Sol de media noche
© Nicasio Urbina 1996

 Bernardo la vio por primera vez sonriendo con su sonrisa grande, dulce y serena, de pie frente a la caja registradora del almacén, con su elegante traje amarillo, solar contra su piel oscura y brillante. Así la vio Bernardo y así la recordará por el resto de su vida, charlando tranquilamente, con una sonrisa constante que empezaba en la boca ancha y hermosa y estallaba luego en los ojos oscuros y grandes, iluminando todo el espacio que la rodeaba. Así la recordaba y así era Lucía, feliz y radiante como una musa morena. Ahí empezaron a conversar de cualquier cosa. Bernando le preguntó por la acogida que un nuevo producto había tenido entre los adolescentes, y terminaron hablando de las bellas plazas que adornaban Santa María del Valle, la ciudad donde ella había nacido y vivido toda su vida. Se separaron esa tarde después de charlar un rato porque ambos tenían compromisos que cumplir. Bernardo se fue a hablar con los representantes de unos nuevos zapatos de goma que estaban causando furor entre los jóvenes, y Lucía continuó vagando por los pasillos, mirando los nuevos productos, hablando con los representantes. Ella era compradora de la cadena ìEl mundo de los deportesî, y la mayor parte del tiempo se lo pasaba viajando, de una convención a otra, de un show de artículos náuticos a una exposición de máquinas Nautilus para hacer ejercicio.

 Quedaron de encontrarse en el bar del hotel a las siete. Bernardo pensó en ella cuando hablaba con el Sr. Márquez sobre un pedido bastante grande de raquetas de tenis, pensó en ella más tarde, cuando estaba probando un nuevo regulador para equipo de buceo, y pensó de nuevo en ella, esa tarde, cuando subió a su habitación para refrescarse un poco. Pero por mucho que la recordó Bernardo no estaba preparado para verla como la vio entrar, con su sonrisa radiante adornándole la boca y brillándole en los ojos, con su traje amarillo, deslumbrante contra su piel morena y lúcida, y su voz de suave sirena tropical que lo envolvía todo con una dulzura cantarina. La vio buscándolo distraída entre los concurrentes que charlaban después de un día de trabajo intenso, Bernardo le hizo un gesto con la mano y ella se escurrió entre las mesas hasta llegar a la enorme barra de caoba donde la esperaba con impaciencia. Ahí se instalaron a charlar, haciendo comentarios sobre algunos de los productos que habían visto, hablando en general de las tendencias más marcadas de la industria deportiva, de los atuendos de las jovencitas que hacían del ejercicio físico un desfile de modas, y de las posibilidades de venta de los últimos zapatos Nike.

 Lucía hablaba con soltura y delicadeza. Del tema de los artículos deportivos pasaron a hablar de las artesanías de su pueblo. Entonces Bernardo descubrió que ella era una consumada exploradora de centros artesanales. Se pasaba gran parte de su tiempo libre, con su hija y su marido, recorriendo los pueblecitos aledaños, visitando mercados de feria y talleres de orfebrería, comprando baratijas de barro y bellos collares de conchas. Entraba a las casas de los maestros artesanos saludando con sus ojos de luna, hablándole a la gente con su tono familiar y amistoso, con la inocencia de una mujer que ha visto mucho en su vida pero para quien cada encuentro es un nuevo descubrimient; y salía con las manos llenas de cerámica blanca, de piedras pulidas para adornar un centro de mesa, de jarritos de diversos colores y tamaños pintados a mano. Le mostraba a su hija cómo los tejedores trenzaban la pita para hacer las grandes canastas o pulían la madera para las mecedoras, y parecía conocer todos los secretos para cocer el barro y trabajar la plata. Bernardo la escuchaba con deleite, mirándola entornar los ojos cuando recordaba algún viaje, o desbordárseles de alegría cuando evocaba los figurines de plata de San Juan de la Frontera. Su vida quizás era menos mágica, menos interesante. Le gustaba salir a pasear por los parques en las tardes de sol, con sus tres hijas lindamente vestidas, correteando entre los árboles, jugando a las escondidas entre los robles centenarios del Parque de las Madres. Le gustaba sentarse con ellas en los quiscos a leer las historias de los Hermanos Grimm, o salían a montar en bicicleta a lo largo del río, mirando los remolcadores que empeñosos arrastraban su carga de acero. Así se conocieron aquella tarde de primavera, en una ciudad extraña para ambos, en una hora en que ambos creían que no les faltaba nada en la vida para ser felices.

