A César Vallejo y Roberto Valero,
a quienes esta poesía debe mucho, tanto
en sus significados como en sus significantes.
Prologo
Ser
Metáfora de un signo
Mentira
Entonces
Biografía
Destino
Ecuaciones
Arteta
Itinerario
Quizás entonces
¿Sueños?
En silencio
El archivo
Dictadura
La piscina
Traficante
Pesadillas diurnas
Perdido en un bosquejo
La forma de mi deseo
Los corceles
Pequeños inconvenientes
Soluciones
Sábados
De viaje
Encuentros
Navidad
Mariposas de papel
Jardinerías
Ser por ser en la contienda
Los diasol
Síntesis de algunos años
Poema dominical
En el abismo
La voz en el silencio
Cuadro
Vivir
Noches, muchas noches
Inmortalidad
Partitura
En el desierto
La pérdida
Encíclicas
Lo que más quiero
Proliferan
Figuras
Como son las cosas
Insomne
Partir, siempre partir
Hacia dónde verte sueño?
¿Adónde regresar?
Casi al morir
Testamento del poeta
Los cincuenta y dos poemas que componen este poemario fueron escritos entre 1985 y 1995, lo que hace sumamente significativo que salgan publicados bajo el sello editorial Decenio. Estos años forman un decenio fundamental en mi vida. Habiendo dejado la turbulenta adolescencia, se entra en un período más sereno, siempre acosado por la incertidumbre y el deseo, pero sin la desafiante ironía y la inmortalidad de los veinte años. Para un poeta como yo, que ha guardado con recelo toda la poesía escrita con anterioridad, este libro es un primer paso en el mundo. Es un paso titubeante, inseguro, con el presentimiento arduo de la caída. ¿Pero no es caer uno de los requisitos más importantes en la vida?
El título de la colección es medular a la poética que me he propuesto. Debido a mi (de)formación profesional, el poeta no puede separarse del semiólogo, del narrador o del maestro. Todos los poemas insisten en la condición sígnica del sujeto, buscan la significación que como seres humanos creemos tener, intentan descubrir las leyes que rigen nuestra ordenación en el mundo. De ahí la sintaxis, de ahí la obsesión formal por reflejar la continua violación del orden sintáctico, la constante violación que la sociedad, las leyes y las pasiones nos imponen. El conjunto de poemas intenta ser una vida completa (¿hay en realidad vidas completas?), las cincuenta y dos semanas de un año, los momentos claves por los que pasamos algunos seres humanos, los descubrimientos maravillosos y perversos, la ternura que nos desarma, la torturante razón. Esas son las cosas sobre las que me he visto obligado a escribir. Publicarlas ahora ha sido totalmente opcional, sin duda producto de la vanidad humana, del "compromiso" del poeta de publicar su trabajo, de la necesidad de compartir mi delirio y mi visión, del necesario pero no menos superfluo afán de reconocimiento.
Me gusta considerarme
un escritor nicaragüense. No tengo patria. Nací en un país
que no conozco, vivo en un país al que quiero mucho, pero al que no pertenezco
totalmente. Y viví en Nicaragua sólo una docena de años
de mi vida. He tenido poco contacto personal con escritores (tanto nicaragüenses
como extanjeros) y mi amistad con ellos ha sido siempre a través de las
páginas de sus libros y su correspondencia. Por lo tanto no me puedo
considerar miembro de ninguna generación, ni reclamo membresía
en ningún grupo poético. Es quizás por eso que mi poesía
y mis ficciones en general, reflejan este conflicto existencial. ¿Cómo
hablar, de qué hablar, desde dónde hablar? Sinceramente creo que
estas decisiones son más importantes que las azarosas impertinencia del
destino, y que son ellas las que determinan al escritor, las que marcan su obra.
Pero no dejo de sentir nostalgia por la camaredería de un prupo de colegas,
no dejo de envidiar a los poetas que pueden reunirse en un café o en
una torre, leerse sus poemas, criticarse, pelearse y tomarse unas copas juntos,
retarse a duelo mortal por una metáfora sublime. A pesar de todo esto,
los poemas que he incluido en este libro llevan inscrita a Nicaragua, se preocupan
por sus tragedias, se alimentan de su tierra y de sus aguas, se aprovechan de
su historia y de su exilio. Eso, y la necesidad personal de creer pertenecer
a algo, me hacen un escritor nicaragüense.
Nicasio
Nueva Orleáns
junio 1995
SER
Presencia oscura de un
vacío.
Manantial preñado de cuerpo
en el accidente ciego de un cálculo.
Placenta exacta, ilusión, presagio,
conclusión rotunda de un círculo.
Ser palabra, vocidad,
un nombre,
papel timbrado con firma
y un testigo espejo.
Ser calamidad y milagro.
Natividad dolorosa,
parto, resurrección, signo,
nombre de pila y foto,
dirección, señal, un número,
huella digital, sueño,
y la supuesta significación de un hombre,
carne verbal, signo.
Nacido verbo bautizado
nombre,
adjetivo por educación, moderado adverbio,
preposición y artículo desde chiquitito
y a fuerza de crecer, interjección.
Admirado signo y exclamativo,
ícono indéxico,
semiolograma,
parodia y huérfana y dedicativa,
-realidad engaño-
y por la fuerza madre, copulativo.
De escuela niño
y parvulario,
pandillero santo,
erudito mudo ante la ignorancia,
amador profundo,
musical soltero,
paternal,
simpático,
escritor de cosas, filibustero.
Puntuación de días,
horas, milenios,
concierto ortográfico de sudores y espermas,
morfemas y arcos, metafórica suerte,
-bajo libertad palabras-.
Poesía de un hombre,
metáfora de un signo.
Nací un día
de noche
por el conducto natural.
Nací de cabeza, pobrecito,
lleno de sangre y verbal.
Entonces decidí
seguir mirando por los ojos
cuando apagaron la luz en el farol,
decidí agarrar al cisne por el lomo
y entrarle a la ecuación por la cerviz.
Entonces logré
vivir en paz con las begonias
cuando cortaron el tallo de raíz,
aprendí la suma de contrarios
y la regla de tres entre los dos.
Entonces perdí
la letra consonante
cuando abrí la boca en una a,
callé un silencio de alboroto
y escribí un adverbio en plural.
Al nacer me erigieron
una lápida,
un poeta famoso me dedicó un epitafio,
con fervor recibí los santos óleos
y me arrepentí de todas mis bondades.
Luché cuerpo a
cuerpo en las sierras de Amerrisque,
amé la vulva húmeda y la glándula progenie,
con el dolor de mi alma traspasé a un malvado
y de puro gusto machuqué a un cienpiés.
Sufrí condena,
juicio, procesamiento,
me confesé culpable y me eché a llorar.
Fui hombre libre, practiqué la limosna,
socorrí a los ricos y pernocté con Dios.
Estudié la cronometría
al bolsazo,
me doctoré en enero, en medio sol,
enseñé la cara en los gimnasios
y escribí mi nombre en un papel.
Me dediqué a viajar
por mi recámara,
conquisté la luna de cristal,
penetré las entrañas de mi cama
y volé hasta el cielo en un avión.
