Copyright © Nicasio Urbina 1995
Fulgencio Barberena cerró la puerta de su casa y permaneció un momento en el pasillo, escuchando la voz de Alicia que desde la cocina seguía reclamando por el asunto del empleo. Bajó las escaleras de los cuatro pisos del edificio de apartamentos que ocupaban desde hacía siete años y se ajustó la gabardina para protegerse del frío. Sin saber adonde dirigirse caminó con paso lento hasta llegar a la Avenida Linares y dobló a la izquierda. La vereda estaba practicamente desierta pero por la calle circulaban los coches sin parar. Fulgencio hubiera preferido no pensar en nada. Quiso fumar, pero había dejado el vicio hacía cinco años, justo al nacer Helena. Se palpó los bolsillos del saco y sintió el llavero de plata que su mujer le había regalado en el primer aniversario, la tarjeta de visita que Federico Gutzner le había dado esa tarde en el autobús, un prensa papeles viejo que andaba por ahí desde hacía meses y la manito plástica de una muñeca que seguramente la niña le había metido en el bolsillo. Comprobó que llevaba su cartera en la bolsa posterior del pantalón y se cerró el sobretodo. Por encima del ruido de los coches seguía repicando la voz timbrada de su mujer quejándose de las dificultades económicas. La vio en su vestido claro con el delantal de cocina y la cuchara sopera en la mano, gritándole que así nunca llegarían a ningún lado, que tenía que buscar la manera de ganar más dinero, que con lo que le pagaban no alcanzaba ni para comprarse un par de zapatos.
Caminó hasta
casi la media noche y sin saber cómo se encontró en la esquina
de Bolívar y Montesano y entró en El Embarcadero para darse un
trago. La música sonaba con estrépito pero no había nadie
en el tablado. Fulgencio pidió un escocés con mucho hielo y se
quitó la gabardina. Había unos pocos parroquianos adosados a la
barra y en las mesas un grupo de hombres conversaba vivamente. Se arrellanó
en su poltrona y sorbió el trago con deleite. Recordó la primera
cita con su mujer: la había llevado al teatro a ver Hedda Gabler y luego
caminaron por varias horas, cogidos de la mano, hablando del amor y el espanto,
de las tentaciones del suicidio y muchas cosas más; riéndose con
gusto y gozando de la sensación de que empezaban a amarse. Hacía
tiempo que no salían así, simplemente a divertirse. Ahora era
más difícil, tenían que conseguir niñera y estar
de regreso a las once, todo estaba tan caro. Hasta ir al cine era ahora un lujo.
Se apagaron las luces del bar y la música se detuvo por un instante.
Cuando el reflector cortó la sala y se desparramó sobre el escenario
una chica vestida de negro estaba sentada en el centro del tablado. Se escuchó
una nota larga y sostenida de trompeta que fue creciendo hasta estallar en percusión
de batería y arreglo de piano, y la chica se incorporó y empezó
a moverse por el escenario. La única iluminación era la de dos
reflectores proyectados desde atrás. La mujer apareció en el ojo
de luz de la derecha, se perdió luego en la oscuridad y reapareció
en el otro extremo de la pista. Después de repetir esta secuencia varias
veces se encendieron las luces laterales y la chica empezó a desnudarse
suavemente, acariciándose el cuerpo y haciendo guiños sugerentes
a los espectadores. Los hombres de la mesa empezaron a meter barullo mientras
que en la barra todos miraban silenciosamente. Fulgencio reparó en la
bailarina: era una mujer alta de tez blanca, con una hermosa cabellera negra
que le caía sobre los hombros, y se arrepintió de haber entrado.
Nunca le habían gustado estos lugares y los encontraba deprimentes y
humillantes. De joven habían frecuentado bares de mala muerte con los
amigos y hasta se había divertido en la fanfarria y el griterío,
pero la imagen de un hombre solo deleitándose en la lujuria del nudismo
le parecía patética. Sorbió su trago y miró los
bastos dibujos de las paredes, los cuerpos mal trazados y sin perspectiva que
decoraban los espacios vacíos entre las columnas. Pensó en la
sórdida realidad de una mujer como aquella, desnudándose noche
a noche frente a un grupo de borrachos, ganando más plata que la que
se ganaba él en una semana en la oficina, para invertirlo todo en cocaína
o dárselo a un rufián embrutecido que le hacía el amor
como ninguno.
