Copyright © Nicasio Urbina 1995
Empecé a escribir la biografía de Malkiel impresionado por la calidad de su prosa y la profundidad de su pensamiento, pero nunca imaginé que aquella obra iba a determinar de manera tan radical el curso de mi existencia. Es cierto que si pudiera empezar de nuevo evitaría a cualquier costo semejante empresa, pero quién puede saber el destino de las cosas, quién puede evitar lo que ya está escrito.
Inicié mi investigación poco después de haber defendido mi tesis doctoral. Pensé que sería una labor productiva dada la calidad y la relativa oscuridad de Malkiel, y que al mismo tiempo me serviría como esparcimiento, después del agotador trabajo que había representado la elaboración de mi tesis. Siempre me pareció que la biografía era un género mucho más estable que la especulación literaria. Uno podía dormir tranquilo sabiendo que se descansaba en documentos fidedignos, que no había ambigüedad ni contradicciones, y que las cosas caían en su lugar por su propio peso. Era una labor tediosa que requería el minucioso escrutinio de documentos y testimonios, pero sin prisa y con un poco de gusto por la investigación, resultaría sumamente interesante.
Los problemas comenzaron a los pocos meses de investigación. Empecé a sentirme inquieto por la escasez de información en torno a la vida de Malkiel, y sobre todo por una especie de misterio que parecía envolver todo lo que se refería a su vida. Malkiel no había publicado nada en vida. Todas sus obras habían sido editadas póstumamente, por un tal Jeremías Porcell, en la ciudad de Granada. En la introducción al primer tomo Porcell da una serie de datos sobre el autor, pero muchos de ellos resultan contradictorios. Porcell habla de Malkiel como su "amigo personal", afirma haberlo conocido por muchos años y se refiere a sus "conversaciones vespertinas" con mucha asiduidad. Lo único que se saca en claro de su preámbulo es el hermetismo de Malkiel y el profundo respeto que Porcell siente por el escritor, el resto cae en el campo de la especulación epistemológica.
Yo había empezado a familiarizarme con las obras de Malkiel durante mis años de licenciatura, cuando Pedro Pascolini, librero del barrio San Jerónimo me recomendó leer Las tristezas de Rodolfo Roff. Confieso que lo compré por el respeto que Pascolini me inspiraba, y porque el precio al que me lo ofreció era verdaderamente irrisorio, pero no pensé leerlo de inmediato dada la cantidad de trabajo que tenía con los exámenes y los deberes académicos. Sin embargo, al empezar a hojearlo en mi cuarto me invadió una tensión tal que no paré de leerlo hasta el final, ya entrada la mañana. El interés que despertaba no se debía tanto a la historia de Rodolfo Roff, sino a la filosofía que emanaba de sus páginas. La novela en realidad estaba llena de incongruencias, de frases discordantes, de rupturas temporales inexplicables. No quedaba claro si Rodolfo Roff era hijo de alemanes o si había vivido en Alemania. Me interesó tanto la novela que al día siguiente, mientras consultaba en la Biblioteca Nacional una edición de las Crónicas de Pedro de Anglería, decidí informarme un poco acerca del autor.
Consulté el monumental Diccionario Enciclopédico Nacional, pero no figuraba el nombre de Malkiel. No me extrañó mucho pues Malkiel era más o menos contemporáneo, y con ser un escritor bastante oscuro, era normal que no apareciera registrado en esa compilación. Revisé el catálogo alfabético de autores de la Biblioteca con los mismos resultados. Ese mismo día visité a Pascolini y le pedí referencias sobre Malkiel. Pascolini sabía tanto como yo. No recordaba cómo había llegado la novela a su poder y la empezó a leer, como leía todo lo que pasaba por sus manos. Volví a mis investigaciones sobre los Cronistas de Indias y traté de olvidar el asunto. Confieso que aunque no me ocupé del autor, no pude olvidar la novela. En el año cuarenta u nueve, movido por la curiosidad, consulté varias historias de la literatura latinoamericana con la esperanza de encontrar algún dato o al menos una alusión. En vano. El nombre de Malkiel no se consignaba en ningún lado. En el año 52, conversando con el erudito Fernando Argüello me vino a la mente preguntarle por Malkiel. Imaginaba que aunque no apareciera en su Antología de la literatura nicaragüense, quizás me podría dar alguna referencia. Pero don Fernando no había jamás escuchado el nombre de Malkiel. Secretamente me había propuesto aclarar el enigma, pero la oportunidad no se presentó hasta ahora.
