VIAJEMAS
Copyright © Nicasio
Urbina 1995
Viajemas
1. Un país
de carne
2. Tiempo irrefutable
3. Mi ta kanta Korsou
4. Carne y piedra
5. Espejismo de las aguas
6. Suburbana
7. Verano del tiempo
8. Catedral
UN PAIS DE CARNE
Es inevitable:
cada noche te recuerdo.
Vuelves a mí en un ciclo de estrellas,
en una rotación insospechada
de historias y suspiros;
tus ojos cargados de silencios
y la maravillosa mano que te sueña
en casta pobreza de dolores.
Al cerrar los ojos veo
tu rostro de princesa
esparcida por la tierra de tus llanos,
los volcanes de tus pechos
respirando el volumen de tu historia,
los lagos que se extienden por tu cuerpo
y los ríos que te innundan,
como en un momento te innundaron mis besos.
Por las tardes, ocupado
en mis labores
me pregunto por tu sino.
Qué será de ti,
cuando sopla el viento norte
y se carga de luz la geografía?
Viví en ti muy
poco tiempo,
ya lo sé.
Quizás nunca vuelva a tus senderos,
los caminos vertiginosos de tus piernas,
las suaves colinas,
las ciudades que te habitan hambrientas,
las guerras fraticidas que te rompen.
Pero añoro tu voz que me conoce,
el tibio viento de tu cuello,
el sabor de tus fogatas y tus cuentos.
¿Hasta cuándo
soñar?
Romper con todo y con la vida
en una mano
volver a ti, desnudo,
sin más tesoro que mis versos
y mis huellas de paseante,
y vivir en ti
por el resto de mis días.
Augusta, Georgia, febrero
1990.
Caminando por las calles
de Nueva Orleáns,
Nueva York o San Francisco,
mirando con asombro las populosas avenidas,
las esquinas,
las vitrinas que me devuelven mi perpleja sombra
y las tonadas que rompen la distancia de los días.
Observando este universo vario
me pregunto el pecho compungido,
porque sé que he de abandonar complejo
lo que tanto amo y ya casi extraño.
Cómo decidir lo que la vida implora
si nada se presenta franco,
si todo rompe con la simple perspectiva
de una calle que se extiende
y una pared que corta.
Presentar en el devenir del tiempo
una forma que cumpla con la vida,
y ver como se interpone el ojo
de la tersa pasión y el espantoso olvido.
A quién romper con la fuerza honda
de esta desgarrada pantomima,
y hacer lo que mandan los principios
y olvidar lo que impone el corazón.
Lo más triste de este abandono sordo
es que nunca llegará la primavera,
que seremos hechos que se suman a la historia,
carne de otras fiestas, malestar del verbo,
y jamás volveremos la mirada
para indagar la plenitud del tiempo,
¿qué pasó en aquella esquina?
¿con quién se perdió el viento?
San Francisco, abril 1990.
Por un lado el desierto
de esmeraldas,
la tibia sábana de cristales
que te cubre con su suave bamboleo.
Por el otro el mar sofocante de tu tierra,
el desierto ahogado de tus repentinas montañas,
la sed abrasante de tus cactus,
la estólida pobreza de tu flora,
las piedras que te rompen los zapatos,
los cercos asfixiantes,
los cabritos que se comen tu basura,
ese laberinto de caminos y edificios
que se cruzan en tu historia:
trata de negros y refinerías,
los piratas que descorren tus bahías,
los turistas que asaltan tus caminos
y tus mares populosos
abiertos a la hondura de la tierra.
Bajo las películas de tus mares
se despliega el magnífico arrecife,
la belleza silenciosa de tus peces,
los corales que se burlan de los cíclopes,
los violetas y amarillos de tu raza y de tu historia.
Ser español u holandés,
invadida por Roma o por Cartago,
ser espuela del Caribe y papiamento de esta América,
ser canto de voz y carnaval,
mercado obtuso del tráfico y la bellota,
camaleón del Caribe, tornasol.
Ver en tu triste pobreza la magnífica abundancia
y saber que el hombre te siente,
hembra morena y templada,
tus suaves caderas henchidas al mar de ciervos y sueños
que pasarán por tus cielos, algún día,
quizás antes del tiempo,
cuando tu idioma y tu sonido
eran otras melodías,
lejos de estas guías de turistas y postales desastrosas,
antes de tu papiamento y tus holanderías,
cuando tú eras como quisiera ser yo ahora,
libre de la historia y la ceniza.
Willemstad, junio 1990.
La piedra perdura en su
indiferencia
de siglos,
y por años los ojos que la admiran
vagarán por un laberinto de colores.
Los hombres que han dado
vida
a estas formas,
yacen en oscuros sepulcros
confundidos con el polvo.
El mármol y el granito son su imponente
espectáculo,
son la hazaña que los exime
de la miseria de sus días.
Ahí hay pereza y hay gloria,
hay triste despertar y divino encanto.
Pero frente a la fuente
que se yergue
y al pórtico que se abre,
me encuentro solo y abatido,
cargando la culpa y el dolor de la injusticia,
la sórdida sensación del despilfarro,
la ruptura del silencio,
el sabor amargo de la culpa.