Envejecí de pronto
y me hice sabio,
aprendí el lenguaje y guardé silencio,
me acosté de lado y encorvé la espalda
y cerré los ojos para ver mejor.
De memoria recité
el libro,
descifré la escritura y conocí el secreto,
me asomé al infinito y vi el círculo,
y encogiéndome de hombros lo olvidé todo.
Volví la mirada
y divisé una lápida,
leí el epitafio y deletrée un nombre,
vi nacer a un anciano llorando a berridos,
lo vi salir gateando y meterse en un hoyo.
El hombre es y lo siente,
se lamenta de sí mismo y se masturba.
Ordena la ecuación y la despeja,
pero al resolver el canto disminuye.
El hombre dice y calcula,
pero al mirar se experimenta.
Entonces replica terco, examina, mata,
sonríe acquiescente, aplaude.
El hombre besa, escribe,
firma con todo su nombre y borra.
Levanta su voz en el cabildo,
combate, triunfa y se inclina soberbio, canta.
El hombre un día
muere, envejece, nace.
Al día siguiente despierta, se lava,
cuelga el crucifijo en la puerta, pasa el pestillo,
no sabe que es, y lo siente.
Tengo la cabeza llena
de recuerdos,
conozco el punto exacto, la medida fiel,
sé de los nombres las conjeturas
y el resultado exacto de mi sed.
Estoy lleno de ignorancia
enciclopédica:
el libro de las noches y los días,
las leyes astronómicas,
la ética y la alquimia,
las tablas matemáticas, la simpatía.
Poco a poco pierdo la
memoria,
estudio como loco y se me olvida,
y todo lo que aprendo se me ordena
en el vasto archivo de la nada.
Todo lo que sé
es conocimiento
información fecunda, vívido aliento,
y ante todo ese saber yo me pregunto:
¿Cuál es el sentido? ¿Significo?
La noche oscura del poema
brilla,
tiene en su voz una sirena,
una campana tañe su piel,
vive en su sombra una paloma.
Compone poemas con las
manos el poeta,
pone las palabras torvas,
esclaviza con adverbios,
acentúa lloro y modifica escupe, mata.
Surge del verbo la epopeya
muda,
grita la hazaña su sangre,
calla el clarín y se enrosca.
El héroe regresa, tropieza, nace.
Bate la arcilla con los
pies el poeta,
moldea la forma, concibe,
yerra, calcula la sombra,
señala la metáfora, provoca.
Hoy he puesto las cosas
en su justo puesto:
La partida de nacimiento junto
al certificado de defunción,
planché con mucho esmero mi corbata
y afilé el lápiz de papel.
Hoy he pagado la renta
con dinero,
me lavé el hígado y la constitución,
puse al día todos mis pecados
y perpetré un crimen sin olor.
Hoy he por fin perdido
el camino de mi vida,
llegué a la puerta grande y la cerré,
escribí un poema blanco con las manos
y me le comí a mi madre la ilusión.
Hoy he guardado en el
banco todo mi dinero,
castigué a un hijo con mi amor,
puse en orden los sonidos de un vocablo
y grité mi nombre en alta voz.
Al final hoy he muerto
con soltura y con destreza,
firmé un evangelio, juré una pasión,
rechacé las reglas aritméticas
y escribí este poema con dolor.
Muerta la carátula
tristeza,
los pecados aliviados,
las lecturas,
la escritura que me deja sin sentido,
y esta tristeza ufana que me mata.
Si pudiera volverme por
los años
y ser de nuevo niño,
caminante,
descansar a mis pulmones en la mano
y cantar con todo el pecho y el tamaño.
Pero ahora estoy totalmente en el exilio,
he perdido la memoria y el sentido,
me molestan los resortes de la cama
y soy soberbio, animal, abrupto.
La tristeza de la noche es caterpilar,
arrasa con lo alegre de mi llanto,
repasa las linternas de mis ojos
y es promesa animal, escapulario.
A las dos de la mañana soy fracaso,
temblor pálido de noche y heroína,
camino de fronteras, expulsión, presagio,
y el avión en que me marcho es mi condena.
No sé si soy, más lo presiento:
me encuentro en todos los espejos,
sonrío mendigo y harapiento
y escribo mis versos con coronas.
Me traicionó la guerra y me insurrecto.
Lucho contra esta paz y me dispongo.
Me rasco la pierna, iracundo,
me rompo una vena, irredento.
Tristeza material y catapulta,
conquista femenil, minoritaria,
responde con desgano mi intestino,
y soy camarada luz, un poco cierto.
¿Por qué siempre se me olvida la respuesta,
la puerta de una llave que me estorba,
la dictadura que me ignora y me conciente,
la noche cerrada, impertinente?
Bicicleta de dolores y
carreras,
digestiones dolorosas, vomitivas,
ausencia total que rellenamos
con cuartillas impresas y planillas.
Estrofa perfecta me sostiene
cuando me falla el tobillo debilucho,
pero me habla una niña y me confunde,
y tropiezo inclemente, cortesano.
Así voy a morir:
tubérculo exacto y alabado,
capitán de barco, dactilógrafo.
Quizás entonces encuentre la respuesta,
la ecuación exacta, el parentesco.
Cuando el poeta delira
¿es Dios quien habla?
En su delirio compañero
quiere el poeta encarnar el verbo.
¡Sufre Dios delirios de poemas!
El otoño me ha
entrado por la boca
y pienso colérico tus senos.
Soy un montón de
signos pesarosos.
Te veo en la rotación de mis relojes
y te inscribo silente en mi rutina.
Quisiera poder hablar,
para abrazarte,
quisiera saber de números, y sumarme,
quisiera conocer la noche de mis días
y sorber el aire suave de tus hojas.
Afuera llueve suavemente
y tus piernas húmedas brillan en la calle.
Tengo la corbata hecha
un nudo.
Quiero llorar y me atraganto.
Las hojas que se secan en tu mente
son pedazos de mi voz,
puro alimento.
Tú gobiernas sin
arbitrio
y yo protesto, proletario y presidente.
Soy músculo pensante de tu aliento,
y en esta soledad de los tranvías,
irrumpo en un canto,
puro intento,
letra transparente del abismo
que encierra tu diente y tu misterio.
Recordarlo todo
y dolerse una vez más en la memoria.
Sufrir incansable en el silencio de la noche,
saberse amado y encontrarse solo.
Tener la certeza del círculo y la exactitud de las horas,
saber que lo que empieza termina,
que todo es pasajero, itinerante,
que nada permanece en esta vida
y que el dolor es una forma del destierro.
¿Por qué
vivir las proyecciones de los días
si aun las margaritas se corrompen?
¿Para qué empezar una noche de granito
que pierde su temple y su estructura?
Amar con el riñón
y los sentidos
y ser piedra etrusca, vibración y tiempo,
para que una noche solitaria se interponga
y sea demonio, postración y duda.
Terminar siendo pistola,
espolón agudo y griterío,
después de que las rosas han partido
y sólo queda la función y el pergamino.
Quizás imaginar otras galaxias,
ser poder correccional o forajido,
para brindar ciego por la vida
y caminar estrecho en los pasillos.
Aún no entiendo
el lenguaje de los grillos,
pero trabajo sordo el estilete,
porque solo en el camino de los signos
puedo ser sentido y sobretodo.