El ejemplar de Las tristezas de Rodolfo Roff no brindaba mayor información. Era un volúmen de doscientas doce páginas, impreso en octavo menor, papel de estraza basto y resmas sin cortar, separadas sin mucho cuidado por Pascolini, pero más probablemente por el lector que luego lo cambió o vendió al librero italiano. La única información editorial que constaba al pie de la segunda página era un logotipo bastante borroso y el nombre de la ciudad: Granada.
Empecé por elaborar una lista de las imprentas que funcionaban en esa ciudad, estableciendo como fecha de partida el año veinticinco, puesto que mi ejemplar no podía ser más antiguo. No fue muy difícil establecer la enumeración y logré juntar veintiséis nombres, algunos de ellos con dirección y nombre de su propietario. Metí mi ejemplar en el cartapacio y me fui por tren a Granada. Ese primer día sólo pude visitar tres casas editoriales, sin lograr ninguna respuesta positiva. Las tres resultaron ser imprentas comerciales recientes y sus administradores mostraban una marcada ignorancia de la cultura editorial. Alquilé un cuarto en un hotel, y traté de trazarme un plan de acción. Redacté una carta general dirigida a los libreros pidiendo información sobre Malkiel. Por el momento mis campos de investigación eran las casas editoras en la lista, el Registro del Estado Civil de las Personas, los archivos de los periódicos locales y nacionales y algunos intelectuales que aún no había consultado. Al día siguiente consigné en el correo cincuenta y dos copias, dirigidas a libreros en diferentes partes del país y continué mis indagaciones.
De las veintitrés referencias que me faltaban, nueve ya no existían. En la mayoría de las que logré visitar obtuve los mismos resultados que el día anterior, pero en la Imprenta Covadonga tuve más fortuna. El dueño y administrador, un valenciano octogenario, no recordaba el nombre de Malkiel, pero cuando le mostré el ejemplar de Las tristezas de Rodolfo Roff, me aseguró que había salido de los talleres de Jeremías Porcell. "El logotipo es sin duda el utilizado por Porcell. Lo reconocería entre un millón y con los ojos cerrados", me dijo sin orgullo. La imprenta de Porcell había dejado de funcionar a su muerte, en el treinta y siete, y había funcionado por muchos años en un local de la calle Córdoba, entre la Avenida del Ejército y el Paseo Zelaya, bajo el nombre de Imprenta Isla. Le parecía que ahora ocupaba el local un bufete de abogados, aunque no estaba seguro. Comentó que Porcell era un hombre muy extraño, retraído, huraño. ěNo tenía el sentido práctico necesario para manejar una empresa editorial, y apenas lograba sustentarse con su negocioî. Me dijo que tenía una hija que probablemente vivía todavía, pero que no sabía donde la podía localizar. Sin embargo me dio el nombre de Sebastián Coto, encuadernador de ediciones de lujo quien podría brindarme más información. Nos despedimos efusivamente y me rogó le comunicara el resultado de mis investigaciones.