 Ahí conversaron por varias horas entrecruzando miradas penetrantes, sonriendo con la alegría inocente de dos personas que gozan de la vida. En un momento en que Bernando estiró la mano para coger una servilleta rozó levemente el antebrazo de Lucía y sintió su piel suave y oscura bajo las yemas de sus dedos. Al sentir el halo tierno que emanaba de su piel una sensación profunda recorrió su espalda y sintió en las piernas el cosquilleo tierno de la concupiscencia. Lucía no se movió ni un ápice pero el rostro se le conmovió imperceptiblemente. Ella había sentido los dedos rozarle el antebrazo como un flujo continuo en todo su organismo, y no había podido controlar el cosquilleo que le subía por el abdomen hasta bullir en el pecho. Bernardo tomó la servilleta entre los dedos y volvió a apoyarse en el banquillo, pero ya su vida había cambiado totalmente. Al mirar el rostro de Lucía se encontró con una cara que hablaba y sonreía con la boca, mientras con los ojos soñaba cosas inefables y misteriosas. Continuaron la conversación hilvanando las historias de sus vidas, contándose anécdotas de sus familias, hablando de sus respectivos pueblos, pero ya marcados por una sensación de acogedora ternura e inocente deseo.

 La cena fue ligera pero exquisita. Brindaron por cosas que en realidad no tenían ninguna importancia y hasta sucumbieron al placer de disentir rotundamente. Al salir del restaurante caminaron por un rato y luego entraron a una discoteca que parecía animada. El local era amplio y las mesas pequeñas, rodeadas de sillones profundos y suaves. Se sentaron en un lugar un poco apartado y tenían que acercarse bastante para escuchar lo que se decían. Iban a pedir dos cervezas frías, pero Lucía sugirió un coctel a base de Tequila. Siguieron conversando animadamente. En la suavidad del sillón sus cuerpos se juntaron de forma que el brazo de Bernardo estaba muy cerca del pecho de Lucía, y cada vez que ella hablaba podía sentir el hálito perfumado de su boca, y cuando callaba sentía el corazón palpitar en cada una sus venas. Ella se apartó un poco y se acomodó entre los grandes cojines de estopa. Fue en ese momento en que le tocó la cabeza con sus largos dedos y le hizo cariñosos rizos en el cabello, mientras comentaba algo sobre la música que sonaba en los altavoces. Bernardo quiso cerrar los ojos y gozar aquella caricia hasta el máximo, pero le pareció demasiado obvio y delatador. Prefirió hacer un comentario sobre su hermoso cabello y le pasó la mano por la cabeza hasta dejarla descansar sobre el cuello tibio. Lucía se sorprendió un poco ante la intimidad de la caricia y retrocedió brevemente. Le había gustado, quizás demasiado, pero tuvo miedo ante el giro que estaban tomando las cosas. Quiso echarse un poco a un lado pero el sofá tenía la virtud de atraerlos como dos imanes, como un embudo que hacía al mundo girar con desmedida fuerza centrífuga y los abrazaba con su atracción inevitable. Después de mucho luchar acabaron uno junto al otro, arellanados cómodamente en la suavidad de sus cuerpos, con las piernas estiradas sobre la mesa de madera, como dos viejos amigos. Lucía le siguió contando de los pueblecitos mágicos de su tierra, de las casitas de sueño de San Miguel, de los bellos tejados de Aguaclara y las ferias de Mazapán. En el calor de sus descripciones, Lucía se movió rápidamente en un gesto de aprobación y levantó el brazo izquierdo; el hombro de Bernardo resbaló un poco y pudo sentir su torso tibio y palpitante, sus costillas firmes y la tierna suavidad de su pecho. Se quedaron por unos segundos gozando de la íntima cercanía de sus cuerpos y luego se separaron con desgano. Continuaron charlando. Al cabo de un rato Bernardo se sentó de costado, mirando de frente a Lucía, y pasó una pierna por encima de la otra. En esa posición podía verle directamente a los ojos y su pie izquierdo quedaba justo debajo del muslo de Lucía. Quería besarle suavemente los labios pero tenía miedo de asustarla. ¡Estaban tan bien así!  Su empeine rozaba suavemente la pierna de Lucía, y si la movía un poco producía la sensación de una caricia que los dos supieron apreciar. Después de un rato se levantaron a bailar.

