FINALMENTE UNA VEZ

©Nicasio Urbina

 A Vicente Fernández en la vida siempre le había ido mediocremente bien. Nunca había fracasado totalmente y hasta tenía que decir que poseía cierta suerte, pero nunca había podido triunfar rotundamente. Le molestaba mucho la idea de quedarse siempre un poco corto, de no dar toda la medida necesaria y de estar siempre entre los primeros pero sin ser el ganador. Esa había sido la historia de su vida. Esta vez sinembargo sería diferente. Esta vez lograría ser el mejor, llevarse el primer lugar, ganar con toda la gloria del triunfo rotundo.

 Llevaría más o menos unos cuarenta minutos en la carrera, el cansancio que al principio lo había intimidado ahora había desaparecido. Ya no sentía las piernas, y la gente con sus gritos y sus palabras de aliento se habían borrado bastante hasta quedar en un segundo plano, distanciados de su conciencia, allá, a los lados de la pista, sin cobrar verdadera presencia. La respiración era segura y suave. Tenía sed pero el pedazo de limón que llevaba en la boca le ayudaba a salivar profusamente. Al tomar la curva de la Avenida Figueres pudo ver que nadie lo seguía y se sintió de nuevo alentado. El conejo hacía mucho tiempo se había perdido de vista y pensó que tenía asegurada la victoria, pero rechazó ese pensamiento y volvió a pensar en Marcela, volvió a revivir las caricias tiernas con que lo arrullaba después de hacer el amor, se demoró en sus bucles castaños, en sus ojos marrones y tiernos, en sus labios. Conversaba con ella mientras seguía el ritmo de sus piernas, revivía las tardes de verano caminando por el parque Independencia, comiendo helados en el Malecón, o tomándose una copa en El Flamingo con la pandilla. Pensar en Marcela era la mejor manera de olvidar el tiempo, el cansancio, el dolor en los pies, el calor del sol quemándole los hombros. Agarró al vuelo un vaso que una expectadora le alargaba y se lo volcó en los hombros, sintiendo el frío reconfortante del agua. Se mojó un poco la cara y volvió a pensar en Marcela. Ahora sí triunfaría de verdad.

 Desde chico había aprendido el sabor de la victoria pero nunca había saboreado el triunfo rotundo. Siempre segundo puesto en el Colegio 15 de Septiembre, sin jamás poderle quitar el excelente a Ronald. Vice-presidente de su clase por tres años consecutivos, a pesar de que él era el más activo, el que más trabajaba para la organización de los eventos, el que se quedaba por las tardes ayudando a los compañeros atrasados, el voluntario para todas las acciones sociales. Siempre brillante, siempre entre los mejores, pero nunca el mejor. "Bachiller en Ciencias y Letras Vicente Fernández Ocón. Excelencia en matemáticas, excelencia en física, excelencia en química, excelencia en francés, excelencia en literatura, excelencia en artes manuales, excelencia en historia, superior en geografía". Malditas cordilleras, malditos ríos tributarios, malditas tundras, estepas y planicies. Por ellas había perdido ser el mejor bachiller de su promoción, por ellas había sido un simple Cuadro de Honor.
 Pasó las oficinas del Banco de América y pudo ver su silueta reflejada en las paredes de azogue, pasó la rotonda del Paralelo y creyó oir las ovaciones de los fanáticos que ya le daban la victoria, pasó las marquesinas del Odeón, los escaparates del Almacén Dreyfus, y divisó las columnatas del Museo de Arte. Sabía que ya le faltaban sólo cinco kilómetros para la victoria y se sentía todavía entero. Se concentró en el movimiento de los brazos para mantener mejor el ritmo y trató de pensar en Marcela. Recordó los años en la universidad y la lucha constante por ser el mejor estudiante de la Facultad de Derecho, las noches de desvelo apurando las aburridas páginas del Código de Derecho Penal, las horas interminables en la biblioteca resumiendo los casos, estudiando los análisis de Convenios Internacionales del Dr. Balvuena. Sus profesores lo estimaban, no cabía duda, le auguraban un futuro promisorio y éxito profesional; sus amigos lo admiraban y secretamente le tenían envidia. Le consultaban los casos más arduos, lo invitaban a los grupos de estudio, y él se prestaba generosos a ayudarlos. Se sentía complacido y lo hacía con gusto, con esmero. Sin embargo siempre había un estudiante más brillante, uno que estudiaba menos, uno que ignoraba alguna reforma a la Constitución de 1948, pero que al final obtenía dos puntos más en el examen final y eso lo mortificaba, lo llenaba de tristeza, de frustración. Cuando en el último año de Derecho consiguió un puesto de ayudante en el reputado bufete del Dr. Mendoza, su alegría se vio empañada por el rechazo del Dr. Fiallos González, el bufete más famoso del país. Siempre había sido así, Vicente, pero ahora sería otra la historia.
 Llegó a la esquina del Paseo Nacional y las multitudes agolpadas en las esquinas le gritaban cosas que apenas podía entender. Volvió la vista y vio la figura oscura de un contendiente que poco a poco se le acercaba. Apuró el paso. Concentró la fuerza en los puños cerrados y trató de relajar las caderas, las piernas, respiró más profundamente preparándose para la recta final. Volvió a recordar a Marcela, el amor que había encontrado después de tantos años concentrado en trabajar, en destacarse como un abogado joven en una profesión competitiva y despiadada.

Repentinamente empezó a escuchar los pasos que se acercaban, la respiración jadeante, el golpe amortiguado del asfalto. Sintió la brisa caliente en el rostro y las piernas empezaron a endurecerse, a perder su flexibilidad. No podía aflojar ni un tanto. Se concentró en la meta que se veía al final, donde el Paseo Nacional muere en la Plaza de la Revolución. Tenía que llegar primero pero ya el otro le pisaba los talones, se sabía perseguido como siempre, cerca de la victoria pero en peligro. Abrió los puños flexionando los músculos y alargó las zancadas. El otro venía ya casi a la par y por doscientos metros se fueron cuerpo a cuerpo en pos de la meta. Vicente mantuvo la velocidad lo más que pudo y al llegar a la meta estiró todos los músculos del tórax hasta que vio la línea de llegada pasar bajo sus piernas, y por primera vez aflojó las piernas y trotó levantando los brazos, gozando el sabor de la victoria total, el indiscutible triunfo de su vida. Todos los espectadores gritaban de contento, lanzaban vivas y hurras, mientras Vicente veía a los jueces deliberando y finalmente anunciando el primer premio para el número 39, el conejo, que nunca se había salido de la carrera y había llegado a la meta con varios minutos de ventaja.