LA MUERTE Y EL TRANVIA
Copyright © Nicasio Urbina 1995
 A Sarabertha, bella como
 una premonición.

 Cuando sucedieron todos aquellos acontecimientos no tenían ningún significado y la muerte de mi padre, tan trágica y dolorosa, ocultó por muchos años la significación de aquella cadena de errores y coincidencias, pero ahora que puedo analizar aquellos días con la perspectiva del tiempo, me doy cuenta que las cosas no fueron tan simples como parecían entonces, y que en realidad se trataba de una complicada urdimbre que ahora me propongo ordenar lógicamente.

 La última comunicación de mi padre fue una carta que mi madre me entregó en el aeropuerto de Luxemburgo, en un sobre blanco, abierto, con mi nombre escrito en el centro con la inconfundible tinta negra que él usaba para firmar. Recuerdo que la leí en el aeropuerto, antes de montarnos en el coche, y que luego la releí en la casa, después de un largo viaje, y que finalmente la extravié en algún lado, antes de que nos llegara la noticia de su muerte y supiera que aquellas serían sus últimas palabras. Mi madre había llegado a Europa un ocho de julio, cuatro días antes de mi cumpleaños, y aquella carta era una especie de tarjeta de aniversario, documento de emancipación y testamento inadvertido que ahora se revela en toda su complejidad, aunque sea demasiado tarde y lo único posible hoy sea esta elucubración narrativa, inane y superflua.

 El viaje de regreso de Luxemburgo fue desastroso. A medio camino el Lancia que habíamos comprado recientemente se recalentó y sin ninguna señal de aviso dejó de funcionar. Un conductor benevolente llevó a mi madre, mi hermano y su esposa, hasta la estación ferroviaria más cercana, desde donde pudieron tomar un tren hasta Lovaina, mientras Roberto y yo esperábamos a la grúa que habría de remolcarnos hasta un tallercito cercano. Por lo demás las cosas marchaban de mil maravillas. Todos estábamos muy contentos por la visita de mi madre y nos dedicamos a pasear, visitar museos y conocer ciudades.

 La carta de mi padre tenía el mismo tono paternal de todas sus comunicaciones, pero en su contenido parecía hablarle más a un hombre que ha llegado a la mayoría de edad y tiene que tomar la vida en sus manos, que al hijo inmaduro a quien hay que dirigir y aconsejar. Por primera vez en la vida mi padre había aceptado mi determinación de ser escritor y me deseaba lo mejor en mi labor profesional. Me brindaba todo su apoyo, moral y económico, para ingresar en la Facultad de Filología y Letras, y esperaba que aquella fuera la decisión correcta. Ahora, cuando trato de recordar sus palabras, me parece percibir en su tono el carácter premonitorio que precede a las grandes tragedias, pero en aquellos momentos, tal vez por estar demasiado entusiasmado, pasé por alto el mensaje implícito de sus palabras.

 Después de visitar Bruselas viajamos a París, donde pasamos una semana, vimos las celebraciones de la Revolución en el Boulevard Saint German y caminamos por Montmartre. Creo que a mi madre le gustó mucho París, pero recuerdo que cuando le mostramos la perspectiva de los Champs Elysée desde la Place de l'Étoile comentó que todo era muy lindo, pero que le gustaba más Buenos Aires. Creo que fue entonces cuando mi madre empezó a hablar de los pleitos familiares, de las discusiones y las intrigas que habrían de desencadenar la fatal tragedia. Al principio la escuchamos con gran atención y compartimos su preocupación, pero después nos pareció que quizás exageraba un poco y tratamos de calmarla. Como mi madre insistía en volver al tema terminó por fastidiarnos y en aquel entonces pensamos que se trataba de otra necedad suya, siempre preocupada por las cosas. Ahora sin embargo, me parece que el nerviosismo de mi madre y su insistencia por hablar del asunto se debía más bien a un sentimiento premonitorio, porque precísamente en aquel quince de julio, mientras caminábamos por las afueras del Musée de l'Homme y la Tour Eiffel, mi padre caía asesinado en una calle de Granada, con un balazo en el pecho y otro en el vientre, habiendo reconocido a su asesino, y sin poder usar la treintaiocho corta que llevaba en el bolsillo derecho, envuelta en una bolsa de franela como si se tratara de un tesoro.

