata, nada las detiene, pero están sujetas a un movimiento que ellas no controlan. «Ahora mismo soy libre de quedarme tumbado en esta cama, de salir a la calle, de ponerme a escribir, de cortarme las venas». Pasos tenía en muy alto su libertad, su capacidad soberana de hacer lo que quisiera, nada lo retenía ni lo impelía, y no obstante todo lo que uno hace acarrea consecuencias, convida a una secuencia de hechos posteriores; hechos y consecuencias que por su sola existencia infringen nuestra libertad. «El concepto por sí mismo se anula. La libertad es por antonomasia absoluta, desde el momento en que deja de ser absoluta deja de ser libertad. Por experiencia sabemos que la libertad nunca es absoluta, siempre está relativizada por una serie de condiciones y consecuencias, por el medio y las circunstancias, por tanto no podemos hablar más que de una libertad totalmente relativa. Mi decisión de levantarme, escribir o caminar es totalmente relativa, no posee la menor autonomía. No es una decisión sino más bien una conclusión». Se dio una vuelta en la cama y se tapó la cara con la almohada. Recordó a su madre con su rostro de pena, las arrugas zurcándole la frente, los ojos tristes. No había sabido nada de ella desde el día en que se despidió en la puerta de la casa, hastiado de aquella vida sin futuro en un pueblecito perdido, y había partido con los bolsillos vacíos pero con la cabeza llena de planes y proyectos, de sueños que algún día serían realidad. Pensó que estaría muy triste y muy sola esperando todos los días una palabra, una letra, un abrazo. Pensó que comparada con la de ella su soledad era mínima y ridícula y levantándose del lecho se sentó a escribir una carta.
Otro fracaso más, otro intento de amar vanamente frustrado. ¿Qué me pasa Dios mío? ¿Es que vengo señalado con un estigma imborrable? La adoro tanto a ella como a su hijo, estaría dispuesto a cualquier cosa por ellos, pero siempre mis intenciones terminan en un camino torcido, en un paraje dudoso. Yo que trato siempre de ir al fondo de las cosas, al fondo de los seres humanos, soy fatalmente juzgado por las apariencias. ¿Qué puede haber de malo que ofrezca un poco de amor a una viuda solitaria y su hijo, a quien quiero como si fuera mío?
Pasos respiró el aire del litoral, sintió en el paladar el sabor de la sal, la dulzura del ocaso transparente, vio las piedras que bordeaban las aceras en un arco cóncavo que parecía perderse en el infinito. Unos chicos jugaban en la arena blanca, se decían cosas, reían. Una pareja conversaba lánguidamente bajo las sombras, sus diálogos intercalados por largos silencios, por períodos de ausencia. Se vio a sí mismo, sentado en una playera semejante a esa, veinte años más tarde, envejecido en su propia juventud, se vio acompañado de Rebeca, sentados con la misma languidez de las parejas que ya se han dicho todo lo que tenían que decirse, que ya se conocen todos los secretos oscuros, que ya no tienen pensamientos originales porque éstos no son más que la repetición de otros pensamientos pasados. Se vio repitiéndose en la duplicación de las horas y las experiencias, arrugados ambos y envejecidos, él ya calvo y enjuto, el rostro afectado por una mirada triste, y ella con los años mostrándose en los pómulos, en las comisuras de sus labios gruesos pero con los ojos seductores y hermosos aún. Se siguió imaginando frente a aquel mar que los había visto caminar de la mano, abrazarse, saltar como niños, aquel mar que había sido testigo silente de sus lágrimas y susurros. Pensó que la vida era más corta de lo que uno se imaginaba, que los días eran preciosos como rubíes y que había que aprovecharlos al máximo. Pensó en una de sus últimas tardes frente a aquel mar, Rebeca con su blusa blanca y su falda de mezclilla, él feliz como un niño sin saber lo que le esperaba. Revivir todas aquellas tardes, la noche de mayo en que la había conocido, la noche de junio en que habían firmado un pacto sin palabras ni papeles, la tarde de julio de zozobras y llantos, la noche de agosto del primer amor, la mañana de septiembre, la madrugada de octubre, el calendario maya que se dibujaba en su mente, los horrores de febrero, los calores de abril, los fríos de diciembre. Todo desde aquí, desde este puente al que un día volverá para despedirse del mundo, para dejar de recordarla en las vigilias y de reinventarla en los sueños, para dormir sus pesadillas de enamorado caballero junto a las perlas del fondo del mar. Todo desde esta hora violeta de soledad y nostalgia, de nubes acaballadas en el cielo, de hombres de ojos vidriosos que buscan al otro lado del mar una calle estrecha, un barrio familiar, una ciudad perdida en el pasado, salvada por desmigajados recuerdos de este lugar del mundo.
