UNA VIDA FIGURADA
©Nicasio Urbina

Enyel se dio media vuelta, rápida, intespestivamente, se mantuvo de puntillas por algunos segundos, y dando otra media vuelta cruzó las piernas. Se sentó en la cama enrollando de nuevo sus piernas largas y delgadas, y quedó viendo a Eugenio con sus ojos grises, pardos y grandes como dos almendras.

 «Todo ha sido así en mi vida, al revés, sin conexiones, sin motivos; no sé por qué, pero así ha sido. Me han pasado tantas cosas, demasiadas, pienso. Porque mira, uno puede vivir, y vivir muchas cosas, pero quizás todo tenga un límite, quizás todo tenga un final. No sé; a veces quisiera que ese final fuera pronto, a veces lo quisiera. Me siento tan cansada, tan vieja, tan vivida. Creo que de morir ahora no quedaría nada, o casi nada por hacer. Tú sabes, tengo esa sensación de haber vivido tanto. Aunque por otro lado sé y comprendo que no he hecho nada serio en mi vida, que he sido un desastre, una vaga perdida en un mundo oscuro y tenebroso, llena de miedos, de cadenas, de círculos viciosos, de soledades. Y pienso que si hoy pudiera cambiar mi vida radicalmente, si tuviera la oportunidad, realmente no sé lo que haría. Parece estúpido, ¿verdad?, pero en verdad que no lo sé. Quizás es que cada uno termina encariñándose con su propio sino, con su fatalidad y su suerte. De la misma manera en que uno se acostumbra a su nombre, a sus rasgos y sus familiares, por extraños y bastos que sean. Fíjate que uno hasta se encariña con sus defectos. Tú por ejemplo me podrás decir, como me lo has dicho, que te gusta tu nombre, tu profesión, tu quehacer diario. A pesar de todo, a pesar de los problemas y las preocupaciones, a pesar de los dolores de cabeza, a pesar de las angustias, te gusta tu presente y tu realidad. Creo que todo el mundo termina por gustarse a sí mismo. No, no todo el mundo. En realidad hay gente que se aborrece, gente que odia su pasado, su origen, su historia, sus necesidades, su condición. Yo misma por ejemplo, yo he odiado, he repudiado mi pasado y mi familia. Es la verdad. Odio mis vicios, los detesto. ¡Cuántas veces no he llorado de dolor y amargura, y sin embargo vuelvo, caigo una y otra vez, y también gozo».

 Enyel volvió a levantarse de la cama con un movimiento rápido, felinesco, como todo lo que se refería a ella. Se dirigió al tocador, frente a la luna ovalada del espejo y se miró a los ojos, penetró el azogue y hundió las lanzas encandiladas de sus ojos en los míos. Por unos instantes Eugenio sintió que existía un puente, una avenida abierta tras esos ojos pardos e impenetrables. Enyel cogió un cigarrillo de la cajetilla, lo encendió con un sorbo furioso y aspiró el humo profundamente.

 «Esta es otra condena: el tabaco. Es una condena a la que le he pagado ya siete años de mi vida. Tengo una bronquitis aguda, tengo los pulmones destruidos. ¿A quién le importa?  A mí no».

 Caminó por el cuarto moviendo sus piernas largas, alzándolas al compás de la música que surgía del aparato. Tres saltos y una voltereta, un movimiento rápido y el cabello flotándole alrededor de la nuca, el cuerpo que se tuerce como una cuerda frá gil.

 «Me gustaría ser una bailarina, sabes. Siempre lo quise. Desde pequeña nos poníamos en el cuarto de mi madre, frente a aquel aparatito de radio, a repetir los simples pasos que ella nos enseñaba, y desde entonces sentía que aquello me hacía feliz. No lo sentía como algo externo, sino como algo que emanaba de mí. Entonces pensaba que algún día llegaría a ser una gran bailarina, que podría dedicarme a la danza profesionalmente y que tendría mucho éxito, que sería feliz. Quizás por eso hago lo que hago. Todavía sueño que podría llegar a bailar en una compañía famosa y olvidarme de mi pasado, pero sé que no es posible. Creo que de proponérmelo podría llegar a serlo. Pero los sueños están limitados por la cruda realidad, por la sordidez de la rutina diaria y el círculo vicioso».
 Volvió a moverse con agilidad, dando tres pasos al frente y girando el cuerpo sobre un pie. Se detuvo en el medio de la habitación, con las piernas firmes y abiertas, el cabello cayéndole por los lados de la cara y los grandes ojos delineados por una raya negra. Eugenio la quedó viendo y pensó que bailaba bien.

 «Es increíble mujer. Tienes que decidirte y trabajar por lo que quieres, tienes que esforzarte, que luchar. Las cosas en la vida no vienen así no más; uno las busca, uno debe trazarse las metas y luchar hasta conseguirlas».

 «Todavía no me siento lista, sabes. He pasado por tantas cosas. Necesito limpiar mi mente, necesito estabilizar el metabolismo, cuidarme, ganar más fuerzas, recobrar la salud. No se puede empezar así como estoy. Tengo que prepararme. Estoy segura que de proponérmelo podría llegar a triunfar como modelo, como músico o como dibujante, porque tengo aptitudes para todo ello, pero tengo que proponérmelo».

 Enyel volvió a la cama y se acostó sobre Eugenio. Su cuerpo delgado iba ganando la topografía del otro cuerpo, embebiéndolo con su cabello, llenando sus manos con sus pechos, llenando su cara de labios y mejillas. Eugenio le tomó la cabeza entre las manos y perdió sus dedos en el cabello castaño.

 «Enyel, tienes que salvarte, tienes que buscarte, salir de esto, moverte, estimarte más, pensar que sos valiosa. El pasado es pasado y a tu edad tienes la vida por delante. Ya has conocido el mundo que querías descubrir, ahora podés dominarlo. Ahora podés andar por encima de todas esas cosas, ser vos, sin que nadie te diga lo que hay más allá de las sombras porque vos has estado ahí y las has sufrido. Tienes que salir y realizarte, Enyel».

 Eugenio le besó las mejillas tiernas y los labios carnosos pensando en la locura de aquel verano, en su propia soledad y sus miedos, en la distancia que sin querer, siempre los separaría. Le besó el cuello y con una mano le abrió la blusa. Enyel tenía la piel morena y suave y los senos pequeños, coronados con un pezón moreno y perfecto. Eugenio los besó con pasión pero Enyel le apartó la cabeza suavemente y se dio media vuelta. Sin decir nada cogió un pitillo a medias apagado que estaba sobre la mesa y lo encendió con una pitada profunda, lo sorbió varias veces y se lo pasó a Eugenio. Con suavidad dejaron escapar una columna de humo que se fue elevando en el aire y se perdió entre millones de partículas que flotaban en el resplandor de la luz.