El puño me ha crecido
del tamaño de la mano
y soy un hombre fuerte y poderoso,
puedo ver desde mi casa las techumbres del poblado
y leo en las acequias los poemas de sus leyes.
Conozco sus pesares y
sus aspiraciones,
pero en mi mirada severa me disminuyo inseguro,
me recrimino la hora intangible del anhelo,
la avaricia sensual, el respeto;
repito incansable el nombre de mi escoria
y me desconozco impotente,
temeroso, mugriento.
Veo en el espejo y miro
mi rostro inocente,
busco en el fondo de mí mismo una armonía,
una conjunción verídica de mi ser tortuoso
que me permita sentarme y comprenderme vivo.
Pero soy casual y ruiseñor
sereno,
pertenezco a la ruidosa convicción de un género,
y me esperpento cauto,
desconfiado, sordo.
¿Por qué
ser colega si la unión no espera?
¿Por qué la libreta y las anotaciones?
La corbata se me enrosca y se me atraganta
y cuando escribo lo hago con mis intenciones.
Supe que eras tú
sin haberte visto
cuando saliste de las aguas como noche,
oscura ramazón que se interpone
entre yo y mi ser conciencia reflejada.
Te vi estirar tranquila
la palabra,
decir algunas cosas inconclusas,
sonreir, como por lástima
y mirar en derredor con desconfianza.
Tú protestas en
lenguas que no hablo,
eres avestruz y cordillera,
sueñas con los hombres que te quieren
y te amarras el cabello con la seda.
De todas maneras la casa
no era nuestra,
tú vivías leyéndote en los libros,
yo buscaba tu rostro en las pantallas
y la vida nos trataba a la patada.
Escucha como suena la
maraca,
es la carne viva que acompaña,
el ojo cerrado que perfila
la imagen de tu cuerpo y tus entrañas.
Ya el cristal ha dejado
de pensarnos
y somos dos fantasmas de la mente,
tu vagas impasible por el campo
y yo tengo una noche y tres cimientes.
¿Volverán los días de tus frescos ardores en mis manos?
Bien sabes que no. A las aguas
tu estirada dicción ha regresado,
perdida en las estelas de la nada.
Vuelta a la planificación
y el deseo:
administrar la vida en un papel,
memorandum del olvido,
agenda y reunión de un proyecto global:
salvar al ser humano de su propia maravilla,
crecer hasta la cabecera de la cama
y ser grande, efectivo, monumental.
Tú quizás
quieres ser pequeño,
quedarte del tamaño de una o,
ser parte del río, el manantial y el fuego
y pensar que en alguna parte también se pone el sol.
Pero la vida avanza a empellones tristes
y te resistes remolón en la contienda,
te quedas rezagado, no publicas,
y caminas a tropiezos y espolón.
Presentar a los novicios
y viciosos,
descubrir sus ansiedades,
su historia personal, sus anatemas,
y entender la perspectiva de un abismo
al ser un poco geografía y hermanable.
Ver que el que ahora llega es un tanto melodioso,
que también le canta a la heroína
y se desplaza en su coche sobre ruedas,
pensar que la tristeza es cierta
y los hijos, pocos,
aunque la tierra esté llena de poemas
y las tarántulas manejen los valores.
Tomarse un fijicol con un amigo
y hablar de las campañas y los lirios,
no comer algunas cosas,
ser un galletón o un forajido
sin explicar las razones
ni entender las sonrisas.
Vuelta a la enseñanza
y la lectura,
la deshojada rama de un árbol
o la tenue metáfora de un suspiro.
Caminar oculto por la elevada cima
sin ver al vertizonte, ni ser visto.
En la oscuridad de la
noche me despierta
el profundo malestar de un dardo,
la tristeza de perder el tiempo,
de morderme la conciencia con rechazos,
con pequeños sacrilegios de venganza
que no aumentan la pasión
ni mejoran el carácter.
Volverme sobre el mundo
y matar,
acabar con la justicia y la injusticia,
anular a los contrarios por igual:
al casi ciego, privarle de la vista,
empujar un poquito al que tropieza,
invitar a un trago al alcohólico,
al que busca una salida, escondérsela.
Y luego despertarme, viajar
un poco,
escribir unas notas musicales,
ser bueno y de todo corazón,
así tenga que abdicar a la carrera.
De veras,
y sufrir a pecho el pensamiento
y saber culpable a los apóstatas.
Sin embargo vuelvo...
Vuelve la guerra con sus
perros de caza:
vuelven las escenas de manos que claman,
de árboles altos y de ejecución;
las cámaras lloran sus vivos colores,
caminan su canto los funerales
cargados de sordos horrores y madres,
los colores se anudan en la fiera batalla
y muere poco a poco toda la ilusión.
La montaña ha invadido
el corazón de los hombres
y nos miramos con esmero la cerviz,
buscando el momento justo para asestar el golpe,
para vestirnos de santos y salir a panteón.
Hemos crecido grandes
en el campo de batalla,
hemos burlado la vista y agotado el sermón,
porque la libertad se ha vendido por unas cuantas palabras,
y estamos encerrados en un poema de cartón.
La noche se ha hecho en
la cámara del arma,
y respiramos jadeantes por el ojo del ciclón,
somos carne tierna que tienta al caníbal
y antropófago hambriento de luz y pedernal.
¿Quién se
atreve a afirmar que ya hemos muerto suficiente,
con este cáncer que nos une
y la enorme llaga que nos forma?
Si la sangre no lava la sangre y el detergente no sirve;
si las armas de mis hijos me golpean en la mente,
y la granada madura colgada de mi espalda.
En las grandes capitales
se celebran las uniones
y viven los museos sus sueños de dulzura,
pero las novelas me recuerdan que los días son de piedra,
que el sufragio es una mancha que yo no puedo llevar,
y en algunas cicatrices que adornan mis pupilas
se lee la divisa de la Matria por venir.
Podremos terminar altos,
claros y advertidos,
ser potentes cantores de la nada
y sucumbir a la nostalgia y el olvido,
pero el odio nos enciende las entrañas
y lloramos en silencio con las balas,
defendemos el derecho con la zurda
y pensamos que la vida es una treta.
En un principio somos
y sentimos
pero la sombra del padre nos enreda,
pensamos que la selva es parte de la casa
y confundimos por error el pantalón.
Tal vez si nos quitáramos las gafas
y fuéramos de nuevo dinosaurio,
los sonidos de la guerra se acallaran
y los colores de la muerte morirían.
La fricción de
tus entrañas
me angustia enormemente,
tus ríos me descorren
desgastando las paredes de mis venas,
y eres tú y tus montañas,
la carne tierna de tu gente,
el pelo de tus valles que me tienta,
y la forma,
siempre la forma de tus manos
que me mata.
Te veo en las noches de
jornada,
oscura y silenciosa,
poseída por los dioses de la infamia,
cubierta de palmeras,
rodeada de aguas tus axilas
y moviendo las caderas de tu cuerpo,
tus rostros destruidos por la guerra,
tus hijos pequeños y con hambre,
sedientos de tu amor y tu sufragio.