 En realidad la noticia no la habríamos de saber sino hasta cuatro días más tarde, cuando al llegar a Madrid, mi cuñada encontró una nota, escrita con premura en la libreta de teléfonos de su abuela, con la noticia desvastadora. Pero yo, que estaba destinado a recibir la noticia de la misma manera, cambié el derrotero de mi destino al pasar la frontera en Irún, en el amanecer del dieciocho de julio, cuando repentinamente tuve la idea de visitar a Marisol. El boleto que me permitía usar cualquier tren europeo, y la nostalgia de dos meses de separación me impulsaron a desviarme de mi camino, sin saber que al mismo tiempo me estaba embarcando en una de las experiencias más intensas de mi vida.
 En la estación de Vitoria esperé el próximo Talgo, que habría de llevarme a San Sebastián, desde donde tenía que tomar el local que me llevaría a Hernani. Aburrido y soñoliento busqué en la tiendecita de la estación algo que leer. Los títulos, malos en su mayoría, no me llamaban la atención, especialmente con las pocas pesetas que llevaba en el bolsillo, y ya me disponía a retirarme, resignado a dormir el resto del camino, cuando vi la novela de Herman Hesse que habría de acompañarme en el doloroso proceso de la pérdida del padre. Aunque conocía otras novelas de Hesse, y había leído en traducciones sus poesías, Siddartha me era totalmente desconocida. Con ese sentimiento de felicidad con que se empiezan ciertos libros me senté en mi asiento de segunda, me quité los zapatos y me dispuse a leer, sintiendo el cansancio de una noche de travesía y con la esperanza de que pronto vería a Marisol y a Carla, mi prima, que pasaba aquel verano en su casa.

 No recuerdo en qué momento me quedé dormido pero me desperté de pronto, con el sol en la cara y un amargo sabor de borrachera en la boca. Miré por la ventanilla y vi el descolorido letrero que anunciaba la estación. Por un momento dudé y miré a mi alrededor. Los otros pasajeros conversaban y fumaban con hastío. Sin pensarlo dos veces cogí mis zapatos y mi mochila, y con el libro bajo el brazo abrí la puerta del vagón y salté al andén. La estación estaba desierta y el sol golpeaba con furia el cemento. Aturdido aún me senté en el suelo y empecé a ponerme los zapatos, cuando el tren lanzó un agudo silbido y se puso en marcha. Con aprehensión me volví hacia el letrero y comprobé que estaba en Hernani. El vigía que interrogué me dijo que el tren se había detenido a esperar un cruce de líneas o algo por el estilo, pero yo lo interpreté como un signo propicio de la suerte, sin sospechar que tras aquella aparente conveniencia, residía una intriga magistral del destino preparada quién sabe desde cuándo, con una deleitación matemática.

 Llegué sin dificultad a casa de Marisol, con la sensación de que me movía con soltura en el mundo endemoniado de los laberintos cotidianos, como un pequeño héroe que se acercaba triunfal a su destino. Me abrió la puerta su madre y me saludó con su estilo hosco y cariñoso donde la bienvenida se confunde con el reproche. Marisol me abrazó con fuerza, lo que interpreté como un efecto de la pasión; mientras Carla me veía con desconfianza y misterio.  «¿Qué hacés aquí?» me preguntó, como si sospechara que yo venía buscando algo que ella había adquirido por error. «Nada,» le contesté, «quería visitar a Marisol.» Como si mi respuesta no tuviera sentido en el mundo que ella vivía en ese momento me llamó a su cuarto. «Vení, te tengo que decir una cosa,» y sin esperar que yo terminara de entrar me dijo de repente. «Mataron a tu papa.»
 Ahora que lo pienso me extraña que yo no indagara en los detalles, que no preguntara cómo lo sabía, porqué lo habían matado, cómo había sido; pero en ese momento los pormenores me parecieron insignificantes y en lo único que pensaba era en mi madre y mi hermano, viajando probablemente por la meseta castellana, sin saber que desde hacía varios días, el cadáver de mi padre se enfriaba en la gaveta de una morgue. Di media vuelta y salí a la calle, vi la acera desierta castigada por el sol deslumbrante y caminé de prisa. Dos o tres cuadras adelante sentí la voz de Carla que me llamaba y me detuve. No sabía adónde iba, creo que quería un teléfono. Carla me recordó que podía llamar desde casa de Marisol y empezamos a desandar lo recorrido. Fue entonces cuando me preocupé por los detalles. Me dijo que ese día se había levantado inquieta y nerviosa y que había llamado a casa. Así se había enterado de la noticia. Lo habían matado tres días atrás y su madre había tratado de localizarnos por todos lados. Más tarde, ya en la casa, me contó los pormenores. Habían sido dos balazos certeros, en el medio de la calle y a la luz del día. Murió en el camino al hospital. Del asesino no se sabía nada, mas que lo había matado a traición, como matan los cobardes.  Entré al baño y me froté la cara con agua fría. Me miré en el espejo y por primera vez en la vida noté las facciones de mi padre, los ojos oscuros y rasgados, los labios finos. Sentí deseos de llorar pero me eché más agua fría en la cara y me mojé la cabeza.