 «Tenía trece años la primera vez que fumé. Me parece que fue hace tanto tiempo. En ese entonces yo era una chica muy tonta y nunca había sentido nada por un chico, pero ese año todo empezó a cambiar de una manera vertiginosa y un chico me empezó a gustar. Era el primer año de secundaria y yo todavía no me había acostumbrado a aquel nuevo mundo: una escuela secundaria donde dos mil chicos compartían sus aventuras, su adolescencia tumultuosa, la gran ciudad y sus descubrimientos. Esa tarde, al salir de la escuela nos fuimos caminando como siempre, en grupos, cinco o seis chicos correteando, bromeando, tomándole el pelo a los transeúntes. Los chicos a veces se ponían pesados con los viejos. Golpeábamos la puerta de una casa y salíamos corriendo, robábamos frutas en las esquinas para furia de los tenderos, pintábamos las paredes. Esa tarde nos fuimos quedando solos, a medida que los otros iban tomando el rumbo de sus casas. Yo caminaba cerca de él, tratando de sentir el roce de su brazo, la seguridad de su compañía. Y él, a mi lado, buscando como acercar su cuerpo al mío, aprovechando que las multitudes se estrechaban en las aceras tratando de avanzar, asiéndonos por la cintura y soltándonos, sonriéndonos secretamente de nuestro juego de niños. Yo le pellizcaba la pierna y salía corriendo, y él me alcanzaba y me cogía por la nuca, hasta sentir una mano que se resbalaba accidentalmente por mis senos, hasta sentir una cosquilla íntima que me bajaba por el abdomen hasta llegar al pubis. Bajamos hasta la márgen derecha del río, caminando despacio, fatigados. Recuerdo que yo me subí al varandal para ver las aguas ennegrecidas del río corriendo hacia la bahía. Entonces fue cuando me dijo que hacía pocos días, con los amigos, se había presentado la oportunidad y le habían ofrecido; que había sido una buena experiencia y le gustaría compartirla conmigo. La idea me pareció interesante, sugerente, era una cuestión nueva, atractiva, era una forma de entrar en otro mundo diferente, una forma de crecer, de estar junto a Róger y ser un poco adulta. Cruzamos el muro de piedra, bajamos un poco la ribera y nos sentamos entre los grandes árboles, rodeados de arbustos, sin gran misterio pero con precaución. Róger sacó un cigarrillo de su cartera y lo encendió. Todavía recuerdo lo mucho que tosí cuando sentí el humo caliente en la garganta, tratando de mantenerlo en los pulmones como él me decía, sintiendo que el humo crecía en mis adentros hasta que ya no pude más e irrumpí con una tos fuerte y amplia, y una bocanada de humo me raspó la garganta. Las siguientes pitadas fueron más suaves y empecé a sentir aquel sabor a hierba mojada y tierra húmeda. No podría decir qué me dio, no puedo decir siquiera si sentí algo. Creo que en ese momento estaba más nerviosa por el acto mismo que por los efectos. Al cabo de unos minutos emprendimos el camino hacia arriba y seguimos por la calzada, presos de una tranquilidad única, sintiendo la cabeza pesada y el cuerpo flácido, de una manera que no alcanzaba a identificar. Abajo veía el río correr por su mismo cauce inmundo pero las aguas me parecieron ahora más tranquilas y le encontré una belleza de la que nunca me había percatado. Los autos pasaban raudos por la calle y el viento me volaba el cabello, y yo tenía deseos de cerrar los ojos y dejar que la tarde me embebiera por completo. Cuando nos fuimos acercando a su casa me dijo que estaba solo, que su padre había salido a no sé dónde y su madre había muerto hacía mucho; que podíamos subir tranquilamente y que tenía más hierba que le habían regalado. Me gustó la idea de conocer su casa. Había conocido pocas casas en mi vida, además de la mía, pobre y de mal gusto, y la idea me llamaba la atención. Subimos en el ascensor y entramos en un apartamento de piso pulido, limpio y oloroso. La decoración era antigua y se veía por todos lados la mano de una persona ordenada. Lo encontré tan diferente al mío que me dio envidia. Ahí había todo lo que faltaba en nuestra casa: orden, paz, tanquilidad, elegancia y buena luz. No pude resistir la tentación e hice el comentario. Róger sonrió y dijo que probablemente yo era la primera persona que entraba al apartamento en los últimos años. Me confesó que era su padre el que mantenía el apartamento en orden, comentó que era un hombre metódico, ordenado, que gustaba de ver cada cosa en su lugar y detestaba el polvo sobre los muebles y el desorden. Entramos en una habitación pequeña pero que conservaba el mismo orden y olor a limpio que el resto de la casa. Estaba decorada con afiches de motivos deportivos y pequeños cuadros. En la pared había una fotografía, y en una cajita de vidrio un rizo rubio que era de su madre. Sobre el respaldar de la cama había un pequeño radio y algunos libros. En una esquina había un armario de madera, modesto pero limpio y brillante, con un gran espejo. Róger rebuscó en los tramos del fondo y finalmente extrajo con misterio una bolsa de plástico. Yo miré con curiosidad los cogollos verdes, apretados, y sentí el olor a tierra húmeda y vegetal. Róger sacaba la hierba y la contemplaba con devoción, yo me acerqué a la radio y sintonicé una canción de moda. Me sentía tranquila, serena, con una paz interior enorme, pero al mismo tiempo sentía el vértigo de la curiosidad, el temblor de lo prohibido y una creciente admiración por Róger. Fumamos pasándonos el pitillo como en un rito misterioso, como en una sesión espiritista o en una ceremonia indiana. Poco a poco empecé a sentir la piel más sensible, los párpados pesados se caían levemente y en el fondo de mi alma sentía una tranquilidad infinita. Róger me quedó viendo con una sonrisa y me preguntó cómo estaba, me pasó la mano por la frente y los cabellos, y poco a poco vi sus labios rosados acercándose a los míos, sentí la humedad de su boca encarnándose en la mía, el movimiento de sus labios infundiéndole movimiento a los míos y su lengua penetrando mi boca. Sentí el temblor de un mundo nuevo que se abría ante mí, sensaciones pálidas y rosadas, sentí el abismo del tacto y el universo de los olores sensuales. Sin darme cuenta aprendí el movimiento de los labios en un beso, las curvas del cuerpo en una caricia tierna, las inclinaciones del pecho y los llanos profundos de la espalda. Me sentí emocionada y aturdida, eran tantas cosas nuevas, tantos caminos, que no sabía por cual empezar. Seguimos besándonos en la cama y fui sintiendo su mano bajando por el pecho hasta tocar mis senos trémulos, lo sentí contar mis costillas, apretarme la cintura con su mano caliente y subir por la espalda sintiendo cada milímetro de mi ser que empezaba a despertarse en el lago húmedo y tibio que se había desbordado entre mis piernas. Más por imitación que por pasión empecé a dejar que mis manos recorrieran su cuerpo indagando los oscuros misterios de la existencia, descubriendo la sensualidad de los requiebres y los abismos de su piel. Sentí sus brazos sólidos y fuertes, sus hombros anchos y su cintura ajustada a las caderas, sentí la inmensidad del pecho sobre mi cuerpo y la hirviente sensación de la turgencia que se estregaba entre mis piernas con pasión. En ese momento pude medir la inmensidad del abismo a que me acercaba, presentí la infinidad de peligros que se abrían ante mí, y sentí un miedo atroz, como cuando se sueña que se cae en un gran precipicio. Traté de incorporarme desasiéndome de sus manos, traté de levantarme de la cama y poner fin a aquella aventura iniciada inconscientemente, pero Róger estaba decidido. Me sostuvo por los brazos fuertemente, hablándome con dulzura pero haciéndome sentir la fuerza que me impedía moverme. Yo luchaba por soltarme mientra recordaba el llanto de mamá en las horas de las dificultades económicas, recordaba la torpeza de mi hermana con su cerebro maltratado durante el parto, recordaba la ausencia de aquel padre al que nunca había conocido, del que jamás había sabido nada. Recordé tantas cosas de este aciago mundo que lo único que quería era abrir la ventana y salir volando como una gaviota, lejos de los peligros, lejos de los contactos. Pero en ese momento sentí una mano caliente que subía rozando mis senos y otra que bajaba por la cintura buscando el botón del pantalón, mientras su boca me besaba dulcemente y me susurraba palabras al oído. En mí empezaron a luchar una serie de fuerzas contradictorias, un torbellinos de deseos y temores se me atravesó en la garganta y se me fue totalmente la fuerza de los brazos. Poco a poco fui dejando que mi cuerpo se perdiera a los antojos del destino, poco a poco fui dejando que la vida siguiera su curso irremediable. Sentí los pantalones librándose de mis piernas, sentí la lana de mi suéter, sentí los botones de la blusa abriéndose suavemente y dejé de sentir la presión del sostén sobre mis pechos. Entonces pude vivir su lengua húmeda en mis senos, sus labios rosados recorriendo mi cintura, mi cuello, mi rostro, sentí su mano tibia entre mis piernas, subiendo y bajando, buscando en un movimiento suave y cálido los elementos de la pasión. Finalmente sentí su mano bajándome suavemente el calzón y entré en un mundo de calores y suspiros, de sensaciones desgarradas y humedades, me llené de sensaciones placenteras y frías, de temor, de goces. Recuerdo que pensé en la imágen del padre que nunca conocí, en los amigos de mi madre, en mi hermana. Sentí los ojos húmedos y tuve unos inmensos deseos de llorar, pero en ese momento sentí que Róger se hundió en mi carne y se revolvió en una serie de movimientos espasmódicos, suaves y violentos, profundos y contundentes, y en cada embestida yo sentía que se me iba la vida, que me volvía un puñado de nervios erizados y sentí frío y calor eternamente, y una sed infinita y un dolor desgarrador, hasta acabar en un silbido agudo, en un crisparse de manos, en un desprendimiento total y anhelante, hasta desfallecer totalmente, sobre todo mi cuerpo, húmedo y lechoso, sudando copiosamente y sonriendo, con los ojos bañados en llanto. Después Róger tuvo que explicarme lo que era la eyaculación y el orgasmo, palabras que en ese momento no fueron más que eso, palabras; porque habrían de pasar muchos años, muchas experiencias, para que de verdad llegara a darme cuenta de lo que aquello significaba, cuando ya era demasiado tarde, porque para entonces ya pasión y amor, sobrevivencia y libertad, se habían confundido en una maraña indescifrable, en la que era imposible distinguir lo uno de lo otro, ni conocer sus verdades y sus misterios. Mientras me vestía me sentí llena de vergüenza, sentí que había quedado marcada para siempre con aquel estigma, con aquel emblema indeleble que jamás habría de dejarme por el resto de mis días, como una cruz en la frente o el cencerro de un leproso. Róger no se molestó mucho en consolarme y probablemente ni siquiera advirtió mi vergüenza. El más bien parecía contento, satisfecho, seguro de sí mismo. Se ofreció a acompañarme hasta abajo y yo le dije que ya había anochecido, que tenía miedo, que me acompañara a casa. Me dijo que se sentía cansado, que su padre podía volver en cualquier momento y que debía quedarse en casa. Te imaginas lo que sentí en aquel momento. Yo era una niña, tenía trece años, no sabía nada de la vida y tenía un miedo tremendo al futuro, a las calles oscuras, a los autos, a la gente congregada en las esquinas.  Esa noche, mientras caminaba a casa sentí por primera vez en mi vida el abismo insondable de la soledad. Sabía que volver a casa era volver al vacío de mi hogar ausente, era volver a mi hermana que más que una compañía era una responsabilidad.  Imagínate. Pero no nos vamos a poner a hablar de estas cosas porque son demasiado tristes. No sé, a veces es mejor no pensar en nada, olvidarse de todo y vivir, solamente vivir».
 Enyel inclinó su cuerpo sobre la mesa que estaba al lado de la cama, tenía la mirada triste, los ojos brillantes por las lágrimas que luchaban por soltarse. El cabello castaño le caía por los hombros y los labios rojos le temblaban suavemente. Cogió con despreocupación la cuchilla que estaba sobre la mesa y empezó a picar los cristales con un movimiento automático, repetido, produciendo un golpecito seco y contundente, y fue dibujando líneas finas y largas, como las líneas de las manos que esconden, ahí, al alcance de la vista, los misterios inefables de la existencia.