Te veo apasionada en el
poema,
jadeante en el vaivén de nuestro lecho,
cortada por el medio con un velo
que rompe la armonía de tu canto.
Me duele la función
del organismo
cuando veo a otras hembras empreñadas,
su carácter abundante y andariego
me incomoda la visión ante el espejo.
Por qué no puedes
tú quedarte en casa,
acostarte suave sobre el lecho
y ser amante, natural, civilizada,
y perderte para siempre de la bala?
Por qué no espuma
de organismo silencioso
si la noche se cocina a fuego lento,
y en caminos de montañas se encontraran
dos amantes escondidos de la luna.
Prendido de una pierna
que se cruza,
de un cabello que al viento bambolea,
de un cuerpo que se curva en un orgasmo
y tiembla ante una mano que lo toca.
Un rostro de demonio angelical,
unos ojos sugerentes,
un seno tierno que perturba:
Imágenes que vuelan y se posan
en la mente castigada de deseo.
Amar a una mujer
y verse perseguido por la sombra,
caminar constantemente
bajo el sueño inagotable,
querer ser uno, indiferente,
y despertar en la canción de los sentidos.
Comprendo que el dolor
es cotidiano,
que el vivir conjuga verbos reflexivos,
que sorber el aire de unos labios
es feliz conjunción de los destinos.
Mas romper con el señor de los placeres
y amar a una mujer que me comprende,
es más paraíso adanímico,
epicúreo programa de la vida.
No sé por qué
me menoscabo,
por qué camina rápido la sombra,
va más allá el cuerpo entero
y queda aquí la seña y el silencio.
Es más la posesión
que el predilecto.
Dominación histórica, ontológica,
conquista salvaje y placentera
que pierde su misterio con la aurora.
Vivir con cuerpos que se postran en la noche,
vivir rompiendo la palabra de la víspera,
saber que todo es humo y silencio
y que al abrir los brazos me incremento.
Ya lo sé.
La voluntad es madre del concierto.
Agarrarme el alma con las manos
y atado a un mástil de silencio
escuchar la música y el grito.
Pero en mí sigue bullendo la tortura,
continúa la imagen, la cintura,
y aunque luche y triunfe la conducta
se instala la derrota en el cerebro.
Infiel marido del orden
me acuesto desnudo en el caos,
soy mártir y verdugo perpetuo,
soy camino y sin final.
En los días de
aquelarre
soy miembro tungente y ebrio,
soy pasión que asfixia un verbo,
oximorón hirsuto, hipérbaton.
Pero baja el río su creciente,
se amansa el pulso, se despeja el verso,
calculo con primor las coordenadas
y ordeno mis piyamas y me plancho.
En esos días establezco
los parámetros,
mido la oportunidad y el riesgo,
indago en una puerta y una mina
y evito el desconsuelo de las nubes.
Claro que entonces bajan los sombreros,
se trastorna por completo la comida,
se me pierden las medidas de mi casa
y se me olvida por completo el verbo.
Tengo el cielo completamente
nublado
y los ojos de la tarde me duelen con hastío,
la corona de laureles y el quejido
se han marchado por la puerta de la calle.
Tengo plomo en los pies
y las palabras se me caen de la bolsa,
pero mantengo la soltura a como puedo
y visito a mis amigos en las noches.
Este piano en el que escribo
traquetea con las voces de mi padre,
y en la noche de los libros
veo candelas, azucenas,
mariguanas.
Los peritos me encadenan
a la vida,
me ponen las comas juntas,
acentúan mis corolas,
y yo me rebelo incauto,
soy manantial de polvo
y fuego de la palmera.
En la cintura me amarro
la foto de un corcel,
y me propongo y prometo
que algún día venceré,
mientras tanto me acobardo:
soy cariño, altivez, consigna,
y me esquivo en la penumbra
con la esperanza de volver.
Quizás mañana,
cuando las fonógrafos me despierten
y cante la lotería,
logre salir de esta corbata
y me entregue a la perspectiva.
Las preguntas que me hago
me marean,
las llamadas telefónicas,
los martillos que danzan en mis sienes,
las pericias de una música,
los cigarros que resuenan en los ojos,
los interminables fijicoles,
las uñas que me atormentan,
los poenemas:
el mundo se compone de teoremas
demostrados en la piel de una amazona,
y cantan sus mentiras en la radio
la pasión, el ejercicio y la tristeza.
Pero aguanto con la vista
y me contengo,
espero a que amanezca
y soy erguido,
camino con las manos,
me resfrío,
y respondo con la lengua
de otros santos.
Envuelto en San Francisco
de mañana,
con el aire de un paseante voluntario,
camino repetido en mis imágenes,
único en la serie de animales.
Mis ruedas se repiten
voluntarias
sobre una tierra que gira locamente,
y soy pulmón que se ensancha embravecido,
soy canción robusta y pensamiento casto.
Me pregunto qué
distancia me separa,
qué cadena de tiempo me sostiene,
armado combatiente de la duda y el pasaje
en un lugar como este o cualquier otro.
Pero sigo terco caminante
aunque transite a duros empellones,
y viajo cósmico por la sala de la casa
hasta perderme visitante en el pasillo.
Por las tardes sueño
con otras carreteras,
otra bicicleta que me arrastre,
y te veo siempre sobre la calzada fría
con tu mirada errada y tu sentido.
Entonces considero que
estoy vivo
y me atropello solo en el tumulto,
mientras siento que los nudos de la cama
no bastan a este pobre cubrecuerpo.
Mis piernas se figuran
el camino
que atravieza la frontera de la casa,
y me aventuro sigiloso,
el oído hirsuto
pegado a los enigmas de la calle,
la mirada esquiva de una esquina traicionera
me confunde,
el auto ciego que me embiste
se emociona,
se estriega contra mí en brava contienda
y me acaricia tibio, fulminante.
Me encuentro en la blancura
de la noche cerrada en el olvido,
y me parece que he vivido este periplo
sin saber si en realidad no lo recuerdo.
A A. Camus y R. Barthes
por sus obras y sus encuentros.
Repuestas las auroras
de la noche
me palpo cauteloso el esternón,
y sé que ha transcurrido una vez más
el periplo de la nada y el olvido.
Queda sin embargo el malestar:
la terquedad infinita de la plaga,
el vicio insaciable del deseo,
la rueda que no gira
y el sentir de una vida que se esfuma.
Me lavo el cabello y me
perfumo,
y me miro ante el espejo que no siente
la amargura del recuerdo que me abate,
la nostalgia de los verbos y las horas.
Todo ha pasado, sólo
queda
la imagen imborrable de unos rostros,
el sentir de una piel que me atormenta,
un nombre y un número que no son.
Hoy es ya mañana
u otro día,
un momento que en el tiempo es casi nada,
porque sólo en la memoria de los hombres
tiene forma la canción,
el movimiento y la amargura.
La noche se perfila incendiaria
y el hombre ya no aguanta el palpitar,
sale de la casa,
camina sin saber adonde va,
prosigue un sendero invisible
que lo lleva a la puerta de un bistró.
Entra y pide un trago
que entretiene con la luz de un estriptís.
No sonríe ni se enturbia
pero en él se demora una mujer,
lo torea con lujuria,
con sus brazos lo define en la penumbra
y un vecino se incomoda sin razón.
