LA MITICIDAD DE EL GÜEGÜENSE Y EL PROTO TEXTO
DE LA LITERATURA NICARAGÜENSE.
La historia del
descubrimiento, traducción e interpretación de El Güegüense,
comedia-bailete de la época colonial, comporta una cadena de coincidencia
e ironías que contribuirá a la construcción del mayor mito
literario de Nicaragua. La obra se representaba periódicamente en los
pueblos del departamento de Granada, Carazo y Masaya, y aunque hoy en día
se ha perdido un poco la tradición, el mito de el Güegüense
vive con más intensidad en el imaginario nicaragüense. No voy a
relatar aquí las múltiples peripecias de recopilación y
transcripción de los textos, y sólo quiero señalar el hecho
de que el que un texto de origen popular y representación callejera haya
sufrido tantas peripecias en su transcripción y conservación,
prefigura ya el complejo debate que había de suscitar y la miticidad
que había de gestar el texto. Si las condiciones de recolección
y transcripción de El Güegüense son controvertidas, lo es mucho
más el debate que se había de entablar en torno a sus versiones
en castellano y las diferentes interpretaciones del texto. Es ahí, a
mi juicio, donde radica la verdadera miticidad de la obra. Es en las versiones
y reversiones del texto, en las diferentes lecturas e interpretaciones, en las
elaboraciones hermenéuticas y sociológicas que se han desarrollado,
donde se despliega el valor mítico de El Güegüense. El mito
del Güegüense entonces le debe tanto a la obra de teatro en sí
como a las interpretaciones de Daniel G. Brinton, Emilio Alvarez Lejarza, Pablo
Antonio Cuadra, Alejandro Dávila Bolaños y Jorge Eduardo Arellano
entre otros. Como ha demostrado Eric Gould, es en el proceso de interpretación
donde radica la miticidad de la literatura, en el espacio que separa el significante
del significado, ese vacío semiótico que rodea los enunciados
más trascendentales de la humanidad. Esta es la paradoja del lenguaje
y la historia, ya que como él afirma: "There is in writing no lost origin
to be sought after, no inherent monomyth to celebrate, but only the enigmatic
myth of interpretation as play, dependent on concealed lack"(44).
Son numerosos los enigmas y los puntos de debate que presenta El Güegüense.
Podríamos empezar por el problema de autoría que rodea a la obra,
problema que ha suscitado una acalorada controversia, no sólo por la
mera identificación del autor o de su condición social y económica,
sino por las implicaciones que esto tiene en las lecturas del texto. Brinton
en su "Introduction" afirma que su antigüedad y autor son desconocidos
(XLI), pero no elabora en el asunto. Joaquín Pasos en 1937 adelantó
la tesis de que el autor debió ser un incógnito monje que
tenía seguramente la intuición de conocer el alma del pueblo (Arellano,
41). Para Dávila Bolaños en su "Introducción dialéctica"
el autor de El Güegüense fue un indígena revolucionario y agitador,
pero al mismo tiempo "creador de un género literario único en
los anales de la literatura universal: una obra bilingüe (nahua y castellano),
con dos interpretaciones completamente distintas, antitéticas. Para los
de habla hispana, una comedia de indios. Para los de habla nahua, un mensaje
de profundo significado humano: de emancipación y sacrificio"(34).
Para Jorge Eduardo Arellano el autor de El Güegüense fue un sacerdote.
"No el administrador de un curato urbano como el fructífero de Granada,
sino el de un pueblo comprendido en la zona poco extensa de la provincia donde
se representaba El Güegüense: la que corresponde actualmente a los
departamentos de Masaya, Carazo y Granada"(40).