 «Sabes, para mí la vida nunca ha sido fácil, -le decía sin darle la cara, como si no estuviera hablando con él, sino más bien hablándole al infinito, al mundo, a su madre quién sabe en qué parte del universo, a la imagen que en ese momento se reflejaba en el espejo- tal vez por eso he caído en todo esto, tal vez por eso perdí el amor a la vida, el deseo de hacer algo, de existir».

 Enyel le pasó el pitillo de plástico y Eugenio lo tomó mirándola a los ojos, tratando de descubrir los pozos de su existencia, tratando de brindarle con su mirada algún apoyo, algún cariño, tratando de hacerse parte de ella, de su sufrimiento, de su felicidad. Eugenio se incorporó suavemente, apoyando el codo en el colchón e inspiró suavemente.

 «Te entiendo -le dijo-, porque yo siempre he buscado las experiencias difíciles a pesar de que el destino no me las ha puesto en el camino. Me he juntado con gente de todo tipo y he vivido con ellas, las he escuchado, como ahora te escucho a ti. Por eso te puedo decir que te comprendo un poco, aunque sea un poco nada más».

 «Es duro, -le decía Enyel-, frotándose con los dedos la nariz. Yo apenas tengo veintiún años, pero creo tener la mentalidad de una mujer de cuarenta. He vivido por todo lo que he sufrido, he tenido que trabajar desde niña para mantenerme, sin la ayuda de nadie, y he encontrado en mi vida muchos hombres que me han hecho daño. Nunca terminaría de contarte todas las cosas que me han pasado. Hasta he empezado a olvidarlas».

 Eugenio la cogió entre sus brazos suavemente y le acarició el cabello. Con dulzura la recostó sobre su pecho, poco a poco, como un niño tierno al que hay que tratar con delicadeza, y le fue pasando su mano caliente por la espalda, por los hombros, tratando de hacerla sentirse querida, admirada, respetada por alguien.