En el camino a casa de Coto hice un desvío y pasé por el lugar donde había estado la imprenta de Porcell. Era una casa mediana, de una sola planta y dos puertas exteriores. Efectivamente estaba ocupaba por un bufete de abogados, según pude leer en la placa de la entrada, pero dejé la visita para más tarde y me dirigí a la dirección que me dió Morelos. Aunque me costó un poco dar con la dirección, finalmente llegué a una casucha mínima, evidentemente descuidada y sucia. Por la puerta entornada pude ver a un anciano de piel tostada y cráneo grasiento, enfrascado en prensar un volumen diminuto. Golpeé a la puerta pero no obtuve respuesta, así que entré y esperé en silencio a que el hombre terminara su labor. Me presenté y le expliqué el motivo de mi visita.
Volviendo a su trabajo me dijo que Porcell había muerto hacía muchos años, que de Malkiel no sabía absolutamente nada, y que su relación con Porcell había sido totalmente casual. Le recordé que él había trabajado con Porcell por mucho tiempo, que era hecho conocido la relación que había entre los dos y que yo le agradecería mucho me ayudara en mi investigación. Finalmente le pedí referencias sobre la hija de Porcel, pero me dijo que desconocía su paradero, que probablemente ya habría muerto pues era muy enfermiza. Con dificultad logré averiguar que se llamaba Ana Clemencia. Al despedirme alabé sus trabajos de encuadernación, y le dije que tenía algunos textos valiosos que me gustaría empastar. Me dijo que hacía mucho tiempo había dejado de aceptar encargos.
Salí de su casa más intrigado que antes. ¿Qué misterio encerraba la vida de Malkiel para que se hubiera desplegado tal maquinaria de silencios y celos? Pensé en algún crimen, algún delito que alguien deseaba ocultar; quizás las crónicas periodísticas revelaran algo. Pero qué, quiénes; la persona interesada en silenciar el caso tenía que tener móviles concretos. Tendría que revisar todo el planteamiento lógico y continuar con el plan de acción. Por el momento me dirigí al Registro Civil.
Necesitaba un permiso
judicial para examinar los archivos y éste demoraría al menos
tres días, pero el Director me permitió, tras muchos ruegos, promesa
de absoluta discreción y una modesta contribución en metálico,
que procediera con mi investigación. Empecé por la posibilidad
más remota: la partida de nacimiento de Malkiel. Para evitar error empecé
por 1875 y cubrí hasta el año cincuenta. Ni Malkiel, ni Porcell
figuraban inscritos en el registro. En cambio encontré la de Sebastián
Coto, nacido el 10 de diciembre de 1889, y la de Ana Clemencia Concepción
Porcell Vila, nacida el 4 de agosto de 1929. Era más de lo que esperaba.
Pedí una copia del acta, pero se demoraría varios días,
así que decidí copiarla a mano. Busqué luego la partida
de defunción de Malkiel pero una vez más caí en el vacío,
sin embargo constaba el fallecimiento de Porcell el día tres de marzo
de mil novecientos treinta y siete. Establecí la siguiente ficha:
Supuse que Ana Clemencia se habría casado. De ser así debía
existir un acta de Matrimonio con su nombre y el de su marido, lo que podría
ser el punto de partida para localizarla. Iba a proceder a buscar en las actas
matrimoniales cuando uno de los amanuenses me dijo que era hora de cerrar. Al
salir del Registro Civil ya había anochecido, pero sentía que
había logrado mucho en mi investigación. Precisamente esa era
la gran satisfacción del género biográfico: la seguridad
del documento, del dato; no esa vaga elucubración de las novelas de misterio
o las imprecisas conjeturas de la especulación crítica. Llegué
al hotel y traté de resumir el estado de la investigación. ¿Qué
había logrado establecer hasta el momento? Primero: la nacionalidad
de Porcell. Estaba en el país al menos desde el año veintinueve.
Si había entrado legalmente al país su ingreso debía constar
en los Archivos de Inmigración y Naturalización: hice una nota
al respecto en mi agenda. Segundo: Malkiel seguía siendo un fantasma.