 El la tomó suavemente del talle y enlazó su mano izquierda entre sus dedos. Ella se acercó con cautela y le pasó los brazos por los hombros. Empezaron a moverse al compás de una balada, sin mayor esfuerzo ni artesanía, gozando secretamente la sensación de estar tan cerca, sintiendo el aliento del otro tibiamente en la mejilla, gozando con la sospecha de estar enamorados románticamente, como dos niños, reviviendo una adolescencia de pequeños y fugaces juegos eróticos. Bailaron ìVuélveme a quererî de Mario Alvarez, y luego una guaracha bastante picantosa, se divirtieron con la salsa de Héctor Lavoe y bailaron hasta sudar cumbias y merengues. Pero cuando llegaron a ìLástima que seas ajenaî de Jorge Massias, Lucía se acercó con complacencia y Bernardo la estrechó tiernamente. Bailaron en silencio, con los ojos cerrados, soñando cada uno su propia versión de aquella libertad inusitada, de aquel secreto pacto que sin saber estaban contrayendo con cada una de las sensaciones que se estaban provocando, con cada roce de su antebrazo en el cuello, con el quiebre de su cadera bajo la mano ruda de Bernardo, con la sonrisa franca y hermosa que pasaba a unos centímentros de su boca. Siguieron bailando por largo rato, sudando alegremente toda la felicidad de la vida, del cansancio del trabajo, de la euforia de los tragos. Bailaron ìYerbero modernoî, ìLa piragua de Guillermo Cubilloî y ìDe dónde son los canantesî. Bailaron ìOoooh, Lupe, Lupita mi amor, yea, yeaî, y luego, sudados al máximo, se volvieron a estrechar amparados por la voz de Luis Enrique, quien decía ì...el amor ha llegado con tanta pureza como el de una primera vez...î Regresaron a la mesa exhaustos y felices. Antes de sentarse, cuando Lucía se volvió de frente, Bernardo se adelantó y le dio un beso en la mejilla. Lucía se quedó pasmada, sin saber qué hacer. El corazón le dio un tumbo y no pudo evitar la vergüenza que se le subió a la cara. ¿Desde hacía cuánto no le robaban un beso de esa forma? ¿Recordaba la última vez que tuvo esa sensación de discreto alago y pícara espontaneidad? Había pasado tanto tiempo desde que en la adolescencia jugara con esas ilusiones, que ya había olvidado los secretos de esos placeres. Bernardo se dio cuenta de su turbación y se disculpó brevemente.

 Se quedaron en el bar hasta que el mesonero los echó en la madrugada.  Estaban cansados y al día siguiente los esperaba un día de trabajo, pero ambos estaban felices y locuaces. Caminaron sin prisa por la acera oscura y despoblada, entraron al hotel y recorrieron el hall y los pasillos sin prestar la menor atención a nada que no fuera la historia de Lavinia, que Lucía le contaba con la voz y con los ojos, y con las manos que ocasionalmente iban a caer sobre los hombros de Bernardo, sobre su cuello o su brazo. Llegaron a la puerta de su cuarto y Bernardo quiso entrar, pero Lucía le pidió que no lo hiciera, que a penas se conocían y no valía la pena estropear algo tan lindo precipitándose demasiado. Le dio un beso largo y cariñoso; rehuyendo siempre, imperceptiblemente, pero entregándose cariñosamente y con generosidad. Para Lucía era el beso feliz de una aventura liberadora, para Bernardo fue un sueño inesperado que lo dejó marcado para el resto de su vida. Finalmente se fue separando poco a poco y empezó a despedirse. Ella tampoco lo dejaba ir pero abrió la puerta de su habitación y Bernardo, que se le quería meter en el cuerpo en ese momento, se fue cabisbajo buscando el elevador.