Ahora he encontrado a Christien con su tristeza y su soledad, con su vida aún más dura que la mía, con su linda hija, con la carga de horror y sacrificio que innundan sus sueños. Christien ha carecido de afecto y atención. Desde niña tuvo que ganarse por sus cualidades el afecto de la gente y desde muy joven tuvo que ganarse la vida. Yo puedo ayudarla, cambiar su destino, puedo hacerlo más dulce con sólo mi cariño, mi compañía y mi respeto. La falta de recursos la hizo caer en la prostitución como a otros los hace caer en crímenes peores. Aprovecho su compañía para trabajar y hacer estudios. He trabajado a lápiz con su hijita y su madre, he hecho un dibujo al carbón de Christien con su niña en brazos, el rostro serio y los ojos bajos que revelan un sentimiento puro, el amor y la impotencia, la pobreza, el hambre, la severidad. Pero nos atacan los problemas y las calamidades, la infección estorbosa y el dolor, otro hijo en camino. Los cien francos de Theo no pueden dar para tanto. Yo también estoy enfermo y tendré que internarme en el hospital, con todos los gastos y contratiempos que esto implica. Al salir ya Christien ha tenido su bebé y hay que buscar un lugar donde vivir. A veces la vulgaridad y la ignorancia de Christien me deprimen, su simpleza grotesca me molesta y me siento mal. Dejo la casa y camino por las calles empezando a sentir el cansancio de esta ciudad. Tengo deseos de mudarme, aprender más, de ver lo que se está haciendo en otros lados, de lo que se está pintando en París.
Pasos introdujo la manguera en la boca del tanque y mantuvo el obsturador abierto dejando correr el combustible, sintiendo el líquido fluir bajo la palma de la mano. Cobró la cantidad exacta y el joven del Buick rojo no fue más que otro cliente perdido en la inmensidad de la memoria. Cuando no hay clientes Pasos saca su cuaderno de tapas negras y se pone a escribir su novela, descubriendo las zonas oscuras de su imaginación, luchando con los personajes que se agitan en las profundidades de su espíritu. «La literatura no es una forma de ganarse la vida, no se debe escribir por dinero. Al menos no el verdadero artista. Hay que distinguir entre el creador y el obrero de la literatura, entre el que escribe para descubrirse y para conocerse y de esa manera contribuir al entendimiento humano, y el que lo hace para ganar dinero y comprarse el auto o el terno de lino». Pasos divagaba durante noches enteras entre los tanques de gasolina y los noctámbulos empedernidos que buscaban a alguien con quien hablar. Pasos les daba conversación, siempre deseoso de escuchar historias nuevas, vidas insospechadas que luego vertía en sus narraciones, transformándolas. Muy pocas veces tomaba él la palabra para hablar de su experiencia, de su soledad, de la ausencia profunda que llenaba su alma. Por el contrario, la gente pensaba que era un chico afortunado, que tenía talento y futuro, muchos lo consideraban un poco genial con sus ideas y creaciones. Pero todos esos juicios eran ridículos ante la mediocridad de su vida, su falta de autenticidad, su zozobra. «Siempre se erraba, no cabía duda». Mientras para algunos era fatalmente malo y perverso, para otros era franco y generoso. Nunca la medida justa, la línea ecuánime. Tomaba café para mantenerse despierto en las largas noches calurosas, café negro con azúcar en aquel pocillo de barro y fumaba para acompañar la soledad de dependiente nocturno. Por las mañanas salía con telarañas en el estómago y el pulso trémulo como el de un adicto a la cocaína, para volver a su cuarto o vagar por las soleadas calles matutinas hasta quedarse dormido en la playa, bajo alguna palmera de pesadas pencas.