 Llamé a casa de la abuela de Silvia en Madrid pero no obtuve respuesta y decidí que lo mejor era tomar un tren y reunirme con mi madre y mi hermano. Sólo podía pensar en la cara de mi madre al recibir la noticia, su rostro congestionado por las lágrimas, su presentimiento confirmado en forma brutal. El Talgo no paraba en Hernani, así que tenía que tomar un tren de cercanías a San Sebastián. Un amigo de Marisol se ofreció a llevarme en su coche y Carla insistió en venir conmigo. Los trenes españoles, aun los expresos, son lentos, y la travesía hasta Madrid es larga y monótona. En el camino hablamos un poco, repasamos algunos detalles, pero Carla no tenía nada que añadir. Desesperado por el tiempo y la espera volví a mi libro.

 Siddartha es la historia de un viaje Es la experiencia de un joven, que como yo, viaja por un mundo desconocido, viviendo con pasión cada momento, aprendiendo continuamente, sufriendo cada etapa como un proceso necesario para alcanzar la madurez y la sabiduría. Mientras leía analizaba mi propia situación, las experiencias vividas, mis objetivos y mis posibilidades. De Siddartha se desprende una filosofía empírica, basada en la experiencia como fuente de conocimiento y el pensamiento como catalizador de la vivencia concreta. Yo reflexionaba sobre mi pasado y mi historia, mi familia azotada por calamidades y violencias, las muertes repetidas y las tragedias. En aquella secuencia perfecta mi destino me conducía de la mano, inapelablemente, hacia una repetición espantosa de hechos fortuitos que marcaban en forma accidental, un itinerario planeado de antemano. La libertad de ser y determinar mi vida se veía reducida a la simple ejecución de actos ordenados en la sucesión caótica del tiempo, donde la forma incongruente y caprichosa estaba sujeta a una estructura rígida y precisa, inalterable. Todo acto de voluntad estaba destinado a completar el itinerario y nada, absolutamente nada, parecía substraerse a la norma. Siddartha sin embargo proponía otro camino, rompía con la tradición y el determinismo, y superimponía la voluntad al sino. Terminé el libro entrando en Madrid. Las calles oscuras de aquella ciudad desconocida se abrían ante mí como otro reto, como otro camino que debía recorrer con la terca ilusión de la libertad completa.
 Nos abrió la puerta Silvia con sus ojos azules cubiertos de llanto. En el fondo podía ver a mi madre, con la cabeza sobre el brazo, y a su lado a mi hermano que la abrazaba y la besaba. Fue la única vez que lloré.
 El viaje de regreso fue una lucha con los itinerarios y las conexiones, escalas en San Juan y Miami, y finalmente la llegada a Managua, los parientes y los abrazos, las condolencias, la casa enlutada y poblada de gente, el féretro en el centro de la sala, y el rostro que había reconocido en el espejo desfigurado ahora por la muerte y la descomposición. Caminamos hasta el cementerio bajo el sol implacable, bajo los discursos de sus amigos y correligionarios, bajo una llovizna persistente que malograba la mezcla del cemento y obligaba a la gente a refugiarse bajo los árboles. Volví caminando por calles aledañas. En silencio me acompañaba Gonzalo, sin decir nada, probablemente recordando la experiencia que él había vivido hacía más de diez años, cuando era casi un niño.
 Aquella noche busqué la carta de mi padre esperando encontrar alguna respuesta, pero no apareció por ningún lado. Derrotado, me conformé con recordar sus frases, las ideas generales y el tono. Recordé su lucha constante contra la dictadura, su empecinada labor política y pensé en su muerte inexpugnable. Pensé en mi vida, tan similar y diferente, y temí que algún cambio de tranvía, algún horario equivocado o una demora fortuita me pusiera en el camino de un revólver.

Del volumen de cuentos de próxima aparición El ojo del cielo perdido
© Nicasio Urbina 1995