El hombre se contiene y no contesta,
apura el trago y se deslee.
El vecino se empecina y vocifera
hasta que rompe la burbuja de papel.
Las manos claras revelan que no carga
y el hombre se resiste a menudear,
el compadre que no escucha las razones,
desenfunda bullicioso y descarga sin parar.
Fulgencio siente la brasa trabajosa
y se dobla adolorido sobre el bar,
recuerda breve la historia de su padre
y se escurre suavemente hasta el final.
Imposible la forma de
mirarte
con estos ojos blancos
que te cantan,
y saber que en un día de este otoño
todo será recuerdo y entresueño.
Parecidos son los días
que se fueron:
en ellos quedó el silencio y el cariño,
vivieron juntos los senderos
y viajaron las manos y los velos.
Alguien volverá
por esas calles
y será tu amor una fontana,
verán los trinos sus hojas
y sus flores,
y amará una tarde el jardinero.
No seré yo el que
se despierte
como no dormí jamás en tus pasiones,
ni viviré tranquilo en el aroma
del perfecto caminar de tu sendero.
¡Qué va!
Yo apenas respiro con angustia
y veo la tristeza de mis calles,
veo la ruptura de mi canto
en el juego sin final del repertorio.
Todo fue garganta y boca
y pura majestad y cancionero,
pero aún me quedan tus aromas,
el silencio testarudo,
las sienes heridas y el consuelo.
Tratando de ser en el
sentido pleno
me escribo en unos cuantos papelones,
aspiro a la quietud de la victoria
pero encuentro solamente el desconcierto.
Vaga mi alma por un cuerpo
que no tiene
ni ropa de vestir ni pasaporte,
ni reconoce las puertas de su abismo,
ni reconcilia el uno con el todo.
Ya sé que no reporta
el jeroglífico,
que no entiende nada el diccionario,
que son tranquilas las formas del olvido
y robustas las respuestas del combate.
Sin embargo me compongo
en el sudario
y respiro caminante en el poema.
No hay fuerza bruta que el hombre ya no entienda,
ni caminata coja que no sufra.
Vivir en sinfonía
y con pasión
es todo lo que pido al pestañear.
Oler las cartas,
tocar las voces de la noche,
sentir la letra que discurre
y la caricia tierna en que te leo.
Vivir con armonía
aunque sea entre motores,
ponerle acento al sol
y ortigas al desconsuelo,
y respirar poderoso cuando en mis brazos te tengo.
Las balas que afuera llueve
irritan candente mi pluma,
y la postración y el hastío
corrompen la voz de mi anhelo.
Por eso en la tarde silente
me silbo una suave tonada:
romper la emoción de las bombas
y estirarme tranquilo la barba.
Pero entiendo que el momento
es sólo una dulce ensenada,
que también tiembla la tierra
cuando arremete el cuchillo,
y en la carne irrumpe el canto
como una tierna traición.
Cuando en el fragor de
los hierros
puedo ser carne y silencio,
veo que hay una aurora
en la noche de mi verbo;
pero luego irrumpe el ombligo,
se pierde por completo el freno,
y corre desesperada la apatía y el tormento.
El río de mi existencia
es de agua colorada,
contra corriente es mi beso,
como cascada es mi casa,
y en la silla en que me siento
se sientan también mis amadas.
¡Para qué
pensar en ello!
Mejor es vivir lo que siento,
sentir la casaca que visto
y saber que el color es primero.
Setenta años, padre,
setenta tendrías hoy,
en este día de invierno
que calienta,
en esta tierra de tiempo
que te olvida.
Setenta años que
no viste
porque te la quitó el mendigo,
cuando volvías la cabeza
y te palpabas la testuz,
y creías que las cosas
empezaban a moverse,
y que los sueños
por fin
hablaban una voz.
Te recuerda,
tu hija aún te recuerda
en sus miradas y partidas,
yo te rememoro
en mis miedos
más profundos,
y otros que ya te olvidan
o que nunca te conocieron,
no tienen futuro alguno,
son simples seres sin tiempo.
Tú que estás
allí,
allá,
o en cualquier parte,
viendo quizás estos signos
o dormido en nuestro sueño,
pensarás que no te entienden,
que luchas contra corriente,
que sigues viviendo muerto
como viviste viviendo.
A G.U.V.
Mi universo se compone
de unas cuantas calles rotas,
los salones de una casa reducida,
los volúmenes que alberga una
esmirriada biblioteca,
y las imágenes que guarda mi canción.
No tengo posesiones ni
intereses
que importen el valor de lo que peso,
ni cuento con amigos que atestigüen
mi sueño sincero y mi dolor.
De amores no he perdido
el sufrimiento
y conjugo el verbo con primor,
pero encuentro que en lo bello hay derroteros,
y en la tristeza amarga, turbación.
El sueño que encuentro
en el poema
es nostalgia de sentido y de valor.
No sé hasta cuando la palabra
podrá ungir mi llanto y mi canción.
Quizás por eso
me castigo sin consuelo
y busco terco el sonido del vapor,
corto brusco la rosa que me llama
y reparto la semilla y el calor.
Necesito reparar mi crucigrama
y hacer con mis palabras un hogar,
entender que esta vida que yo siento
es algo más que una prisión,
que la carne que me alberga
es instrumento de una forma,
y la ansiedad que me tortura
exacta demostración.
Hecho de ser y estar
y en este cuerpo de cosas,
hecho de tristes pensamientos
y razones que me informan,
hecho de rojas vibraciones
que rompen la paciencia,
de consignas protervas,
de intenciones urbanas,
hecho de ilusiones geométricas
que creo casi exactas,
y rupturas desastrosas
totalmente humanas.
En noches solitarias
me veo en esta página,
escribo en la memoria
que olvida las imágenes,
y sé que en un momento
de esos que se pierden,
volverás majestuosa,
más bella que el alba.
Para qué, me digo
intenso,
si no ha de volver mañana,
y camina casi toda
con su bota y su estatura.
Para qué, me digo todo,
casi cubierto de llanto,
en la triste noche cálida
de la primavera frígida.
Para qué tanto pensar
en la pobreza del cielo,
si hay tanta tierra por sentir
y tanta palabra que canta.
Mejor me acomodo el rostro,
me distingo en la mañana,
y pienso si de veras quiero
ser camino en la frontera,
o si el estudio es una prosa
que rompe con el problema
de ser hombre hecho de carne,
crimen triste de la espera,
compuesto de varios rojos
y de algunos animales.
Si hay forma alguna de
saberlo
que me lo digan mis males,
quizás entonces me olvide
que tu vives y eres calle.
Perdido en la alta noche
de mi anhelo
escribo estos versos angustiados,
que acaso no valen más que la tristeza
de un ser que se tortura y no se anima.
Cargado de amor y de congoja
me encuentro una vez más,
adicto a la urdimbre tenue de tu larga cabellera,
incapaz de verme en los jardines sin buscarte,
incapaz de leerme en los poemas sin soñarte;
sabiendo que tú vives una espera interminable
y que tengo el alma ebria y el cuerpo adormecido.
¿Cómo poder
vivir la vida entera
si una hora es una carga insoportable
y verte cada noche es mi poema?