 «Un día un tipo trató de ahorcarme. Casi lo logra. Me salvó la suerte, el destino. No sé qué fue lo que me salvó. He tenido que portarme fuerte, he tenido que imponerme y ser violenta a veces para poder sobrevivir. He tenido que defenderme sola. Tal vez por eso sea así. Y tú me preguntas que por qué soy así, que por qué reacciono violentamente, que por qué respondo de esa forma. Probablemente porque la vida me ha llevado a eso, probablemente porque no hubiera podido subsistir de otra manera en esta jungla, en esta selva salvaje donde cada uno tiene que imponerse o perecer. Un día fui a una vieja casa de apartamentos donde vendían hierba, fui como tantas otras personas, como cienes y cienes de ellas que todos los días pasaban por ahí para fumar marihuana. Yo fui y compré mi hierba y al salir me encontré con dos tipos que empezaron a hablarme. Yo los ignoré totalmente y caminé sin responder, sin volver la cabeza. Caminé una o dos cuadras y como no los sentí empecé a caminar más tranquila, tomando el rumbo de casa. Pero al cabo de un rato, cuando iba sumida en mis pensamientos, despreocupada de todo, sentí que alguien venía detrás de mí, y vi a los dos chicos que estaban a la salida de la casa; los mismos dos con sus camisetas grandes y sucias, sus zapatos de goma y sus pantalones de mezclilla, rotos y desteñidos. Me volteé y los vi con sus ojos lúdicos y sus sonrisas torvas, me saludaron con esa amable ironía del delincuente y me preguntaron no sé qué cosa. Yo tuve miedo y caminé más rápido, traté de correr pero ya era muy tarde porque ya ellos me tenían sujeta por los brazos y me llevaban casi en el aire. Me empujaron en una casa vecina, cerraron la puerta, me metieron un pañuelo en la boca y empezaron a tocarme, a reirse. Recuerdo que me rompieron la blusa, me quitaron la bolsita de marihuana que había comprado y el dinero que llevaba encima y me tiraron los libros a la calle. Uno de ellos trataba de besarme, metía la mano y urgaba en mis senos y empezó a quitarme el pantalón. Yo lloraba y gritaba y pataleaba, mas me sentía tan indefensa, tan olvidada del mundo, tan a merced de todo, que simplemente dejé de luchar, anegada en lágrimas, detruida por el dolor y la vergüenza, la ira y la impotencia. Mientras uno de ellos se me montaba encima y se mecía con furia, y el otro me agarraba las manos y me manoseaba los senos. Después pasó el otro, y yo ya ni siquiera lloraba porque me parecía que todo aquello era una pesadilla, que no estaba ocurriendo de verdad, que todo no era más que mi imaginación descabellada y enfermiza. Al final me dejaron ahí, en el suelo, y me miraban desde arriba con una sensación de superioridad que no he venido a entender sino hasta ahora. Se despidieron entre insultos y palabras estúpidas, y todavía recuerdo el "espero verte de nuevo" que me dijo uno de ellos al cerrar la puerta. Y en ese momento sentí una ira indecible, y deseé tener la fuerza de un monstruo y matarlos a golpes, o tener un revólver o cualquier cosa, con tal de poder vengarme, con tal de poder desquitarme por la degradación, por la vergüenza, por la humillación que me habían hecho pasar. Poco a poco me fui poniendo de pie, me arreglé la blusa rota y recogí los libros tirados en la calle. Pensé que la culpa había sido mía por andar en esos barrios detestables, pensé que estaba bueno que me hubiera pasado por no irme directamente a mi casa. Empecé a caminar, pero no tenía el menor deseo de llegar a casa, sabía que lo único que lograría sería empeorar las cosas. Me imaginaba a mi hermana sin comprender de verdad lo que había pasado, burlándose de mí, mi madre gritándome todo tipo de cosas y mi tía que era capaz hasta de azotarme por lo que había pasado. Así es que decidí caminar por las calles, ir de un lado a otro sin rumbo cierto. Sentía que tenía que contárselo a alguien, mi pecho estaba a punto de estallar con la presión de aquello que me había pasado y tenía que contárselo a alguien».
 Enyel alargó la mano señalando la copa que estaba sobre la mesa. Eugenio se la pasó y dio un pequeño sorbo para humedecer la garganta reseca por las palabras, la droga, la madrugada y la tristeza.

 «Parece increíble, pero nunca le había hablado a nadie de estas cosas. No sé por qué te las tengo que contar a ti, que ni siquiera te conozco bien. ¡Qué extraña que es la vida!  Porque a las personas con quienes he compartido mucho más tiempo, con las que he creído llegar a tener una confianza enorme, nunca les había contado nada. En cambio a ti te las cuento hoy, a los pocos días de conocerte».

 En ese momento Eugenio recordó unas palabras que había leído u oído en algún lado, palabras que se referían al conocimiento de las personas y la confianza. Porque es peculiar que podamos contarle a un perfecto desconocido asuntos totalmente personales e íntimos, cosas que no nos atrevemos a decirle a una persona con la que tenemos confianza. Es como si el anonimato nos infundiera fuerzas para decir la verdad. Pero Eugenio no tuvo tiempo de expresar sus pensamientos porque en ese momento Enyel continuó hablando, poniéndose de pie, moviéndose por toda la habitación, haciendo pasos de baile, cogiendo una bufanda que estaba tirada por ahí o un pañuelo de seda y poniéndoselo en el cuello o peinándose los cabellos con gracia. Enyel cambiaba de tema a una velocidad inaudita, como si su mente errática no pudiera fijarse en una cosa determinada. A veces saltaba de los más trascendental e íntimo a una frívola locura o una idea descabellada. Hacía los comentarios más inauditos, se miraba en el espejo, movía el cabello que flotaba en el aire, encendía un cigarrillo.

 «Así es la vida,» decía de repente, «nunca sabes lo que va a pasar, nunca sabes a quién le vas a interesar ni quién va a odiarte a muerte. Sabes, por eso me gusta tanto conocer gente, ver caras y rostros nuevos, nombres desconocidos, personalidades insospechadas. La vida es tan diversa, y al mismo tiempo tan monótona».

 Enyel se quedó largo rato pensativa, jugando con el cabello castaño, haciéndose pequeños bucles con los dedos y con la mirada prendida muy lejos en el espacio o en el tiempo, mirando absorta quién sabe qué hechos de su existencia.

