Copyright © Nicasio Urbina 1995
Yo era un militar
enlistado en las filas del Ejército Popular Sandinista. Trataba de hacer
mi trabajo lo mejor posible. Creía en la revolución y me esmeraba
en ser buen revolucionario, con honestidad y decencia. En la calle, mientras
trataba de mantener el orden, tenía que soportar los insultos de la gente,
los gritos y las amenazas de la población que no entendía los
sacrificios que requiere una revolución popular. Yo vivía en un
cuartito de alquiler y tenía mi carrito, viejo pero bastante bueno, bonito,
pequeño pero atractivo. Todos los días lo dejaba estacionado en
el Comando Central porque sabía que ahí estaría más
seguro que en cualquier otro lugar. El trabajo era duro y a menudo tenía
que patrullar por varios días seguidos, sin descansar, sin poder volver
al Comando, resolviendo problemas, abusos de autoridad, casos de delincuencia
y criminalidad. Cada vez que regresaba al Comando encontraba que el carro tenía
una nueva abolladura. Al principio eran golpes pequeños: una hendidura
en la esquina trasera izquierda, un faro roto, un rayón en la puerta
trasera derecha. Pensé que los golpes eran accidentales, que en el movimiento
y la continua confusión que reinaba en el Comando, el coche había
sufrido estos percances. Pero noté que también faltaban
pequeñas cosas. Primero desaparecieron las copas, luego el tapón
de la gasolina, las molduras de las puertas. Poco a poco los golpes fueron creciendo
en intensidad. Una noche que regresé cansadísimo, con ganas de
quitarme el uniforme y las múltiples correas y pertrechos que a diario
tenía que cargar, me encontré con que el techo del coche estaba
abollado y la antena quería representar un ocho. Un profundo canal atravesaba
el toldo de lado a lado, como si una rama muy pesada le hubiera caído
encima. Inspeccioné un árbol cercano pero no le faltaba ninguna
rama ni se veía señales de accidente alguno. Indagué entre
los Compañeros pero todos me respondían negativamente, ignorantes
de lo que podía haber pasado. En más de uno sorprendí una
sonrisa irónica y en sus ojos brillaba una chispa burlesca. Cuando le
presenté el caso al Comandante me aseguró que debía haber
sido una rama o algún poste de madera. "Los vientos han soplado muy fuerte
últimamente, compañero" me dijo seriamente. Tomé mi coche
y me fui a casa. Al día siguiente lo estacioné en otra parte del
Comando y salí en mi yip a patrullar las calles de la ciudad. Regresé
casi tres días después, molido. La gente manifestaba en las calles
contra la devaluación de la moneda. Durante el fin de semana pasado los
Comandantes sandinistas habían comprado toda la mercadería en
existencia en las tiendas de la capital. Desde la suegra del Presidente hasta
la empleada del Ministro habían pasado los días comprando todo
lo que les gustaba. Los comerciantes creían haber tenido las mejores
ventas desde los tiempos grandes de Carlos Cardenal, pero el lunes a primera
hora, cuando ya estaban contando sus ganancias para hacer el depósito
bancario, el periódico oficial anunció los titulares fatídicos:
CORDOBA DEVALUADO. Por supuesto que todo el mundo protestó, los bancos
eran un hormiguero de gente al borde de la desesperación, con los bolsillos
llenos de papeles inservibles y los escaparates de las tiendas vacías.
Yo me había pasado tres días tratando de controlar los disturbios,
justificando las medida del gobierno como una necesidad a la que la agresión
norteamericana nos había obligado, el embargo de los gringos que querían
ahogarnos. Me quité la guerrera y el arnés y caminé a mi
coche, abatido, cuando me percaté de lo que estaba viendo. Todo el toldo
estaba abollado con golpes repetidos y contundentes, como con un bate de beisból;
la parte trasera izquierda estaba totalmente destruida, faltaba la tapa de la
valijera, las llantas ponchadas, y el motor prácticamente desarmado.
Me puse histérico. Pregunté a todo el mundo cómo había
pasado aquello y nadie sabía nada. Todos parecían muy sorprendidos
y se acercaban al carro con cara de conmiseración, lo sobaban pero con
cierta indiferencia, como midiendo la profundidad de las abolladuras y luego
comentaban sobre otra cosa. Grité e insulté a todos los que estaban
a mi alrededor, pero ellos empezaron a tirarle piedras a la casa vecina, como
si de pronto hubieran perdido todo interés por mí y lo que quedaba
de mi carrito. Me fui a la oficina del Comandante, el que me recibió
muy serio, sumamente preocupado por la situación que afrontaba el país.
Me escuchó en silencio. Yo traté de exponer el caso con objetividad,
pero casi no podía contenerme, tenía ganas de llorar, de gritar,
de pegarle un tiro en medio del bigotito negro y estúpido. Me siguió
escuchando mientras caminábamos hacia el coche. Todos los Compañeros
seguían tirándole piedras a la casa de al lado, mientras el dueño,
escudado trás un árbol, indagaba la razón de tal agresión.
El Comandante me escuchaba con atención y observaba lo que yo le mostraba.
Parecía aprobar todo lo que le decía. Después de unos minutos
y luego de observar todo el carro con minuciosidad, se dirigió a una
esquina del corredor y regresó con un enorme madero en la mano. Apuntó
con cuidado, y le descargó un golpe furibundo al vidrio delantero. Una
vez que hubo hecho esto se agachó y le quitó una tapita a la válvula
del aire del neumático y se la echó a la bolsa, se volvió
a mí y me sonrió, y luego se unió a los otros Compañeros
y empezó a tirarle piedras a la casa de al lado.
Del volumen de cuentos
de próxima aparición El ojo del cielo perdido
© Nicasio Urbina 1995