¡Qué diferencia, qué mundo de colores y de temas, de sensibilidades! Nunca había imaginado que hubiera un mundo tan diferente, tan variado y rico al otro lado de la tierra. Ese arte místico y profundo, cargado de mínimos detalles y pequeñas bellezas revela un concepto diferente del arte, del hombre, de la vida. Sin lugar a dudas el Oriente está más cerca del ser humano que nosotros, que nos hemos perdido en la ciencia y el progreso. Nuestro mundo se ha alejado de los principios fundamentales, se ha alejado del Amor, que es el principio de toda creación. Ya no se crea por pasión sino por negocio. El arte es un acto de libertad, un acto revolucionario, y la función decorativa del arte es la menos importante. Pero en esta inmensa ciudad hay lugar para todo. Es posible encontrar todo tipo de gente, todo tipo de gustos, y para mí que vengo de tierras oscuras y monótonas, este mundo de fiesta y colorido es algo totalmente nuevo. Me encuentro más tranquilo. La estabilidad económica que me proporciona el vivir con Theo me permite dedicarme totalmente al arte, trabajar con más libertad y estudiar intensamente. Aquí hay gente con gran experiencia. Entre los mejores está un grupo de artistas un poco mayores, pero cuyo arte expresa juventud y vida. Sus colores siempre vivos aunque delicados, expresan un visión del mundo armoniosa y pacífica, intensa y profunda. La idea fundamental de su arte parte de la impresión global que la obra brinda, estructurada en base a segmentos individuales. He conocido a muchos artistas y maestros. Seurat por ejemplo es un hombre sensacional, sincero y buen maestro, profesa un arte delicado que es santuario de paciencia y constancia. Se diría que nunca termina una tela cuando se le ve trabajar con aquella minuciosidad de hormiga, punteando el lienzo con esmero. Más impresionante aún es Lautrec, un enano contrecho capaz de pasarse tres días de juerga y bebedera en los bares de Montmartre, haciendo retratos en los bistrós, admirando a las mujeres que se ofrecen en las esquinas, hablando de música, de costumbres árabes y de caballos. El conde es un hombre desdichado pero tiene un genio descomunal. Su vida ha sido tan distinta a la mía. Yo hasta ahora estoy despertando a este mundo de juerga y bacanal, que si bien es cierto que puede consumir el espíritu de cualquier hombre, también es una realidad fascinante que hay que vivir y experimentar. He pintado algunos cuadros y pronto tendré suficientes para una pequeña exposición. Ahora necesito un poco de suerte, algo que me falta rotundamente, suerte para llegar en el momento apropiado, para ser apreciado. Aunque aún tengo mucho que aprender creo que mis cuadros son buenos. Pero qué va, cada hombre trae su propia suerte y su destino. Es como si cada uno viniera a este mundo con su destino labrado y estuviera obligado a seguirlo sin remedio. He conocido algunos cuantos que parecen nacidos para el éxito y la fama. Gaugin por ejemplo es un hombre enérgico y decidido, un triunfador en cualquier campo. Le envidio su decisión, su fuerza, su positivismo. ¡Si tan sólo pudiera ser un poco como él! Pero es tan difícil ser lo que uno no es. ¿De qué manera puede el hombre cambiar el derrotero que le ha sido asignado? Lo único que puede hacer es trabajar, esforzarse y no ceder hasta lograr los resultados esperados.