Cualquiera que haya sido en realidad el autor o los autores -ya que una
serie de elaboraciones no está fuera de lo posible- de El Güegüense,
lo cierto es que el autor no pudo haber sospechado la importancia que éste
tendría en la historia de la literatura nicaragüense, la diversidad
de lecturas del texto que se llevarían a cabo y la enorme importancia
que llegaría a tener en la mitología nicaragüense. Porque
el valor mítico de esta obra, su miticidad, se ha venido desplegando
a lo largo del siglo XX, a través de las lecturas e interpretaciones
de sus exégetas, de las diversas traslaciones al castellano y de los
diversos valores literarios y sociales que se le ha conferido a lo largo de
los años. El problema de autoría infiere directamente en el problema
de la intención de la obra, asunto íntimamente ligado a la lectura
e interpretación del mismo. Si aceptamos una escritura basada en un propósito
lúdico y agonístico, es decir, si leemos la obra como la entendieron
Brinton y Alvarez Lejarza, como comedia-bailete, su valor literario, su implicación
social y sus interpretaciones serán diferentes que si la leemos como
lo hace Alejandro Dávila Bolaños, es decir, como un drama épico
de intención revolucionaria y subversiva. Este cambio de perspectiva
en la interpretación del texto también influye en la miticidad
de la obra, en su valor mítico, ya que su significación se despliega
en diferentes campos semánticos y su proyección arquetípica
será también diferente.
En un ensayo seminal para la historia de la literatura nicaragüense,
Pablo Antonio Cuadra estableció la relación entre el ser nicaragüense
y el Güegüense. Cuadra señala como características típicas
del nicaragüense el ser alegre, desconfiado, mentiroso, vagabundo, fanfarrón,
burlesco e irónico, todos éstos rasgos que se encuentran en El
Güegüense, el que "a pesar de nacer en el momento inicial de nuestro
mestizaje cultural, ya resume, en forma caricaturesca y satírica, todas
las características que hemos venido anotando como propias del nicaragüense"(2).
Es aquí, en este pequeño ensayo publicado inicialmente en 1966
en la Revista Conservadora del Pensamiento Centroamericano, donde se inicia
una de las mitificaciones más importantes de El Güegüense.
Pablo Antonio arguye en forma convincente que el Güegüense representa
el prototipo del ser nicaragüense, que en su forma de ser, en sus aventuras
y artimañas, en su condición social y sus relaciones político-sociales,
se encuentra una radiografía de la personalidad del ser nicaragüense.
A partir de entonces se da una relación simbiótica en la que el
Güegüense es así por el hecho de ser nicaragüense, y el
nicaragüense se define y se ve a sí mismo reflejado en la personalidad
del Güegüense. Los signos semióticos del texto, los códigos
que componen su textualidad se convierten así en signos que definen la
nacionalidad, la forma de ser y comportarse, su relación con el mundo
y con la autoridad. Por medio de un desplazamiento metonímico el personaje
literario se hace prototipo, establece una relación con la realidad socio-histórica,
se convierte en significante de esa realidad que a su vez conforma, sistematizando
el significado de ser nicaragüense.
Como todo mito, la esencia de su miticidad radica en el lenguaje, en las
relaciones semióticas y en ese vacío que existe entre el significante
y su interpretación. El mito surge así en el momento en que el
ser humano trata de rebasar ese vacío y explicar la ausencia. Por eso
Pablo Antonio propone una unión indivisible entre el Güegüense
y el nicaragüense. De esta forma se resuelve el problema del lenguaje y
empieza el mito. Para reforzar esta posición, Cuadra propone la teoría
de que el Güegüense parece tener una existencia anterior a la obra,
"probablemente un viejo personaje creado por el antiguo y desaparecido teatro
aborigen"(3). De esta forma, aunque no hay manera de demostrarlo, la trascendencia
del personaje parece todavía más sólida, sus raíces
están aún en un nivel más profundo de la historia nicaragüense
y por lo tanto la miticidad del texto es todavía más contundente.