Triste condición
la del que ama
cuando la tarde cae despacio en la frontera,
y se cubre de penumbras la mañana,
y sólo canta el pájaro mortero.
Me duele enormemente ver
tu firme despedida,
pensar que decir adiós no te perturba;
y saber que por dentro te deshaces
tortura aún más mi cobardía.
Buscar la feliz encarnación
de mi voz en tu silencio suave
justifica mi mirada ciega,
da sentido al vértigo;
y todos mis temores y cariños
son pura conmoción
cuando te tengo.
Ya sé que el tiempo
es agrio
y la camisa se nos hace chica,
que no quieres deshacer el alma
y dejarme pernoctar en tu sonrisa,
pero yo no puedo convencerme
de ser un general en mi brigada,
y me abro indefenso ante el empuje
de tu aliento tibio y tu antebrazo.
No sé qué
más he de perder en la batalla
si pierdo tu silencio y tu martirio,
si cuando nace el día no te encuentro
para qué he de sentir la vida mía.
Camina a mi lado en esta
marcha
y déjame ser parte del camino,
la triste condición humana
necesita de mi canto
y tu martillo.
Vivo en esta tierra que
es de nadie
y trabajo con el viento de las horas,
porque sé que algún día volveremos
a la carne de la aurora y la mañana.
Mientras tanto me deleito
en el combate
de esta carne que se pudre a vacilones,
y oscilo entre la duda y la certeza
de ser un simple ser con emociones.
A qué se reduce
la existencia
de un cuerpo que se agita en el cristal?
En qué incide la vida tormentosa
que nos empuja inclemente hasta el panteón?
Amar a una mujer, ser
un tiempo,
caminar por las calles empañadas,
y vivir con la estatura de la frente
ejerciendo el soberbio acto de escribir.
Es cerrar los ojos y seguirte
viendo,
pilar de fuego que canta,
roja lengua de corales y amplios labios de silencio.
Sentir las caricias que faltan
y saber que no te entiendo,
que pasarán en vano las noches,
los días se harán espera,
y en el sueño de los barcos cabecea la esperanza.
La luna que se levanta y mira mis despertares
contempla con sus fulgores
mis auroras sin tus sueños.
Yo sé que tú
no respiras,
que vives tus aires siniestros,
que vibran en tu cabeza
el sueño, el martirio y el beso,
y que todo lo que pienso
es carne rosada, amistad, presagio.
La vida es vanos caminos
que rompen con sus proyectos,
se traspone el sentimiento,
intercepta el viento una mirada,
y se plantea toda una causa
importante suplemento.
¿Cómo saber qué sentimiento
es verdad y ocasionado,
si no aguanto mis sospechas
y soy puro amor y recuerdo?
Me equivoco en cada letra,
escribo ardiente y sediento,
sé que en cada verso hay una sombra
que me acecha en la rompiente,
y oigo las olas que bañan
mi corazón y mi marca.
Ruptura candente y punzante,
dolor de cáncer que mata.
Vivir unos cuantos años
feliz, trémulo y sonriente.
Situarse en unos días
sin pasado
para sentirse una vez uno y solitario,
entender que el destierro es transeúnte
y que vivimos como arena en el desierto.
Escribir con la tristeza
de las flores
y ser estibador y campanario,
soñar que por las noches nos dormimos
y vivimos como sueños de gaviotas.
Los días que han
pasado son sendero
que vuelve en su mirar la retirada.
Yo miro hacia adelante y me contengo
porque cansa la mirada imaginarte.
Insomnio contumaz y represalia
que recuerda las tristezas del tirano,
poema que se duerme en la conciencia
de una vida ser y escribana.
En la noche sideral vuelan
las águilas,
sus alas tendidas como sierpes
pueblan de nubes mis ensueños.
Pasan los días
y las páginas de los libros
pero escribo unas letras y me siento,
comprendo que el poema que me acecha es una estampa,
que quizás no llevo en mí ninguna forma,
que soy pura ilusión, puro fermento.
Una metáfora basta
para alcanzar el cielo,
una línea feliz y afortunada
que retumbe en la zona de los hombres
y se escuche en la calle con silencio.
Cómo acceder a
esa memoria mágica
que justifique mis años y mis sueños,
cómo saber lo que mi voz invoca
cuando duermen en los troncos las señales.
La fortuna y la fama me
atormentan
en mi triste condición desconocida.
Atormentan también al poderoso
que ha pisado el ámbito y la luna.
Buscar la armonía
de los cantos,
el secreto solar de una mirada,
la feliz tentación del que castiga
y la ruda verdad del responsable.
No lo sé. Se abrirá
otra hondonada y su misterio,
al llegar a la cima visionaria?
Seguirá la ruta su destino
y seré yo otra vez el mendicante?
Pobre tubérculo
erguido,
necesitado y ruptura,
por la calle transitada
arrastra su brazo sediento.
Saber que quiere encontrarse,
buscarse en un grito y no verse,
entablar confundido el teorema
y sentir toda ansiedad, no presagio.
Asesinar a empellones el futuro,
fumarse en una pipa la contienda,
porque la lucha es penosa
y es más penoso el desierto.
Vivir la oscura galería
de un viaje
y ser alucinado maestro,
que consigue en el mareo un mensaje
y ve en la tiniebla un semblante.
De la tierra inyectarse
el suspiro
que atormenta la enana esperanza,
ser capitán glacial de una noche
que termina apagada en aurora.
Saborear la índica fruta,
el rastrillo que rompe la vena,
el suicidio de una aguja
que suspira en el alma entreabierta.
Ver el cuerpo sumido en
consumo,
ver la risa perdida en un polvo,
la tristeza de una carta extendida
y el juego mortal y su apuesta.
Para qué vivir
si no hay tortura,
para qué beber si no embriaga el sentido,
dormir una calle o una tormenta,
no escoger la nada y luchar contra el trompo.
Flor de la tierra madre
que arrojas tus esencias,
cargada de roja sangre
y de rojo padecer.
Hoja andina que vives,
sufre su tormento,
como hace el cineasta,
el bailarín,
el hastío.
Una tarde pálida
se acabará la paciencia,
ya no habrá morfina,
faltará la nafta,
y soltando la carga emprenderá la estrategia.
Morirá algún día,
(moriremos todos)
pero su viaje será alucinación y sima,
amapola amorosa,
terquedad sin límite,
cuando trinen las uñas
y se rompa el ventrículo,
y la policía irrumpa
poderosa y tierna:
"Todo el mundo al suelo,
arriba las almas".
La escena es tan triste
que no vale filmarla,
quizás un autógrafo,
un simple saludo,
y dejarlo solo
morir con su vida.
EN EL DESIERTO
No sé que palabras
busco
en la noche sin fondo,
el miedo estelar me traspasa el rostro,
y siento la carne sucumbir
a la tormenta.
En la pobreza de mis sueños
me veo perdido para siempre,
incapaz de soñar más luceros,
carente de mentiras,
lleno de estas manos mías
que se mueren,
y hambriento de esas otras manos
que me tocan.
Estoy lleno de ternura
y cataclismo,
quiero besar suavemente el rostro,
temblar en la mejilla y en la rosa,
no ver más la luna llena y
salir de esta prisión y catacumba.