Pasos vio a través del cristal al hombre que se acercaba con paso lento, era mediano de estatura, fornido, con el rostro agradable y la mirada oscura. Llegó hasta él y le pidió fuego. Pasos le extendió la caja de cerillas y el hombre desenfundó un revólver y le exigió el dinero. Pasos retrocedió asustado pero el hombre lo cogió por la camisa y lo estrechó contra la pared. Lo amenazó con voz ronca. Decidió no resitir. No había guardado el dinero en las últimas horas y tenía una buena suma en el bolsillo. Con el cañón del revólver en las costillas Pasos tomó el dinero y se lo alargó al hombre. Este se lo guardó sin verlo y lo volvió a amenazar. Le ordenó que se tirara de cara al suelo y no se moviera. Registró las gavetas del escritorio, buscó en los estantes y en las vitrinas pero no encontró nada que le interesara. Le puso el cañón en la cabeza y le dijo que lo iba a matar. Pasos cerró los ojos y pensó en Rebeca, pensó en todas aquellas noches en que había deseado morir, acabar con su vida de una vez, y ahora que alguien se ofrecía a hacerle el favor sentía miedo. Pensó en su madre y la carta que le había enviado hacía unas semanas. Trató de pensar en alguien más pero se dio cuenta que no tenía a nadie más en el mundo. «Eres buena gente -le dijo el hombre-, te voy a perdonar la vida por esta vez. No te muevas hasta que yo te diga». Pasos oyó el sonido de la puerta al cerrarse pero dejó pasar algunos segundos antes de levantarse. Sintió frío y con asco pensó que era un cobarde, que no se había resistido, que no había forcejeado ni un tanto. Pensó en la cara que pondría el patrón al enterarse del asunto, sabía que perdería el empleo, que tendría que empezar otra vez. Se levantó y llamó a la policía. Después marcó el teléfono del dueño.
Llegué a este pueblecito hace algunos meses y todavía me maravilla la fuerza del sol y los colores, la vida que surge por todos lados, la alegría de los campesinos trabajando los campos, las flores, los trigales, las sueves colinas llenas de lilas y violetas, de margaritas que florecen por todos lados. Esos colores me fascinan, expresan la alegría y la vitalidad que siento en mi interior, llenan mis ojos y mi espíritu. Trabajo todos los días en el campo, desde la mañana, bajo el sol. Hago dibujos y bocetos a lápiz, pero cuando trabajo sobre la tela no pierdo tiempo trazando los contornos, no me importan las líneas, lo que me interesa es la impresión, el rasgo dominante, la forma general. Gasto enormes cantidades de pintura pero eso es algo en lo que no puedo ahorrar. Puedo dejar de comer y beber menos vino, pero necesito gruesas capas de pintura para expresar la violencia de estas latitudes, la fuerza de la vida, la pasión que abraza aquí todas las cosas. He conseguido una casita preciosa en el centro del pueblo. Es una casita amarilla de dos pisos en el que podrían trabajar varios artistas y compartir los gastos. Quizás Gaugin quiera venir a vivir conmigo. Lo peor de todo es el viento, que se ha empeñado en hacerme difícil el trabajo, no me deja tranquilo ni durante el día ni durante la noche. Es imposible pintar en la noche a la luz de las velas con el viento que no para. Gaugin es egoísta y arrogante, lo odio. Desde que llegó no ha hecho más que hablar mal y buscarle defectos a todo. Creo que se marchará pronto y acaso sea mejor así. Me ha ayudado y he aprendido de él, pero no puedo resistirlo más. No estoy seguro porque no recuerdo nada. El dice que traté de matarlo pero yo no lo creo. Tampoco recuerdo haberme mutilado la oreja. Recuerdo que había sangre, mucha sangre y que yo estaba acostado en mi cama. No recuerdo haber visitado a Raquel, ni haber salido de casa en absoluto. Sólo recuerdo los colores, las voces que me llaman a cada momento, las figuras que me hostigan sin descanso. En el hospital me siento un poco más tranquilo, puedo salir y pintar en los alrededores, me siento protegido, pero la gente de Arles se ha ensañado contra mí sin razón alguna, y los chiquillos me siguen en la calle y me gritan nombres humillantes. No me importa, lo único que quiero ahora es mejorar y seguir pintando.