La interpretación de Alejandro Dávila Bolaños presenta
otro aspecto de la miticidad de El Güegüense. No se trata ya de un
personaje fanfarrón y mentiroso, símbolo del mestizaje, que se
burla de la autoridad y trata de sacar el mejor partido, sino que se trata de
un llamado a la insurección, un mensaje cifrado de los indígenas
y para los indígenas, incitándolos a que se subleven contra la
ocupación española. "El Güegüense es un drama épico
indígena. Fue escrito para mantener viva la llama de la rebelión
de los indios, la confianza en el triunfo de las armas empuñadas por
los naturales, el éxito de la lucha librada contra sus opresores, los
españoles"(23). La interpretación de Dávila Bolaños
viene a justificar por este medio la tradición insurreccional que permea
toda la historia de Nicaragua. Su lectura del texto documenta el espíritu
revolucionario desde la primera ocupación imperialista de Nicaragua,
logrando así establecer una corriente que empezaría con los Nahuas
en los siglos XVII y XVIII, pasando por la gesta de Sandino, hasta llegar al
movimiento insurreccional contra la dictadura de los Somoza. En forma similar
a como ocurre en la interpretación de Pablo Antonio Cuadra, el mito intenta
salvar la brecha dejada por el lenguaje y la historia, trata de llenar el vacío
semiótico de la existencia por medio de la explicación mítica.
Dávila Bolaños propone una interpretación político
revolucionaria del texto nahua, basada en sutiles desplazamientos fonéticos
que tienen como consecuencia un desplazamiento semántico que cambia totalmente
el significado del texto. Un buen ejemplo de su tesis se puede ilustrar con
el parlamento 121, donde "Cuando yo anduve por esas tierras adentro, por la
carrera de Mexico, por la Veracruz, por la Vera Paz, por Antepeque, arriando
mi recua, guia muchachos" es interpretado como "por la guerra de Mexico, por
la de Veracruz, por la de Vera Paz, por la de Antepeque, llevando a mi tropa,
guiando a mis muchachos"(58). El comerciante de la interpretación tradicional
se ve convertido, en la lectura de Dávila Bolaños, en un guerrillero
que anda con su tropa, levantándose contra los españoles. Mientras
para Pablo Antonio Cuadra este parlamento es testigo del espíritu viajero
y exódico del nicaragüense, para Dávila Bolaños es
sinónimo de resistencia popular generalizada, algo así como un
internacionalismo proletario del siglo XVII. Lo mismo puede decirse del parlamento
153, que para Dávila Bolaños es el más importante de la
obra. En su interpretación este parlamento es un llamado directo a la
insurrección. Cuando el Güegüense dice "Alzen muchachos", refiriéndose
a la tienda de tela, Dávila Bolaños interpreta "Alcense muchachos".
"Cajoneria de oro, cajoneria de plata" que se refiere a las riquezas del Güegüense,
lo interpreta como "cojonería" en referencia a los genitales como símbolo
de valor y fiereza. "Medias de seda" se convierte en "vasijas para la sed" y
"sombrero de castor" lo interpreta como "somos hombres de casta"(59, 164). Todo
esto le parecerá a muchos tirado por los pelos y de difícil aceptación,
además de ser imposible de demostrar. Hasta cierto punto comparto esa
opinión y me parece que el Dr. Dávila Bolaños, en su interés
por leer la obra como un texto revolucionario, ha abusado de la polisemia y
la homofonía. Pero es necesario recordar que polisemia y homofonía
son los dos recursos más importantes y productivos de la obra, y que
desde el primer parlamento de El Güegüense nos encontramos ya con
desplazamientos fonéticos de doble sentido, los cuales demuestran la
animadversión existente entre el Güegüense y la autoridad.