Fulgencio empinó
el vaso y se dio cuenta que estaba vacío. Le hizo seña al cantinero
con la idea de pagar y marcharse a casa, pero cuando lo tuvo enfrente ordenó
otro trago. La chica se quitó la blusa de seda y dejó a la vista
el brasier de brocado negro sosteniendo dos pechos saludables. Los tipos de
la mesa armaron un griterío y un viejo muy elegante, sentado a pocos
metros del tablado se levantó y le tiró besos con las manos. La
mujer saltó a la barra y le dio una vuelta completa al local, moviendo
las caderas y los brazos al compás de la música y jugando con
su pelo.
Cuando la chica volvió a la tarima y se empezó a quitar
las medias Fulgencio cerró los ojos y estiró las piernas sobre
la silla de al lado. Pensó que todo se arreglaría. Al volver a
casa Alicia se habría calmado y estaría dormida. El se desvestiría
en silencio y se metería en la cama, acoplando su cuerpo al cuerpo tibio
de ella y se dormiría sintiendo su tierno olor y su respiración
calmada. Lo despertó el griterío que venía de las mesas
y al abrir los ojos vio a la mujer que se quitaba el brasier y se acariciaba
los senos templados y abundantes. Se sintió cansado. La chica volvió
a subirse a la barra y se demoró ante él, bailando con agilidad
y ondulando el cuerpo con movimientos sensuales. La miró a los ojos y
sonrió. Del otro lado de la barra un vecino la llamaba con voz ronca
y altanera. Ella no le hizo caso y siguió dibujando la sombra de Fulgencio
con las manos. Le dio otra vuelta al bar y bajó al piso, escurriéndose
entre los clientes mientras el reflector la seguía con empeño.
Se subió a una mesa, saltó de nuevo al piso y se acercó
a Fulgencio por detrás. El no se volteó cuando ella le pasó
las manos por el cuello, rozándole apenas el cabello, pero sintió
que todos los músculos del cuerpo se comprimían tensamente. El
vecino del otro lado de la barra volvió a gritar, ahora dirigiéndose
a Fulgencio, pero éste no alcanzó a entender lo que decía.
La mujer se escurrió hasta el tablado y se quitó la braga tirándola
con el pie hacia una esquina del escenario. Los tipos de la mesa estaban eufóricos
y el viejo le hacía señas obscenas con la lengua. La chica se
paseó completamente desnuda por el tablado, giró sobre una pierna
varias veces seguidas, saltó por el aire y se agachó bruscamente
al concluir la pieza. Las luces de los reflectores se apagaron de repente y
cuando volvió la penumbra de los focos adyacentes el tablado estaba desierto.
Fulgencio sorbió su trago y recordó los asuntos pendientes en la oficina, el artículo que tenía que entregar al día siguiente, la entrevista que debía concertar para el lunes, las pruebas que había dejado sin terminar. El vecino del otro lado se había levantado y venía hacia él. Era chaparro y oscuro y tenía el pelo mal cortado. Se acercó con una cerveza en la mano y le preguntó que asunto se tenía con la mujer. Fulgencio lo miró con extrañeza, tal vez con compasión, y le contestó con un monosílabo. «¿Y qué -le dijo el otro- la tipa es tu mujer?» Fulgencio olió que la cosa no iba bien, terminó su trago y llamó al cantinero. El chaparro gritó un par de cosas y se rió a carcajadas. Fulgencio se había volteado y no lo vio desenfundar, probablemente escuchó el estampido pero nunca entendió lo que pasaba. La primera bala le entró por el costado trabajándole un riñón, la segunda le perforó el estómago limpiamente cuando él se retorcía sobre el bar. Nunca volvió a ver la cara del vecino. Recordó brevemente la historia de su padre, o lo que sabía de la historia de su padre, y se escurrió pesadamente hasta el final.
Del volumen de cuentos
de próxima aparición El ojo del cielo perdido
© Nicasio Urbina 1995