Pasos bajó las escaleras y salió a la calle. No había salido en más de una semana. Desde que lo despidieron de la gasolinera por el asunto del robo decidió dedicarse totalmente a escribir. Al diablo con todo, al diablo con la renta y la comida, al diablo con las obligaciones financieras, al diablo con los amigos a los que les debía dinero. Dedicarse a escribir, terminar los proyectos que tenía entre manos, organizar la colección de cuentos que había estado preparando en los últimos dos años, adelantar en la novela que estaba escribiendo, ordenar los poemas en un libro que reflejara la evolución de su pensamiento poético, desde su primeros poemas románticos y trágicos hasta su preocupación por el ser humano, por la historia y la memoria, su indagación poética y su búsqueda de la metáfora múltiple. Al diablo con todos los compromisos. Tenía que ordenar sus prioridades. Sabía que no le quedaba mucho tiempo. Los dolores habían continuado ahora con más intensidad, y empezaba a perder el color, a demacrarse. Le habían salido ronchas en el cuerpo, y tenía los ganglios inflamados, sí es que eran los ganglios. Encerrase en la habitación y escribir, decir todo lo que tenía que decir, olvidarse del atardecer que se veía tan lindo desde la ventana y las ganas que tenía de salir y caminar hasta la bahía, olvidarse de los amigos que seguramente estaban reunidos en El estribillo, bebiendo y conversando, intercambiando ideas, discutiendo algún libro interesante. No podía. Tenía que dejar todas esas cosas y dedicarse a lo que de veras importaba. No abrir la puerta cuando llegaban los amigos a ver si uno todavía estaba vivo, porque sabía que entonces era cosa de quedarse toda la noche conversando y salir a comprar una botella y ponerse bien pedo, mientras se leían poemas o cuentos y se discutía, y Juanelo le señalaba los aciertos, las cosas que le impresionaban y le gustaban, y también lo destruía con sus ěcríticas constructivasî, decía él, pero la verdad es que lo hacía trizas, empezaba diciéndole que estaba muy bueno pero que tal vez podría haber desarrollado más a este personaje, o haber buscado algo más entretenido, porque este asunto está cada vez más aburrido, y esto no hay quien se lo lea. Si es una paliza aburridísima. O que la descarga esa resulta más pesada que una Catedral, chico. Quiroz por el contrario siempre buscaba influencias, correspondencias. Había leído mucho el negro Quiroz y tenía una memoria prodigiosa. Siempre que le leía un poema le sacaba otros tratamientos del mismo tema, o el uso de ciertas metáforas que Pasos creía que había descubierto, y era horrible, porque a veces lo dejaba con una sensación de derrota de la que no podía sobreponerse. Pero en general aprendía mucho con aquellos comentarios y los tomaba con filosofía, aceptando lo que consideraba apropiado y productivo y no dejándose influir por las cosas con las que no estaba de acuerdo, las que le parecían comentarios absurdos y desinformados. Sinembargo ahora no estaba para esas discusiones literarias, ahora era tiempo para crear, de sacar trabajo, y escribía catorce, dieciséis horas al día, hasta sentirse abrumado. Salió a la calle y respiró hondo el aire tibio, caminó un par de cuadras pensando en el cuento que estaba escribiendo y regresó sobre sus pasos rápidamente, subió las escaleras de los siete pisos hasta su apartamento y se puso a escribir el final que había visto claramente mientras caminaba por la calle.
Me encanta la mejestuosidad de los cipreses, la fuerza que inspiran, la flexibilidad de su movimiento, su estatura. Nunca había visto tanta vitalidad en un árbol, y me pesa porque ahora me siento más débil, me cuesta más esfuerzo trabajar como lo hacía antes, me canso con más facilidad. Pero mientras pueda debo trabajar. Me siento contento de haberme mudado aquí, tengo dos cuartos, uno para dormir y otro para trabajar y guardar mis cuadros. Me tranquiliza saber que esta gente no me conoce, que no tienen nada contra mí como mis antiguos vecinos, que puedo dedicarme a trabajar en paz. Los pocos locos que hay en el sanatorio no se meten conmigo, y cuando lo hacen es para admirar lo que hago. Alguno me ha hecho preguntas pero me he dado cuenta que no le interesan mis respuestas. Dos veces por semana voy a tratamiento, que no es más que un baño bastante incómodo y que me quita tiempo para trabajar. Aunque tengo que confesar que después del baño me siento muy descansado y con muy buena actitud para pintar. Leí el artículo que se publicó sobre mi pintura y me parece espantoso. El autor tiene muchas palabras agradables para mí y admira mi arte, y es precísamente eso lo que me preocupa. Sé que no merezco todos los elogios de que soy objeto, y que lo único acertado es cuando me llama loco y desquiciado. También supe de la venta del cuadro y me preocupa que empiece a tener algún éxito. Es muy mal signo. Sé que tarde o temprano las cosas van a salir mal, muy mal. Me gustaría que Theo no permitiera que se escriba más sobre mis cuadros, y sobre todo que no los ponga a la venta. Es lo peor que le puede pasar a un artista, es una especie de castigo. Me preocupa mucho saber que la gente compra los cuadros y los cuelga en sus galerías, en las paredes de su casa, y que te tienen ahí, como un objeto más que forma parte del patrimionio; es como si colgaran un dedo o un brazo, un ojo que se exhibe como un trofeo, una oreja. ¡Qué espanto Dios mío!