Si el texto castellano está lleno de equívocos y juegos de palabras
basados en pequeños desplazamientos fonéticos, no habrá
de extrañarnos que los parlamentos nahuas también presenten la
misma característica. Si el Güegüense confunde "criado" con
"criada," "salario" con "pescados salados" y "pesos duros" con "quesos duros";
es sumamente probable que haya una doble intención semántica en
"Matateco Dio mispiales, Señor Gobernador Tastuanes" en el parlamento
115, tal y como afirma Dávila Bolaños (55, 160) o que "cueros
de crudía o de gamuza" se refiera a "mujeres judías o gachuzas"(57,
157). La gran importancia de la lectura de Dávila Bolaños es que
abre toda otra dimensión mítica de El Güegüense. Su
interpretación viene a justificar una actitud que ha marcado la vida
y personalidad del pueblo nicaragüense. El espíritu rebelde y belicoso,
la indomable sed de libertad y la disposición para levantarse en combate
y rebelarse contra la opresión, se documentan por medio de esta lectura
en el primer texto literario nicaragüense conocido hoy en día.
Ahora bien, ambas lecturas apuntan hacia un fenómeno del lenguaje
que a mi juicio es fundamental y que se relaciona con uno de los puntos centrales
de la crítica literaria contemporánea. Casi en su totalidad El
Güegüense se basa en la ausencia que implica la referencialidad del
lenguaje, en ese fenómeno que Jacques Derrida ha definido bajo el término
différance, esto es, un juego sistemático de diferencias o trazas
de diferencias en cuyos espacios cada elemento se relaciona con el otro. Porque
como dice en De la grammatologie: "La signification ne se forme ainsi qu'au
creux de la différance: de la discontinuité et de la discrétion,
du détournement et de la reserve de ce qui n'apparaît pas"(101).
En El Güegüense tenemos un ejemplo magistral de este juego constante
de presencias y ausencias, de diferencias y de deferencias. Si volvemos al parlamento
153 podemos observar la perpicaz ilusión del lenguaje donde el Güegüense
se propone crear a través de los signos lingüísticos una
realidad que no existe. Como en un juego de presdigitación el Güegüense
le ordena a sus hijos, "Alzen muchachos, miren cuanta hermosura" pasando a reemplazar
los objetos por los signos de los objetos. La referencialidad de este parlamento
es vacía y no lo es, está sustentada por una corporeidad (los
objetos que le muestra) pero que difícilmente concuerda con la especificidad
del signo: "muchintes hermosuras" que en realidad no existen pero que el Güegüense
intenta traer a la realidad por medio de la ilusión del lenguaje. Por
eso no le ofrece al Gobernador Tastuanes ninguno de los objetos que nombra,
sino que le dice "asaneganeme [permítame ofrecerle] ese lucero de la
mañana que relumbra del otro lado del mar". Es decir, le da lo ilusorio,
lo intangible, lo intrasferible, aquello que no se puede apropiar. Como en el
lenguaje, cuyo significado está siempre más allá del significante,
el Güegüense le señala esto pero le ofrece aquello. El juego
lingüístico que despliega el Güegüense es sumamente sofisticado
e ingenioso. Todo su montaje, su teatralidad, está basada en la obsesión
de los españoles con los metales y materiales preciosos, de los cuales
el Güegüense escoge una de sus características: su brillo,
y monta en ese rasgo distintivo (traza) toda su demostración. De ahí
la insistencia en el brillo al nombrar "cajoneria de oro", "cajoneria de plata",
"medias de seda", "zapatos de oro", "estriberas de lazos de oro y de plata";
hasta terminar en una frase de gran ingenio y mordaz contenido escatológico
"asanecaneme esa jeringuita de oro para ya remediar el Cabildo Real del Señor
Gobernador Tastuanes". Lo que el Güegüense está haciendo es
desconstruyendo el lenguaje de los españoles, está jugando con
sus obsesiones y sus deseos, recreando por medio del lenguaje la ilusión
de lo que ellos quieren ver, y de esa manera se burla de ellos y se sale con
la suya.