 «Sabes, aquel año fue decisivo en mi existencia. Biológicamente alcancé la adolescencia, descubrí el mundo fascinante del sexo y el amor, me introduje en el mundo de las drogas, y un día de tantos mi madre desapareció de casa. Simplemente no llegó a dormir y pasamos casi tres meses sin tener noticias de ella. Fueron tiempos durísimos. Mi hermana era de poca ayuda verdaderamente. Aunque era la mayor, la pobre no tenía la capacidad para darse cuenta de la dimensión de la desgracia. Yo, con mi inmadurez y mi inocencia, tuve que hacerle frente a aquella catástrofe. Tengo que agradecerle profundamente a mi abuela, que fue la persona que en aquellos momentos nos brindó ayuda y protección. Sin ella, probablemente, no podríamos haber subsistido. Pero la pobre era una mujer vieja y enferma, con pocos recursos, y por mucho que quisiera no podía darnos la estabilidad y la tranquilidad que necesitábamos para desarrollarnos normalmente. Así que desde entonces tuve que empezar a trabajar para mantenerme. Recuerdo la primera vez que salí en busca de trabajo, con el diario bajo el brazo, y tres anuncios señalados donde tenía algunas posibilidades que me contrataran. Era muy difícil porque una niña de trece años es muy poco lo que sabe hacer, así es que tenía que contentarme con trabajar en una tiendecita, en un puesto cualquiera, ayudando en lo que fuera posible, limpiando, barriendo, poniendo las cosas en sus cajas, atendiendo a los clientes. Mi primer trabajo fue en una frutería. Me acuerdo perfectamente el miedo que sentí cuando entré al salón sombreado y pregunté por el administrador. Era un señor alto, de pelo negro, de tez blanca y un bigote oscuro colgándole por encima de los labios; tenía la voz ronca y cuando hablaba daba la impresión de estar siempre enojado. Sin embargo, tras aquella apariencia dura y feroz, había un hombre inmensamente bueno, capaz de comprender las angustias de una niña y capaz de consolar con una palabra o un gesto. Su nombre era Roberto, y trabajé con él por seis meses. No era más que un trabajo como otro cualquiera, pero para mí era mi primer trabajo, era el primer dinero que había de ganarme en la vida. Me preguntó por el colegio y la familia, quiso saber si había trabajado antes, y cuando finalmente me dijo que volviera al día siguiente a las cuatro de la tarde para empezar a trabajar sentí un temblor profundo en las piernas y todos los músculos se me aflojaron. Caminé las veintitantas cuadras que me separaban de casa y llegué contenta, risueña, con deseos de contarles a todos que ya tenía un trabajo, que empezaría a ganar dinero y que los problemas se irían solucionando poco a poco. Mas mi alegría era demasiado para el espíritu que reinaba en casa. La abuela recibió la noticia con un gesto imperceptible, y mi hermana irrumpió en improperios y gritos diciéndome que era una locura, que cómo iba a trabajar en un lugar como ése y que era una niña con presunciones de grande. Todo aquello me causó una tristeza profunda, me senté en una sillita de metal donde mi madre nos daba de comer cuando éramos niñas y me quedé ahí, por horas enteras, pensando, llorando en silencio, tragándome a solas mi amargura, imaginándome la venganza y el escarmiento, soñando con que algún día llegaría a triunfar y le probaría a mi familia que era lo suficientemente fuerte como para hacerle frente a la situación. A la mañana siguiente me fui al colegio con los ojos enrojecidos por el llanto, por la mala noche, pero con la fuerte convicción de la victoria, sentía la satisfacción de la decisión tomada en contra de la corriente, con una seguridad interior que no había sentido nunca, nacida de la adversidad y el combate. Al llegar por la tarde al trabajo no experimenté miedo ni temor, y todo era más bien como una revelación gustosa. Aprendí muchas casas, sabes, fue una gran experiencia». Enyel se sentó en la cama, dejó caer las manos sobre las piernas y bajó la cabeza. Hablaba despacio, con la voz triste, agobiada por la carga de sus pensamientos.

 «En la vida hay cosas tan estúpidas. La rutina diaria es como un círculo que uno recorre diariamente para volver al mismo punto: sin proyección, sin verdaderas metas. El mismo hecho de la existencia me parece tan lejano a veces, tan ridículo, tan ajeno a mí. No sé si esto te pasa a ti también. Ojalá le pasara a todo el mundo, ojalá que fuera algo normal, porque yo lo he sentido muchas veces, creo que desde niña, es como una repentina extrañeza para con la vida. Nunca se lo he preguntado a nadie».
 Enyel se volvió a quedar en silencio un rato y Eugenio no supo qué decir. De pronto Enyel se levantó y se acercó a la mesa, cogió el pitillo de plástico y e inhaló con fuerza.

 «Desde entonces asistía a la escuela por la mañana y por la tarde trabajaba en la frutería. De cuatro a nueve de la noche, día tras día, y luego hacía algunos deberes por la noche. Pero mis resultados en el colegio empezaron a decaer; no porque tuviera las tardes ocupadas y no estudiara lo suficiente, sino porque el colegio empezó a perder el sentido que tenía antes, las clases empezaron a resultarme tremendamente aburridas y los profesores engreídos como enormes pajarracos. Me empezaron a divertir mucho más mis amigos y mis compañeros de clase. Por las noches, después del trabajo, a veces me reunía con Francisco y con Brito, y a veces también venía Isabel. Caminábamos un rato por las calles, paseábamos por la plazoleta de la esquina donde a veces también llegaban otros chicos del barrio y jugábamos y nos reíamos. A Róger lo veía de vez en cuando, a la salida de la escuela o cuando venía por el barrio, pero creo que en general huía de mí. No sé por qué. Yo me encontraba en un juego entre infantil y adolescente donde empezaban a gobernar una serie de sentimientos nuevos y no sabía cómo reaccionar. Los hombres, que hasta entonces habían sido mis amigos, se portaban arrogantes, y en la amistad se cruzaban las atracciones y los sentimientos, los deseos y las repulsiones. Te das cuenta. Todos esos procesos por los que uno pasa, todos esos cambios de la vida. Tú has vivido los tuyos y sabes a lo que me refiero. En la vida hay que defenderse, hay que prepararse para todo».
 Enyel fue hasta el tocador donde tenía su cartera y urgó rápidamente entre el sinnúmero de cosas que siempre llevaba con ella, y repentinamente sacó un pequeño revólver; lo empuñó y lo mostró por ambos lados.

 «Te fijas, nadie me va a coger desprevenida, nadie va a volver a abusar de mí como una niña tonta. No me gustaría hacerlo, pero si algún día un estúpido me obliga, tranquilamente le meto una bala en la cabeza».

 Eugenio sonrió con nerviosismo, sin saber en realidad si creerle o tomarlo a broma. Pensó que el mundo en que se movía fácilmente conducía a que algo sucediera, y que en cualquier momento se podía dar la situación. Imaginó que tal vez su vida iba a terminar así, con una acusación seria y fatal. Eugenio se levantó y fue al refrigerador por otra cerveza, apuró un trago largo y sintió las burbujas bajándole por el pecho. Volvió a la cama y se sentó a su lado, con la espalda en la madera fría. Pasó su mano por el cuello y la estrechó suavemente. Sintió su piel de canela muy cerca, sus labios, sus manos largas.

 «Qué vida más compleja, linda. Creo que uno tiene que ayudarse y buscar como simplificarla».