Perder para siempre el derrotero
y poder ser feliz, sin juramentos,
pensar que puedo amar y
en el desierto,
vivir contigo,
solamente,
en el desierto.
Día a día
la vamos perdiendo,
mientras el cáncer se desarrolla
y nos llega la mañana;
mientras tanto perdemos el tiempo
en ufanos proyectos sin sentido,
en cálculos de tiempo y calorías;
perdemos poco a poco la cabeza,
los dientes que se caen por millones,
y el estómago, el pobre estómago,
que se pierde de una buena digerida.
Perdemos sin embargo la
paciencia
cuando salen las estrellas en la noche.
Perdemos inevitable la cabeza
cuando entran las estrellas en la noche.
Para todo hay pérdida
y ganancia,
pero más pierde el hombre que se siente
que aquel que al calcular se cuantifica.
Ya quisiera yo ganar las
perdidas amistades,
los silencios que han quedado en el camino,
los amores que he visto en la vereda,
y la sonrisa que dejé un día en el sombrero.
Del dinero ¡para
qué hablar!
si he perdido todo el sueño y la insistencia,
dividendos de un ahorro que no tengo
contribuyo mensualmente al usufructo,
pero espero que el balance de mis versos
corresponda al sentir de mis silencios.
Eso ha sido mi vida
perdida en el declinar de mi cabello:
confusa poligamia de sonidos,
infinito atroz,
plurivocente.
¡Si ha de perderse el niño,
que se pierda continuo y torpe
el sórdido placer y el uniforme!
Ciclo interminable de
miseria
que se cierne oscuro en la ciudad,
caminos polvorientos de indigencia,
caravana sórdida,
voracidad.
Siniestros misioneros
de la muerte
manipulan la vigilia y el compás,
corazones pordioseros,
tristes cazadores de ilusiones,
enfermedad de arroyo,
mortandad.
En las mañanas
luminosas de la estepa
estrangula la corbata al cargador,
maltrata el fusil la rosa de coral,
infunde horror el religioso
y piensa la estudiante:
castidad.
Nadie transige en la mesa
a negociar,
salva el delegado su pecho ornitorrinco:
"tiene firmes posiciones y mucho que contar,"
camina roquiforme,
sabe los megáfonos,
degusta de las fotos.
Interminable perorata,
malgastar.
En la esquina de un rellano
duerme un niño su agonía,
los pañales de su boca sirven de argumento triste,
y en la noche de silicio,
viento norte azotadizo,
su triste arrogadura
castiga de manera,
calamidad.
Los signos de la noche
no declinan,
giran las estrellas de la mano,
y compra dolorosa una doncella
la carne enrojecida de un donjuan.
Veo estas cosas y recojo,
camino,
me perspiro la camisa que me abunda,
escribo cama, sendero, estibador,
y respiro casi todo, cíclico,
intermitente.
Quiero reir pero me atormento,
quiero pasar por mis palabras
pero se levanta espuma,
quiero ser leal, diferente, terco,
pero se me ondula el corazón,
me compadezco.
A qué sentarme
una vez más,
esforzarme corvo y siniestro,
si pasan las horas del silencio
y sobre mí se extiende este manto
azul, insoportable.
Ciertos días necesitan
de muletas,
su paso golpea inclemente el sendero
y sobre la yerba crece una flor solitaria,
pobre sufrir, maldoliente.
Pretender esos días
es vano.
Cansado de sentir y convincente
me resiento en mi llanto,
me interpongo,
y todo lo que espero se estanca.
Sin saberlo, casi sin
sentirlo,
se han llenado de dolores,
sus cuerpos se han poblado
de seres adversarios
que rompen poco a poco sus sentidos.
Van muriendo los amigos,
aquellos
que han quedado pierden suavemente
la estampida.
En una esquina de la ciudad
un ser que se creía se contagia.
Nada detiene al monstruo en
su consigna.
Faltan cardos para esta
lágrima pujante
y sin embargo,
en otra conjunción del mundo
viven indiferentes los incendios.
Casas enteras han sido
aniquiladas,
faltan arcabuces en la trinchera,
jóvenes inadvertidos caen mutilados,
niños, proxenetas, escritoras.
La tribu que nos diezma
no lo sabe,
actúa bajo el cargo de un infiel,
perdemos corazones, obras,
sinfonías, caminatas solitarias,
cruciformes.
A ninguno de mis conocidos
veré más.
Tarde o temprano todos caeremos,
la lanza o el puñal terminará con la carne,
y en un camastro de hospital,
flaco e infectado,
con los ojos perdido en la hoguera
morirán los más fuertes guerrilleros.
Calleron unas semillas
en el camino.
La poesía es cántaro
de fuego,
guitarra armada y pacifista,
colección de urgencias que se sobran
y pulpa de la fruta que se sabe.
No escribo por causa cenicienta
ni sospecha vana del acero,
canto porque ruge en mí un demonio
y me grita el sexo traicionero.
Conozco mis memorias sin
concierto
y me juzgo transeúnte transparente,
pero sé que algo mío me traiciona
y me rompo, solitario, en mi talego.
No he domado al labrador
que me atormenta
ni he salido de mi nuez con todo el cuerpo,
pero sé que algo rudo me mantiene
y me dejo caminar por la ensenada.
Desde la montaña
bajan pequeños
puntos luminosos que me llaman.
En medio de la noche se levanta
el farol:
alumbra suavemente la caída.
En las alturas,
entre la gente y las miradas,
se pasea abiertamente un profesor.
La mesa se llena de rencores,
pequeñas mezquindades llenan
con sus sueño la pasión;
vivo deslustrado,
me entristezco,
y siento que se hunde el comedor.
Sonrío con la frente al adversario
y repito día a día la lección,
escribo con disgusto,
represento,
y llego sin aliento al bodegón.
El hombre de la barba
catequiza
con espíritu de viejo dictador,
el joven paternal es un careta
que coarta la amistad con lucro y son,
y la esteta que electriza la malena
se espanta los sonidos del dolor.
Hay otros que nada presuponen,
sonríen carentes de expresión,
suponen una treta,
sospechan la ruptura,
no sé si cantan sones
o postulan el dolor.
Hay alguno que me estira de la mano,
seduce una frase de candor,
piensa una noche,
habla de mañana,
quizás encuentre huellas,
quizás la salvación.
Así se ha planteado
la partida,
dura y feroz la situación,
quiero pararme firme,
ser bastión y resplandor;
pero a veces me quebranto,
me suicido de ventanas,
me siento turbio ante la tarde,
y no sé si es de risa esta canción.
Luchar poco a poco y con esmero,
sacarle punta al lápiz,
ponerme la corbata junto al cuello
y pararme con las manos,
suavemente,
con las manos,
duro.
En la larga noche proustiana
invaden las hormigas el cerebro,
me castiga la pasión de la memoria
y recuerdo los motivos y la ausencia.
Nada es suficiente.
El lápiz se demora en los acemtos,
versa poco el habla de las horas.
La brillante escena de una tarde
vuelve ahora opacada por los sueños.
Se revelan las sonrisas traicioneras,
la mezquina extensión de un antebrazo,
la mirada inquisidora, la ausencia,
la llamada inoportuna.