Ese día Pasos ya no pudo levantarse de la cama, había dormido muy mal con el calor interno que lo martirizaba y el dolor de cabeza insoportable. Había soñado que Rebeca llegaba a visitarlo al hospital, le llevaba flores. Estaba muy contenta y le daba un gran beso en la boca, le limpiaba la frente sudada, luego se agachaba y le hacía cosquillas a la cama, pasaba a la otra habitación y se desnudaba. ¿Por qué soñaba esas cosas tan absurdas? ¿Tenía la mente destruida? Había salido el día anterior, había visitado a los amigos en casa de Fernando y habían conversado toda la tarde y parte de la noche. Habían hecho algunos comentarios sobre su salud. Se veía muy mal, debía ver al médico. Aprovechó para hablar con Juanelo. No le creyó, se lo tomó a broma, le agradeció mucho que lo nombrara albacea literario y le prometió que se gastaría hasta el último centavo en borracheras. A Pasos le hubiera gustado que Juanelo se lo tomara más en serio. Ahora no estaba seguro si era la persona indicada. Escobar bajó a comprar vino y cerveza y Quiroz mencionó la subasta de un cuadro de Van Gogh por no sé cuántos millones de dólares, el cuadro más caro de la historia. ¡Qué ironía! Pobre Vincent. A la noche salieron en grupo por las calles como lo hacían siempre que se reunían a conversar y a beber, se fueron por ahí cantando canciones viejas, recitando poemas en las plazas, hasta que de una ventana alguien les gritaba que se callaran o llamaba a la policía. Pasos los acompañó un rato pero no podía, no tenía ni las energías ni el ánimo de otros días, mejor dejarlo así, irse a casa, acostarse a dormir y mañana trabajar un poco, adelantar en la novela que ya casi estaba terminando. Pero no fue directamente a casa, se desvió al llegar a la Plaza Concepción y caminó hasta la bahía. Ahí se estuvo un rato, viendo a las parejas sentadas en la costa a la luz de la luna, oyendo las olas suaves y desganadas romper en la playa. Escribió en la memoria un poema sobre la noche solitaria y la vida, pero no lo pudo pasar al papel porque al llegar a casa se sintió rendido y se dejó caer en la cama.