El ángel que me mira desde el capitel barroco
lo sabe,
o creo que lo sabe,
y su mirada es tierna y compasiva,
como si perdonar fuera cosa del destino
y sufrir la culpa, condición del ser
sobre la tierra.
Veinticinco siglos de
injusticia
me contemplan:
los horrores de los Césares,
las descargas de las hordas bárbaras,
las luchas intestinas,
el fascismo y la ocupación germana.
Todos negros retablos de la historia,
refinados perfiles del dolor,
pero nada de esto se compara
con mi pequeña culpa,
mi remordimiento incesante y mi dolor.
La pequeña injusticia
cometida crece enorme
en mi conciencia,
y la basílica de San Pietro
es pequeña e inadecuada a mi dolor.
Tanto oro para nada,
tanto mármol y el blando corazón,
tanta gloria al Supremo
mientras triunfa el egoísmo y la extorsión.
Roma, junio 1991.
Admirado ante la bella
perspectiva
me siento a contemplar tu condición,
las aguas de tus venas
zurcadas con pereza por las góndolas,
tus plazas silenciosas y profundas,
los pequeños puentes que se encorvan,
el granito que descansa
y los años que desgastan el granito.
Mucho ha pasado por tus
aguas:
Desde Marco Polo y su arduo itinerario
hasta estas hordas de turistas
que te invaden inclementes,
hombres y mujeres que fluyen
por tus estrechas callejuelas,
desembocan en San Marco o Academia,
se pierden en pequeños y ciegos callejones
y contemplan la belleza de tus tardes.
Como las aguas que te abrazan y te besan
y te anegan en los días de marea,
silenciosa y persistente,
así te quiere esta humanidad estólida,
tierna y desalmada muchedumbre
que venera tu arte y tu pasado
sin saber lo que hay en tu sentido,
sin comprender lo que palpita
en tu hiedra y tu silencio.
Serenísima catedral
del sueño,
que la historia ha llenado de romance,
las furias y los hombres te perdonen
y siga tu mirada perdurando.
Venecia, junio 1991.
Saber que habito en ciudades
sin historia,
pueblos sin aceras y sin catacumbas,
conjunciones inclementes de la industria y el comercio,
donde nace la constancia y florece la intuición.
Todo el mundo se burla de tu juventud,
de tu superfluo crecimiento y tu falacia,
te llaman plástico producto y desechable,
y tratan con desprecio tu estructura.
Tú reflejas en tus vidrios el desierto
y eres hembra joven y estatura,
eres rubia semental del urbanismo
y conoces el placer de las nociones.
Hay que comprender el testamento
de una vida perdida en la llanura,
aprender a vislumbrar lo perdurable
y entender lo efímero en los siglos.
Quizás en los milenios venideros
tú serás antigua y admirada,
hoy eres como Roma o como Atenas
cuando eran solamente un caserío.
No te apures si la gente te importuna
con su canto vacilante y su sentido,
sé aunténtica reflexión de tu comuna
y serás de historia, de piedra y de mito.
Metairie, septiembre 1993.
Camino por la calle de
esta ciudad
sin límites y veo:
el mundo circundante se despliega y se redobla,
las formas se incrementan,
son pura distinción,
puro contacto.
Un hombre se persigna
la camisa,
arranca poderoso un autobús,
vende suerte una señora y no la tiene,
un estudiante confecciona bombas ideológicas,
el policía de la esquina se entristece,
cuenta autos un borracho en la avenida.
Visiones de esta ciudad
que habito,
diferente a otras ciudades
que en un momento pasaron por mis pasos;
idéntica en su fin y su sentido.
En la piedad de mis encuentros
me suspendo,
soy asfalto ardiendo
y agua derramada.
Veo al lugar donde se tiende el cielo,
y pienso en otro cielo
al que no llegan mis pasos.
Nueva Orleáns, diciembre 1993.
Catedral nuclear de una
ciudad apocalíptica
surgida tercamente en un suelo rasgado,
que emergiste de la tierra como hongo,
rosado escarabajo del planeta.
Tu hermana centenaria
se estremece
al otro lado de la ciudad perdida,
mientras todo un pueblo te visita
en busca de su albergue y su misterio.
Tu nave mayor es rigurosa
en la vasta rectitud de sus perfiles,
y tus cielos son cóncavas ventanas
a la infinita gratitud del Omnisciente.
La Sangre de Cristo nos
consuela en su dolor,
las estrellas deslumbrantes nos acusan desde
un cielo de cóncava negrura, y todo el dolor
de esta vida esta escrito en una urna de cristal.
En una esquina el baptisterio
espera a tus chiquitos con amor,
y sueña que algún día la mañana
se instale en la pupila de tu ser.
Refugio atómico
para el tercer milenio,
matriz, cátedra, cabecera cardinal,
espacio cuadrado de tiempo para
llorar los pecados de un día,
nave espacial que lleva al Creador
en la oración sideral de un niño.
Pequeño oasis gris en la amarilla
catástrofe de nuestro tiempo.
¡Que tus domos vean algún día
la próspera tranquilidad de este pueblo!
Managua, Marzo 1995