Establecí las posibilidades de la siguiente manera:
- Malkiel era extranjero y nunca se había inscrito en el Registro Civil. (Dos asteriscos en mi nota de Inmigración.)
- Malkiel se había visto involucrado en un asunto dudoso y su destino final había sido encubierto.
- Malkiel era sólo una invención de Porcell. (En cuyo caso el sujeto de mi biografía era un personaje de ficción.)
Me metí en la cama después de cenar y releí una vez más el prólogo de Porcell: "Contra la voluntad del autor, la Editorial Isla publica otra novela de Zacarías Malkiel. El desacato a la voluntad de mi entrañable amigo se justifica por el valor humano y literario de estas páginas. El hecho que para él la escritura no fuera más que un ejercicio de investigación estrictamente personal, no quiere decir que ya una vez fallecido el autor, no podamos los hombres beneficiarnos de la visión y el entendimiento que Malkiel comunica a través de sus ficciones". Y más adelante: "Malkiel vivió una vida de pensador, de místico. Era rico, pero prefería vivir en la pobreza. Era sabio, pero al discurrir partía de la ignorancia. Era..." Porcell hablaba de Malkiel como un hombre ideal, perfecto. Si su admiración era verdadera, Malkiel debía ser descubierto y estudiado. Podría ser la gran labor de mi vida, editar sus obras, publicar su biografía. Y si era simplemente un seudónimo, si fuera un autor ficticio creado por Porcell? En ese caso Jeremías Porcell podría ser el verdadera autor de Las tristezas. Bajo esta premisa todo el asunto cambiaba su configuración, se explicaba la ausencia de documentación sobre Malkiel y la introducción de Porcell se planteaba en otra perspectiva. "Esta novela" -dice Porcell hacia el final del prólogo-, "aporta nuevos elementos para la comprensión del sistema literario y filosófico inmanente a la obra de Malkiel". Abrí el libro al azar y me encontré en el capítulo XII: "Tristezas de los relojes de péndulo". Traté de concentrarme en la lectura: "Rodolfo sentía vivamente el trancurrir del tiempo en sus huesos, ser uno una y otra vez y cada vez diferente, a cada momento situado en un nivel distinto de la ficción espacial de un péndulo que bate..." por qué entonces la negativa de Coto sobre Malkiel. En cualquiera de los dos casos él debía estar bien enterado del asunto. Por qué negar su amistad con Porcell. "En el arco que establece el émbolo se desarrolla la experiencia fenomenológica que denominamos vida. Somos una proyección de ese movimiento, somos el espacio en el que se desarrolla el movimiento, somos el movimiento y el émbolo".
Al día siguiente
me fui a Managua, al Registro Nacional de Inmigración y Naturalización,
donde perdí más de dos horas con el Director. Le expliqué
que se trataba de algo estrictamente literario, que el personaje en cuestión
había fallecido hacía dieciocho años y que yo solicitaría
el permiso judicial de inmediato, porque yo entendía que la base del
progreso y el bienestar era el respeto de la ley y el orden. Que para mí
sería de inestimable valor si él colaborara conmigo en esta causa,
y que aunque yo no tenía muchos recursos, entendía que el Registro
necesitaba fondos para cubrir los muchos gastos, y que por lo tanto quería
contribuir humildemente a tan magna causa, para lo cual aportaba la módica
suma de cien pesos. El Director agradeció mi contribución, alavó
mi sentido patriótico, me dijo que confiaba en mis buenas intenciones,
y me autorizó a proceder.
Una de las secretarias me hizo pasar a una sala pequeña, provista
de una mesa que ocupaba casi todo el espacio y varias sillas. Una puerta comunicaba
con la sala del archivo donde se guardaba la documentación. Después
de casi media hora regresó la señora con una carpeta en la mano.