Volvió en
sí en un momento indeterminado, borroso, abrió los ojos y vio
el techo de su cuarto, las manchas que la humedad y el tiempo habían
ido desarrollando, la telaraña que había empezado a formarse en
una esquina de la habitación. Vio las reproducciones baratas que había
colgado en la pared: la "Melancolía" de Durero que siempre lo había
acompañado, "El jardín de las delicias" con sus sueños
de orgía y bacanal, varios grabados de Goya que había recortado
en una revista. ¡Qué tristeza más grande! Salí del
hospital y caminé por la calle íngrima y soleada. Llevaba el caballete,
la caja de pinturas y varias telas. También llevaba la pistola que había
pedido prestada el día anterior. En realidad no sabía para que
había traído las pinturas, no las necesitaría, pero tampoco
sabía para qué había traído la pistola pues sabía
que no la utiulizaría. Tenía que pintar o suicidarme, una de las
dos, o las dos, que al fin y al cabo son la misma cosa. Estoy cansado, cansado
de estos dolores espantosos, de las voces que me atormentan, de las crisis que
llegan en cualquier momento y me impiden trabajar, pensar, moverme, estoy cansado
de ser un estorbo, una carga para otros, es hora de terminar con todo eso. Para
qué iba a prolongar más el sufrimiento, ya era hora de ponerle
fin a todo, a los sueños y las pesadillas, a las interminables historias,
a los recuerdos. Sabía que estaba enfermo, que estaba gravemente enfermo
y que ver al médico no haría más que empeorar la situación,
prolongar más la agonía. Tampoco tenía dinero para pagar
la consulta. ¿Qué importaba? Lo único que le preocupaba
era dejar todo tan desordenado, no haber puesto ningún orden en sus obras,
no haber publicado nada. ¿Qué pasaría con todo eso? ¿Se
perderían junto con la alfombra raída y el colchón mugriento?
Tenía que hacer algo o todo iría a parar al cajón de la
basura, cuando llegaran a retirar su cadáver y a limpiar la habitación.
Tenía que hacer algo porque cada día la situación era más
difícil para Theo, ahora con una familia que mantener. No podía
seguir imponiéndole una carga tan pesada. Claro que podría pintar
más, aprender más, ensayar nuevas cosas. Estos alrededores son
tan lindos y misteriosos, especialmente el cielo que parece esconder un secreto
terrible, algo que uno tiene que desentrañar de alguna manera, algo que
te llama con voces dulces y melodiosas pero que te esquiva inevitablemente.
No puede ser, es suficiente. Será doloroso, lo sé, pero todo en
esta vida es doloroso, por qué ha de ser diferente la muerte. A pesar
del miedo no he escuchado el estampido, tampoco he sentido gran cosa, un esquemor
agudo en el estómago. La debilidad que siento es probablemente por la
pérdida de sangre. El dolor agudo lo hacía retorcerse en la cama,
había perdido mucho peso y no tenía apetito, le costaba mucho
trabajo tragar bocado e invariablemente vomitaba todo lo que comía. No
era nada, ya estaba acostumbrado, sólo que ahora no tenía fuerzas
para moverse, se mareaba mucho y perdía conciencia o se dormía,
no lo sabía con certeza. Se había levantado y escrito una nota
para Juanelo que dejaría sobre la mesa, bien visible, para que él
se encargara de sus escritos, que se los mandara a un editor o los guardara
bien. Se rió de su propia preocupación, de su vano orgullo que
no lo abandonaba ni en los momentos de su muerte y sintió compasión
por sí mismo. Sentí una gran tristeza por Theo, sentado a mi lado,
tratando de darme ánimos mientras ponía buena cara, pero no podía,
nunca había podido fingir bien, y su semblante reflejaba lo que sentía.
Le pregunté por el niño y le pedí que me hablara de él;
era tan lindo. Le recordé que le había mandado algunos cuadros
a París y que los demás estaban debajo de la cama y en el sótano
del hotel. Quería pedirle que los destruyera todos pero no pude, en parte
porque sabía que no lo haría. Me molestaba mucho saber que alguien
los miraría con curiosidad, que tratarían de encontrar significados
donde no había más que pasión, que tendrían estúpidas
palabras de alabanza o simple y vulgar desdén. No podía resistir
la idea, pero al mismo tiempo sabía que esas páginas, esas telas,
era lo único que había hecho en mi vida, que era lo más
importante y que nada más que eso justificaba mi existencia. ¿Todavía
estaba vivo? No podía ser. Era quizás esto la muerte, era esta
inconsciencia, este estado pasivo y letárgico que parecía flotar
en el tiempo, cercano y lejano de las cosas y del mundo, insensible a los estímulos,
al viento que gime en la ventana, al sol que ilumina la noche, al tiempo que
se aleja en una sombra oscura y que parece regresar lleno de luz y cenizas,
hasta este atardecer de cantos y poemas, de colores, de suaves murmullos que
acarician, de suspiros que sueñan con la vida.