Copyright © Nicasio Urbina 1995
El doctor Lautaro Puentes se había pasado toda su vida luchando contra el somocismo, y se murió justo antes de que empezara la debacle. Murió asesinado una mañana de julio, calurosa y brillante, en la que él pensaba que nada malo le podía suceder. Parece que lo asesinaron por problemas familiares, por una disputa de tierras o una cuestión de animales, aunque se comentó que la suya había sido una muerte política. Su mujer, que la veía venir, trató por todos los medios de evitar la desgracia, pero las personas que pudieron no quisieron escucharla.
La mañana de su asesinato Lautaro se había despertado temprano, había leído el diario con parsimonia y se había rasurado la barba con una cuchilla nueva. Desde hacía muchos años había perdido la costumbre de desayunar, y generalmente comía a las once de la mañana la ración de un almuerzo completo. El médico forense que realizó la autopsia le encontró el estómago vacío, pero la empleada de una de las cafeterías del centro aseguró que el doctor había estado ahí por la mañana, acompañado de su hija menor, y que había ordenado dos huevos fritos con tocino, jugo de naranja, pan con mantequilla y café con leche.
El doctor Francisco Zeledón fue la única persona que habló con Lautaro Puentes la mañana de su asesinato. Ante el juez de instrucción aseguró que Lautaro había pasado por su oficina a las ocho y media de la mañana para arreglar algunos papeles pendientes sobre un problema de tierras, y que había salido de su despacho diez minutos antes de las nueve. Aunque el doctor Zeledón fue exacto en cuanto a las horas, mintió en relación al motivo de la visita por razones de cualquier manera evidentes. Toda la gente sabía que ambos eran opositores al régimen militar, pero de lo que aparentemente nadie estaba enterado era que aquellos hombres formaban parte del levantamiento armado que habría de derrocar de una vez para siempre a la dictadura somocista.
Si bien es cierto que todo el mundo parece haber visto al doctor Lautaro Puentes aquella mañana de julio, nadie recuerda haber visto al asesino hasta el momento en que salió detrás de un automóvil estacionado frente al Banco Nacional y disparó los dos balazos certeros que habían de terminar con su vida. Los testigos oculares aseguran que el hombre disparó sin inmutarse, con la precisión de un asesino a sueldo, que esperó a que el cuerpo se derrumbara en la acera, que se guardó la pistola en el bolsillo delantero y caminó con tranquilidad hasta la esquina. En el momento en que sonaron los disparos su hija se disponía a peinar la muñeca que su padre le acababa de comprar, y como presa de un desesperante dolor empezó a llorar. Doña Ofelia que estaba en la cocina corrió a ver qué le pasaba a la niña, pero no tuvo tiempo de escuchar la respuesta porque una voz de mujer le gritó desde la calle. «Ofelia, date prisa, que han matado a tu marido.» Sin acordarse de la gallina que acababa de poner al fuego, Ofelia corrió hasta la calle y se abrió paso entre los curiosos que se aglomeraban en la esquina. Encontró a su marido tirado en el suelo envuelto en un charco de sangre, con el brazo tendido y la cara contraída por el dolor. «Llamen a una ambulancia» alcanzó a gritar, pero conociendo el estado de los servicios de emergencia se lanzó a la calle y detuvo al primer taxi que pasó. Apremiados por la esposa, seis hombres lo metieron en el asiento trasero del carro que se desplazó a toda velocidad, pero Lautaro Puentes falleció en el camino. Aunque no había hablado, Ofelia Cárdenas sintió que su marido le había contado muchas cosas en el trayecto al hospital, le había pedido perdón por todos los años de sufrimiento, le había recomendado a los muchachos, le había dicho que nunca la abandonaría y que la estaría esperando hasta que ella se cansara de la vida y se decidiera a morir.
Los agentes de investigación se presentaron enseguida y procedieron a interrogar a los testigos. Rodolfo Jaime, cabo raso de la Guardia Nacional, se encontraba de posta en la puerta del Banco la mañana del asesinato. Tenía turno de seis a doce, pero no estaba presente en el momento del crimen. «Andaba orinando, jefe», le dijo al oficial que lo interrogó. Esteban Chamorro, que vendía lotería en la puerta del Banco desde hacía treinta años, confesó que a menudo se dormía de pie y esa vez lo había despertado el estruendo de los disparos. «Estaba tan impresionado con el cuerpo del doctor ahí enfrente, que no me preocupé en ese momento del hombre». «¿Quién puede describir al asesino, carajo?» preguntó el oficial perdiendo la paciencia. «Se llama Augusto Tapia Columna», dijo Francisca Sánchez secándose las manos con el delantal, «mide unos cinco ocho, doscientas libras, pelo negro y piel morena, está vestido con una camisa a cuadros, pantalón azul debajo de la barriga, y tiene cara de matón. Se fue caminando por ahí con toda tranquilidad, como si acabara de hacer una buena acción». El oficial tomó todos los datos y luego le preguntó «¿Y usted cómo lo conoce?». «Todos aquí lo conocen» contestó, «lo que pasa es que son unos maricas».
Dos meses más tarde se le juzgó en ausencia y fue condenado
a quince años de cárcel. El juez trató de consolar a la
viuda diciéndole que todo se paga en esta vida y que tarde o temprano
caería preso. Pero a Ofelia aquello no le sirvió de alivio. «Ellos
mismos lo mataron», le había dicho el doctor Zeledón al
día siguiente del crimen, cuando Ofelia llamó a la policía
para ver si tenían noticias del asesino. «No hemos sabido nada»,
le contestó el Comandante, «tengo a varios hombres trabajando en
el caso». «Pues dígale a sus hombres que dejen de trabajar
tanto y vayan a arrestarlo, porque en este momento está en una casa de
Xalteva». Cuando la patrulla llegó el asesino ya se había
ido, pero sobraron testigos que informaran cómo el día anterior
se había estado emborrachando en un burdel de la ciudad, que había
hecho alardes de valor y había sacado cuatro billetes de a cien. A pesar
de que había orden de detención el hombre salió del país
por la frontera sur, en un autobús de pasajeros y bajo su propio nombre.
La noticia se supo al día siguiente, cuando el editorial del periódico
de oposición acusó a la policía de ineptitud y negligencia,
e insinuó que se hacían de la vista gorda.
Los meses siguientes fueron de combate continuo. Hubo levantamientos en Estelí y Matagalpa, estallaron bombas en Masaya y un grupo de guerrilleros se tomó el Palacio Nacional. Dos años más tarde triunfó la revolución y Somoza desenterró el cadáver de su padre y de su hermano y se fugó en un avión con el dinero del Tesoro Nacional. Cuando entraron los sandinistas Tapia Columna venía con ellos y fue nombrado oficial de G-2, Seguridad del Estado. Para entonces nadie recordaba los sucesos de aquel julio caluroso, y los que lo recordaban sabían que no se podía hacer nada.
Del volumen de cuentos
de próxima aparición El ojo del cielo perdido
© Nicasio Urbina 1995