Todo invade esta noche pesarosa.
El ansia de crear es inclemente,
febril la magnitud de los deseos;
esta fuerza foucauldiana,
demoníaca y demencial caricatura
que se sabe triste documento de la nada.
Mas el genio que reside en la silueta
se revela contra el odio del sistema:
ìsomo seres saturados de sapienciaî,
Darío me sacude la corbata
y me viste sereno, elegante.
Ya es casi la mañana de Neruda,
hay que lavarse las pestañas,
enseñar los dientes
y empujar el carro de la muerte.
No hay tiempo que al reloj
olvide
ni necesidad carente de una urgencia.
Tengo treinta siglos de existencia
y veinte tomos que escu(l)pir,
una hija, tres deseos,
la infinita imperfección de nuestro cuerpo,
y un temor mesiánico en la espina.
Que la noche proustiana
se ampare de mí
y la comedia humana me perdone.
Tiene mucho que ver con
tus espacios infinitos
y la luz irreverente que sostienes,
o quizás sea solamente el sueño
desorbitado de algunos hombres,
la gravedad de los asuntos que entretienes
o el peso de todos los pesares:
esos rostros que se asoman en la noche
y nos piden unas gotas de licor,
las uñas que nos llaman con locura,
las imágenes de un rito de verano
que tiembla con tus pechos altaneros,
cualquiera que sea tu motivo
te me impones como santo sacramento
suspendido en las alturas de la nada,
desplazando tiempo y distancia
de un sueño sin igual,
cauteloso en esta pérdida infinita de sentido,
insensible a la verdad de la paloma y el papel,
pero tierno y atento a la fluidez
del aire y la ilusión.
Tú que borras la distancia
de los días y los ríos
empeñado como estás en tus alturas,
no conoces la tristeza del olvido
viviendo siempre la emoción de la llegada,
el arrivo constante de más horas
y la extensión continua de tus lados.
Qué majestuoso tu pecho niquelado
y las alas enormes de tus ojos que no miran,
piensa en lo que significa para mí
que escribo corto con un lápiz,
sentir todo tu peso sobre el aire
trabajoso,
y volar,
volar por la noche de mi tiempo
hasta verme más allá de la vereda.
Te veo así de niña
y me pregunto
hacia dónde van tus ojos soñadores,
hacia dónde esa mirada de sorpresas
y ése ímpetu de hembra.
Eres una vida que se estrena
en estas horas vagas de la tarde,
eres una nueva voz en la mañana
y pura sangre joven de la noche.
Todo tu universo huele
a dulce canto
y tu movimiento es carne sideral,
y en las largas noches de insomnio
siento la existencia y la finalidad.
Me dejo perder en el sueño
y la esperanza
y lucho por vivir el verbo con conciencia,
sé que todo es espejismo
y que ser es una forma del suicidio,
pero me siento pleno en el acto
y no me acobardo ante el precepto.
Deseoso de interpretación
leo en tus pequeños dedos el futuro de mis días,
en tu corazoncito en una preocupación,
y las líneas que traes en la mano
son como un mapa del cielo
son como un mirador.
Espero hija mía
verte en el silencio,
espero que lo sepas comprender,
que te encuentres en las horas de los días
y que algún día te asomes al balcón.
Ante mí se levantan
setenta fronteras.
Soy hombre de mis horas,
mis lugares fortuitos,
las esquivas evasivas de este
exilio eterno,
perdición de unos nombres
que se transforman en sueño,
recuerdos incesantes
que cambian día a día,
ciudades de arcilla que se pasean eternas
bajo las sombras celestes de un poema nostálgico.
Escribo de noche en una
mesa desnuda,
descubriendo en silencio
la amplitud del deseo,
sin saber si mañana viviré
esta aurora
o entraré donde el sueño
me abandonó una mañana.
El tiempo vivido
en tierras extrañas
es risa ligera, es viento cambiante
que pasa la tarde bajo una palmera,
es canto silente,
es sueño,
es pedernal,
mortaja.
¿Dónde se
sitúa el río
si el lecho ha sido revocado,
no hay contorno en la familia
y todo se ha perdido en el condado?
Parado en la esquina de
Borbon y Toulouse,
viendo a la gente transportar su sonrisa,
perdido en la corriente de un siglo que culmina
lleno de progreso y constitución.
La música que escapa de las trompas
irrumpe en la calle con ardor,
y resuena en mi espíritu que sueña
con la nota viva y la imagen sol.
Ser de Nicaragua o de Nueva Orleáns,
tomar cerveza negra o la palabra canto,
desear a la mujer que se siente soberana
o estudiar con entereza la declinación.
Ver que la existencia es un aeroplano,
saber que esta noche es una ilusión,
y el terrible mareo, la ilusión del aplauso,
la sentencia que suena como un roedor.
Ser un perro que arrastra a su amo faldero,
un viajante que mira con gran devoción,
un beodo irredento, un genérico hombre,
una tarde que muere sin puesta de sol.
Reflexiono la voz y se hace poema,
tiro al medio de la calle mis monedas,
y transformo en sueños la basura
que al llegar a casa ceso de desear.
Formas de la vida que se hacen fortuna,
que traman la historia, que son el camino,
que llevan al triunfo, al fracaso y al sueño,
que terminan en beso, recompensa y adiós.
En este día de
hoy y a la misma hora,
en mi lecho de vida,
escribo de mi puño y sangre,
ante los testigos huesos,
mi primera y única voluntad:
Declaro haber vivido a la fuerza
y haber muerto por mi propio gusto.
Nadie es inocente por mi crimen:
todo fue premeditado pero sin alevosía.
Pido que se juzgue a los culpables
y se les absuelva,
que cumplan toda su condena
y se les entierre en camposanto.
Declaro heredero universal de mis bienes
a todos mis males:
sólo ellos me han sabido reprender.
Le dejo mi casa al rentista,
mis zapatos nuevos al conductor,
al estudioso un libro en blanco
y la pluma con que escribo al pavorreal.
La fundación que he creado
administrará mis deudas,
los libros que no he escrito
se los dejo a mi editor,
a mis hijos les heredo mis pecados
y al que me metió en prisión mi libertad.
Los muchos años que poseo
Los lego a mis amigos por igual.
El usufructo de mis penas va a mi madre
que siempre me supo comprender.
A mi padre le heredo mi corbata,
el cuello que la talla es sustancioso
y una nuca nunca pude conseguir.
A mi hermano entréguenle el abrazo
que guardo en mi saco de color,
que lo cuide y lo alimente con gimnasia
y que lo use cuando haya menester.
A mi hermana le dejo mis rodillas,
no son fuertes pero saben perdonar,
se doblegan ante el hombre que ha caído
y torturan al usuario sin piedad.
A mi esposa le dejo todo mi dinero,
a mi amante le traspaso mi dolor,
a la que me dejó por otro mi cariño
y a la que me hizo llorar, todo mi amor.
El resto de mi haber que es caudaloso,
lo dejo escondido en un cajón,
la llave que lo abre no la tengo
y el sitio donde está se me olvidó.
Ahora les suplico que se marchen,
que partan en silencio y sin llorar,
que no me pidan nada que no tengo
y me dejen en mi tumba respirar.