 «Así es. Por eso no le pido nada a la vida, no le exijo nada. No hago planes porque nunca salen como uno los piensa y todo se arruina. Es mejor no tener nada preconcebido y esperar. Todo lo que resulta es magnífico, es como un regalo de la vida y nada se ha perdido. Es como mis cumpleaños: yo no hago planes, no sueño. Cada vez van de mal en peor. Siempre planeaba cosas, pequeñas fiestas, reuniones, y el último año lo pasé en prisión, en una celda de ocho por cuatro, llorando como una estúpida, sin que nadie me dirigiera la palabra aunque era día de visitas. ¿Ves por qué pienso que no vale la pena hacer planes y gastarse la vida soñando con el futuro?».

 «Sí, tienes razón. Pero cuando el ser humano renuncia a soñar renuncia a vivir,» dijo Eugenio, y quiso agregar otras cosas más que pasaban por su mente pero se dio cuenta de que era estúpido, que quizás Enyel había renunciado a vivir desde hacía mucho tiempo, que quizás no había vivido nunca.

 «Cuando sueño generalmente tengo pesadillas, espacios oscuros y peligrosos, música diabólica, cuadros horrorosos. Mis sueños son como prefiguraciones del holocaustro mundial, de la gran masacre que hemos alimentado a lo largo de años, del saldo final que habremos de pagar algún día. No en el sentido cristiano del juicio final, no, sino en un sentido más telúrico y sangriento».

 Enyel tomó la botella fría de mis manos y bebió un trago corto, mojándose los labios secos por el calor de los recuerdos.

 «Son cosas que no alcanzo a comprender, son pesadillas que se me revelan en forma constante pero siempre enigmática. De todas maneras mi mente está destruida, es imposible que un pequeño cerebro humano pueda aguantar tantas cosas. Quizás todo sea consecuencia de la locura. A ratos, por la mañana, escucho todos esos sonidos mezclándose con los ruidos del mundo que ya he aprendido a identificar a oscuras, con las ventanas cerradas: la motocicleta del chico de enfrente, el colectivo que hace un ruido peculiar al cruzar el puente, la chica del 204 al cerrar la puerta, los gorriones que beben en la alberca. Pero los sonidos interiores no son tan simples y definidos, son más bien una mezcla de música estridente, voces conocidas, llantos, ruidos de feria, gritos de peregrinos y mendicantes, vocerío, cascabeleo, crepitar de llamas. Olvídalo, es inexplicable».
 Enyel se viró un poco y se pasó la mano por el rostro, luego se levantó y se fue al tocador, cogió un cigarrillo, se miró al espejo y clavó la mirada en sus ojos grises. A Eugenio le pareció que Enyel quería penetrar las verdades encerradas en su cerebro, llegar a la esencia de sí misma, de su existencia, y sentir lo que tal vez nunca había sentido. Enyel tomó un mechero y encendió un cigarrillo, la luz se quebró en su rostro terso y moreno y brilló fulgente en los cristales de sus ojos, iluminando la pequeña cicatriz que adornaba su pómulo izquierdo, su mentón riguroso. Se dio media vuelta y miró a Eugenio tendido en la cama, con la cabeza entre las manos y apretándose las sienes. Jugueteó con el mechero rojo sosteniéndolo en la palma de la mano, lanzándolo al aire con suavidad, recogiéndolo con certeza, moviendo la cabeza a un ritmo acompasado, sonriendo con sus labios gruesos y sensuales. En la radio sonó un tema de Rolling Stone y Enyel subió un poco el volúmen.

 «Me gusta esta canción, decía moviendo el cuerpo al ritmo fino de la guitarra. Me recuerda tantas cosas.

 Brown sugar...

Mike Jagger es uno de mis ídolos, sabes. Desde hace quince años estoy escuchando sus composiciones. Siempre he soñado que él es el padre que nunca conocí. Alguna vez se lo pregunté a mamá pero nunca me dio una respuesta definitiva. Siempre me respondía con evasivas y pretextos. Así que he llagado a creer que Mike es mi padre. Me parezco mucho a él y perfectamente podría ser su hija. ¿Qué crees?

 Brown sugar...

«No creo que nadie mejor que él encarne la depravación de nuestro querido siglo XX. Creció al lado de los Beatles, pero él representa la noche, el camino torcido, la oscuridad. Los otros eran los buenos, representaban un movimiento revolucionario que respetaba las estructuras establecidas, sus cambios eran al nivel de la forma, de la composición. En cambio The Rolling Stone era precísamente eso, una avalancha que avanza sobre la sociedad de los sesentas arrollando los valores y la infraestructura social. Este rostro que ves aquí es el rostro que simboliza esos cambios. Hay algo en estas facciones que grita libertad».
 Enyel se quedo mirando el espejo, acaso concentrada en la forma de esa boca que parecía capaz de cualquier cosa, o acaso pensando en el padre desconocido, el padre que no era más que una sombra desconocida en algún rincón de la casa, aquella figura sin nombre y sin rostro, sin historia ni futuro, cuya ausencia omnipresente estaba tras cada palabra de hielo.
 «¡Qué feliz sería si alguna vez pudiera conocer a mi padre. No quiero nada de él, no necesito nada; sólo quiero decirle: "Mírame, esta es tu hija. Soy tal y como me ves y todo lo que he hecho lo he hecho sola, sin ayuda, sin compañía, sin apoyo. No puedes ni debes juzgarme como yo no te juzgo a ti. Cada uno ha tomado sus decisiones en la vida y vaya a saber cuáles fueron los motivos, las causas. Sólo quiero conocerte, verte el rostro y las manos, escuchar la voz que un día penetró el mundo de mi madre dándole dos hijas. Sólo quiero mirarte a los ojos y ver si en ellos descubro el mismo matiz gris de mi cielo, o simplemente una mirada sucia y envenenada por la vida".  ¡Es tan difícil cuando tu propio padre no ha sido capaz de darte nada! Pero para otros ha sido peor. Yo por lo menos jamás conocí a mi padre y tengo completa libertad para soñar, para construirlo a mi gusto y antojo y por eso he escogido a Jagger. Pero para las que vivieron con un padre-ogro, con un padre-amo, aquellas que sufrieron vejación y dolor, aquellas que fueron violadas por un padre espantoso, para todas esas es todavía peor».

 Enyel se quedó cabizbaja, con el cabello castaño y espumoso cayéndole por los hombros y la espalda, y al cabo de un rato balbuceó: «Es sólo... tan difícil..».  Eugenio se incorporó y se sentó en el extremo de la cama, abrazándola por la cintura. Puso la cabeza en su estómago y escuchó su corazón latiendo desesperadamente, pudo escuchar el rumor de la sangre corriendo intespestivamente por sus venas perforadas por la aguja hipodérmica, pudo sentir la tensión de sus músculos, los movimientos gástricos, las corrientes eléctricas que rigen y ordenan su mundo de neuronas golpeadas por la química, pudo escuchar la flema de sus pulmones de fumadora empedernida, la bronquitis crónica.