Aquí tenemos otro ejemplo de la miticidad de El Güegüense,
que a diferencia de las otras dos instancias mencionadas se encuentra dentro
del texto, está inscrita en su estructura semiótica y atraviesa
toda la obra de principio a fin. Eso es lo que vemos en todos sus mal intencionados
equívocos, la afirmación de una presencia que no existe. Eso es
lo que pasa en los parlamentos 55 a 58 con los pescados salados, 61 a 65 con
las redes de platos, y 67 a 70 con los quesos duros. Esa será la técnica
en referencia a la "yunta de botijas de vino de Castilla" en los parlamentos
239 a 259; y toda la discusión sobre los machos en 260 a 291.
Uno de los aspectos más fascinantes de El Güegüense es
la forma en que ha servido como proto-texto de la literatura nicaragüense.
Este diálogo de alrededor de 314 parlamentos ha servido a lo largo de
casi cuatro siglos como el modelo escritural de la memoria del ser nicaragüense.
Tanto en su forma oral original, como en las sucesivas transcripciones, traducciones
e interpretaciones -donde la lectura no es más que otra forma de la escritura-
El Güegüense ha servido como patrón para sucesivas generaciones
de autores. El bilingüismo de la obra con todas las dificultades que la
evolución diacrónica de ese lenguaje y su ulterior desaparición
presentan, así como la concepción del lenguaje patente en la obra,
hacen del texto un espacio ideal para la (re)escritura. La referencialidad perdida
con la pérdida del uso del nahua entre la población, le da al
texto nahua una oscuridad que enriquece, -al multiplicar los campos semánticos-
las posibilidades interpretativas. La pérdida del significado se traduce
en una apertura de la significación, y de esta forma el texto se expone
abiertamente a la hermenéutica y la (re)escritura. Por el otro lado recordemos
que estamos tratando con un discurso literario que basa su código semiótico
en la polisemia y la homofonía. El texto se regodea en la deformación
del lenguaje para así apuntar a diferentes campos semánticos al
mismo tiempo. Por lo tanto, una traducción al castellano implica encontrar
un signo en el nuevo sistema lingüístico, que tenga las mismas posibilidades
semánticas del original -cosa que ninguno de los traductores ha logrado
hacer-, o escoger una versión, lo que implica desechar todas las otras
posibilidades del texto. El proceso de (re)escritura continuará a lo
largo de las futuras generaciones de lectores/autores, en un continuo intento
por salvar el espacio, el vacío que separa a esos significantes de sus
significados. Es decir, la rica miticidad del texto de El Güegüense,
por las condiciones arriba apuntadas, continuará en un proceso teóricamente
ilimitado de semiosis, de interpretación y reescritura, afirmando así
la relación con el lenguaje y tratando de aprehenderlo, afirmando al
ser nicaragüense en su ontología y su metafísica.
La (re)escritura del El Güegüense -donde el problema de autoridad
expuesto anteriormente no es más que una ilusión- no tiene principio
ni tiene fin. El simple hecho de no poder poner nombre ni fecha al texto lo
invita a una descentralización temporal que va más allá
de la más acertada aproximación cronológica; las similitudes
a otras obras con personajes y motivos similares, a todo lo largo de los territorios
nahuales, nos hablan de un ciclo más que de un texto, de un tipo de discurso
más que de una obra, de un arquetipo más que de una grafía.
Su oralidad inmediatamente nos presenta ante un texto fluído y cambiable,
sujeto a diversas (re)escrituras en cada (re)presentación, un texto cuya
única versión definitiva es única y múltiple, ya
que cada versión, cada performancia es única e inimitable. Su
relación con el "original" es igual que la relación del "habla"
con la "lengua". No sabemos ni sabremos nunca cuál es el original y definitivo
texto de El Güegüense porque el texto original nunca existió,
y porque cada versión es original y definitiva. La fluidez semántica
y morfológica del texto entra, al promediar el siglo XIX, en una etapa
diferente, al asentarse su lenguaje en una escritura alfabética determinada.