La lentitud con que caminaba aumentó mi ansiedad y al extendérmelo
casi se lo arrebaté violentamente. Lo abrí y ahí estaba
el documento de ingreso al país de Jeremías Porcell, fechado 10
de enero del veinticinco, acompañado de su esposa. Residencia por un
año, prorrogable. Encontré luego el Documento de Naturalización,
fechado en octubre del treinta, con sus respectivas cartas de recomendación,
pruebas médicas, certificado de buena conducta y recibo por tasas, importes
y timbres fiscales. El último documento era el salvoconducto para salir
de México, vía aérea, bueno sólo para una vez. De
Malkiel no se encontró ninguna huella. Me sentía tan contento,
que aquel recinto infernal de papeles polvosos me pareció un paraíso.
Al día siguiente regresé al Registro Civil a buscar la partida de matrimonio de la hija de Porcell. Fue en vano. La tierra parecía habérsela tragado. Busqué una vez más información sobre Malkiel pero no obtuve resultados. Visité el antiguo local de la Imprenta Isla, pero los nuevos inquilinos no sabían nada de Porcell. Me dijeron que el local había estado vacío por mucho tiempo. Me dieron el nombre de la propietaria a quien visité esa misma tarde. La señora García me habló muy bien de Porcell: Un hombre respetable, cumplido en sus pagos, parco. Nunca había establecido más trato con él que el necesario. Recordaba a su hija pero nada sabía de su vida. Descorazonado regresé a la Imprenta Covadonga a hablar con don Pedro Morelos.
Los días siguientes fueron de relectura de Las tristezas y pocos resultados prácticos. Al cabo de dos semanas recibí algunas contestaciones, todas con resultados negativos. Nadie tenía noticias de Zacarías Malkiel. Me encontraba en un callejón sin salida. Traté de poner mis pensamientos en orden: Era posible que Porcell hubiese planeado la publicación de otros volumenes de Malkiel pero que nunca se hubieran imprimido. Sin embargo el prólogo insinuaba que Las tristezas no era la primera obra. Una vez más tuve que contemplar la posibilidad de que todo fuera un juego de Porcell, pero las opiniones que había podido recoger no mostraban a un hombre proclive a este tipo de bromas literarias.
Durante las semanas subsiguientes estuve obsesionado con la idea de Malkiel. Revisé todos los periódicos de la época buscando referencias sobre Malkiel, investigué las secciones literarias, revisé las páginas policiales en busca de una pista sobre el caso. Nada. Consulté con algunos poetas de la generación de Vanguardia, pero me afirmaron que nunca habían oído hablar de Malkiel. Poco a poco empecé a enfrascarme en otros proyectos. Traté de olvidarme del asunto y seguir con mi vida. Escribí varios artículos que publiqué en revistas importantes, di a la imprenta varios libros de crítica literaria que me ganaron un nombre en el panorama internacional y enseñé en diferentes universidades de América y Europa. Durante todos estos años guardé con mucho celo el ejemplar de Las tristezas, y en mis incontables incursiones en librerías de viejo, inconcientemente, buscaba algún libro de Malkiel. Todo había sido en vano hasta hoy, en que por casualidad, al retirar de un entrepaño un volumen de Moravia cayó al suelo un pequeño libro descuadernado. Lo recogí y al volver la primera página vi el nombre de Zacarías Malkiel. No lo podía creer. Con displicencia el librero me cobró un peso y salí a la calle. Mientras esperaba el autobús empecé a leer. El prólogo, sin firma, era de Porcell, lo pude reconocer por su estilo y la forma en que hablaba de la obra de Malkiel. "Finalmente ponemos al alcance del público este volumen de la obra de Zacarías Malkiel. Los percances y contratiempos que hemos tenido que salvar para dar a la imprenta esta obra han sido gigantescos. Tenemos la certeza que la espera será fructuosa". Volví la página y leí: "Empecé a escribir la biografía de Malkiel impresionado por la calidad de su prosa..."
Del volumen de cuentos
de próxima aparición El ojo del cielo perdido
© Nicasio Urbina 1995