 «Es tan difícil... Porque somos seres humanos, y somos por naturaleza seres inconformes, siempre buscando algo más allá de las posibilidades, más allá de lo alcanzado. Gracias a ello hemos logrado lo que tenemos, pero gracias a ello somos profundamente infelices».

 Enyel le tomó la cabeza entre las manos alborotándole cariñosamente el cabello y le ofreció una cerveza. Trató de sonreír y logró un esbozo en sus labios rosados, pero no fue un gesto de alegría.

 «Cuando obtuve mi primer trabajo en la tienda me sentía feliz, era un gran triunfo para una niña que a duras penas entraba en el mundo, pero después de unos meses empecé a odiarlo, lo encontraba tan pequeño, tan mezquino, tan aburrido. Vivía pensando en un mundo más amplio, soñaba con cosas que no estaban a mi alcance, con historias que veía por ahí o que me contaban mis amigos cuando nos reuníamos en los fines de semana en un parque y fumábamos pitillos y bebíamos escondidos para que la policía no nos viera. En ese tiempo creía todo lo que me decían mis amigos, después de todo era lo único que tenía en el mundo, lo poco con lo que podía contar. Y así fue la cosa, sabes. Uno se cansa, uno se aburre de la rutina, del trabajo, especialmente cuando éste no ofrece ninguna perspectiva, ningún aliciente mayor. Pronto me encontré otra vez sin trabajo y sin dinero. Un tío materno me llevó a vivir con él y aunque estábamos incómodos y apretados, al menos no había que preocuparse por el alquiler y la comida. Mi hermana pasaba por una etapa muy dura, se sentía sola, inútil, desadaptada, incapacitada para luchar y moverse en el mundo, no tenía ninguna diversión. A pesar de que somos muy distintas y de que en repetidas ocasiones peleábamos y discutíamos, en general nos llevábamos muy bien Pero en ese tiempo nos distanciamos enormemente. En casa del tío teníamos que compartir el sótano, en el que a duras penas cabían las dos camas y un gavetero. Luego me conseguí otro trabajo en una compañía de seguros, archivando documentos y ayudando en lo que hubiera que hacer, pero el horario no coincidía con la escuela, las cosas se hicieron difíciles y decidí dejar la escuela. En casa todos me cayeron encima, condenaron totalmente mi decisión y la atmósfera se volvió imposible. Yo trataba de pasar el menor tiempo posible en casa. En los fines de semana tomábamos el subterráneo hasta el centro y vagabundeábamos por las calles, comprábamos cerveza, aguardiente, ron, lo que pudiéramos encontrar; o nos reuníamos en casa de algún amigo, aprovechando siempre la ausencia de los padres. Fumábamos, bebíamos, escuchábamos música, hacíamos el amor. Para mí aquellos eran tiempos muy despreocupados y no pretendía nada serio con nadie, quería vivir mi juventud, gozar la vida, divertirme. No lo sabía, pero tenía la sospecha que mi madre nos había dejado para irse con un hombre y me sentía humillada. Ahora pienso que quizás mi forma de actuar era una especie de revancha, una forma de desquitarme por todas las humillaciones sufridas.
 Enyel tenía los ojos llorosos y húmedos y había terminado sus palabras con la voz quebrantada. Eugenio le pasó la cerveza para que se aclarara el gaznate y le encendió un cigarrillo. A la luz de la llama su rostro parecía transparente y sólo hervían los ojos grandes y grises con una luz inquietante.

 «Mi vida continuó en esa mediocridad espantosa hasta que conocí a Marco. Creo que fue una tarde, cerca de la calle ochenta y ocho. El estaba con un grupo de amigos, todos motociclistas, charlando y metiéndose con todo el mundo. Cuando yo pasé por el frente todos los chicos empezaron a decirme cosas, menos Marco. El sólo me quedó viendo en silencio. Tenía una expresión muy fuerte en el rostro, pero al mismo tiempo muy dulce, como de un niño que ha tenido que crecer rápidamente. Tal vez por eso me gustó tanto. Me pareció que éramos muy similares. El me defendió. Les dijo no sé qué a sus amigos y cruzó la calle, me pidió disculpas por la vulgaridad, caminó conmigo algunas cuadras. Me invitó a salir el viernes por la noche. Fue fabuloso. Marco era un tipo con mucho mundo, sabía moverse, conocía a mucha gente y lo respetaban, era guapo y tenía una motocicleta preciosa. Pasó a buscarme el viernes por la noche. En casa se pusieron furiosos, me trataron muy mal y mi tío y mi hermana me gritaron muchas cosas horribles. Salí tirando la puerta y dispuesta a no regresar jamás, pero cuando subí a la motocicleta se me olvidaron todos los problemas, se disiparon las frustraciones. Era fabuloso sentir el aire acariciándome la cara, volándome el cabello, sintiendo la piel palpitar intensamente, la vibración del motor entre las piernas, la potencia y la velocidad. Fuimos a un bar y conocí a muchos de sus amigos. Me trataron bien y me hicieron sentir como parte del grupo. Eran chicos mayores, con pasado y experiencia de la vida. No eran como los chiquillos que se reunían en la plaza por las tardes a jugar a que eran mayores. Estos eran hombres que no tenían que pretender nada y eso me gustaba mucho. Jugamos billar, bailamos, conversamos sentados en el sardinel de piedra. Más  tarde fuimos todos en motocicletas alrededor del lago, paramos en un baldío al otro lado del puente, viendo las luces de la ciudad reflejadas en las aguas del lago, encendimos una fogata, bebimos cerveza y fumamos. Fue una noche bellísima. Marco no forzó nada, tenía una forma muy suave de decir las cosas, muy convincente. Me preguntó si quería ir a mi casa o quedarme con él esa noche. Yo no quería regresar a casa, estaba hastiada de mi tío, de mi hermana, de mi abuela, de todo ese mundo chiquito y mezquino. Fuimos a su apartamento».

 Enyel hizo una pausa y le pidió un trago a Eugenio, encendió otro cigarrillo y se quedó un momento en silencio, recordando. La expresión de su rostro había cambiado, era más suave, más dulce.