 Al día siguiente ambos tenían una agenda copiosa pero buscaron muchos pretextos para encontrarse durante el día. Fue interesante soprenderse en la exhibición de Atlas, o acercarse silenciosamente y hacerle una pregunta distraída mientras leía un libro de la Editorial Salud. Bernardo hubiera querido encontrarla en el elevador, a una hora pico cuando estuviera repleto de gente y estrujarse mutuamente en un abrazo, pero se contentó con unos besitos fugaces tras las cortinas del módulo de Aguas Cristalina. Era un juego divertido y fascinante, salir de una entrevista con un importante ejecutivo para finalizar un contrato de venta, y encontrarse luego en una exhibición de veleros y katamaráns, darse unos abrazos riquísimos en las esquinas, sentir sus senos apoyados contra el pecho, besarle tiernamente los labios de esponja y miel, y volver luego a los pedidos y las demostraciones, hablando con los representantes y llenándose de muestras y objetos de propaganda. Por la tarde se encontraron a la salida del salón de exhibiciones. Ambos venían cargados de bolsas y panfletos, lapiceras de propaganda, llaveritos, gorras deportivas, minuaturas de golf, camisetas y portafolios. Bernardo la invitó a tomar un trago pero Lucía quería dejar los bultos en su habitación. Subieron al décimo piso en silencio. El elevador estaba en efecto colmado de gente pero Bernardo tenía las manos ocupadas con los paquetes y no podía abrazarla como hubiera deseado. Se contentó con meter un poco su cara en el cabello de Lucía y darle unos besitos suaves en el cuello. Ella los aceptó con complacencia, y en el silencio del elevador, atestado de gente, su romance fue un suave y misterioso secreto. Bernardo quiso que aquel momento nunca terminara. No había nada como la dulce y perspicaz concupiscencia, la sensación prohibida y secreta, el pacto de silencio que se establecía entre dos personas, el acuerdo tácito de amarse en secreto, con sutiles y fugaces caricias, una pierna que se mueve rozando la entrepierna, un brazo que se apoya en el seno suave y palpitante, la presión de las caderas apoyadas en su pelvis. Bernardo hubiera querido quedarse en ese lugar, era el paraíso perdido de las sensaciones gratas, el oasis de dulzura de las pieles ardientes.

 Contrario a lo que Bernardo hubiera pensado, Lucía lo invitó a pasar a su habitación. Puso las cosas en una esquina y entró al baño, y Bernardo se sentó en un sillón. Encendió el televisor y buscó el noticioso de las cinco. Cuando Lucía salió del baño Bernardo propuso que tomaran algo en la habitación, descansaran un poco y luego salieran a cenar. Lucía accedió con cierta desconfianza, y haciendo bromas sobre las intenciones de Bernardo, se tumbó en la cama. Bernardo preparó dos vodka con naranja y se sentó al otro lado de la cama, con la espalda en el respaldo. Se concentró en las noticias. Escucharon sin comentarios por un rato, gozando quizás secretamente el placer de estar ahí juntos, con la tranquilidad de una pareja que ha descansado muchas tardes en compañía y se conocen todos los secretos. En uno de los intermedios comerciales Bernardo se le acercó y le dio un beso suave en la boca. Lucía lo abrazó con ternura y se besaron largamente, con paciencia, con maestría, moviendo los labios y la lengua con suavidad y fruición. Bernardo la estrechó por el talle, le acarició la espalda de ébano pulido, le besó el cuello y la cara, y le volvió a besar la boca hermosa y abundante. Cuando su mano llegó a los pechos Lucía contrajo todo su cuerpo, sintió un placer visceral que le bajó hasta la pelvis pero le pidió que no continuara. Se asustó de lo que estaba haciendo. Pensó que Carlos nunca se lo perdonaría, y aunque él hubiera tenido múltiples aventuras amorosas, ella le había sido fiel en doce años de matrimonio. Se sentó en la cama y tomó un trago. Bernardo se le arrellanó en el regazo y se quedó en silencio, soñando aún con la sensación de placer que los besos le dejaban, pensando en el miedo justificado de Lucía, en la cara de sufrimiento de Marcela si llegara a  enterarse del asunto. Así se quedaron los dos, abrazados en un silencio solitario, conscientes ante la realidad de sus sentimientos y la imposibilidad de que algo pudiera ser.