Cuando Juan Eligio de la Rocha vertió los textos -se habla de dos manuscritos-
en una escritura alfabética cuyo modelo estaba basado en la fonética
y ortografía castellana colonial, inició el segundo ciclo de escritura
de la obra,Ędonde la perennidad de la grafía le da al texto una consistencia
que no poseía antes. Si antes el modelo era un prototipo mental, una
escritura psíquica localizada en las páginas de la memoria, ahora
el prototipo pretende ser una escritura sistemática, un reflejo, una
serie de trazos. Aquí empieza la fascinante secuencia de lecturas y escrituras
del texto, de versiones y reversiones, de traducciones y traslaciones, de interpretaciones
y reescrituras, empezando por la irónica intervención de Berendt
y su copia del texto, el viaje a Filadelfia, la copia y traducción de
Brinton, la versión de Lehmann, y las sucesivas (re)escrituras y (re)presentaciones
del texto que ya conocemos. El Güegüense se ha convertido así
en el proto-texto de la literatura nicaragüense, en el punto de referencia
del cual parte toda escritura de lo nicaragüense; es el texto al que volvemos
para encontrarnos, para salvarnos de la dominación y exterminio del Conquistador,
para rebelarnos contra la dominación filibustera e imperialista, para
oponernos a la nefasta dictadura somocista o al corrupto y destructivo régimen
sandinista. Independientemente de la interpretación que se favorezca
para El Güegüense, la obra representa la heteroglosia de la cultura
nicaragüense, su riqueza semántica y sus sutiles dobleces que le
permiten asistir a las manifestaciones obligatorias del Frente pero votar por
la UNO. El Güegüense por un lado y la poesía dariana por otro,
conforman las dos vertientes que nutren la literatura nicaragüense, o mejor
dicho, las dos vertientes de las que nos nutrimos, ya que somos nosotros, lectores,
los que construimos y desconstruimos el edificio del lenguaje y la realidad
que representa.
Notas
1. Para una historización de El Güegüense véase la introducción
de Jorge Eduardo Arellano en su edición de El Güegüense. pp.
11-42.
2. Todas las versiones, excepto la de Mántica y Alvarez Lejarza, escriben incorrectamente el imperativo de Alzar alzen por alcen, en virtud de la regla que cambia la [z] por [c] antes de [e]. Dávila Bolaños lo escribe correctamente en la "Introducción dialéctica" p. 59 (aunque la acentúa incorrectamente Alcénse*), pero yerra en la versión del parlamento p. 113.
3. Según Dávila
Bolaños esta frase puede significar con pequeños cambios en la
pronunciación: "El Señor Misericordioso lo guarde, SEñor
Gobernador Tastuanes" o "Mi Dios Indio te mate, tu Dios te//uarde en la tumba
Señor Gobernador Tastuanes".
OBRAS CITADAS
Alvarez Lejarza, Emilio. El Güegüence. Comedia Bailete de la época
colonial. Managua: Distribuidora Cultural, 1977.
Arellano, Jorge Eduardo. El Güegüense. Bailete dialogado en español-náhuat
de Nicaragua. México: Limusa, 1991.
Brinton, Daniel G. The Güegüence; A Comedy Ballet in the Nahuatl-Spanish
Dialect of Nicaragua. Philadelphia: Brinton's Library of Aboriginal Literature,
1883.
Cuadra, Pablo Antonio. "El primer personaje de la literatura nicaragüense"
Revista Conservadora del Pensamiento Centroamericano, 74 (1966): 2-3. Reimpreso
en las diferentes ediciones de El nicaragüense.
Dávila Bolaños, Alejandro. El Güegüense o Macho-Ratón.
Drama épico indígena. Estelí: Geminis, 1973.
Derrida, Jacques. De la grammatologie. Paris: Minuit, 1967.
Gould, Eric. Mythical Intentions in Modern Literature. Princeton: Princeton
University Press, 1981.