 «Esa fue la primera vez que hice el amor, lo que se llama realmente hacer el amor, temblar de pasión y de deseo, sentir hasta lo más profundo de tu ser. Hicimos el amor varias veces, conversando y fumando en la cama, acariciándonos suavemente, y por último nos quedamos dormidos, abrazados. Al volver a casa al día siguiente, por supuesto me esperaba un infierno ardiente. Mi tío me gritó todo tipo de barbaridades, mi abuela lloraba, aquello era espantoso. Se lo dije a Marco por la noche y me pidió que me fuera a vivir con él. Para mí fue maravilloso. Al día siguiente recogí las pocas cosas que poseía y me fui. Desde entonces he visto muy poco a mi hermana. Sé que está bien, si es que ella puede estar bien. O al menos lo estaba la última vez que supe de ella. Fue hace como tres meses. Tú sabes, es muy inestable, tiene muchas enfermedades, problemas mentales, es muy débil. En cambio yo soy fuerte como un roble, tengo buena salud, nunca me enfermo, y eso que no me cuido, que vivo muy mal. Vivir con Marcos fue una experiencia importantísima, quizás la experiencia más linda que he tenido en mi vida. Tenía un apartamento pequeño y bonito en el sureste de la ciudad, después de General Chamorro. Sus amigos lo visitaban a menudo y todas las noches salíamos a bares, andábamos en una pandilla de motociclista y hacíamos excursiones en grupos, íbamos al mar, a las montañas, visitábamos las ciudades vecinas. Era fabuloso. Cuando me enteré que Marco no tenía trabajo fijo y vendía drogas me puse muy nerviosa, pero él me tranquilizó, me dijo que no era nada serio, que solamente le vendía a sus amigos y nunca se metía en líos. Poco a poco me fui acostumbrando. Tú sabes, no era una cosa horrible como te lo hacen creer. Toda la gente a la que él le vendía eran gente majísima, chicos simpáticos que venían a casa y conversaban con nosotros, le compraban cocaína o marihuana o lo que fuera, y nos quedábamos escuchando música y tomando vino hasta las mil y cuarto. Después de un tiempo yo dejé mi trabajo en la compañía de seguros. Siempre llegábamos en la madrugada y era difícil levantarse por la mañana para ir a una oficina y hacer un trabajo estúpido. Ganaba una tontería y Marco me dijo que en realidad no lo necesitábamos, que él ganaba suficiente dinero para los dos. Vivimos así casi un año creo, hasta que las cosas empezaron a marchar mal. No sé lo que pasó. Marco empezó a meterse en negocios más grandes y a tener problemas gordos. También se enredó con una chica y yo me di cuenta. Me dolió mucho porque de veras lo amaba y la cgica era la novia de Ramiro, otro amigo del grupo. Así iban las cosas cuando una tarde fuimos a un boliche. Marco no me había explicado nada, sólo me dijo que lo acompañara, que William y su novia también vendrían y que tenía que encontrarse con un tipo, algo de un negocio. Fuimos en el microbús de William y nos estacionamos en la playa contigua. Marco bajó a telefonear y luego regresó. Esperamos unos quince minutos hasta que llegó un hombre en su automóvil y se estacionó a un lado. Marco cogió un maletín y se dirigió al auto. Yo no lo podía ver pero estuvo ahí un buen rato. Al final regresó muy molesto y dijo que teníamos que esperar. William y su novia se querían marchar. Discutieron y al final Marco me dijo que me bajara, que nosotros nos quedábamos. Justo cuando cerré la puerta aparecieron varios coches de policía. William arrancó y salió del estacionamiento, Marco soltó el maletín y corrió hacia el fondo y se perdió en el edificio de al lado; yo me quedé ahí parada, como una estúpida, sin saber qué hacer. Por supuesto me arrestaron. En el maletín había no sé cuantas libras de marihuana. Yo en realidad no sabía nada y me interrogaron durante días enteros. Querían saber nombres, direcciones. Yo le dije que estaba sola, que no conocía a ninguna de esas personas, que había estado en el bolerama y que acababa de salir al estacionamiento cuando llegó la policía. No sé como averiguaron la dirección de mi tío y lo llamaron para que fuera a hablar conmigo. Fue una experiencia atroz. Tú nunca has estado preso, verdad, no sabes lo que es eso. Es horrible. En la soledad de la celda te sientes morir, rodeada de gente espantosa, todo tipo de criminales. Yo todavía era menor de edad, pero los días que estuve detenida en la Central de Policía estuve con todo tipo de gente, tú sabes, criminales, prostitutas, locas. Mi tío no podía pagar la fianza así que no pude salir. Los policías que me interrogaron me decían todo tipo de horrores, me decían que yo era una tonta que iba a pagar por los otros, que no sabían por qué los estaba protegiendo cuando ellos me habían dejado ahí tirada, sin importarles lo que me pasara. En un principio pensaba que Marco me ayudaría, me resistía a creer que me iba a dejar ahí, pero pasaban los días y él no aparecía».

 Enyel cogió el pitillo de plástico y se quedó en silencio. Eugenio se irguió en la cama y la miró. En el resplandor de la lámpara no podía ver las facciones de su rostro. Enyel se inclinó sobre la mesa e inhaló fuertemente. Pasó el dedo por el vidrio de la mesa y se lo llevó a los labios.

 «Dos años, dos años pasé en una correccional para menores. Fueron dos años horribles de mi vida. Al salir me vine para acá, en parte porque no quería volver a mi casa, no quería ver a ninguna persona conocida. Nunca le había contado esto a nadie, nunca hablo de mi pasado. No me gusta. No sé por qué te lo he contado a ti. Quizás sea la noche, la situación, quizás porque tú me infundes confianza. Tienes cara de psicólogo, parece que sabes escuchar, que comprendes lo que uno te dice. Quizás sea la droga. En la correccional tuve que aprender a defenderme. Ahí vivía entre ladronas, lesbianas que siempre querían meterse conmigo, chicas que tienen el cerebro fundido, de las que puedes esperar lo peor. Pero no me dejé. Aquí donde me ves tengo fuerza. Tuve que luchar con mujeres de doscientas libras que querían abusar de mí, tuve que darme a respetar. Una loca le prendió fuego a mi cama cuando estaba dormida. No fue fácil pero sobreviví. Y aquí me ves ahora, creo que ya no le tengo miedo a nada».

 Eugenio levantó la cabeza e inspiró fuerte, cerrando con los dedos una fosa nasal.

 «Y ahora qué piensas hacer».

 Enyel se quedó un momento en silencio.

 «No lo sé. Por el momento seguiré bailando en "La cova". Más adelante ya se verá».

 Eugenio se sentó en la cama a su lado y le acarició el rostro. La besó tiernamente y le susurró palabras al oído. Le dijo que quizás podía empezar de nuevo, que tenía mucho tiempo por delante para enderezar su vida. Por qué no, si ella era una mujer inteligente. El le ayudaría a levantarse, a encontrar una profesión que le gustara. Enyel lo besó tiernamente y le pidió que se fuera.

 «No nos volveremos a ver, -le dijo-, es mejor así. Déjame a mí con mi vida y sigue tú tu camino».

 Eugenio protestó, trató de resistirse, de explicarle; pero Enyel fue implacable en su decisión. Sacó su pistola y la apunto a la frente a la Eugenio.

«Dame la plata» -le dijo con dureza- «dame la plata y te vas. No quiero volver a verte». Eugenio pensó que era una broma, que estaba jugando. Trató de hacer de aquello una comedia, pero Enyel se fue poniendo cada vez más enojada. Le dijo que era un cerdo hijueputa, igual que todos los hombres. Le dijo que ya no estaba dispuesta a guantar más y que ella sabía defenderse muy bien de cualquier canalla. Eugenio se le acercó tratando de abrazarla y calmarla y Enyel haló el gatillo de metal con una dedo que repentinamente le había parecido muy grande y poderoso, capaz de borrar todos los días y las noches.