 En el restaurante se sentaron en un cubículo apartado. Bernardo le pasó la mano por la pierna y le sonrió con franqueza. Se entendían muy bien. Lucía le devolvió la caricia y pidieron dos tragos. Hablaron de comidas, de la preparación de platillos típicos de sus pueblos, de la superioridad de los productos Dunlop y de las preferencias de sus hijos. Fue una cena encantadora. Después pasearon por el malecón del río, abrazados por la cintura, dándose algunos besos furtivos a la claridad de la luna llena.Volvieron a la habitación de Lucía y Bernardo le pidió entrar. Lucía le afirmó que no se acostaría con él y Bernardo prometió respetar su opinión. En la cama, cómodamente estirados, siguieron conversando de la música andina, de los danzones maxicanos, de los tristes boleros que desde ahora tendrían otro significado, otro referente. A la una de la mañana Lucía se cambió y se metió bajo las sábanas. Bernardo se quedó en la cama con ella, abrazados, musitando cosas simples y bellas cuando se dicen por primera vez. Y así amanecieron, felices de haber estado juntos, frustrados ante el amor no consumado pero orgullosos de haber resistido a la tentación. Sintiendo que habían salvado su amor a la ráfaga impenetrable del deseo.

 Ese día terminaron todos los asuntos pendientes. Lucía cerró varios contratos de compra y Bernardo programó varias demostraciones en su establecimiento. Hicieron las maletas y salieron del hotel. No podían despedirse pero les había llegado el momento. No querían ni debían prometerse nada. No había futuro para su relación, pero se dieron un beso largo y mullido, no lloraron, pero una tristeza muy profunda se les intaló en el pecho. Partieron en aviones diferentes, con destinos opuestos, pero con la misma sensación de tristeza y alegría, de encuentro y desajuste.
 Pasaron varios años en los que ocasionalmente se mandaban una tarjeta postal, una breve carta de amor cifrada, una llamada telefónica esporádica. Por alguna razón no volvieron a coincidir en convenciones o reuniones de la industria deportiva. Era como si se pusieran de acuerdo para no encontrarse. Sus matrimonios eran relativamente felices y estables, sus hijos crecieron y tomaron su propio camino. Finalmente se encontraron de nuevo en la reunión anual de la Asociación Nacional de Distribuidores de productos Wilson. Se encontraron más viejos y cansados pero Lucía conservaba su hermosa sonrisa ancha que se le subía a los ojos, y él tenía todavía un poco del brillo de la juventud. Se abrazaron estrechamente y Bernardo le dio un beso silencioso en la mejilla. Durante la cena se contaron la segunda parte de sus vidas. Ambos habían enviidado y estaban satisfechos de sus matrimonios, pero a ambos les había quedado un vacío irremplazable en el alma. Se agarraron de la mano debajo de mesa, como lo habían hecho doce años antes, intercambiaron miradas de complicidad, se besaron discretamente con todo el corazón y sintieron que nada había cambiado. Se seguían amando con pasión y ahora estaban libres y dispuestos a compartir sus vidas. Pagaron la cuenta y salieron a la calle. La hermosa Avenida de Las Américas les pareció romántica y enigmática. Amparados por la luz de un farol incandescente se dieron un largo y estrecho beso y cruzaron la calle, pero no alcanzaron a ver al coche que venía disparado como un bólido y que los atropelló con una fuerza descomunal, lanzándolos a los dos por los aires, juntos, abrazados para siempre en una exhalación.

 

Para Lupita Araiza